Papá de Domingo. Relato.

¿Dónde está mi hija? repitió Lucía, viendo cómo se le castañeaban los dientes, sin saber si por miedo o por el fresquete madrileño que se había colado entre las costillas.

Había dejado a su hija Jimena en el cumpleaños, en la ludoteca del centro comercial. Apenas conocía a los padres de la cumpleañera, pero era lo típico: lo de dejar a los niños rodeados de bolas de colores y gusanitos y piruletas, mientras los padres o bien se escabullen a comprar rebajas o se refugian con un café. Esta vez, Lucía llegó tardeel bus había tardado una eternidad. El centro comercial estaba en medio de ningún sitio, donde aparcan todos en coche, pero Lucía ni tenía ni pensaba tener uno; así que traía a Jimena en el bus, se volvió para dar clases de apoyo no podía cancelar por pagar el alquiler de su piso y regresó. Los quince minutos de retraso parecían años mientras corría, medio resbalando por las placas de hielo de la explanada. El corazón como una batucada. Y ahora, la madre de la cumpleañera, una señora pequeña con ojos tan azules que daban envidia, le decía con cara de no entender nada:

Si se la ha llevado su padre.

Pero padres, lo que se dice, Jimena no tenía. Bueno, sí, tenía uno, formalmente hablando, pero con las manos limpias; nunca la había visto siquiera.

Lucía conoció a Javier por casualidadpaseando con una amiga por la Gran Vía; la amiga se dobló el tobillo y ellos, dos chavales graciosillos, se ofrecieron a ayudar. Como en esas pelis tontas, dijeron de todo: que estudiaban en la Complutense, que uno era hijo de general y el otro, hijo de catedrático. ¿Por qué, Dios mío? Porque eran jóvenes y el mundo les cabía en una mochila. Cuando Lucía se quedó embarazada y Javier supo que ella era estudiante de Magisterio y que su padre era conductor de autobús, le soltó veinte euros diciendo que lo usara para lo que tuviera que hacer y desapareció de la faz de la tierra.

Aborto, ni hablar. Y ni se arrepintió ni se lo planteó nunca: Jimena era su socia, madura y sensata. Siempre se lo pasaban bomba. Mientras Lucía daba clases, Jimena jugaba en silencio con los muñecos, y luego cocinaban leche con arroz o huevos pasados por agua y hacía excursiones al mundo fantástico del té con galletas (de las baratas, untadas con margarina). El dinero nunca sobraba; todo se iba en la renta, pero ni Lucía ni Jimena se quejaban.

¿Cómo pudieron dejar a mi hija irse con un desconocido?

La voz de Lucía temblaba. Los ojos se le llenaban de lágrimas.

¿Desconocido? se irritó la madre de la cumpleañera. ¡Si es su padre!

Lucía podría soltarle: No tiene padre, pero ¿para qué? Tocaba buscar a los vigilantes del centro, pedir las cámaras, y

¿Cuándo ha sido?

Hace diez minutos

Lucía salió corriendo. ¿Cuántas veces le había repetido a Jimena: ¡No te vayas con desconocidos!? Las piernas no le respondían, el suelo estaba borroso, chocó con varias personas y ni se disculpó. De repente, gritó:

¡Jimena! ¡Jimenaaaa!

El bullicio del food court tapaba todo, pero algunos se giraron. Lucía, como pez fuera del agua, buscaba por dónde empezar. ¿Estaría aún por allí? ¿No la habrían sacado ya?

¡Mamá!

Al principio no lo creyó. Jimena, con la chaqueta abierta, cara pringada de helado, venía corriendo hacia ella. Lucía se agarró a su hija como si la vida dependiera de no soltarlaprobablemente así eray miró al padre. Un tipo bien vestido, con pelo corto, suéter ridículo de Navidad y un helado en la mano. Leyó el pánico en la mirada de Lucía y empezó a explicarse como quien recita las tablas de multiplicar:

Perdone, ha sido cosa mía. Tendría que haberle esperado aquí, pero los niños la estaban fastidiando. Que tu padre no va a venir nunca, que eres rara, y tal. Yo, para darles una lección, le dije: Ven, hija, mientras llega mamá, te invito a un helado. No pensé que se asustaría tanto

Lucía tiritaba. ¿Y si realmente estaban molestando a Jimena? La miró a los ojos y la niña captó el mensaje al vuelo. Se sonó los mocos y subió la barbilla.

¡Y qué más da! ¡Yo también tengo papá ahora!

El hombre se encogió de hombros, y Lucía solo consiguió decir:

Vámonos, que se nos pasa el bus

¡Espere! Él se acercó, casi temblando. Si quiere, las acerco. No vaya a pensar que soy un chiflado. Me llamo Mateo. ¡Mi madre está ahí, lo puede comprobar!

Señaló a una señora con pelo teñido de violeta, leyendo una novela en un rincón.

Si quiere, se lo pregunta, ¡le dará buenas referencias!

