Cansado de la suegra y de la esposa Aquella noche me vino a ver el hombre más callado y paciente de nuestro pueblo, Esteban Ibáñez. Seguro que conocéis a esos hombres – de los que deberían hacer clavos: espalda recta, manos enormes llenas de callos, y en la mirada esa calma ancestral, como un lago entre pinares. Jamás dice una palabra de más, nunca se queja. Pase lo que pase –arreglar la casa o partir leña para una viuda– Esteban siempre está ahí. Lo hace en silencio, asiente y se va. Pero esa vez vino… Dios mío, lo recuerdo como si fuera ahora. La puerta de mi consultorio se abrió tan suave, que más parecía colarse el relente del otoño que entrar una persona. Entra, se queda en el umbral, retorciendo su gorra entre las manos, sin atreverse a mirarme, mirando al suelo. El abrigo empapado por la niebla, las botas cubiertas de barro. Y en ese momento estaba tan hundido, tan… roto, que se me encogió el alma. – Pasa, Esteban, ¿a qué te quedas en la puerta? —le digo con dulzura, mientras ya pongo agua al fuego para el té. Sé que hay dolencias que solo cura la infusión caliente con tomillo. Él pasó, se sentó en la camilla, sin levantar la cabeza. El silencio era tan denso, que apenas oías el tic-tac del reloj marcando los segundos de su mutismo. Ese silencio pesaba más que cualquier grito: llenaba la habitación, vibraba en los oídos, apretaba el corazón. Le puse el vaso de té entre las manos para que entrara en calor; las tenía heladas. Abrazó el vaso, se lo llevó temblando a los labios, y vi cómo, entre la barba sin afeitar y la tez curtida, rodaba una sola lágrima, seca y pesada como plomo fundido. Y tras esa una más. Él no sollozaba, no aullaba; simplemente las lágrimas corrían calladas por su rostro y se perdían en la barba. – Me voy, Simona –susurró tan bajo que casi no le oí–. Me marcho. No puedo más. No me quedan fuerzas. Me senté a su lado, le cubrí la mano con la mía, áspera y rugosa. La suya tembló, pero no se apartó. – ¿De quién te vas, Esteban? – De las mujeres –respondió igual de apagado–. De mi esposa Olga… y de la suegra. Me han rematado, Simona. Me han consumido. Como dos alimañas. Nada de lo que hago les parece bien. Si hago sopa, mientras Olga anda perdiendo el lomo en la finca, es “muy salada, has cortado mal la patata”. Si cuelgo la estantería, “torcida, todos los hombres del barrio valen y tú eres un inútil”. Si cavo un bancal, “poco profundo, ahí quedan malas hierbas”. Y día tras día, año tras año… Ni una palabra amable, ni una mirada cálida. Solo el aguijón, como picadura de ortiga. Guardó silencio, bebió un sorbo. – No soy don nadie, Simona. Sé que la vida es dura. Olga se deja la piel en la granja, vuelve cansada y de mal humor. La suegra, doña Encarnación, apenas se puede mover y la rabia la devora. Yo lo entiendo todo. Y lo soporto. Me levanto el primero, enciendo la estufa, acarrero agua, atiendo el ganado. Luego voy a trabajar. Por la noche vuelvo: y todo sigue mal. Si protesto, gritan. Si callo, peor: “¿Por qué callas, te traes algo entre manos?” El alma, Simona, no es de hierro. También se gasta. Miraba el fuego de la estufa bailando y hablaba… como quien rompe una presa. Contó cómo pueden pasar días sin dirigirse a él, como si fuese invisible, o cómo cuchichean a su espalda, o cómo esconden para sí la mermelada buena. Contó cómo, por su cumpleaños, compró a Olga un chal de lana con una pequeña paga extra y ella lo tiró al baúl: “Mejor te hubieses comprado botas, que das lástima, hombre ya mayor”. Yo miraba a ese hombre grande, fuerte, que podría retener a un jabalí con sus manos, sentado ante mí como un cachorro apaleado, llorando en silencio. Y sentí una pena tan honda, tan amarga… – Esta casa la levanté yo solo –musitó–. Recuerdo cada viga. Pensé que sería nido, familia. Resultó ser… una jaula. Y pájaros coléricos dentro. Hoy… la suegra con lo suyo: “La puerta chirría, no dejas dormir. Más que un hombre, un desastre”. Cogí el hacha… pensé en arreglar el pestillo. Pero me quedé mirando la rama del manzano… una idea negra, negra… Por poco me la quito de encima. Metí pan en la mochila y me vine a ti. Esta noche dormiré donde pueda, mañana me voy a la estación, a donde me lleven los pies. Que se las apañen. Igual entonces dicen por mí algo bueno. Cuando ya sea tarde. Fue entonces cuando supe que ya no era cansancio sino grito de un alma al borde del abismo. Y no podía dejarle marchar, no ahora. – Vamos a ver, Ibáñez –dije firme, como solo yo sé–. A ver esas lágrimas, eso no es de hombres. ¿Te vas a marchar? ¿Y has pensado qué será de ellas? ¿Olga sola sacando el campo? ¿La suegra, con esas piernas, a quién importará? Tú eres su bastión. – ¿Y quién es responsable de mí, Simona? –musitó con amargura–. ¿Quién me va a compadecer? – Yo –respondí rotunda–. Y voy a curarte. Lo tuyo sí que es grave: se llama “desgaste