Los padres de mi marido no encuentran la paz insisten en reconciliarlo con su exmujer. ¿No lo entiendes? ¡Si tienen un hijo en común!, se queja mi suegra como si estuviera defendiendo el honor de España.
Yo soy la esposa de un hombre cuyos padres llevan años sin aceptar que su hijo ya está divorciado. Vamos, que han pasado más de cuatro años desde aquello, pero ellos no pierden la esperanza y siguen actuando como tertulianos de novela, intentando reconducir lo irreconducible. Hace tres años que nos casamos él y yo, y la verdad es que nuestra vida es tan feliz como una tarde de tapeo en el Retiro.
Mi suegra está convencida de que su hijo se precipitó y fue un zoquete. Según ella, debería hacer hasta lo imposible por recoser su antigua familia, solo porque su hijo sigue allí, como pegatina en cuaderno escolar.
Cuando conocí a Diego, ya estaba divorciado y, en teoría, ambas partes estaban de acuerdo. Su exmujer, Lucía, ya hacía tiempo que saltaba a otros prados y volvió a casarse más rápido que un AVE Madrid-Sevilla. Dicen las malas lenguas que el motivo del divorcio tenía nombre de varón.
Quizá estuvimos un poco locos al casarnos tan pronto. Mi madre, como buena manchega, azuzaba a que no dejase escapar al muchacho. Pero la historia de su primer matrimonio también tiene tela: Se quedó embarazada y me salió el sentido del deber; pero mira, ni estaba enamorado, ni lo habría hecho de no haber sido por el embarazo, me confesó Diego en uno de esos días de confianza de sofá y mantita.
Nunca me preocupó Lucía. Al principio, observé con ojo crítico. Pronto quedó claro que Diego no sentía ninguna nostalgia por aquel episodio familiar. Lucía tampoco mostraba interés: tenía su nueva vida y solo hablaban de su hijo. Vamos, que la cordialidad brillaba por el desinterés mutuo.
La que no podía con el asunto era la madre de Diego. Y su padre, que le iba a la zaga. Incesantemente trataban de recomponer a la fuerza lo que ni con el pegamento de San Fermín se junta. A nuestro matrimonio le pusieron cara larga desde el primer brindis: Sois jóvenes, tenéis la vida por delante ¿pa qué te metes donde no hay que meterse?, me soltaba mi suegra a solas, intentando hacerme dudar como una abuela en rebajas.
Le respondí clara y castiza: si Diego estuviera casado, no estaría yo de por medio; siendo libre, no veía el dilema. Ella iba a soltar un Tourmalet de reproches, pero entró Diego y la suegra mutó a modo silencio. Ahí supe que mejor llevar distancia prudente.
Nos casamos y empezamos a compartir piso como buenos madrileños. Apenas cruzaba palabra con mi suegra, salvo en alguna comida familiar, con la típica lluvia de críticas hacia la exfamilia de Diego. Diego, hastiado, intentaba cambiar de tema, pero la escena se repetía cual día de marmota.
No teníamos prisa en lo de aumentar la familia. Yo no me veía de madre aún y Diego ya tenía un hijo. Eso sí, mi suegra ya lucía orgullo de abuela de aquel nieto.
Cuando Diego se divorció, la suegra montó su club de fans; invitaba a Lucía a la cena de Nochebuena, ponía voz de culebrón para recordar lo bien que encajaban como pareja y la ensalzaba como si fuera la mismísima Penélope Cruz.
Lucía, ni fu ni fa: venía, recorría el circuito de canapés, charlaba lo justo y vuelta a su vida. Eso sí, su pasividad era de matrícula.
Mi suegra seguía intentando despertar celos en Diego y, de paso, en mí. Me llamaba preguntando dónde andaba mi marido y, si no lo sabía, ya imaginaba que estaría con su ex. O le buscaba excusas para mandarlo a casa de ella. Todo muy sainetesco.
Cero celos por mi parte, qué va; pero reconozco que este show familiar me ponía de los nervios. Viendo a Diego y Lucía juntos, es más fácil ver un unicornio que una chispa entre ellos. Pero tener un hijo en común no facilita las cosas: Diego pasa su pensión y habla a veces con el chaval. Trae a su hijo de visita, y Lucía ni chantajea ni hace dramas, ni corta el contacto. Es más, a mí me parece una tía bastante normal. Cada uno por su lado y en paz: civilizados y razonables, como quien queda para tomar cañas sin compromiso.
Pero mi suegra no ve más allá de sus novelas. Siguió urdiendo argumentos y montando intrigas con la esperanza de que la vida volviera al capítulo anterior. ¿Cuándo parará? ¿Cuándo verá la luz? Diego cree que, cuando le demos un nieto, se calmará. Yo, sinceramente lo dudo. Como mucho, se buscará otra serie en la que meterse.







