Jamás Tomé Lo Que No Era Mío: La Historia de Dos Vidas Entretejidas por la Envidia, el Amor y el Dolor en la España de Hoy

EN LA VIDA, NUNCA TOMÉ LO AJENO

Recuerdo a Martina, cuando aún éramos niñas en el colegio, sintiendo hacia Alba una mezcla de desprecio y envidia. La despreciaba porque los padres de Alba, Javier y Lucia, estaban perdidos sin remedio en el vino. Vivían de chapuzas y azares, pasaban de una peseta a otra como podían. Por eso, Alba solía ir medio hambrienta, con ropajes raídos y siempre con una tristeza pegada al alma. Su padre descargaba en ella su frustración y su puño: si bebía poco, si bebía mucho, si simplemente era un mal día, y su madre jamás la defendía, por temor a la mano pesada de aquel hombre.

En aquella vida gris, la única luz para Alba era su abuela Eugenia. Todos los meses, la abuela, de su humilde pensión, le daba a la nieta una pequeña “paga” por buen comportamiento. Aunque Alba intuía que aunque alguna vez hiciese travesuras, Eugenia haría la vista gorda y no dejaría de premiarla. ¡Cinco pesetas! Para Alba era el día más feliz. Corría a la tienda del barrio y compraba helado uno para ella, otro para la abuela, un poco de turrón y alguna golosina.

Quería disfrutar de aquellos dulces durante todo el mes, pero a los dos días ya no quedaba ni rastro. Entonces la abuela sacaba su propio helado escondido en el frigorífico y se lo daba:
Tómalo, mi niña, cómetelo tú, que hoy me duele la garganta.
“Qué curioso”, pensaba Alba, “a la abuela siempre le duele la garganta el mismo día que se acaban los dulces…” En secreto, Alba siempre contaba con el helado de su abuela.

La familia de Martina era justo lo opuesto. En su hogar nunca faltaba nada; sus padres, Gabriel y Teresa, ganaban bien y llenaban la casa de todo tipo de comodidades y atenciones para su hija. Martina vestía a la última moda, y a menudo las chicas del colegio le pedían prestadas prendas. Martina nunca supo lo que era pasar necesidad. Siempre saciada, abrigada y calzada.

Pero Martina envidiaba a Alba por su desbordante belleza y por ese imán en su carácter, esa simpatía natural y esa facilidad para llevarse bien con todo el mundo. Martina, por el contrario, jamás bajaba a hablar con Alba; consideraba indigno siquiera saludarla y, al cruzarse con ella, le lanzaba miradas que helaban la sangre. Un día, delante de todos, Martina insultó a Alba:
¡Eres una desgraciada!
Alba llegó llorando a casa y se lo contó todo a su abuela. Eugenia la sentó a su lado, la acarició y le dijo:
No llores, Alba mía. Mañana, si te vuelve a insultar, dile: “Tienes razón, soy de Dios.”
Alba sintió alivio al instante.

Martina siempre fue guapa, sí, pero su belleza tenía algo frío, distante, casi como el mármol.

En nuestra clase todos adoraban a Marcos, el travieso. Era el bromista, el que nunca se preocupaba por las malas notas, el que salía del paso aunque las profesoras llenaran su boletín de suspensos o lo echaran por charlatán. A Marcos se le perdonaba todo por su alegría y bondad.

En los últimos años del colegio, Marcos empezó a acompañar a Martina hasta su portal. Por las mañanas la esperaba en la puerta y entraban juntos, provocando los inevitables cuchicheos de los compañeros:
Ahí llegan los novios.
Hasta los profesores sabían que entre Marcos y Martina crecía algo especial.

Llegó el último día de clase y, tras el baile de graduación, cada uno tomó su camino.

Marcos y Martina se casaron, precipitadamente, pues las circunstancias no se podían disimular ni con el vestido de novia más elaborado. Cinco meses después, Martina dio a luz a una niña: Sofía.

