Sin haber enterrado el pasado: una familia española atrapada entre recuerdos, silencios y la sombra de una madre ausente

Ponte la bufanda, fuera hace un frío que pela. Vas a pillar algo.

Clara extendió la bufanda de lana esa azul con borlas, la que Jimena había escogido en El Corte Inglés hacía un mes.

¡No eres mi madre! ¿Te enteras?

El grito desgarró el silencio del recibidor. Jimena tiró la bufanda al suelo con la furia de quien lanza un tomate podrido.

Solo quiero…
¡Y nunca lo serás! ¿Me oyes? ¡Jamás!

La puerta de entrada se cerró de un portazo. Los cristales retumbaron, y un soplo helado de escalera invadió todo el piso.

Clara se quedó allí plantada. La bufanda era una cosa tonta, arrugada e inútil sobre sus pies. Le tembló la garganta, caliente y rabiosa. Mordió el labio y alzó la vista al techo desconchado. No. Ni pensar en llorar, al menos aún…

Medio año atrás, ella se imaginaba otra vida. Cenas de lunes con tortilla y tertulias de sobremesa. Paseos por El Retiro. Quizá excursiones a la sierra los domingos. Álvaro le había hablado tanto de su hija lista, creativa, aunque callada desde que faltó la madre. Solo necesita tiempo, decía él. Ya verás cómo vuelve a sonreír.
Pero el tiempo pasaba, y Jimena seguía igual de fría.

Desde el primer día que Clara entró en ese piso de Chamberí ya como esposa y no invitada, la niña levantó una muralla invisible. Cualquier gesto, un muro. No hace falta que me ayudes con mates. No puedo salir, tengo cosas. No me gustan tus cortes de pelo. Y a todo, el silencio.

Yo ya tengo madre dijo Jimena, apenas el segundo desayuno tras la boda. La he tenido y la tendré siempre. Tú aquí no pintas nada.

Álvaro se atragantó con el café, masculló algo conciliatorio. Clara le sonrió con una mueca tiesa y siguió en silencio.

Y cada día fue un poco peor.

Jimena dejó de alzar la voz delante de Álvaro, pero le salía el desprecio en cada gesto. Pasaba junto a Clara como si fuera invisible, respondía sin ganas, se iba de la habitación ante su presencia.

Papá antes era distinto dejó caer Jimena una noche de cocido. Antes te reías, me contabas cosas. Ahora…

No terminó la frase; hundió la cara en el plato de garbanzos. Álvaro palideció, y a Clara se le hizo un nudo en la garganta que ni el mejor rioja pudo soltarle.

Álvaro bailaba entre las dos; a las noches acudía a la habitación que ahora llamaban suya aunque Clara nunca llegó a hacerla propia y allí le rogaba paciencia.

Es niña aún, Clara. Está herida. Dale tiempo.

Luego iba a la de Jimena abajo y le pedía, susurrando, que tuviera piedad.

Clara es buena. Es cariñosa. Intenta conocerla.

Clara oía esas palabras, amortiguadas por la pared, seguidas por las contestaciones de Jimena cortantes, cargadas de rencor.

Álvaro se partía en dos. Se le veía en la arruga creciente de la frente, en ese sobresalto cada vez que ellas coincidían, en las ojeras cada vez más hondas.

Pero no elegía. No podía. ¿O tal vez no quería?

Clara recogió la bufanda, la sacudió sin pensar y la colgó en la percha. Al volver al salón se quedó petrificada, como le pasaba siempre…

Las fotos. Decenas de marcos en la repisa, sobre el radiador, en el alféizar. Una mujer rubia y cálida de sonrisa. Esa misma mujer con una Jimena recién nacida en brazos. Con Álvaro joven y risueño, irreconocible ahora. Boda. Viajes. Fiestas.
Lucía. La primera. La ausente.

Sus cosas seguían en los cajones. Sus vestidos, jerséis, fulares guardados entre bolsitas de espliego. Sus cremas alineadas con precisión de catálogo en el baño. Sus zapatillas rosas, mullidas, esperando junto a la puerta, como si fuera a pasar el pan.

Mamá cocinaba esto mejor sentenciaba Jimena los fines de semana.
Mamá no lo haría así.
A mamá no le hubiese gustado esto.