del alma”. Y solo tiene un remedio. Escucha y haz lo que te diga. Vete a casa. Sin decir palabra. Ante sus reproches, ni te inmutes. Sin mirarlas. Te tumbas y das la espalda. Mañana a primera hora iré yo misma. Y no te vas a ir a ningún lado. ¿Entendido? Me miró con duda, pero en sus ojos brilló un minúsculo destello de esperanza. Apuró el té, asintió en silencio y salió a la lluvia helada. Yo me quedé junto al fuego pensando qué clase de sanitaria soy, si el mejor remedio del mundo –la palabra amable– la gente la guarda como un tesoro. Al clarear ya estaba llamando a su casa. Me abrió Olga, la cara dura, el gesto de pocos amigos. – ¿Qué quiere usted tan temprano, Simona? – Vengo a ver a Esteban, –respondo y entro. Dentro, la casa fría, desangelada. Doña Encarnación sentada, envuelta en su chal, me mira desconfiada. Esteban tumbado, de espaldas. – ¿Para qué verle, mujer, si está sano como un roble? –bufó la suegra–. Lo que pasa es que está vago. Me acerqué a Esteban, le tomé la frente, le escuché el pecho, aunque ya lo sabía. Vi sus ojos: callado como un ratón, solo los músculos de la mandíbula se marcaban. Me puse seria mirando a las dos: – Mal asunto, chicas. Muy mal. El corazón de Esteban está como una cuerda tensada. A punto de estallar. Un poco más y os quedáis sin él. Se miraron perplejas. En los ojos de Olga asombro, en los de doña Encarnación, desconfianza. – ¡No diga disparates, Simona! –rezongó la suegra–. Si ayer partía leña. – Eso fue ayer –zanjé–. Hoy está al límite. Lo habéis consumido. Con vuestras quejas, reproches, nunca una mirada buena. ¿Creíais que era de piedra? Está vivo. Y le duele el alma como no os imagináis. Yo le he recetado el mejor remedio. Descanso absoluto. Nada de trabajo. Reposo total. Y –silencio–. Ni un reproche ni una mala palabra. Solo cariño y cuidado. Cuidadle como si fuese de cristal. Dadle caldito en cucharilla, tapadle con mantas calientes. Si no… luego no digáis que no os avisé. Vi cómo el miedo, el miedo de verdad, se reflejaba en sus ojos. Ellas, tan refunfuñonas, sabían que él era su pilar, la fuerza silenciosa y firme. Y la idea de perder ese apoyo las estremeció. Olga se acercó en silencio a la cama, tocó el hombro de Esteban. La suegra se calló, pero en sus ojos corría el temblor del pánico. Me fui, dejándolas a solas con su miedo y su conciencia. Los primeros días, como luego me contaría Esteban en voz baja, reinaba en casa un silencio sonoro. Caminaban de puntillas, apenas hablaban. Olga le llevaba caldo, se lo dejaba sin decir palabra y se marchaba. La suegra, al pasar, le persignaba la espalda. Era raro y torpe, pero los gritos se acabaron. Y poco a poco el hielo se fue fundiendo. Una mañana Esteban despertó oliendo a manzanas al horno. Las suyas favoritas, con canela –como le hacía su madre. Vio a Olga pelando una manzana junto a la cama. Al notarle despierto, se sobresaltó: – Come, Esteban, –le dijo bajito–. Está caliente. Y por primera vez en años vio en sus ojos no fastidio, sino cuidado. Torpe, tímido, pero de verdad. A los dos días, la suegra le llevó unos calcetines de lana que había tejido. – Que tengas los pies calientes –rezongó, pero ya sin enfado–. Que en esa esquina entra corriente. Esteban miraba al techo y sentía, por primera vez en años, que no era un cero a la izquierda en su casa. Se sintió necesario. No como trabajador, no como fuerza bruta, sino como persona. Que se le podía llegar a echar de menos. Pasó una semana. Volví a verles. Ya era otra cosa: la casa caliente, olía a pan. Esteban sentado, todavía pálido, pero no derrotado. Olga le llenaba el vaso de leche, la suegra acercaba el plato de empanada. No eran una familia de cuento, no hacían fiesta, pero el aire ya no tenía ese hielo. Se había ido. Esteban me miró y en sus ojos había gratitud sencilla, limpia. Sonrió, y esa rara sonrisa llenó de luz el cuarto. Olga también sonrió, aún insegura. Doña Encarnación miró por la ventana, pero se enjugó una lágrima con el extremo del pañuelo. Nunca más les hice falta como “doctora”. Se curaron unos a otros. No es que fueran familia de novela, no. La suegra refunfuñaba, Olga se crispaba a veces. Pero tras cada queja, había un té humeante o una caricia al pasar. Aprendieron a mirar más allá del error, a ver a la persona: cansada, suya, querida. A veces les veo en verano, sentados los tres al fresco, Esteban arreglando algo, las mujeres pelando pipas y murmurando. Y me invade una paz sencilla y aldeana. Te das cuenta de que la auténtica felicidad está en esas noches tranquilas, en el olor a manzana asada, en unos calcetines tejidos a mano, y en saber que en tu casa eres necesario. Pensad, mis queridos, ¿qué sana mejor: una medicina amarga o una palabra amable, dicha a tiempo? ¿Creéis que a veces hace falta asustarse de verdad… para empezar a valorar lo que tenemos?

