Se convirtió en sirvienta
Cuando Asunción anunció que iba a casarse, su hijo Sebastián y su nuera Belén quedaron completamente atónitos, sin saber qué decir ni cómo reaccionar ante semejante noticia.
¿Estáis seguros de querer darle un giro así a vuestra vida a vuestra edad? preguntó Belén, lanzando una mirada inquieta a su marido.
Mamá, ¿de verdad crees que esto es lo mejor? tartamudeaba Sebastián, visiblemente nervioso. Te has pasado media vida dedicada a mi cuidado, entiendo que estés sola… pero casarte ahora, de esta forma, parece un disparate.
Habláis así porque sois jóvenes respondió Asunción, con una calma casi serena. Tengo sesenta y tres años, ¿quién sabe cuánto tiempo me queda? Y quiero vivir lo que me queda junto a alguien a quien quiero. Tengo todo el derecho.
Por lo menos ve despacio, que no hay prisa con la boda trató de convencerla Sebastián. Apenas conoces a Ignacio, lleváis dos meses… ¿de verdad vas a cambiarlo todo por él?
A nuestra edad ya no hay tiempo que perder, hijo. Asunción suspiró, convencida. ¿Qué más necesito saber? Es dos años mayor, vive con su hija y su familia en un piso amplio de tres habitaciones aquí en Salamanca, tiene buena pensión y una casa en la sierra.
¿Y dónde pensáis vivir? cuestionó Sebastián, preocupado. Aquí ya estamos justos, no caben más personas en casa.
No te preocupes tanto, Ignacio no quiere nada de lo nuestro, así que me mudo con él. Su piso es grande, con Patricia nos llevamos bien, somos adultos, no habrá problemas relataba Asunción, casi ilusionada.
Sebastián no se tranquilizaba, y Belén trataba de persuadirlo para que aceptara la decisión de su suegra.
Quizá somos egoístas, Sebastián razonaba Belén, mordiéndose el labio. Nos viene bien que tu madre ayude con la casa y con Lucía… pero también tiene derecho a ser feliz y a vivir su propia vida si tiene esa oportunidad.
Si sólo vivieran juntos, pase… pero ¿casarse? ¿Organizar una boda y líos? gruñía Sebastián.
Son de otra generación. Seguro les hace sentirse más seguros, más tranquilos justificaba Belén.
Al final, Asunción se casó con Ignacio, al que había conocido por casualidad dando un paseo por la Plaza Mayor, y poco después se mudó a su piso de la calle Zamora. Al principio todo parecía bien, la familia la aceptó y el marido se portaba correctamente. Asunción llegó a creer que al final de su vida tendría derecho a ser feliz, y a disfrutar por fin de cada día. Pero pronto el carácter de la convivencia en la nueva familia se fue mostrando.
¿Te importaría preparar un guiso para la cena? preguntó Patricia. Yo ando agobiada en el trabajo, no me da la vida, y tú tienes tiempo libre.
Asunción captó el mensaje y se encargó de la cocina. Con ello vinieron las compras, la limpieza, la colada y hasta hacer los mandados a la casa de campo en Béjar.
Ahora que somos oficialmente familia, la casa del campo nos corresponde a ambos le dijo Ignacio. Patricia y su marido nunca tienen tiempo y la niña es pequeña. Tendremos que encargarnos tú y yo.
Asunción no protestaba. De hecho, le agradaba sentirse parte de una familia grande, donde reinara la ayuda mutua. Con su primer marido nunca había sido así. Él era perezoso, siempre tenía excusas, y cuando Sebastián cumplió diez años desapareció sin dejar rastro. Veinte años después seguían sin saber de él. Así que ahora el esfuerzo no le pesaba, no le molestaba el cansancio.
Mamá, no eres una chavala para trabajar en la finca intentaba advertirle Sebastián. Seguro que te sube la tensión cada vez que vas, ¿te conviene?
Me conviene, hijo, y además me gusta hacerlo respondía Asunción con una sonrisa. Ya verás, este año sacaremos una buena cosecha con Ignacio, habrá para todos y os llevaremos fruta y verdura.
A Sebastián le inquietaba que en meses nadie los hubiera invitado siquiera a conocer a la nueva familia. Ellos sí invitaban a Ignacio; él siempre prometía ir, pero no podía, no tenía tiempo, le faltaba energía. Terminaron por asumir que aquella relación no era recíproca, y sólo deseaban que su madre estuviera bien y fuera feliz.