Cada comparación era un mazazo. Clara asentía y simulaba tragar el agravio. Por las noches, insomne, se preguntaba: ¿cómo rivalizar con un fantasma? Una mujer que se hace diosa con cada recuerdo…

Álvaro seguía amando a Lucía. Clara lo había comprendido hacía tiempo. Miraba las fotos con añoranza devota; al oír historias de la pequeña, se le ensombrecía la mirada.

¿Quién era ella entonces? ¿Intento de seguir? ¿Curita para la soledad? ¿Una mujer a mano?

A los pies de la cama, Clara escudriñaba las sombras del techo, ruinas ajenas de esa casa que nunca llegó a habitar. Sintió, más nítido que nunca, cómo la costura del matrimonio se abría. Álvaro la había elegido sin haber cerrado la puerta a Lucía. Y Jimena jamás la llamaría mamá.

Y peor aún: ella misma había cometido su mayor fallo.

Esa verdad se condensó nítida entre las tres y las cuatro de la madrugada, mientras escuchaba la respiración acompasada de Álvaro. Él tardaba cinco minutos en quedarse dormido, girado hacia la pared, y ella se quedaba sola con el techo, las farolas bailando sombras de exvotos y una foto de Lucía sobre la cómoda, inamovible.

Basta.

La decisión la atravesó serena. Fría y diáfana, como las mañanas después de la neblina: no puede ganar esa batalla. No puedes competir con el recuerdo. No puedes ocupar el altar de la ausente.

Clara se sentó en la cama. Álvaro ni se inmutó.

Tres días después, entregó la solicitud. Sola, sin abogados ni avisos. Fue al registro civil con DNI y el libro de familia, llenó el formulario con letra clara y firmó. La funcionaria, de rojo carmín y mirada cansada, le dedicó el gesto compasivo que se reserva para lo cotidiano y triste.

Clara…

Álvaro halló los papeles en la encimera aquella tarde, la hoja le bailaba entre los dedos, blanco de susto.

¿Qué es esto?
Está claro. He pedido el divorcio.
Pero… ¿cómo? Ni siquiera lo hemos hablado…
¿Qué vamos a hablar, Álvaro?

Apagó el grifo. Se secó las manos en el paño. Se giró hacia él.

Estoy harta de vivir en un museo. De ser la segunda. De tus miradas a los recuerdos de otra. De que tu hija me repita que soy nadie.
Jimena es solo una niña, no lo comprende…
Jimena lo entiende perfectísimamente. Y tú también. Solo que no quieres admitirlo.

Álvaro intentó acercarse. La tomó del brazo, con el tacto tembloroso de quien agarra una figurita de Lladró.

Clara, hablamos. Lo arreglamos. Hablo con Jimena, quito las fotos, empezamos otra vez…
Sigues queriendo a Lucía.

No fue pregunta. Miró a los ojos y vio la respuesta antes de que él articulase palabra.

Él apartó la mano. Retrocedió. Le cayó encima un lustro todo de repente.

Clara asintió. No esperaba otra cosa.

Jimena estaba en su cuarto. La puerta entornada. Cuando Clara pasó, la niña levantó la cabeza del móvil y esbozó una sonrisa sigilosa, con la victoria en los labios.

Había ganado.

El resto fueron pasos mecánicos. El armario, la maleta, los percheros. El vestido azul, regalo de aniversario tres meses atrás y ya añejo. El perfume que él escogió probando frascos entre estantes de la Gran Vía. Un libro compartido que jamás terminarían.

Clara lo fue plegando, acariciando sin pensar. Prohibido recordar ahora. Solo embalar.

La noche era interminable. Clara se sentó sobre la cama, junto a dos maletas: todo lo que aún conservaba de su intento de familia.
A las ocho cogió el taxi.

Lo había pedido media hora antes. Bajó las maletas sola el ascensor, ajeno y frío, ni rechinó. Dejó las llaves sobre la cómoda del vestíbulo.

El taxista ayudó a cargar. Cuando arrancó, Clara no miró atrás.

Madrid, de noche, era un tablero de sombras y farolas. Algún transeúnte aún corría a Atocha. Atrás quedaba aquel piso lleno de fotografías y espectros. Y Álvaro con su nostalgia. Y Jimena, fiel a la madre ausente.

Clara miraba por la ventanilla y respiraba. Por primera vez en seis meses libre.

La soledad asustaba, claro. Pero más miedo daba seguir buscando hueco entre fantasmas.

Empezaba de cero. Sin marido, sin casa, sin familia, sin engaños.

Pero, por primera vez, no tendría que ser la sombra de la mujer que ya no existía.

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