Cansado de la suegra y de la mujer

Esta noche entra en mi consulta el hombre más callado y resistentede nuestro pueblo, Esteban Gutiérrez. Hay personas que parecen hechas de roble, ¿sabéis? Espalda recta, manos como remos, llenas de callos y cicatrices, y una mirada profunda y serena, como un lago en medio de la sierra. Nunca dice una palabra de más, jamás se queja. Pase lo que pase que si hay que reparar una teja, que si hay que traer leña a una anciana Esteban siempre está, callado, lo hace y se marcha sin hacer ruido.

Pero hoy ha venido Ay, todavía le veo delante de la puerta, entrando tan despacio que parecía que una ráfaga de viento se colaba, no un hombre. Se queda en el umbral, retorciéndose la boina en las manos, la mirada baja sobre las baldosas. El abrigo empapado de la llovizna, las botas con barro pegado. Se le ve tan caído, tan roto, que se me encoge el alma.

Pasa, Esteban, ¿por qué te quedas ahí parado? le digo suave, mientras pongo la tetera en el fuego. Sé bien que algunos males no se curan con pastillas, sino con un buen té de tomillo.

Entra, se sienta en el borde de la camilla, aún sin levantar la cabeza. Silencio. Sólo se escuchan los tictacs del reloj en la pared, marcando las pausas de su tristeza. Ese silencio pesa más que cualquier grito. Llena la habitación entera y la hace aún más pequeña. Le pongo un vaso de té caliente entre las manos para que entre el calor. Sus dedos, fríos como el hierro.

