EN LA VIDA NUNCA TOMÉ LO QUE NO ERA MÍO
Marina, cuando aún estudiaba en el instituto de Madrid, sentía a la vez desprecio y envidia por Estrella. Desprecio porque los padres de Estrella eran conocidos por su alcoholismo persistente e incurable. Iban tirando con trabajos esporádicos, viviendo al día, sin un euro más allá de lo justo. Estrella siempre iba medio hambrienta, vestía ropa remendada y se veía abatida. Su padre tenía la mano muy suelta: le pegaba por beber poco, por beber demasiado, por cualquier cosa. Su madre no le defendía nunca; temía tanto a su marido que prefería permanecer en silencio. Únicamente la abuela materna de Estrella era su rayo de luz. Una vez al mes, de su humilde pensión, la abuela le daba una paguilla a su nieta por portarse bien. Aunque Estrella sabía que, incluso si se portaba mal, su abuela haría como que no se enteraba y le daría igualmente la paga. ¡Cinco euros! Para Estrella era el día más feliz. Corría enseguida al supermercado y compraba un helado (uno para ella y otro para la abuela), turrón y unas pocas chucherías.
Siempre intentaba guardar esos dulces para que le duraran todo el mes, pero a los dos días se le acababan todos. Entonces su abuela sacaba su propio helado de la nevera y le decía:
Toma, querida, cómetelo tú, que hoy me duele la garganta.
Qué raro pensaba Estrella, a la abuela le empieza a doler la garganta justo el día en que se acaban las chuches
En el fondo, Estrella siempre esperaba poder también comer ese helado de la abuela.
La familia de Marina era todo lo contrario. Vivían en un piso amplio por Plaza de Castilla, con todo siempre en orden y abundante. Los padres tenían buenos trabajos y cuidaban a Marina como a una princesa. Iba siempre vestida a la última moda, y las chicas de la clase incluso le pedían prestadas prendas de vez en cuando. Marina no tenía ninguna carencia: siempre bien alimentada, bien abrigada, bien calzada.
Aun así, Marina sentía envidia por Estrella, esa compañera tan cautivadora. De ella emanaba una simpatía natural y un don especial para llevarse bien con todo el mundo.
Marina consideraba imposible siquiera rebajarse a hablar con Estrella. Siempre que cruzaban caminos, le lanzaba una mirada tan fría que Estrella se encogía como si le hubiesen tirado un cubo de agua helada. Una vez, incluso, Marina le gritó delante de todos:
¡Qué desgraciada eres!
Estrella corrió a casa soltando lágrimas y le contó a su abuela lo ocurrido. La abuela la sentó junto a ella y le acarició el pelo:
No llores, Estrellita. Mañana dile a esa chica: Tienes razón, ¡soy de Dios!
Marina también era guapa, pero de ella emanaba un aire frío e inaccesible.
Y en el instituto había un chico que conquistaba a todas: Martín. Mal estudiante pero simpático como pocos; siempre un chiste a tiempo, nunca preocupado por un suspenso. Los profesores, pese a hartarse de ponerle malas notas y echarlo de clase, en el fondo le tenían cariño por su carácter positivo.
Ya en los últimos cursos, Martín empezó a acompañar a Marina hasta casa tras clase, y por las mañanas la esperaba en la puerta del instituto para entrar juntos. Los compañeros no tardaron en bautizarlos:
¡Mira, los prometidos!
Incluso los profesores sabían que entre Martín y Marina florecían sentimientos genuinos.
Sonó la última campana.
Pasó el baile de fin de curso.
Los chicos dejaron atrás el instituto y tomaron distintos caminos.
Marina y Martín se casan.
La boda, celebrada deprisa y corriendo porque no se podía ocultar la noticia Ni el vestido más elegante podía disimular la evidencia. A los cinco meses, Marina da a luz a una niña: Sofía.
