Diario de Tomás García, Madrid, 15 de marzo.
Desde que nuestro hijo Alonso se casó, parece que se ha olvidado de nosotros. Ya casi ni nos visita. Siempre está en casa de la suegra, doña Remedios. Ella siempre necesita que alguien la saque de un apuro. Nunca logré imaginarme cómo se las arreglaba, hasta que su hija casó con mi hijo.
Alonso lleva ya más de dos años casado con Marisol. Tras la boda se mudaron a un piso que compramos para él en la calle Bravo Murillo, aquel que le ayudó tanto cuando empezó la universidad. Siempre ha contado con todo nuestro apoyo y comprensión. De hecho, antes de casarse ya vivía solo porque el piso le quedaba cerca de la oficina donde trabajaba.
Nunca llegué a decir que Marisol me cayera mal, pero la verdad es que desde el principio noté que no tenía mucha madurez para la vida en pareja. Aunque Alonso solo le lleva un par de años, ella se comportaba muchas veces como una niña pequeña, caprichosa cada dos por tres. Alonso es tan noble y cariñoso, y yo no paraba de pensar cómo se desenvolvería entre todos esos arranques infantiles.
Después de conocerlas a ella y a su madre, entendí de dónde venía todo. Pese a que Remedios tiene mi edad, se comporta como si tuviese veinte años menos. Seguro que tú también habrás dado con esa clase de personas que nunca maduran, ni a los sesenta siquiera. Siempre tan ingenuas, siempre perdidas. Para colmo, cuando su hija pasó por el altar, Remedios ya iba por su sexto divorcio.
Nunca tuvimos demasiados temas de conversación. Ella siempre en su burbuja, pero al menos no era pesada. Nuestra relación se limitaba a intercambiar saludos formales en las celebraciones y poco más.
Pero ya desde antes de la boda algo empezó a oler raro: Marisol arrastraba a Alonso casi a diario a casa de su madre. Que si un grifo perdía, que si había que cambiar un enchufe, o que se le había caído una balda en la cocina. Al principio pensé: bueno, es normal, allí falta un hombre que eche una mano, así que tampoco pasa nada.
Pero al cabo de un tiempo, los accidentes no solo no paraban, sino que iban a más. Alonso nos fue dejando de lado. Ya nunca podía ayudarnos en nada porque siempre tenía un recado en casa de la suegra. Luego, todos los santos, cumpleaños y fiestas grandes los acababan celebrando allí, y en mi casa éramos solo yo, mi padre y mi suegra Carmen.
Que no viniera a nuestras celebraciones me dolía, pero lo que más me pesó fue cuándo empezó a desatender nuestros propios pedidos de ayuda.
El caso más reciente fue cuando compramos una nevera nueva y le pedí a Alonso que nos echara una mano para subirla al piso. Primero me dijo que sí, pero luego llamó diciendo que no podía, que tenía que irse con Marisol a casa de su madre porque tenía una fuga en la lavadora.
Llamó mi mujer, y de fondo se oyó a Marisol decir bien alto: “¿Pero tus padres no pueden pagarle a una empresa de mudanzas?” Al final vino Alonso, pero llegó de un humor, que parecía que le debíamos medio millón de euros.
Papá, ¿no podíais llamar a una cuadrilla? ¡Mira que tener que cargar esto ahora!
Perdí la paciencia y me pregunté por qué la suegra no podía llamar nunca a un técnico por su cuenta. ¿De verdad en su mundo no hay fontaneros ni electricistas? Alonso me dijo que no, que hay que tener cuidado, que hoy en día todos intentan engañarte y al final te cobran un pastón y no arreglan nada.
Fue ahí cuando mi mujer, Mercedes, no aguantó más y le soltó, con ese sarcasmo tan castizo: Será que Remedios no entiende de electrodomésticos, pero lo que sí sabe es pastorear ovejas: ¡anda que no ha sabido llevar la suya a donde quiere! Y Alonso se enfadó tanto que se fue dando un portazo. Yo no quise meterme en esa pelea, aunque sinceramente le doy la razón a Mercedes, porque es verdad que esos nuevos parientes le sacan jugo a mi hijo. Para ellos es el instalador oficial, mientras que a nosotros ya ni el saludo.
Ya han pasado más de dos semanas y Alonso no le habla a su madre. Mercedes tampoco quiere dar el primer paso para reconciliarse. Y ahí estoy yo, en medio del fuego cruzado, entre el yunque y el martillo. Claro que Mercedes tenía razón, aunque podía haberse expresado de otra forma. Y por una tontería así, ahora Alonso está dolido, alejado de la familia, y yo no pienso perder a nadie por un quítame allá esas pajas.
Mercedes se niega a buscarle, y Alonso tampoco da su brazo a torcer hasta que su madre le pida perdón. Y mientras tanto, la que mejor se lo está pasando es doña Remedios, que todo le sale a pedir de boca.
Hoy, repasando estos días tan tensos, me he dado cuenta de que las familias se sostienen a base de paciencia y de palabras medidas. Aunque a veces la sangre tire fuerte, hay que procurar que la boca no nos juegue malas pasadas. ¿Mi lección? El orgullo no llena los huecos de la mesa, ni reemplaza los abrazos en casa. Por eso, antes de perder a un hijo por una mala palabra, siempre merece la pena tragarse alguna que otra.