Abraza el vaso, lo acerca a los labios, pero le tiemblan tanto las manos que derrama el líquido. Y de repente, veo una lágrima resbalar por su mejilla sin afeitar, curtida por el aire del campo. Una lágrima sola, densa, de hombre, como si pesara una tonelada. Luego, otra. No solloza, no hace ruido. Se sienta, simplemente, dejando que las lágrimas le caigan silenciosas sobre la barba.

Me voy, Carmensusurra, tan bajo que apenas le oigo. Ya está. No puedo más. Se me han acabado las fuerzas.

Me siento a su lado, le cubro la mano con la mía, áspera pero firme. Tiembla, pero no la retira.

¿De quién te vas, Esteban?
De las mías contesta igual, con voz sorda. De la mujer, de Mercedes de la suegra. Me tienen consumido, Carmen. Me han dejado seco. Como dos rapaces, por Dios. Haga lo que haga, todo mal. Si hago caldo mientras Mercedes está en el campo muy salado, la patata mal cortada. Si clavo una balda torcida, los vecinos sí que tienen hombres apañados, no como este inútil. Si remuevo la huerta poca profundidad, has dejado malas hierbas. Así, día tras día, año tras año. Ni una palabra amable, ni una mirada generosa. Solo escozor, como de ortiga.

Hace una pausa, sorbe un poco de té.

Que no soy señorito, Carmen. Entiendo que la vida aprieta. Mercedes desde el alba hasta el anochecer en el olivar, llega molida y de mal humor. La suegra, Doña Rosario, las piernas le fallan, se pasa el día sentada, mirándolo todo con rencor. Yo lo entiendo, aguanto. Me levanto antes que nadie, enciendo la chimenea, traigo agua, refuerzo el corral. Luego a trabajar. Y al volver, todo mal. Dices algo fuera de tono, tienes bronca para tres días seguidos. Pero si callas, peor: ¿Qué, mudo te has quedado? ¿Qué estarás tramando tú?. El alma, Carmen, no es de chapa. También se agota.

De repente alza la vista y la dirige al fuego de la chimenea y sigue hablando sin parar, como si de golpe se abriera una esclusa. Cuenta cómo pasan semanas sin dirigirle la palabra, como si fuera invisible. Cómo cuchichean a sus espaldas. Cómo le esconden el tarro de miel bueno para guardárselo ellas. Narra el día que gastó la paga de Navidad para regalarle a Mercedes un chal de lana y ella lo metió de golpe en el baúl: Hubieras comprado botas para ti en vez de ir por ahí hecho un harapo.

Le miro: es un hombre grande, fuerte, capaz de retorcerle el pescuezo a un toro con sus manos, y está ahí, abatido, llorando en silencio como un chiquillo maltratado. Se me parte el corazón.

La casa la hice yo mismo tabla a tabla susurra. Recordaba cada madera. Pensaba que levantaría un nido, una familia. Al final solo fue una jaula. Y los pájaros dentro, llenos de odio. Hoy, sin ir más lejos la suegra desde la mañana: La puerta chirría, ni dormir deja. Menudo hombre, menudo disparate. Cogí el hacha, iba a engrasar la bisagra. Me quedé mirando la rama del manzano Tuve un pensamiento negro Casi cedo. Metí el pan y el jamón en la fiambrera y vine aquí. Dormiré donde sea. Mañana, a la estación, y que sea lo que Dios quiera. A ver si así alguna vez dicen algo bueno de mí. Cuando ya no cuente.

Ahí me doy cuenta de que lo suyo es muy serio. No es solo cansancio, es un alma al límite. No puede irse. No ahora.

Escucha, Gutiérrez digo con firmeza, como sé hacerlo. Sécate esas lágrimas. No es cosa de hombres abandonar el barco. ¿Has pensado qué les pasará? ¿Mercedes sola podrá con la casa? ¿Y doña Rosario, con esas piernas, a quién le importa? Tú eres quien debe cuidar de ellas.

¿Y a mí, quién me cuida, Carmen? responde, con una sorna amarga. ¿Quién se preocupa por mí?

