Mi hijo lleva mucho tiempo buscando a la mujer adecuada para casarse, pero nunca cuestioné sus decisiones. Finalmente, cuando cumplió treinta años, encontró a Lucía, quien, según él, era perfecta para él.
Casi a diario escuchaba elogios sobre lo amable y guapa que era Lucía. Mi hijo realmente estaba enamorado de ella. Yo también le tenía aprecio. Con mucha ilusión, mi hijo contaba tanto a mí como a sus amigos lo maravillosa que le parecía; para él, era la mujer ideal, así que no tardó en decidir casarse con ella. Como madre, naturalmente, apoyé su decisión.
Organizar la boda fue un auténtico reto, pero mis amigas estuvieron a la altura y todo salió estupendamente. Los padres de la novia eran encantadores, desde el principio tuve una relación muy buena con ellos. Al principio todo fue muy bonito, pero con el tiempo las cosas empezaron a cambiar. El matrimonio comenzó a tambalearse y cada vez había más discusiones entre ellos. Yo sabía que era apenas su primer año como matrimonio y que al final todo se asienta, pero no podía evitar preocuparme; solo deseaba que fuesen felices y su pareja saliera adelante.
Aquel anochecer fue especialmente duro para mí. Ya tarde, mi hijo apareció en casa con sus cosas. Me contó que no tenía dónde quedarse porque Lucía le había echado de casa. Se quedó unos días conmigo y Lucía ni una sola vez vino a intentar solucionar las cosas. Aquella situación se repetía una y otra vez, como en un bucle.
Cuando mi nuera, Lucía, me anunció que estaba embarazada, decidí hablar con los dos. Mi intención era darles algunos consejos para que no se repitieran los malentendidos en el futuro. Pero lo que conseguí fue todo lo contrario. Las discusiones continuaron incrementándose, y mi hijo empezó a quedarse en mi casa con más frecuencia. Sabía que lo estaba pasando mal. Ya no tenía esa chispa de felicidad de antes; en su mirada se notaba la decepción.
No soportaba ver a mi hijo en una relación tan tóxica, así que le sugerí que reflexionara si de verdad merecía la pena seguir en ese matrimonio. Le dije que podría ser un gran padre, aunque viviera separado. Al final, siguió mi consejo y presentó los papeles del divorcio en el juzgado.
Poco después, Lucía vino a casa a pedirme ayuda. Me suplicó que convenciera a mi hijo para retirar la demanda de divorcio, porque no quería que la familia se rompiera. Más de una vez le aconsejé que cuidara a su familia. Sin embargo, ahora me acusan de entrometerme en su matrimonio y, cuando me di cuenta, ya todos decían que era yo la que manipulaba la situación.
No sé si acerté al animar a mi hijo a divorciarse. Su mujer me evita y él cada vez se aleja más de mí. Pero, ¿y si todavía se quieren? Vivir separados no es bueno, pero vivir juntos tampoco lo era…







