VIDA EN ORDEN
Clara, te prohíbo que hables más con tu hermana y su familia. Ellos tienen su vida y nosotros la nuestra. ¿Otra vez has llamado a Macarena? ¿Te has estado quejando de mí? Te lo advertí, no me vengas luego con lamentos así, con un gesto brusco, Jaime me apretó el hombro hasta hacerme daño.
Yo, como en tantas otras ocasiones, me retiraba en silencio hacia la cocina. Las lágrimas, gruesas y saladas, me rodaban por las mejillas, mezclándose con el olor a cebolla y azulejos fríos. Nunca, jamás, me había quejado de mi vida con Jaime a mi querida Macarena. Solo hablábamos de nuestros padres mayores, asuntos que nos ocupaban y preocupaban. Todo esto, sin embargo, irritaba profundamente a Jaime. Odiaba a Macarena, tal vez porque en su casa reinaban la armonía y la abundancia, palabras que no podía aplicar a nuestra casa.
Cuando me casé con Jaime, nadie en toda la península era más feliz que yo. Jaime me arrastró en un torbellino de pasiones andaluzas. No me preocupó en absoluto que mi novio fuese un palmo más bajo que yo, ni que su madre llegara a la boda tambaleándose, vestida de feria mal planchada y voz ronca. Poco más tarde descubrí que mi suegra era una borracha consagrada.
Cegada por el amor, no vi ni atisbos de tormenta. Pero tras un año de matrimonio, las dudas invadieron mi castillo de nubes. Jaime bebía hasta perderse, llegaba a casa oliendo a vino y tabaco rancio. Pronto sumó infidelidades clandestinas. Yo, enfermera en el hospital público, cobraba un sueldo modesto en euros, mientras Jaime prefería la compañía y los brindis incesantes de sus amigotes de bar.
No tenía intención de mantenerme, ni mucho menos. En un principio soñé con niños, con risas y meriendas en el Retiro; después, me resigné a cuidar de nuestro gato azul ruso, Fígaro, al que trataba como a un hijo. Había perdido toda gana de tener descendencia de un marido bebedor. Y, no obstante, seguía queriendo a Jaime.
¡Eres tonta, Clara! Mira cuántos hombres suspiran a tu paso y tú, encadenada, perdiendo los mejores años con ese enano de malos modos. Andas siempre cubierta de moratones… ¿Te crees que nadie ve esas ojeras que intentas tapar? Déjalo, hazme caso, antes de que termines bajo tierra así insistía mi amiga y colega Carmen, entre cafés fríos y conversaciones fugaces.
Sí, Jaime estallaba en ataques de furia repentina, con manos nerviosas y palabras cortantes. Una vez me dejó tan magullada que no pude presentarme al turno de día. Llegó incluso a encerrarme bajo llave y llevarse la única salida a otro mundo en su bolsillo gastado.
Desde entonces, el miedo me podía. El corazón se enroscaba como una boa, y cada vez que giraba la llave en la puerta, sentía que Jaime castigaba mi infertilidad, mi fracaso, el no ser suficiente esposa. Por eso no luchaba cuando arremetía con insultos y golpes, ni cuando humillaba mi dignidad. ¿Por qué lo seguía queriendo?
Recuerdo lo que me susurraba su madre, siempre envuelta en bata y olor anisado:
Clara, hija, haz caso a tu marido. Olvídate de tu familia y esas amigas que no llevan a buen puerto.
Y yo olvidaba los abrazos, renunciaba a los reencuentros y me rendía a la voluntad cambiante de Jaime. Era una sombra bajo su mando.
Me gustaban los días en que Jaime, llorando, me pedía perdón de rodillas, besándome los pies con llanto espeso. La reconciliación era empalagosa, casi mágica, y el dormitorio se cubría con pétalos ahogados de rosas robadas al jardín de un compañero de barra. La esposa de aquel jardinero las cultivaba con esmero y su marido se las entregaba, a escondidas, a los borrachos. Las esposas suspiraban y perdonaban.
Probablemente habría seguido arrastrando mi existencia una vida entera, pegando los pedazos de mi paraíso inventado, de no ser por un giro caprichoso del azar.
Deja a Jaime, de él tengo un hijo. Tú eres estéril, Clara, eres campo sin fruto me espetó una desconocida, colándose en mi casa como fantasma prepotente.
