Iván jamás había querido dejar su pueblo burgalés y mudarse a la ciudad. Le fascinaban los campos, el río, los trigales dorados y los pinares, la vida sencilla entre vecinos. Decidió entonces dedicarse a la ganadería, criar cerdos y vender carne, soñando con que, si el negocio prosperaba, podría expandirse aún más. Imaginaba un hogar grande, digno de las dehesas castellanas. Ya tenía coche, aunque viejo y humilde, y todo el dinero que obtuvo al vender la casa de su abuela lo invirtió con esperanza en su finca.
Tenía, además, una ilusión guardada en el cofre del alma: casarse con Inés y hacerla la reina de su futura casa. Llevaban saliendo un tiempo; Inés veía con simpatía la dedicación de Iván, aunque su negocio aún no daba grandes frutos y la casa apenas tenía cimientos.
Pero Inés era una auténtica belleza de la meseta. Nunca pensó que tuviera que labrarse por sí misma un futuro. Decía a sus amigas con tono seguro y algo altivo:
Para eso nací bella, que mi marido me mantenga. Solo tengo que escoger bien, encontrar un hombre que acepte todos mis caprichos. Mi hermosura tiene un precio caro.
Pero Iván ya está construyendo casa y tiene coche, es cuestión de esperar un poco trataba de convencerla su amiga Lucía. A veces las cosas tardan en arrancar.
¡Pero yo lo quiero todo ya! replicaba Inés, haciendo un mohín coqueto. ¿Cuándo va a despegar ese Ivancito? Si no tiene dinero…
Iván la quería con toda el alma, aunque intuía que ella no sentía por él ese amor profundo con el que él soñaba. Esperaba, ingenuamente, que con el tiempo lo llegara a querer. Todo iba bien en su sencillo mundo… hasta que apareció Matías. Llegó al pueblo de vacaciones, a casa de la abuela de su amigo. Miraba a las chicas del pueblo con desdén y en la fiesta del sábado apenas disimulaba su aburrimiento, hasta que vio entrar a Inés, deslumbrante.
Inés apenas se fijó en el forastero al principio, pero al enterarse de que venía de familia pudiente su padre era un alto funcionario en Valladolid, enseguida mudó su atención. Matías era mayor que ella, con experiencia en embaucar a chicas; sabía decir las palabras perfectas, regalar flores exclusivas que hacía traer de la capital. Inés supo valorarlo: en el pueblo no había esas flores, se lo estaban trayendo desde la ciudad.
Iván ardía de celos al ver a Inés aceptando los ramos de Matías.
No aceptes esas flores, ¿por qué me haces esto? suplicaba él, desbordado.
Ay, Iván, son solo flores, déjate de tonterías se reía ella, viva y altanera.
Iván incluso fue a plantarle cara a Matías:
No vuelvas a regalarle nada a Inés. Es mi novia, tengo planes con ella.
Matías ni quiso escucharlo. Hubo golpes, empujones y solo los amigos de Iván lograron separarles. Desde aquel momento, entre Iván e Inés se cruzó una sombra irrevocable. Ella lo evitaba, él se sintió herido y distante. Inés, pragmática, sabía que Matías solo estaría allí unas semanas, pero decidió jugar su carta.
Hay que aprovechar. Debo intentar atraparlo y marcharme a la ciudad. Aquí no hay nada se decía para sí. Hay que moverse rápido.
Seducir a Matías no le llevó mucho esfuerzo. Acordó que él fuera a su casa justo cuando sus padres, como cada domingo, iban al mercado de Salamanca. Preparó la escena al milímetro, sabiendo cómo era su padre: severo y de palabra dura. Estaban en plena intimidad cuando llegaron sus padres de improviso. Ella, desgreñada y apresurada, se cubrió apenas con una bata; Matías logró subirse los pantalones justo antes de que abrieran la puerta.
¿Pero qué demonios es esto? tronó su padre, con furia contenida.