Seguro masculló Lucía, aún con ganas de darle una colleja. Gracias, pero nos apañamos.

Mamá Jimena tiró del abrigo de Lucía. Que vean que papá nos lleva.

En la entrada de la ludoteca estaban aún la cumpleañera, la madre y otra niña que Lucía ni recordaba. Jimena la miró con súplica y, con ese hielo patinando por cada adoquín, Lucía pensó: Pues nada, allá vamos.

Vale soltó.

¡Genial! Solo aviso a mi madre.

Un niño de mamá, pensó Lucía con sarcasmo. La madre de Mateo saludó con la mano y Lucía se giró deprisa. ¡Menuda situación tan absurda!

Durante el trayecto, Lucía intentaba no mirar a Mateo, pero no podía dejar de notar lo atento que era con Jimena. La niña se animó tanto que no paraba de hablar; nunca la había visto tan feliz. Pero al llegar al portal, Jimena se volvió tristona.

¿Ya no te vamos a ver más? preguntó bajito a Mateo, con un ojo en su madre.

Lucía sintió su mirada: pedía permiso. Quería decirle no, Jimena, no es correcto, pero le pudo la carita triste y asintió.

Bueno, si tu madre quiere, te invito este finde al cine, a ver una peli de dibujos. ¿Has ido alguna vez?

¡De verdad? ¡Nunca he ido! Mamá, ¿puedo ir al cine con papá?

Lucía, colorada como un tomate, se puso a largo de explicación:

Mira, Jimena, puedes ir si cumples dos cosas. Uno: no se llama papá, sino Mateo, ¿entendido? Y dos: yo voy contigo, porque ya sabes que no se va con desconocidos, aunque sean simpáticos.

Yo ya se lo dije apuntó Mateo. Que no se va con extraños.

¿Entonces puedo ir?

Que sí, mujer.

¡Yujuu!

Lucía sabía que tenía que cortar esas tonterías, pero no podía. No tenía a nadie más en el mundo que a Jimena. ¡Si pudiera pedirle consejo a su madre! La recordaba brumosa: había muerto cuando Lucía tenía cinco años, la edad de Jimena. Un niño cayó al río y ella, aunque los demás dudaron, se tiró a salvarlo. Al niño, sí. Pero ella cogió una neumonía fulminantetenía diabetes, de antes mal llevada. Y ahora Jimena tenía diabetes, y Lucía se culpaba por haberle dado esa herencia.

Toda la semana Lucía pensó mil cosas. Pero, al final, en el cine, apareció Mateo con su madre.

Para que no piensen que soy raro, que mi madre os cuente sonrió Mateo.

Eres raro, hijo, pero el mejor soltó su madre, con esa sonrisa de quien adora al hijo.

Mientras Mateo y Jimena iban por palomitas, la madre habló con Lucía:

¿Te importa que te tutee? Él no ha tenido padre. Yo he tenido cuatro maridos, el último era perfecto, todo Mateo sale de él. Pero la vida nunca pudo cogerle en brazos. Infarto fulminante. Mi primer esposo me adora aún; el segundo, de otra acera; el tercero, mujeriego profesional. Todos intentaron ser padres para Mateo, pero el padre es el padre. Por eso Mateo se ha volcado con Jimena. En el cole también le molestaban pobrecillo, ¡todo lo hacía por llamar la atención! Un día casi se mata solo por demostrar algo

La señora era un personaje: pequeña, con pelo violeta, traje de chaqueta y una novela de misterio. Lucía la adoraba secretamente.

No creas nada raro de Mateo; es buena gente de corazón. Eso sí, le gustas mucho.

Lucía se sonrojó. ¿Ahora encima le sale pretendiente? Esto era surrealista. Pero le dolía por Jimena.

Al acabar la peli, Lucía intentó pagar las entradas, pero Mateo negó con la cabeza.

Si invito, invito yo.

A Lucía no le gustaba nada eso: ella prefería pagar lo suyo y ser independiente. Lo de gustar no se lo creyó ni por un segundo.

Al llevarlas a casa, Jimena preguntó:

¿Papá, qué hacemos la próxima vez?

Jimena, por favor regañó Lucía.

La pequeña se tapó la boca, sonriendo.

Pues podemos ir al Museo Nacional de Ciencias Naturales. ¿Te apetece?

¡Genial! ¿Mamá, vienes?

Id vosotras, con doña Carmen respondió Lucía seca, que siempre habla de lo mucho que le gustan las mariposas.

Ella salió primera del coche, deseando que aquello terminara ya. Al irse, escuchó de fondo a Mateo decirle a Jimena:

Cuando mamá no mire, puedes llamarme papá.

Así, Jimena encontró a su papá de los domingos. Lucía a veces iba, a veces dejaba que Carmen se encargara. Seguía viendo a Mateo como un extraño. Pero Jimena repetía lo divertido que era y cómo se lo pasaban. Lucía a veces se contagiaba, pero no lo admitía: esas cosas no pasanno hay príncipes ni milagros. Además, Carmen hablaba tanto de su hijo que Lucía empezaba a sospechar: ¿por qué esa señora intentaba emparejarle con una mindundi como ella?

