Las vajillas con la cena fría seguían allí, encima de la mesa. Clara las miraba, sin verlas de verdad. Lo único que sí veía eran los números del reloj, que avanzaban, lentos y crueles, como si se burlasen de ella. 22:47.
Rubén había prometido llegar a las nueve. Como siempre…
El móvil estaba en silencio.
Clara ya ni siquiera sentía rabia.
Todo lo que quedaba de cálido por dentro ya se le había apagado, dejando un cansancio frío, como una sábana mojada sobre los hombros.
Cerca de las once y media, oyó la llave girar en la cerradura.
Ni se molestó en girar la cabeza. Seguía en el sofá, arropada en una manta, la mirada fija en ningún lugar.
Buenas, cariño. Perdón, que se me ha ido el tiempo en el trabajo la voz de Rubén sonaba cansada, forzando unas notas de energía que sólo aparecían cuando mentía.
Se acercó e intentó besarle la mejilla, pero Clara se apartó de manera casi imperceptible. Lo notó.
¿Te pasa algo? preguntó, quitándose la bufanda.
¿Recuerdas qué día es hoy? la voz de Clara era baja, apagada, casi susurrando.
Rubén se quedó quieto, intentando pensar.
Miércoles. ¿Por qué?
Hoy es el cumpleaños de mi madre. Íbamos a ir a su casa con una tarta. Tú lo prometiste.
La cara de Rubén cambió de repente. La sonrisa se borró al instante, dejando pasar la culpa y el agobio.
Madre mía, Clarita, se me ha ido completamente de la cabeza. Te lo juro, este trabajo me tiene loco. Mañana la llamo, seguro.
Fue directo a la cocina. Clara oía cómo Rubén hacía ruido con los platos, rebuscando por la nevera, intentando disimular su incomodidad. Siempre se refugiaba en esa rutina: moverse de aquí para allá, fingiendo estar ocupado para no enfrentarse a preguntas difíciles.
Pero hoy no pensaba ahorrarle el mal trago. Se levantó y lo llamó desde la puerta de la cocina.
Rubén, ¿y con quién decías que te has quedado trabajando hasta casi las once?
Él se giró; el brick de leche temblaba levemente en su mano.
Con el equipo. Tenemos un proyecto nuevo, y nos pisan los plazos. Ya sabes cómo es esto.
Ya… asintió ella. Y también sé que esta tarde, a las tres, llamaste diciendo: Elena, lo entiendo todo, pero tengo que arreglar esto.
Elena. Su exmujer. Un fantasma que llevaba metido en su relación desde hacía tres años. Un espectro de reproches y heridas que nunca llegaron a cerrarse.
A Rubén se le fue el color de la cara.
¿Has estado escuchando?
No hacía falta. En el baño hablaste tan alto que te oí perfecto.
Dejó la leche y se dejó caer en una silla, de golpe.
No es lo que crees.
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¿Y qué tengo que pensar entonces? por primera vez, la voz de Clara mostró algo más que vacío. ¿Que hace meses que no estás en paz? ¿Que cada noche te esfumas de casa? ¿Que me miras sin verme? ¿Que intentas volver con ella? Dímelo claro, que lo aguanto.
Rubén miraba al suelo, las manos grandes y fuertes inmóviles, esas mismas con las que podía arreglar cualquier cacharro, pero nunca logró construir la felicidad.
No estoy volviendo con ella murmuró él.
¿Entonces qué? ¿Os habéis liado otra vez?
¡No! sus ojos tenían tanta verdad y un punto de desesperación que Clara dudó un segundo de sus propias sospechas. Clara, créeme, no hay nada de eso.
¿Entonces qué? ¿Qué estás arreglando ahí? casi gritó. ¿Le pagas sus deudas? ¿Le solucionas la vida? ¿Vives la suya en vez de la tuya conmigo?
Rubén se quedó callado.
Clara ya no pudo frenar su torrente de palabras.
Márchate, Rubén. Si la quieres tanto, vete con ella. O donde te dé la gana. Arregla lo que tengas que arreglar. Pero a mí déjame en paz. No puedo más, ni quiero.
Intentó irse, pero Rubén saltó y se puso delante de la puerta.