¡No te creo! Lárgate de aquí antes de que grite le respondí, furiosa y temblando.
Jaime negó todo lo que pudo, pero no le resultaba fácil.
¡Dime que ese niño no es tuyo! Le miré a los ojos y supe que no podía renegar de sangre.
Su silencio fue como la brisa antes del vendaval.
Clara, nunca te he visto feliz, ¿qué te ocurre? El director del hospital, Don Germán, parecía hasta entonces indiferente y de pronto mostraba interés.
Nada, todo bien me sentí avergonzada, una niña ante el maestro.
Eso es lo importante, tener la vida en orden. Así se vive bien dijo, mirándome con ojos llenos de nubes y enigmas.
Don Germán vivía solo desde que su mujer se marchó, dejando tras de sí rumores y una hija. Él tenía cuarenta y dos años, poco agraciado, gafas redondas y calva incipiente, bajito, vestido siempre con batas azules de hospital. Pero cuando se acercaba, un perfume intenso a colonia especiada llenaba el aire, y mi pulso empezaba a tamborilear. Era imposible resistirse al magnetismo de don Germán: huía, pero sus palabras me rozaban la espalda.
Ay, Clara qué fácil parece decir que todo está en orden. Palabras que resonaron como campana en mi pecho, donde solo sentía caos. Los años volaban, y no podía parar el reloj para poner orden en mi existencia.
Al final, marché de la casa de Jaime y volví a casa de mis padres, a la meseta castellana, a las noches de brasero y sopa de ajo.
Clara, hija, ¿qué ha pasado? ¿Te ha echado tu marido? Preguntó mi madre, boquiabierta.
No, ya te contaré, mamá y callé mi vergüenza de esposa rota.
Luego la madre de Jaime me llamó chillando insultos, invocando maldiciones antiguas. Pero yo respiré hondo, me estiré, y sentí el aire nuevo abriéndome el pecho. Gracias, don Germán.
Jaime se enfureció, me persiguió por todo Madrid, pero ya no tenía ningún poder sobre mí.
Jaime, no gastes tus fuerzas en mí. Ve y cuida de tu hijo, él necesita un padre. Yo ya he pasado página. Adiós ni un temblor en mi voz.
Al final, regresé a Macarena y a mis padres. Volví a ser yo, ya no una marioneta de hilo roto.
Clara, no te reconozco. ¡Qué cambio! Estás más luminosa, más alegre, más viva, pareces una novia en primavera se asombró Carmen.
Don Germán, con su mezcla de timidez y temple castellano, me propuso matrimonio.
Clara, cásate conmigo. Te doy mi palabra de caballero: no te arrepentirás. Sólo una condición, llámame por mi nombre, reserva lo de Don Germán para el hospital.
¿Pero tú me quieres, Germán? me reí, sorprendida.
Perdóname, se me olvida que las mujeres buscáis palabras. Te quiero, Clara. Pero soy más de hechos que de grandilocuencias y me besó la mano.
Sí, Germán. Confío en que aprenderé a quererte aún más le respondí, radiante por dentro y por fuera.
Han pasado diez años en un parpadeo.
Germán me demuestra a diario su amor sin necesidad de besarme los pies ni de promesas huecas como Jaime. Me cuida, me protege, me sorprende con gestos tan nobles como inesperados. Hijos juntos no tuvimos; debía ser cierto que era campo sin fruto. Pero Germán nunca se lamentó ni reclamó. Apenas tenía palabras duras.
Clara, estamos destinados a la vida a dos. No me hace falta nada más me decía cada vez que yo me entristecía por no ser madre.
La hija de Germán nos regaló una nieta, Alejandra, la alegría de nuestros abriles. Ella es nuestra niña adorada, nuestro mundo chiquito.
¿Y Jaime? Jaime se perdió definitivamente en los bares y se marchó al otro barrio antes de cumplir los cincuenta. Su madre, cuando me cruzo con ella en el mercado de abastos, me mira con odio antiguo; pero sus saetas de resentimiento se disuelven entre los tomates y las voces del mercado. Solo siento lástima, nada más.
Y aquí estamos, Germán y yo, paseando entre álamos y lucecitas, con la vida en orden. La vida es, sencillamente maravillosa.







