VIDA EN ORDEN
Claudia, te prohíbo que hables con tu hermana y su familia. Ellos tienen su vida, nosotros la nuestra. ¿Has vuelto a llamar a Elvira? ¿Te has estado quejando de mí? Ya te lo advertí. No me vengas luego con lamentosdijo Andrés, apretándome el hombro con la fuerza de un toro enjaulado.
Yo, como en esos momentos de niebla, me escurría a la cocina entre sombras y azulejos fríos. Las lágrimas, saladas como el sudor de un verano andaluz, me nublaban la vista. Jamás me había quejado a mi hermana, sólo charlábamos. Teníamos padres mayores y siempre había cosas que tratar y recordar. A Andrés le sacaba de quicio. Odiaba a mi hermana Elvira, y más aún su tranquila fortuna. En esa casa reinaba el sosiego y sobraba el pan. Nada que ver con lo que Andrés y yo vivíamos tras las paredes desconchadas de nuestro piso madrileño.
Al casarme con Andrés, flotaba en un sueño color alhelí. Me arremolinaba entre sus brazos, ajena a que él era medio palmo más bajo que yo, ajena también al hecho de que su madre la Montserrat se presentó el día de la boda con el aroma avinagrado de quien ya casi ni apoya los pies en el suelo. Pronto supe que la suegra era alcohólica de los de toda la vida.
Enamorada, no veía el pozo. Un año después, la niebla de la felicidad se levantó. Andrés se entregaba con igual pasión al vino que a la mala vida. Venía a casa con la boca amarga y el corazón ausente, y la procesión de líos y deslealtades se desataba como una tormenta de verano. Trabajaba yo como enfermera en el hospital de la calle Mayor. El sueldo, justo para el alquiler y poco más. Andrés prefería perderse con sus compinches nocturnos, con risas de taberna y vasos de caña. Pagar las facturas no era cosa suya.
Al principio soñé con hijos e inviernos con cuentos al fuego, pero acabé cuidando de Bengala, un gato cartujo más azul que esperanza de lunes. Se me quitaron las ganas de traer niños al mundo de la mano de un hombre hecho de uva y lamento. Aunque, por extraño que parezca, mi corazón seguía atado a las ruinas de aquel amor.
¡Ay, Claudia!me decía Manuela, mi compañera del hospital, con ese tono entre broma y compasiónMírate, a tu alrededor tienes un ejército de hombres pendientes de ti y tú, como una yegua con anteojeras, toda para tu enano. ¿Qué le has visto? Siempre con los moratones escondidos bajo el colorete. ¿Crees que nadie se da cuenta de tus ojos de mapache? Déjale ya, que cualquier día te manda al otro barrio de un disgusto.
No mentía. Andrés dejaba a menudo que su furia, gratuita como el aire, se desbordara en bofetones y palabras sucias. Una vez me dejó tan maltrecha que no pude ir al turno de la mañana. Encima, me encerró y se fue llevándose la única llave. Desde entonces el miedo era mi manta y mi prisión. El simple sonido del portón, la llave entrando en la cerradura, me hacía encogida y con las manos heladas. Sentía que pagaba culpas: por no dar un hijo, por no ser mejor esposa, por… por cualquier cosa que a la mente de mi marido borracho se le antojara. Así me dejaba arrastrar, sin resistencia, en los golpes y en las humillaciones, preguntándome por qué le quería todavía.
Recuerdo los susurros de su madre, con voz de corneja:
Claudita, haz caso a tu marido, quiérele con las entrañas, olvida a tu familia y tus amigas, sólo te traerán problemas.
Y así pasaban los días: el teléfono en silencio, la casa muda, la voluntad doblegada al capricho de Andrés. Me aferraba, sin remedio, a lo dulce que seguía después: él, de rodillas, llorando y besándome los pies, jurando que sería distinto. La reconciliación era pegajosa como la miel y casi irreal. Llenaba la cama de pétalos de rosa robadas. Sabía que Andrés las pillaba en el patio del Antonio, su amigo de borracheras, cuyas mujeres cultivaban rosas con esperanza y cuyo marido las regalaba por cuatro perras a los del bar a cambio de otra ronda. Nosotras, las esposas, enternecíamos y les perdonábamos las miserias cada noche de flores.
Si el azar no hubiese intervenido, mi vida habría girado eternamente en ese tiovivo de miedos y treguas. Pero llegó el día en que lo imposible tocó a mi puerta.