Inés bajó la mirada, Matías buscaba tierra bajo sus pies.
Muy bien. Matías, ahora tienes que casarte con nuestra hija. O te las verás conmigo. Ven conmigo al despacho ordenó el padre, firme.
Nadie supo lo que hablaron, pero al día siguiente los jóvenes ya estaban ante el registro civil de Zamora, llevados por el propio padre de Inés, mientras su madre empezaba a empaquetar cosas para el inminente viaje a Valladolid. La noticia corrió como la pólvora por el pueblo. Iván se sumió en la tristeza; aunque intentaba actuar con entereza ante los vecinos, por dentro se le rompía el corazón.
Matías se maldecía entre dientes:
¿Quién me manda a visitar pueblos? Caí en la trampa de la forastera. Mucho más lista de lo que parece.
Inés, ilusionada y nerviosa, solo pensaba en su nueva vida de urbanita:
Le cuidaré, le daré hijos. Será feliz de haberme conocido, ya lo verá soñaba despertando. ¿Me aceptarán sus padres?
Al contrario de lo que temía, los padres de Matías la recibieron con los brazos abiertos. Ya estaban hartos de las chicas superficiales de ciudad que su hijo llevaba a casa, siempre detrás de la cartera. Inés les pareció sencilla, guapa, y con mano para la casa.
Pasa, Inesita, no seas tímida, estás en tu casa la recibió doña Carmen, mientras don Emilio le sonreía al fondo.
Inés trató de hacerse un hueco y comportarse como la nuera perfecta. La casa era amplia, luminosa, llena de recuerdos de familia. Sus suegros la acogieron cada día con más agrado. Incluso Matías empezó a pensar que igual todo salía bien.
Sí, me cazó con la boda, pero parece de verdad convencida de ser feliz conmigo pensaba él, aunque en el fondo sabía que no eran del mismo mundo. Bueno, que sea lo que Dios quiera. No hace preguntas, se nota que se siente fuera de lugar. No va a volver al pueblo, no tiene genio.
Matías ya estaba calculando todas las fiestas que podría disfrutar tras la boda. En la ciudad tenía muchas amigas. Hasta que Inés, un día, soltó la bomba durante la cena:
Estoy embarazada. Vamos a tener un niño…
¡Qué alegría, Inesita, ya teníamos ganas de un nieto! exclamó doña Carmen, radiante.
Matías sintió el nudo definitivo: ya no podía hablar de tiempos inconvenientes. A las pocas semanas, celebraron la boda. De regalo, los padres de Matías les obsequiaron un flamante piso amueblado en pleno centro.
Tras la luna de miel, Inés percibió que a Matías no le entusiasmaba demasiado la paternidad.
Ya cambiará cuando nazca el niño, seguro que será feliz se animaba ella, sin sospechar la herida secreta en el alma de su esposo.
Poco después del enlace, Matías empezó a ausentarse:
Mi trabajo exige viajes constantes, reuniones fuera se justificaba, y ella, ignorante, le creía.
Inés nunca se quejó a sus suegros de las largas ausencias. Se limitaba a esperar, cocinando platos de cuchara y manteniendo la casa en un orden primoroso, pero echaba terriblemente de menos su pueblo de Castilla, los paseos con amigas, la calidez de sus padres e, insospechadamente, cada vez pensaba más en Iván.
Empezó a preguntarse si había hecho bien. Cuando le preguntaba a Matías si la quería, él respondía de forma esquiva. Carmen, su suegra, percibía la tristeza de Inés y sentía que su hijo no era el marido que soñó para ella.
El nacimiento del pequeño Diego llenó la casa de alegría. Incluso Matías se conmovió, pero la ternura duró poco: los llantos, los pañales y las noches en vela lo exasperaban. Inés, desbordada, no podía ya ni cocinar como antes. Matías solo deseaba huir, escapar a cualquier lugar.
