El invierno había cubierto el patio de Tomás con un manto espeso de nieve, pero su leal perro León, un enorme pastor alemán, comenzó a actuar de manera insólita.
En vez de refugiarse en la caseta espaciosa que Tomás le construyó durante el pasado verano, León insistía en dormir afuera, tumbado directamente sobre la nieve helada. Tomás lo observaba desde la ventana, con el corazón apretado León jamás se había comportado así.
Cada mañana, al salir a su encuentro, Tomás notaba cómo León lo miraba con una tensión extraña. En cuanto se acercaba a la caseta, el perro se plantaba entre él y la entrada, gruñía suave y lo miraba suplicante, como si dijera: «Por favor, no entres ahí». Ese comportamiento, tan inusual en la estrecha amistad que compartían desde hacía años, hizo que Tomás se preocupara profundamente ¿qué estaba ocultando su mejor amigo?
Resuelto a descubrir la verdad, Tomás ideó un pequeño plan. Atrajo a León hasta la cocina con un trozo de solomillo recién hecho. Mientras León, encerrado dentro, ladraba con fuerza desesperada al ver desde la cristalera, Tomás se acercó vacilante a la caseta y se agachó para investigar su interior. El pulso se le detuvo por un instante cuando, al acostumbrarse sus ojos a la penumbra, distinguió algo que lo dejó de piedra
Allí, acurrucado sobre una manta, yacía un gatito diminuto sucio, aterido y apenas respirando. Sus ojitos apenas se abrían y todo su pequeño cuerpo temblaba de frío. León lo había encontrado en algún lugar del barrio y, en lugar de echarlo o ignorarlo, le daba refugio. Por eso él dormía afuera: para no asustarlo y vigilar la entrada, como si la caseta guardase un tesoro invaluable.
Tomás contuvo el aliento. Extendió las manos con cuidado, tomó aquella minúscula vida y la apretó suavemente contra su pecho. En ese instante, León corrió hacia él y se pegó a su hombro, silencioso y atento, dispuesto a ayudar y no a gruñir.
Eres un buen perro, León susurró Tomás, abrazando al gatito. Mejor que muchos hombres.
Desde aquel día, el patio ya no fue solo hogar para dos amigos, sino para tres. Y la caseta, levantada con cariño bajo el sol de Castilla, recobró su propósito convertirse en un pequeño refugio para almas salvadas.