Yo me preocupo digo rotunda. Te voy a cuidar y curar. Tienes una dolencia grave, se llama desgaste del alma. Y sólo se cura de una manera. Escúchame bien y hazme caso. Vas a volver ahora mismo a casa. Silencio total. A toda queja una sola respuesta: silencio. Ni les mires a los ojos. Te tumbas en la cama, te das la vuelta y a esperar. Mañana por la mañana yo misma iré a veros. Y tú, ni se te ocurra irte. ¿Lo has entendido?

Por un momento le veo dudar, pero se enciende un minúsculo destello de esperanza. Termina el té, asiente con la cabeza, se pone de pie y sale al frío húmedo de la noche, sin mirar atrás. Yo me quedo mucho rato junto a la chimenea, preguntándome qué clase de curandera soy si lo más básico, una palabra amable, apenas se da entre personas.

Con el alba, ya estoy golpeando la verja de su corral. Sale Mercedes, de mala cara, despeinada por no dormir bien.

¿Qué quiere, Carmen, a estas horas?

Vengo a ver a tu Esteban respondo con calma, entrando en la casa sin pedir permiso.

La casa está fría, tristona. Doña Rosario sentada en el banco junto a la ventana, envuelta en una mantilla, me mira sin levantar la barbilla. Esteban yace en la cama, de espaldas tal y como le indiqué anoche.

¿Y para qué? Está como un toro, se pasa el día roncando masculla la suegra. Aquí lo que le hace falta es trabajar.

Me acerco a Esteban, le toco la frente, le ausculto con el fonendo (aunque ya sé el diagnóstico). Miro sus ojos: sigue ahí, calladito, sólo se le mueven las mejillas.

Me enderezo y fijo la vista en las dos mujeres, seria, sin pizca de sonrisa.

Tenéis un problema grave, chicas les digo. Muy grave. El corazón de Esteban está como una cuerda tensa, a punto de romperse. Si sigue así, os quedaréis las dos solas.

Se miran entre sí. Mercedes muestra sorpresa, en los ojos de Rosario veo una pizca de duda.

No diga tonterías, Carmen refunfuña la suegra. Ayer mismo estuvo partiendo leña y saltaban las astillas.

Eso fue ayer le corto. Hoy está al límite. Entre las dos le habéis exprimido, con esas quejas eternas y tanto reproche. ¿Os pensabais que era de piedra? Pues no. Tiene alma y ahora le duele como para ponerse a aullar. Así que le he recetado un tratamiento. Escuchad bien: descanso absoluto. Ni una tarea doméstica. Ni un reproche, ni una mala palabra. Todo mimos y cuidados. Dadle caldo de escaramujo con cuchara y abrigadle con mantas gordas. Si no, no respondo. Igual hay que ingresarle en el hospital. Y allí, ya sabéis, no todos vuelven.

Al decirlo veo en sus caras un miedo denso, real. Por muy gruñonas que sean, la verdad es que Esteban es su escudo, su roca. La idea de perderle les horroriza.

Mercedes se acerca en silencio a la cama, roza el hombro de su marido con timidez. Rosario aprieta los labios, no dice ni pío, pero mueve los ojos por toda la sala buscando consuelo.

Me marcho y las dejo a solas con su susto y su conciencia. A esperar.

Los primeros días, según me contaría luego Esteban bajito, reinó en la casa una calma casi sagrada. Iban de puntillas. Mercedes le dejaba caldo en la mesilla y se iba callada. Rosario, al pasar, le hacía la señal de la cruz. Sin gritos, sin protestas.

El hielo empezó a romperse poco a poco. Una mañana, al despertar, Esteban huele manzanas asadas. Las suyas favoritas, con canela, igual que le hacía su madre. Se gira. Allí está Mercedes sentada en el taburete, pelando una manzana. Cuando ve que está despierto, se sobresalta.

Come, Esteban susurra. Están recién hechas.

Por primera vez en años, ve en sus ojos un brillo de cariño. Torpe, sí, pero real.

Al día siguiente, Rosario aparece con un par de calcetines de lana tejidos por ella misma.

Que no se te enfríen los pies gruñe, pero sin enfado. Que por la ventana entra corriente.

Esteban mira al techo. Por fin, después de tanto tiempo, no se siente invisible ni un simple par de brazos útiles. Siente que importa, que le necesitan a él, no a su trabajo.