Déjale a Andrés, tengo un hijo suyo. Tú eres estéril, no vales ni para esome espetó una desconocida, envuelta en encaje barato y rabia, pidiéndome que dejara libre a su amante por el bien de su retoño ilegítimo.
No te creo, vete antes de que salte la vecinale grité, ruge la vergüenza.
Andrés negaba y se revolvía ante el escándalo como un animal acorralado.
¡Júrame que no es tu hijo!sabía que no negaría su sangre.
El silencio de Andrés lo decía todo. Entendí por fin.
Unos días después, Don Germán, el jefe de médicos del hospital hombre de semblante gris y calva naciente, los lentes rompiendo la timidez se acercó con un aire de misterio entre las nubes de cloroformo y carmín de la sala.
Claudia, nunca te he visto contenta… ¿Va todo bien?
Todo en ordenmentí, como si pudiera disimular el caos bajo la bata blanca.
Eso está bien, cuando todo está en orden, la vida es pura bellezadijo, y su frase voló como perfume de azahar directo a mi pecho.
Germán era un hombre que llevaba la tristeza grabada en las bolsas de los ojos. Divorciado, con una hija lejana, vivía solo en un piso antiguo de Chamberí. No era atractivo; ni alto ni apuesto, pero su presencia tenía el poder de zarandear mi interior como el viento en los campos de Castilla. El leve aroma de su loción me enervaba. Huía de él y de la tentación como huye la noche del alba. Pero aquella frase se quedó girando en mi cabeza, preguntando si algún día mi vida tendría orden.
Un día me marché, entre sueños y valijas, al piso de mis padres, como quien cruza al otro lado del espejo. Mi madre, Rosa, no salía de su asombro.
Claudita, ¿qué ha pasado? ¿Andrés te ha echado?
No, madre, ya hablaré. Ahora no.
Pasaron días. Montserrat, la exsuegra, me llamó con sus gritos impregnados de aguardiente, echando veneno y maldiciones por el auricular. Pero yo respiraba un aire distinto; los pulmones, limpios por primera vez después de tantos años.
Andrés llegaba donde yo menos lo esperaba, husmeando como un perro herido, herido de rabia y soledad. No entendía aún que yo ya había cortado los hilos de la marioneta.
Andrés, deja de buscarme. Atiende a tu hijo, él te necesita. Nuestra historia terminó. Adiósle dije, con una calma que nunca conocí.
Volví con Elvira, mi hermana, con los padres. Volví a ser Claudia. Por fin volvía a ser, simplemente, yo.
¡Claudia, qué cambio! Estás radiante, hasta pareces una noviame decían las amigas, asomadas al milagro de mi nueva vida.
Y entonces Germán me propuso matrimonio.
Claudia, casémonos. Te prometo que no te vas a arrepentir. Solo te pido una cosa: llámame por mi nombre. El don, déjalo para el hospital.
¿Y tú me quieres, Germán?le pregunté, flotando entre dudas y girasoles.
Ay, mujer, se me olvida que las mujeres necesitan palabras… Sí, te quiero, pero confío más en los actosy me besó la mano con la ternura de un día de abril.
Acepto, Germán. Sé que también llegaré a querertedije, y la alegría era un río imposible de embalsar.
Pasaron diez años como una procesión de golondrinas. Germán me demostró cada día un amor sereno y fuerte. No me besó los pies ni me prometió paraísos vanos como Andrés, pero me quiso y cuidó con pasos firmes y generosos. Nunca tuve hijos de Germán; parece que aquel insulto era verdad, que yo era, como decían, una flor marchita para la semilla. Pero Germán no se apenó ni una sola vez. No hubo reproche.
Claudia, la vida ha querido que seamos solo dos. Y a mí eso me bastame susurraba cuando yo me perdía en la nostalgia de ser madre.
La hija de Germán nos regaló una nieta, Alejandra. Ella fue nuestro rayo de sol, la niña de nuestros ojos, traviesa y brillante.
¿Y Andrés? Se bebió Madrid y se marchó al otro barrio antes de cumplir los cincuenta. Su madre me cruza a veces en el mercado de Chamberí, su mirada me quiere abrasar, pero el odio, en el aire de la plaza, se diluye en aroma de naranjas y aceitunas. No siento nada, sólo algo parecido a la compasión.
Y aquí andamos, Germán y yo, con la vida en orden. Todo está bien. La vida, por fin, es hermosa.







