¿De verdad piensas pasar el sábado entero rebuscando trastos en el trastero? ¿Todo el sábado? Lucía pinchó un trocito de tarta de queso y, arqueando una ceja con escepticismo, miró a aquel chico alto y pelirrojo, cuyo nombre era Andrés.
Andrés se recostó en la silla, calentando las manos con su taza de capuchino ya casi frío.
Lucía No son trastos, son los tesoros de mi infancia. Por ahí todavía anda mi colección de envoltorios de Boomer, ¿te haces una idea de lo que vale eso?
Madre mía. ¿Todavía tienes envoltorios de chicle? ¿Desde cuándo?
Lucía soltó una risita y los hombros comenzaron a temblarle, aguantando la risa. Esa cafetería, de sofás gastados color ciruela madura y cristales siempre empañados, se había convertido en su refugio compartido. La camarera, Inés, ya ni les preguntaba qué querían; simplemente traía el capuchino para él, un café con leche para Lucía y ponía el postre del día entre los dos. Quince años de amistad dan para perfeccionar cualquier ritual.
Vale, lo confieso Andrés levantó la taza a modo de saludo, el trastero puede esperar. Y los tesoros también. Por cierto, Sergio nos ha invitado a hacer una barbacoa el domingo.
Ya lo sé. Ayer se pasó tres horas eligiendo una nueva parrilla por internet. Tres horas. Pensé que se me secaban los ojos de aburrimiento.
Las carcajadas de ambos se diluyeron entre el vapor de la cafetera y las conversaciones apagadas de las mesas vecinas…
…Entre ellos no había silencios incómodos ni secretos; se conocían como la palma de su mano. Lucía recordaba cómo Andrés, un larguirucho de primero de la ESO con los cordones siempre sueltos, había sido el primero en acercarse a ella en clase nueva. Y Andrés no olvidaba cómo ella, la única, nunca se rió de sus gafas de pasta gruesa.
Sergio, el marido de Lucía, aceptó aquella amistad desde el principio, sin recelos ni preguntas. Observaba a su mujer y a su amigo de la infancia con la calma de quien confía en sí mismo y en quienes quiere. En las noches de viernes juntos, jugando al Monopoly o Uno, era Sergio el que más se reía cuando Andrés perdía por enésima vez al Scrabble, y siempre llenaba las tazas de té mientras Andrés y Lucía debatían apasionadamente las reglas del Gestos.
Hace trampas, por eso siempre gana llegó a decir Lucía una vez, lanzando una carta de la baraja a su marido.
Lo llamo estrategia, mi amor replicó Sergio, recogiendo las cartas con paciencia.
Andrés asistía a esas escenas con una sonrisa cálida. Le caía bien Sergio: metódico, fiable, con ese humor tan seco que nunca sabías si hablaba en serio o en broma. Cerca de él, Lucía era más feliz y tranquila; Andrés, amigo de verdad, se alegraba sinceramente de verla así.
Pero el equilibrio se rompió cuando irrumpió Elena en su pequeño mundo.
Elena, hermana de Sergio, apareció en su puerta hace poco más de un mes, con los ojos enrojecidos y la determinación de empezar de cero. El divorcio la había dejado hecha polvo, con un vacío amargo allí donde antes había habido alguna estabilidad.
La primera noche que Andrés fue a su habitual partida de juegos, Elena levantó la mirada del móvil y le estudió con interés. Algo hizo clic en ella, como un mecanismo olvidado mucho tiempo atrás. Allí estaba aquel hombre tranquilo, con los ojos bondadosos y una sonrisa que daba ganas de sonreírle de vuelta.
Este es Andrés, mi amigo de toda la vida presentó Lucía. Y ella es Elena, la hermana de Sergio.
Encantado dijo Andrés, extendiendo la mano.
Elena la sostuvo un poco más de la cuenta.
Igualmente.
Desde entonces, las casuales apariciones de Elena se volvieron habituales. Se presentaba en la cafetería justo cuando estaban Lucía y Andrés. O llegaba al piso con una bandeja de pastas cada vez que Andrés pasaba por allí. Siempre se sentaba a su lado, tan cerca que los hombros se rozaban.
¿Me pasas esa carta? decía Elena, inclinándose hacia él, y su melena acariciaba a propósito el cuello de Andrés. Ay, perdón.
Él se apartaba con discreción, murmurando algo cortés. Lucía miraba a Sergio, pero él simplemente se encogía de hombros; su hermana siempre había sido de ese modo.
Cada vez el flirteo era más descarado. Elena mantenía la mirada en la cara de Andrés, le hacía cumplidos, cualquier excusa era buena para un roce casual. Se reía tanto con sus chistes que Lucía sentía los oídos vibrar.
Tienes unas manos preciosas, tan elegantes, dedos de pianista le dijo Elena una tarde, agarrándole la mano sobre la caja de fichas. ¿Músico?
Eh… programador.
Igualmente bonitas.
Andrés retiró la mano con cuidado y se fijó en sus cartas con interés exagerado. Se le sonrojaron las orejas.