Pasa una semana. Vuelvo a pasar por su casa. Y todo se ha transformado. Hay calor y huele a pan recién hecho. Esteban se sienta a la mesa, todavía pálido, pero entero. Mercedes le sirve leche, y Rosario acerca una fuente de empanada. No hay besos ni escenas, no. Pero el aire ya no pesa, no hay esa tensión tan gélida, tan fea. Se ha ido.

Esteban me mira agradecido. Sonríe por primera vez en mucho tiempo, una sonrisa sencilla que ilumina toda la cocina. Mercedes, viéndole, también se atreve a sonreír. Rosario gira la cara, pero la veo secarse una lágrima.

Nunca más les tuve que curar. Se volvieron el remedio el uno para el otro. No, no son una familia de postal. Rosario sigue bufando a veces, y Mercedes puede contestar seca. Pero ahora todo es distinto. Después del bufido, Rosario pone a hervir té con frambuesa para Esteban; si Mercedes se crispa, enseguida le acaricia el hombro. Aprendieron a mirar a la persona, no a los errores. A ver al ser querido, al cansado, al que les importa.

A veces paso, y los veo los tres en el banco, al fresco de la noche. Esteban afilando algo con la navaja, y las dos mujeres pelando pipas y charlando bajito. Se me llena el alma de una tranquilidad de pueblo. Y pienso: la felicidad está en la tarde tranquila, en el olor de un bizcocho de manzana, en unos calcetines de lana bien tejidos, y en saber que en esa casa cuentas.

Y entonces, ¿cura más una pastilla amarga o una palabra cariñosa a tiempo? ¿Hay que asustarnos tanto a veces para valorar lo que tenemos? ¿Qué pensáis vosotros?