Pronto comprobó, además, que las aventuras pasajeras de antes no tenían el mismo magnetismo si ahora era casado.
¿Qué buscan de un casado? se lamentaba ante sí.
Matías nunca hablaba de Inés entre sus amigos. Sentía vergüenza por su humilde origen.
¿Dónde va a trabajar sin estudios? No quiero que mi mujer sea limpiadora o vendedora en el mercado. Eso dañaría mi reputación familiar. Tendré que mantenerlos yo solo. Me saldría más barato pasarles una pensión…
Por entonces, Matías ya tenía una amante en la ciudad, Catalina, mujer sin hijos y con su propio piso, siempre con dinero. Allí se relajaba, reían, bailaban, hacían excursiones.
No sabes, Cati, qué infierno es mi casa. No soporto ni a mi mujer ni a mi hijo. Vale, Inés es guapa, pero sigue oliendo a pueblo. ¡No sabe ni cómo comportarse en sociedad!
Inés empezó a sospechar la traición. Las camisas manchadas de carmín, el aroma embriagador de otros perfumes en su ropa. Agresivo, Matías ya ni miraba al bebé y le soltaba gritos a ella.
Desolada, Inés llamó a su madre buscando apoyo.
Nadie te obligó a casarte con Matías, hija. Pensamos que acabarías con Iván. Ahora ya lo has elegido, apechuga y, cuando no aguantes más, regresa, pero para siempre…
Inés se sintió ahogada, vacía. Una noche husmeó en el móvil de Matías mientras él dormía, encontrando confesiones ardientes con Catalina que la dejaron sin palabras. Al confiarse a su suegra, esta fue tajante:
Ten cuidado: si piensas divorciarte, lucharemos por llevarnos a Diego. Con las conexiones de Emilio, ganaríamos fácilmente. Da igual cómo sea Matías como padre. Tiene trabajo, piso en propiedad. ¿Qué podrías ofrecerle tú a nuestro nieto, sin estudios ni oficio?
El niño estaba con fiebre, cortándole los dientes, y Matías, harto de los llantos, recibió mensajes insistentes de Catalina citándole urgente. Ella le sugirió, en tono frío y rápido, que les diera a la esposa y al niño un somnífero el que le había dado ella para quitárselos de en medio unas horas.
Matías se fue al lavabo y dejó el móvil. Inés leyó el mensaje y el pánico la agarrotó.
¿Y si de verdad les da eso? ¿Y si nos envenena?
Aterrada, llamó a Iván y le contó todo.
Deja que vaya por ti. Te traigo conmigo al pueblo.
Dicen que pueden quitarme a mi hijo…
No te van a quitar nada, Inés. Solo quieren asustarte. Tranquilízate, da de dormir al niño. Cuando Matías se marche, me llamas. Yo estaré en Valladolid esta noche. Te recojo en cuanto pueda.
Con el corazón roto, Inés acunó a Diego hasta que cayó dormido. Fingió dormir junto a él. Oyó cómo Matías asomaba la cabeza, luego se marchó apurado. Ella se levantó, juntó unas pocas cosas, llamó a Iván. Muy pronto él llegó, serio y protector, y la llevó a su casa en el pueblo.
Matías no volvió hasta la tarde siguiente y, al ver la casa vacía, llamó histérico a su madre.
¿No está con vosotros? ¿Ha huido con el niño? ¡Voy a llamar a la policía! sollozaba Carmen.
Mamá, no lo hagas. Mejor así: estoy harto de ella y del niño. Déjala que viva como quiera, te lo pido.
Pasó el tiempo. Inés e Iván se casaron, tras el divorcio. Inés volvió a respirar aire puro en su hogar de Campos de Castilla, encontró por fin el amor verdadero y el calor de un hogar de verdad. Ahora, en la gran casa que una vez soñó Iván, esperaban otro hijo. Al fin Inés supo que la felicidad estaba en quien la quería de verdad.