Con el tiempo, Lucía fue ablandándose. Mateo era delicado: le dejaba una tableta de chocolate en la estantería, le pedía permiso antes de invitar a Jimena, intentaba pillarle la mirada. Pero Lucía quería sobre todo hablar con Carmen, que ¡si no fuera por Mateo, serían amigas pegadas!

Un día Mateo llamó para hablar del cine. Jimena enseguida apareció y preguntó en susurros:

¿Es Mateo?

Luego se sentó, feliz.

Sí, Jimena irá encantada respondió Lucía por inercia.

Espere… te llamo a ti, para que vayamos juntos, solo tú y yo.

De fondo Carmen gritó:

¡Por fin!

¡Mamá, deja de cotillear! Perdona, Lucía, siempre está con la oreja puesta.

Jimena susurró emocionada:

¿Te ha invitado al cine?

Lucía soltó una carcajada.

Aquí también hay orejas. Mira, Mateo

¡No me digas que no, por favor! Dame una oportunidadseré caballero, lo juro.

Cuéntale lo de los ojos, hijo, lo de los ojos como los de su madre insistió Carmen.

Lucía sintió un escalofrío. ¿Qué tenía que ver su madre en esto?

Mateo le gritó algo y luego dijo:

Lucía, vengo y te lo explico todo. ¿Puedo?

No le vendría mal un poco de explicación Lucía paseó de lado a lado hasta que Mateo llegó; Jimena se puso a dibujar, como adivinando la tormenta.

Debía habértelo contado antes Pero me gustaste tanto No quería que pensases que esto era por tu madre. Y tenía miedo de que me odiaras porque ella murió por mi culpa.

Mateo hablaba atropellado, saltando de una cosa a otra, con ojos de perro abandonado. Lucía temblaba, como cuando pensó que Jimena se había perdido.

¿Me vas a perdonar?

Lucía apenas masculló nada y logró decir:

Tengo que pensarlo.

Mamá, perdona a papá

Mateo abrió los ojos enormes a Jimena, recordándole el trato. Miró a Lucía otra vez.

Necesito tiempo, ¿vale?

Quería preguntarle mil cosas, pero no le salía ni una palabra. Pero cuando Carmen llamó, ahí sí salió todo. Ella le explicó:

Él no sabía lo de tu madre, yo se lo oculté para no traumatizarle. Después se enteró y quiso conocerte, ayudarte. Aquella noche lo intentó, pero primero lo de Jimena y después tú Se enamoró de ti. Temía que lo malinterpretaras. No es culpa suya; todo por demostrar a los chicos que era hombre de verdad, aunque sin padre. Nadie quería cruzar el hielo, pero él fue

Carmen no presionaba, pero defendía a su hijo con uñas y dientes. Y Jimena presionaba, y de qué manera.

Mamá, ¡él es bueno! ¡Te quiere! Y puede ser mi papá, el de verdad, ¿vale?

Lucía lo sabía. Pero ¿estaba bien?

Pasó casi un mes, y Lucía no se atrevía a verle. No respondía llamadas ni mensajes. Cuanto más tiempo, más ganas tenía de marcarle, pero se le hacía imposible.

Una noche Jimena la despertó: lloraba, con dolor de barriga. Ayer ya se había quejado, pero lo achacó al yogur pasado. Ahora ardía; ni falta hacía el termómetro.

Lucía llamó temblando a urgencias, y, por alguna razón absurda, también a Mateo.

Mateo llegó con la ambulancia, en pijama y despeinado. Se fue al hospital con ellas, calmando con voz temblorosa y prometiendo que todo iba a salir bien, seguro.

Lucía le dio la manoquizá por consolarle a él o a ella misma. En la sala de espera hacía un frío de rábanos, y se sentaban tan juntos, pegados como dos croquetas, compartiendo hasta el último grado de calor.

Mateo fue el primero en preguntar al médico, muy ansioso. Lucía se quedó petrificada. Si a Jimena le pasaba algo, no lo soportaría.

Y todo salió bien. Los médicos se lucieron, y Jimena fue valienteluchó como una campeona, aunque la situación era grave.

Es como si tuviera un ángel guardián, dijo el médico. Lucía susurró: gracias, mamá.

Mateo casi se arrodilló para dar las gracias al equipo. Les mandaron a casaJimena en la UCI y los padres a descansar.

Lucía pensaba que Mateo iba a pedir quedarse, pero se quedó callado. Así que ella dijo:

Ya está amaneciendo. ¿Te apetece entrar y tomar café?

Y se dio cuenta de que lo que quería era eso. Que entrara. Y que se quedara. Para siempre.

Jimena se recuperó como por arte de magialos médicos y enfermeras alucinaban.

Es porque tengo mamá y papá decía ella.

Y nadie más, salvo Lucía y Mateo, entendía por qué una niña podía ser tan feliz.

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