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MagistrUm
Cansado de la suegra y de la esposa Aquella noche me vino a ver el hombre más callado y paciente de nuestro pueblo, Esteban Ibáñez. Seguro que conocéis a esos hombres – de los que deberían hacer clavos: espalda recta, manos enormes llenas de callos, y en la mirada esa calma ancestral, como un lago entre pinares. Jamás dice una palabra de más, nunca se queja. Pase lo que pase –arreglar la casa o partir leña para una viuda– Esteban siempre está ahí. Lo hace en silencio, asiente y se va. Pero esa vez vino… Dios mío, lo recuerdo como si fuera ahora. La puerta de mi consultorio se abrió tan suave, que más parecía colarse el relente del otoño que entrar una persona. Entra, se queda en el umbral, retorciendo su gorra entre las manos, sin atreverse a mirarme, mirando al suelo. El abrigo empapado por la niebla, las botas cubiertas de barro. Y en ese momento estaba tan hundido, tan… roto, que se me encogió el alma. – Pasa, Esteban, ¿a qué te quedas en la puerta? —le digo con dulzura, mientras ya pongo agua al fuego para el té. Sé que hay dolencias que solo cura la infusión caliente con tomillo. Él pasó, se sentó en la camilla, sin levantar la cabeza. El silencio era tan denso, que apenas oías el tic-tac del reloj marcando los segundos de su mutismo. Ese silencio pesaba más que cualquier grito: llenaba la habitación, vibraba en los oídos, apretaba el corazón. Le puse el vaso de té entre las manos para que entrara en calor; las tenía heladas. Abrazó el vaso, se lo llevó temblando a los labios, y vi cómo, entre la barba sin afeitar y la tez curtida, rodaba una sola lágrima, seca y pesada como plomo fundido. Y tras esa una más. Él no sollozaba, no aullaba; simplemente las lágrimas corrían calladas por su rostro y se perdían en la barba. – Me voy, Simona –susurró tan bajo que casi no le oí–. Me marcho. No puedo más. No me quedan fuerzas. Me senté a su lado, le cubrí la mano con la mía, áspera y rugosa. La suya tembló, pero no se apartó. – ¿De quién te vas, Esteban? – De las mujeres –respondió igual de apagado–. De mi esposa Olga… y de la suegra. Me han rematado, Simona. Me han consumido. Como dos alimañas. Nada de lo que hago les parece bien. Si hago sopa, mientras Olga anda perdiendo el lomo en la finca, es “muy salada, has cortado mal la patata”. Si cuelgo la estantería, “torcida, todos los hombres del barrio valen y tú eres un inútil”. Si cavo un bancal, “poco profundo, ahí quedan malas hierbas”. Y día tras día, año tras año… Ni una palabra amable, ni una mirada cálida. Solo el aguijón, como picadura de ortiga. Guardó silencio, bebió un sorbo. – No soy don nadie, Simona. Sé que la vida es dura. Olga se deja la piel en la granja, vuelve cansada y de mal humor. La suegra, doña Encarnación, apenas se puede mover y la rabia la devora. Yo lo entiendo todo. Y lo soporto. Me levanto el primero, enciendo la estufa, acarrero agua, atiendo el ganado. Luego voy a trabajar. Por la noche vuelvo: y todo sigue mal. Si protesto, gritan. Si callo, peor: “¿Por qué callas, te traes algo entre manos?” El alma, Simona, no es de hierro. También se gasta. Miraba el fuego de la estufa bailando y hablaba… como quien rompe una presa. Contó cómo pueden pasar días sin dirigirse a él, como si fuese invisible, o cómo cuchichean a su espalda, o cómo esconden para sí la mermelada buena. Contó cómo, por su cumpleaños, compró a Olga un chal de lana con una pequeña paga extra y ella lo tiró al baúl: “Mejor te hubieses comprado botas, que das lástima, hombre ya mayor”. Yo miraba a ese hombre grande, fuerte, que podría retener a un jabalí con sus manos, sentado ante mí como un cachorro apaleado, llorando en silencio. Y sentí una pena tan honda, tan amarga… – Esta casa la levanté yo solo –musitó–. Recuerdo cada viga. Pensé que sería nido, familia. Resultó ser… una jaula. Y pájaros coléricos dentro. Hoy… la suegra con lo suyo: “La puerta chirría, no dejas dormir. Más que un hombre, un desastre”. Cogí el hacha… pensé en arreglar el pestillo. Pero me quedé mirando la rama del manzano… una idea negra, negra… Por poco me la quito de encima. Metí pan en la mochila y me vine a ti. Esta noche dormiré donde pueda, mañana me voy a la estación, a donde me lleven los pies. Que se las apañen. Igual entonces dicen por mí algo bueno. Cuando ya sea tarde. Fue entonces cuando supe que ya no era cansancio sino grito de un alma al borde del abismo. Y no podía dejarle marchar, no ahora. – Vamos a ver, Ibáñez –dije firme, como solo yo sé–. A ver esas lágrimas, eso no es de hombres. ¿Te vas a marchar? ¿Y has pensado qué será de ellas? ¿Olga sola sacando el campo? ¿La suegra, con esas piernas, a quién importará? Tú eres su bastión. – ¿Y quién es responsable de mí, Simona? –musitó con amargura–. ¿Quién me va a compadecer? – Yo –respondí rotunda–. Y voy a curarte. Lo tuyo