Alba, tras terminar el colegio, tuvo que ponerse a trabajar. Su abuela Eugenia ya había fallecido, y sus padres únicamente la reclamaban para que aportase dinero. Alba tenía pretendientes de sobra, pero ninguno le llegaba al alma, y se avergonzaba de la situación de su familia.

Diez años volaron y la vida siguió su curso.

…Recuerdo aquella mañana junto a la consulta del psiquiatra. Allí estaban dos parejas: Alba con su madre y Marcos con Martina. Alba reconoció de inmediato a Marcos: se había convertido en un hombre hecho y derecho. Martina, sin embargo, daba lástima de ver: flaca, con el pulso tembloroso, la mirada perdida y el rostro envejecido, a pesar de sus jóvenes 28 años.

Marcos saludó a Alba con un gesto de disculpa. No esperaba encontrar allí a una testigo de su drama.
Hola, compañera dijo él, incómodo.
Hola, Marcos. ¿Hace mucho que os pasa esto con Martina? Alba captó la situación enseguida.
Mucho respondió Marcos, azorado.
Conozco el infierno de las mujeres bebedoras; lo viví con mi madre. Mi padre se consumió por el alcohol le contó Alba, sintiendo pena por ambos.

Cuando salieron, Marcos y Alba decidieron intercambiar teléfonos, por si acaso. El dolor compartido se lleva mejor.

Marcos empezó a visitar a Alba, pidiéndole consejo sobre su dura experiencia. Ella lo ayudaba, compartiendo lo aprendido por fuerza: cómo tratar con adictos en la familia, qué tratamientos existen, qué errores evitar… Alba sabía bien que más hombres se ahogan en el vino que en el mar.

Después se supo que Marcos y su hija Sofía llevaban ya tiempo viviendo solos; Martina había vuelto con sus padres, y Marcos mantenía a la niña a salvo de la madre imprevisible.

El colmo llegó el día en que Marcos, al regresar a casa, encontró a Martina borracha tirada en el suelo y a la pequeña Sonia la llamábamos así por cariño encaramada en el alféizar, sólo el azar evitó la tragedia. Marcos lo intentó todo, pero Martina no quería curarse. Pensaba que tenía la situación controlada y que dejaría el alcohol cuando quisiera; pero la realidad era que el pozo la llamaba cada vez más abajo. Y el matrimonio terminó.

Pasó el tiempo y un día Marcos invitó a Alba a cenar en una tasca de Madrid. Allí confesó su antiguo amor por ella, un amor callado desde el colegio, ahogado por el miedo al rechazo y por las vueltas de la vida.
Siempre te quise, aunque no me atrevía, y luego la vida me llevó por otros caminos… dijo, abriéndose de corazón.

Alba también admitió que Marcos nunca le fue indiferente. Pero jamás pensó en interponerse entre él y Martina. Ahora, liberados de barreras, se dieron una oportunidad.

Se casaron sin aspavientos y Alba se fue a vivir con Marcos. Al principio, Sonia recelaba de la presencia de otra mujer en casa, temiendo compartir el cariño de su padre. Pero pronto Alba la colmó de ternura, y la niña quiso empezar a llamarla “mamá”. Un par de años después, llegó al mundo otra hija, a la que llamaron Mariola.

Pero no todo fue tranquilidad. Un día sonó el timbre de casa y Alba fue a abrir. En el umbral se encontraba una figura que sólo por la voz pudo reconocer: era Martina. Apestaba a aguardiente y llevaba la derrota escrita en la cara.
¡Víbora! ¡Me has robado a mi marido y a mi hija! ¡Por eso te he odiado siempre! susurró Martina.
Alba ni se inmutó; se mantuvo serena, segura de sí, más hermosa que nunca.
Yo nunca tomé lo ajeno. Tú misma dejaste a tu familia sin saber lo que perdías. Jamás he hablado mal de ti. Solo puedo sentir pena, Martina…
Y con dignidad, Alba cerró la puerta ante aquella sombra de un pasado que, por fin, ya no le pertenecía.

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