¡Pero si no tengo adónde ir! ¡No hay ninguna Elena! Ni vieja, ni nueva. Yo ni siquiera sé lo que me pasa. Simplemente quiero arreglarlo todo.
Se le quebró la voz.
No hables en enigmas logró decir Clara.
¿Que qué arreglo? se derrumbó A mí. Estoy intentando arreglarme a mí. Pero no puedo. Eso es lo que pasa. Tú no eres ella; eres más paciente, más buena, siempre creíste en mí, incluso cuando ni yo lo hacía. Pensaba que contigo todo saldría bien Y que yo saldría bien, nuevo. Pero no. Sigo fallando en todo: me olvido de los cumpleaños, me quedo en el trabajo sabiendo que me esperas, me lo callo todo. Miro tus ojos y veo cómo se apaga la luz. Igual que pasó con ella.
Clara guardó silencio.
No quiero buscar a otra siguió Rubén, en un susurro porque sé que sería lo mismo. Volvería a fastidiarlo hasta hacer daño. No sé ser marido, Clara. No sé compartir mi vida Día tras día. Sin broncas, sin dramas. Acabo destruyéndolo todo. Por eso vivo como en la cuerda floja, con miedo a caerme. Y tú tú también estás como muerta a mi lado.
Rubén la miró. Esta vez, perdido y sincero:
Así que la culpa no es tuya. Ni de Elena. Es mía toda.
Clara escuchó todo aquel batiburrillo y le quedó claro: Rubén no le era infiel con otra mujer. La traicionó con su miedo. No era un malo, sólo alguien perdido, sin rumbo.
¿Y ahora qué, Rubén? le preguntó, sin reproche alguno. Has entendido todo esto. Y ¿ahora qué?
No lo sé confesó él.
Pues háztelo mirar. Ve a un psicólogo, cómprate libros de autoayuda, date cabezazos contra la pared, pero haz algo. Deja de buscar el truco mágico para arreglar lo que ya no tiene remedio. No existe ese botón. Solo existe el trabajo. El trabajo contigo mismo. Hazlo. Solo.
Sin mí.
Salió de la cocina, se puso el abrigo y pasó junto a él sin mirarle.
***
La puerta sonó al cerrarse. Rubén se quedó solo en un silencio que solo el ruido de la lluvia interrumpía. Fue a la ventana y vio cómo la silueta de Clara se perdía en la noche mojada y sintió un peso enorme, como si la soledad le apretase el pecho.
Su hueco ya no era un fantasma. Era real, estaba en ese piso vacío, en la cena congelada, en sus manos incapaces de retener nada.
Y en vez de correr tras Clara, fue a la despensa, sacó de la estantería una botella de brandyPor primera vez, Rubén no buscó huir de ese vacío. No encendió la televisión, ni se refugió en la nevera, ni marcó números en el teléfono. Se sentó frente a las vajillas aún frías, las manos en la mesa, los ojos extraviados en el reflejo pálido de la lámpara. Escuchó la lluvia y el reloj, cada tic un eco de las veces que postergó lo inevitable.
Entonces, comprendió: tal vez ese silencio era necesario. Algo como el luto previo a comenzar de nuevo. Algo que dolía, pero que, en el fondo, era vida. Miedo y todo.
Se levantó, recogió una a una las vajillas y las lavó con torpeza, como si estuviese aprendiendo de cero. Dejó la cocina ordenada. Después, encendió la luz del pasillo y fue al armario a buscar la manta de Clara, aún con su olor. La abrazó, cerró los ojos y, por primera vez en muchos años, permitió que las lágrimas le mojaran la cara, sin esconderlas ni sentir vergüenza. Sintiendo el peso y la verdad de la ausencia, entendió que esa noche era solo el principio.
Y aunque no supiera qué rumbo tomar, Rubén supo que, mientras Clara cruzaba la ciudad buscando paz, él se quedaba para encontrarse a sí mismo entre los escombros.
La lluvia seguía golpeando los cristales. Afuera, la ciudad era promesa; adentro, por fin, el miedo tenía nombre.
Quizá no era el final de nada.
Quizá, solo, el extraño y silencioso comienzo.