sí que es grave: se llama “desgaste del alma”. Y solo tiene un remedio. Escucha y haz lo que te diga. Vete a casa. Sin decir palabra. Ante sus reproches, ni te inmutes. Sin mirarlas. Te tumbas y das la espalda. Mañana a primera hora iré yo misma. Y no te vas a ir a ningún lado. ¿Entendido? Me miró con duda, pero en sus ojos brilló un minúsculo destello de esperanza. Apuró el té, asintió en silencio y salió a la lluvia helada. Yo me quedé junto al fuego pensando qué clase de sanitaria soy, si el mejor remedio del mundo –la palabra amable– la gente la guarda como un tesoro. Al clarear ya estaba llamando a su casa. Me abrió Olga, la cara dura, el gesto de pocos amigos. – ¿Qué quiere usted tan temprano, Simona? – Vengo a ver a Esteban, –respondo y entro. Dentro, la casa fría, desangelada. Doña Encarnación sentada, envuelta en su chal, me mira desconfiada. Esteban tumbado, de espaldas. – ¿Para qué verle, mujer, si está sano como un roble? –bufó la suegra–. Lo que pasa es que está vago. Me acerqué a Esteban, le tomé la frente, le escuché el pecho, aunque ya lo sabía. Vi sus ojos: callado como un ratón, solo los músculos de la mandíbula se marcaban. Me puse seria mirando a las dos: – Mal asunto, chicas. Muy mal. El corazón de Esteban está como una cuerda tensada. A punto de estallar. Un poco más y os quedáis sin él. Se miraron perplejas. En los ojos de Olga asombro, en los de doña Encarnación, desconfianza. – ¡No diga disparates, Simona! –rezongó la suegra–. Si ayer partía leña. – Eso fue ayer –zanjé–. Hoy está al límite. Lo habéis consumido. Con vuestras quejas, reproches, nunca una mirada buena. ¿Creíais que era de piedra? Está vivo. Y le duele el alma como no os imagináis. Yo le he recetado el mejor remedio. Descanso absoluto. Nada de trabajo. Reposo total. Y –silencio–. Ni un reproche ni una mala palabra. Solo cariño y cuidado. Cuidadle como si fuese de cristal. Dadle caldito en cucharilla, tapadle con mantas calientes. Si no… luego no digáis que no os avisé. Vi cómo el miedo, el miedo de verdad, se reflejaba en sus ojos. Ellas, tan refunfuñonas, sabían que él era su pilar, la fuerza silenciosa y firme. Y la idea de perder ese apoyo las estremeció. Olga se acercó en silencio a la cama, tocó el hombro de Esteban. La suegra se calló, pero en sus ojos corría el temblor del pánico. Me fui, dejándolas a solas con su miedo y su conciencia. Los primeros días, como luego me contaría Esteban en voz baja, reinaba en casa un silencio sonoro. Caminaban de puntillas, apenas hablaban. Olga le llevaba caldo, se lo dejaba sin decir palabra y se marchaba. La suegra, al pasar, le persignaba la espalda. Era raro y torpe, pero los gritos se acabaron. Y poco a poco el hielo se fue fundiendo. Una mañana Esteban despertó oliendo a manzanas al horno. Las suyas favoritas, con canela –como le hacía su madre. Vio a Olga pelando una manzana junto a la cama. Al notarle despierto, se sobresaltó: – Come, Esteban, –le dijo bajito–. Está caliente. Y por primera vez en años vio en sus ojos no fastidio, sino cuidado. Torpe, tímido, pero de verdad. A los dos días, la suegra le llevó unos calcetines de lana que había tejido. – Que tengas los pies calientes –rezongó, pero ya sin enfado–. Que en esa esquina entra corriente. Esteban miraba al techo y sentía, por primera vez en años, que no era un cero a la izquierda en su casa. Se sintió necesario. No como trabajador, no como fuerza bruta, sino como persona. Que se le podía llegar a echar de menos. Pasó una semana. Volví a verles. Ya era otra cosa: la casa caliente, olía a pan. Esteban sentado, todavía pálido, pero no derrotado. Olga le llenaba el vaso de leche, la suegra acercaba el plato de empanada. No eran una familia de cuento, no hacían fiesta, pero el aire ya no tenía ese hielo. Se había ido. Esteban me miró y en sus ojos había gratitud sencilla, limpia. Sonrió, y esa rara sonrisa llenó de luz el cuarto. Olga también sonrió, aún insegura. Doña Encarnación miró por la ventana, pero se enjugó una lágrima con el extremo del pañuelo. Nunca más les hice falta como “doctora”. Se curaron unos a otros. No es que fueran familia de novela, no. La suegra refunfuñaba, Olga se crispaba a veces. Pero tras cada queja, había un té humeante o una caricia al pasar. Aprendieron a mirar más allá del error, a ver a la persona: cansada, suya, querida. A veces les veo en verano, sentados los tres al fresco, Esteban arreglando algo, las mujeres pelando pipas y murmurando. Y me invade una paz sencilla y aldeana. Te das cuenta de que la auténtica felicidad está en esas noches tranquilas, en el olor a manzana asada, en unos calcetines tejidos a mano, y en saber que en tu casa eres necesario. Pensad, mis queridos, ¿qué sana mejor: una medicina amarga o una palabra amable, dicha a tiempo? ¿Creéis que a veces hace falta asustarse de verdad… para empezar a valorar lo que tenemos?