A la tercera invitación de Elena a tomar un café solo para charlar, Andrés cedió. Le gustaba Elena; era intensa, espontánea, chispeante. Pensó que quizá, si lo intentaba con ella, dejaría de mirarle con esa ansiedad y todo volvería a la calma.
Las primeras semanas no estuvieron mal. Elena estaba feliz, Andrés relajado, y las noches en familia volvieron a ser tranquilas.
Hasta que Elena empezó a fijarse en lo que preferiría no ver.
Notó cómo Andrés se iluminaba en cuanto llegaba Lucía; cómo le cambiaba el gesto al hablarle; cómo compartían miradas cómplices y enlazaban frases de media palabra, con esa conexión secreta a la que ella no tenía acceso.
La semilla de los celos brotó en el pecho de Elena, venenosa.
¿Por qué tienes que verla tanto? le preguntó, cruzada de brazos ante la puerta, cortándole el paso.
Porque es mi amiga. De quince años, Elena. Es…
¡Pero yo soy tu novia! ¡Yo! ¡No ella!
Las discusiones se volvieron rutina, una tras otra. Elena lloraba, le reprochaba y exigía. Andrés explicaba, intentaba calmarla, no encontraba solución.
¡Piensas más en ella que en mí!
Elena, no es verdad. Lucía y yo solo somos amigos.
¡Los amigos no se miran así!
El móvil de Andrés no paraba de sonar cuando estaba con Lucía.
¿Dónde estás? ¿Cuándo vuelves? ¿Por qué no contestas? ¿Estás con ella otra vez?
Al final, aprendió a silenciarlo, pero Elena empezó a seguirle: en la cafetería, en el parque, en el portal de Lucía… siempre fuera de sí, llorando de rabia.
Por favor, Elena… Esto no puede seguir así Andrés se frotaba las sienes agotado.
¡Lo que no es normal es que pases más tiempo con la mujer de otro que conmigo!
Lucía también se cansó. Cada quedada con Andrés era una prueba. ¿Irrumpiría Elena? ¿Con qué escena o acusación esta vez?
Quizá debería verte menos… sugirió Lucía en voz baja, pero Andrés le cortó:
Ni hablar. No vas a cambiar tu vida por los caprichos de nadie. Ninguno de nosotros lo hará.
Pero Elena ya había tomado una decisión. Si no podía ganar limpiamente, lo intentaría por otros medios.
Sergio estaba en la cocina cuando Elena apareció por la puerta.
Hermanito… necesito decirte algo. No quería, pero… tienes que saber la verdad…
Fue soltando la mentira a sorbitos, con sollozos preparados en cada pausa. Encuentros secretos. Miradas demasiado largas. Que Andrés cogía de la mano a Lucía cuando creía que nadie miraba.
Sergio escuchaba en silencio, sin interrumpir, imperturbable.
Cuando Lucía y Andrés entraron en el salón, el aire era tan denso que costaba respirar. Sergio estaba medio tumbado en el sillón, con la expresión de quien espera el desenlace de una comedia.
Sentaos indicó Sergio, señalando el sofá. Mi hermana acaba de contarme una historia increíble sobre vuestro romance secreto.
Lucía se quedó clavada; Andrés apretó la mandíbula.
¿Pero qué…?
Asegura que ha visto cosas muy comprometidas.
Elena agachó la cabeza, sin atreverse a mirar a nadie.
Andrés se giró hacia ella, tan bruscamente que Elena retiró el cuerpo.
Se acabó, Elena. Ya está bien de tus paranoias.
Se había borrado toda la calma de su rostro. El Andrés paciente había desaparecido, y frente a ellos solo quedaba un hombre al límite.
Lo dejamos, ahora mismo.
¡No puedes!
Esta vez las lágrimas eran auténticas.
¡Ha sido por ella! chilló Elena, señalando a Lucía. ¡Siempre es ella! ¡Siempre la eliges a ella!
Lucía esperó unos segundos antes de hablar, dejando que su cuñada se deshiciera en reproches.
Mira, Elena dijo con serenidad, si no intentases controlar cada momento de su vida ni montar escenas de la nada, nada de esto habría pasado. Has sido tú quien ha roto lo que tenías.
Elena cogió su bolso y salió dando un portazo.
Sergio rompió a reír, alzando la cabeza hacia el respaldo del sillón.
Por fin, madre mía.
Se levantó para abrazar a Lucía.
No habrás creído ni una palabra, ¿no? le murmuró ella, metiéndole la cara en el cuello.
Ni medio segundo. Llevo años viendo cómo os tratáis. Es como ver a dos hermanos peleando por el último trozo de chocolate.
Andrés soltó un suspiro largo y sintió por fin el alivio.
Perdón por meterte en toda esta telenovela dijo, avergonzado.
Bah. Elena es adulta; que asuma lo que hace. Y ahora, ¡a cenar! Que la lasaña se enfría y no pienso recalentarla por dramas ajenos.
Lucía soltó una risa, pequeña y aliviada. La familia seguía unida. Su amistad con Andrés había resistido. Y su marido, una vez más, demostró que su confianza no se tambaleaba con ningún rumor.
Se sentaron en la cocina, donde la lasaña brillaba bajo la luz cálida, y todo, poco a poco, volvió a tener la forma de siempre.