Por su parte, tras acabar el bachillerato, Estrella se ve obligada a buscar trabajo. Su abuela había fallecido, y sus padres, sumidos en la bebida, esperaban que la hija aportase al hogar. No le faltaban pretendientes, pero ninguno le tocaba realmente el corazón. Así, decide esperar. Además, le avergüenza la situación de sus padres borrachos.
Pasaron diez años
Frente a la consulta de un centro de atención a las adicciones en Madrid, se encuentran dos parejas: Estrella con su madre y Martín con Marina.
Estrella, tras una simple mirada, reconoce al instante a Martín: ahora convertido en un atractivo hombre hecho y derecho. Sin embargo, Marina estaba irreconocible: extremadamente delgada, con las manos temblorosas, mirada ausente e inexpresiva. Y solo tiene veintiocho años.
Martín, con gesto avergonzado, le saluda:
Hola, compañera, se nota que hubiese preferido evitar aquel encuentro, sobre todo con Estrella.
Hola, Martín. Veo que tenéis un problema. ¿Hace mucho que Marina está así? Estrella capta la situación en seguida.
Mucho, responde Martín bajando la cabeza.
Una mujer alcohólica es un desastre total. Lo sé por mi madre. Mi padre, de hecho, murió por el alcohol, Estrella se compadece de ambos.
Después de la cita, Martín y Estrella intercambian teléfonos. Por si acaso. Al fin y al cabo, comparten desgracia y entre iguales, la carga parece menos pesada. Martín empezó a visitar la casa de Estrella en busca de consejo y comprensión. Ella, con paciencia, compartía todo lo aprendido por obligación: cómo tratar este problema en casa, qué tratamientos existen, qué es mejor evitar Sabía bien que más hombres se pierden en el alcohol que en el mar
Se fue sabiendo que Martín y su hija Sofía llevan tiempo viviendo los dos solos, y que Marina se ha ido con sus padres. Martín había protegido a su hija del peligro que suponía su madre alcohólica. La gota que colmó el vaso fue el día en que, al volver del trabajo, encontró a Marina borracha tirada en el suelo y a su hija de tres años asomada al alféizar, a punto de caerse desde el quinto piso. Después de todo, en el alma ajena no se ve el fondo; no lo percibió a tiempo. Y para colmo, Marina ni siquiera quería ponerse en tratamiento; creía tenerlo todo controlado, que podía dejarlo cuando quisiera. Al final, su matrimonio no sobrevivió.
Un día, Martín invita a Estrella a cenar a un restaurante. Allí, entre confidencias, le confiesa que en el instituto ya estaba enamorado de ella, pero temía que ella le rechazara y luego, Marina quedó embarazada La vida dio muchas vueltas. Martín sentía la visita en la consulta como cosa del destino. Tras esa charla sincera, le pide salir juntos. Martín había conseguido vencer la timidez y encontrar la llave del corazón de Estrella, quien reconoce que él siempre le había gustado, aunque nunca pensó en interponerse entre Martín y Marina. Ahora la situación ha cambiado: Martín es libre y le declara su amor sin barreras.
Martín y Estrella se casan en una ceremonia sencilla, casi íntima. Estrella se muda a casa de Martín. Al principio, Sofía, la hija, desconfía; intuye que su padre ahora compartirá su cariño, pero Estrella le dedica toda la ternura y atención del mundo, y la niña pronto empieza a querer llamarla mamá. Al par de años, Sofía tiene una hermanita: Lucía.
Un día, suena el timbre en casa. Abre Estrella la puerta y al instante reconoce la voz: es Marina. El olor a alcohol es inconfundible, el aspecto devastado.
¡Serpiente! Me has robado al marido y a mi hija. ¡Por eso te he odiado siempre! escupe Marina, palabras tan venenosas como su mirada.
Estrella ni siquiera parpadea. Se mantiene serena, arreglada y segura de sí misma:
En mi vida jamás tomé nada ajeno. Tú abandonaste a tu familia sin entender nada. Nunca he hablado mal de ti. De corazón, lo siento por ti, Marina
Estrella cierra la puerta suavemente ante la visitante indeseada.