Al principio fue así. Asunción se sentía útil y sus tareas la alegraban. Pero cada vez le requerían más, tantas que terminaba agotada y empezaba a notarlo.
Ignacio, apenas llegaban a la finca, se quejaba del lumbago o del dolor en el pecho. Asunción lo arropaba y hacía ella todo el trabajo: trasladar leña, limpiar hojas, sacar basura.
¿Otra vez sopa castellana? protestaba Antonio, el yerno de Ignacio. Ayer también la cenamos, pensé que hoy habría otra cosa.
No me dio tiempo; me pasé la tarde lavando cortinas. No fui al mercado, terminé agotada y tuve que tumbarme un rato se excusó Asunción.
Eso está bien, pero yo no soy muy de sopa apartaba el plato Antonio.
Mañana Asun nos hará un banquete de los suyos, ya veréis intervenía Ignacio.
Al día siguiente, Asunción se pasaba horas en la cocina y, como siempre, la comida se devoraba en media hora. Después, tocaba limpiar y repetir el ciclo. Patricia y Antonio cada vez mostraban más descontento, y ahora Ignacio se sumaba señalando siempre a su mujer como la responsable de todo.
Pero yo también me canso, y no entiendo por qué tengo que hacerlo todo sola se rebeló una noche.
Eres mi esposa, tienes que mantener todo en orden en casa le espetó Ignacio.
Como tu esposa, tengo deberes y derechos las lágrimas le salieron sin querer.
Se calmaba, intentaba complacerlos y procurar un ambiente agradable en casa. Hasta que un día, terminó por estallar. Patricia y Antonio iban a cenar a casa de unos amigos y querían dejar a su hija con Asunción.
Que la niña se quede con el abuelo, o que vaya con vosotros, porque yo hoy voy a ver a mi nieta dijo Asunción, firme.
¿Ahora tenemos que organizar todo a tu medida? estalló Patricia, molesta.
No, tampoco os debo nada. Hoy cumple años mi nieta y os avisé el martes. Nadie ha querido tenerlo en cuenta, y ahora pretendéis usarme como guardiana.
Ignacio se ruborizó de la rabia.
Patricia tiene planes, y tu nieta es pequeña, nada pasa si la felicitas mañana.
Nada pasa tampoco si vamos todo juntos, o tú te quedas con tu nieta mientras yo regreso replicó Asunción.
Ya sabía yo que este matrimonio no iba a terminar bien bufó Patricia. Cocina regular, cuida poco la casa y sólo piensa en sí misma.
¿De verdad piensas eso después de todo lo que he hecho estos meses? preguntó Asunción a Ignacio. Dime la verdad: ¿Buscabas esposa o una criada para servir a todos?
Ignacio bajaba la mirada, incomodísimo.
No es justo, me quieres hacer culpable de todo. No montes un drama ahora.
Sólo quiero una respuesta honesta, tengo ese derecho insistía ella.
Si piensas así, haz lo que quieras, pero en mi casa no acepto esa actitud contestó Ignacio, orgulloso.
En ese caso, dimito anunció Asunción, y empezó a recoger sus cosas, incluyendo el regalo para su nieta.
¿Me aceptáis de vuelta, aunque sólo sea por ser la abuela insensata? arrastraba la maleta por el portal, con lágrimas contenidas. Me casé, me marché y aquí me tenéis, no quiero preguntas, sólo decidme si me aceptáis.
Por supuesto corrieron a abrazarla Sebastián y Belén. Tu cuarto te espera, y estamos felices de tenerte de nuevo con nosotros.
¿Felices de verdad? necesitaba escucharlo.
Si no es por la familia, ¿por quién más? sonreía Belén.
Ahora sí, Asunción sabía que aquí no era una sirvienta. Ayudaba en casa, cuidaba de Lucía, pero Sebastián y Belén nunca abusaban ni la trataban como un simple recurso. Aquí era madre, abuela, suegra… miembro de la familia, no empleada doméstica. Asunción jamás volvió con Ignacio; presentó el divorcio y trató de no pensar en todo lo pasado y, sobre todo, disfrutar de ser simplemente ella.







