UNA FELICIDAD AGRIA
¿Y qué tiene de malo esa muchacha? Si es una chica buena. Discreta, limpia, estudiosa. Te quiere, doña Carmen Sáez miró a su hijo con desaprobación.
Mamá, déjame que lo resuelva yo respondió Tomás terminando con un aire tajante aquella conversación sin sentido.
Doña Carmen salió de la habitación.
Que lo resolverá él… La de mujeres que ha conocido ya Está a punto de cumplir los cuarenta. Dentro de poco no querrá ni una sola. Nunca nada ni nadie le cuadra, pensó, suspirando pesadamente.
Hijo, ven a comer, llamó doña Carmen desde la cocina.
Tomás acudió enseguida. Comenzó a saborear el cocido que su madre le había servido.
Gracias, mamá. Como siempre, delicioso.
Mejor se lo dijeras a tu mujer algún día en vez de a mí, doña Carmen no podía ocultar su preocupación.
Mamá Tomás bebió su vaso de agua, dispuesto a salir de la cocina.
Espera un momento, hijo. Me he acordado de algo. Un día fui a ver a una echadora de cartas, y nada más verme, me soltó: Tu hijo tendrá una felicidad amarga.
Ay, mamá, no le des más vueltas rió Tomás.
A lo largo de los años, Tomás había tenido amores y desencuentros.
Clara era aguda, culta y sabia más allá de su edad. Incluso aconsejaba a Tomás, nueve años mayor que ella.
Al principio aquello le hacía gracia, pero pronto empezó a ver a Clara como a una hermana mayor, sin más. Todo era insípido. Se separaron.
Elena tenía un hijo de ocho años. Tomás no logró encajar con el niño, a pesar de que quería mucho a Elena. Era hermosa, pero de carácter complicado, difícil de tratar. Después de cada discusión, ya fuera culpa suya o de ella, la colmaba de detalles. Las peleas eran extrañas, tontas.
A esa relación le faltaba sosiego, estabilidad, quizás.
Lucía era el ideal de mujer. Difícil encontrar otra igual
Tomás pensó incluso en casarse con Lucía. Le parecía sensata, honrada, pura. Había que hablarle con mucho tacto.
Tomás se mudó a su piso y hasta quería hijos con ella, mínimo dos.
Sin embargo
Regresó un día de un viaje de trabajo y encontró a Lucía en la cama con un antiguo compañero del colegio. Lo de siempre
Tomás volvió a casa de su madre. Decidió que ya había tenido suficiente romanticismo por una vida.
Me quedaré solo. No es mal plan. La familia más duradera es la de uno mismo, decía a doña Carmen en tono socarrón.
Su madre se encogía de hombros y suspiraba:
¿Será posible que no encuentres nunca tu destino?
Pero el destino llegó. Sin avisar, como suelen llegar las cosas importantes.
Tomás se fue de nuevo de viaje por trabajo. Colocó su maleta en la litera de abajo del tren. Al poco, entró en el compartimento una mujer:
Disculpe, joven. ¿Podría usted dejarme la litera de abajo? Le agradecería mucho el favor.
Por supuesto, no hay problema respondió Tomás.
Observó detenidamente a la mujer. Nada fuera de lo común. Pero el corazón le dio un brinco. ¿Será esta la señal…?, pensó.
Subió él a su litera, medio se quedó dormido
Qué bien que ha despertado. Si quiere, siéntese a la mesa y picamos algo le animó la desconocida.
Tomás bajó. Se pusieron a conversar.
Me llamo Mercedes se presentó la mujer.
Tomás. Un placer, Mercedes.
Pasaron la noche entera charlando. Tomás se sentía cómodo con Mercedes, no tenía que impresionar a nadie, todo era natural. Sentía que la conocía de toda la vida.
Se intercambiaron los teléfonos. Por si acaso
Fueron pasando las semanas y a Tomás le entró la necesidad de escuchar la voz de Mercedes.
Y la historia arrancó
Citas, besos, promesas
Tomás ya no sabía cómo había podido vivir sin esa mujer. A los cuarenta años.
A las demás las había superado todas sin mucha dificultad. Pero esto ninguna frontera, ningún límite.
Tomás quería perderse completamente en la vida de Mercedes.
Con ella, Tomás se sentía envuelto en amor sincero, en cariño y en comprensión.
Después de tres meses de relación, le pidió a Mercedes que se casara con él y le entregó su corazón.
Tomás, soy siete años mayor que tú. Tengo tres hijos. Vivimos en unas habitaciones compartidas Mercedes era incapaz de mentir y contó todo.
Y eres viuda. Mercedes, lo sé todo. A tus hijos ya los he visto. Vendréis todos a vivir a mi casa. Ya está decidido.
Te amo hasta el último rincón de tu cuerpo. Eres la última y la casualidad más hermosa de mi vida Tomás besó a Mercedes.
Bueno, Tomás, intentémoslo se sonrojó Mercedes.
No lo intentaremos, Mercedes. Estaremos juntos para siempre Tomás le cogió la mano. ¿Te enteras? Para siempre.
Doña Carmen, al conocer los planes del hijo, apenas pudo decir:
Tanto buscar para acabar con la más sencilla de todas…
Nueve meses después, la pareja tuvo una niña especial. Una hija llena de luz.
Tomás reía y sufría por Mercedes. No quería que se viniera abajo.
Ser padre de una niña especial es tarea difícil.
Hoy la hija de Tomás y Mercedes tiene ya ocho años. Toda la familia adora a la pequeña.
Tomás venera a Mercedes.
Una felicidad amarga, pero felicidad al fin y al caboA veces, Tomás miraba a su hija jugando en el salón y sentía que, a pesar del cansancio, jamás había conocido algo tan pleno. Ella reía con una alegría contagiosa, y Mercedes le sonreía desde la cocina, envuelta en ese amor sencillo, sin adornos, que llena y recorre la casa como luz por la mañana.
Aquella frase de la adivina le venía, algunas noches, a la cabeza: una felicidad amarga. Tal vez era verdad. La vida había sido generosa, pero nunca le puso las cosas fáciles. Había probado el desencanto, la soledad, la decepción. Había sufrido y había esperado. Pero ahora comprendía: la felicidad era a veces agria como el café de la mañana, como las lágrimas por sus antiguos amores, como la preocupación diaria por su hija o el cansancio después de un día difícil.
Pero, sobre todo, era eterna. Porque la amargura pasaba y, sin embargo, ahí estaba: el amor. Perseverante, sencillo, cotidiano. En la risa de Mercedes al cenar cualquier cosa improvisada, en las cartas que su hija dibujaba para él, en el abrazo nocturno antes de dormir.
Un día cualquiera, mientras el sol se filtraba por la ventana y la familia se reunía alrededor de la mesa, Tomás miró a su madre y le apretó la mano, en silencio. Ella le sonrió, complacida. Había entendido por fin: la felicidad no siempre era dulce, ni llegaba de golpe. A veces se construía poco a poco, a pesar de todo, y cuando uno menos lo sospecha, descubre que está exactamente donde debe estar.
Y entonces, por primera vez en su vida, Tomás supo que no necesitaba nada más.







