Diario de Manuel Ruiz, Madrid, diciembre
Llevo ya casi un año más junto a mi querida Aurora. Estos últimos meses, he notado que no salgo nunca solo a la calle. Desde aquel día que fui al ambulatorio y se me borró la memoria, no he vuelto a arriesgarme por mi cuenta. Aquella vez, acabé caminando en dirección contraria, completamente perdido, hasta que mis ojos se posaron en un edificio que me resultó extrañamente familiar. Más tarde supe que era la antigua fábrica de relojes en la que trabajé casi cincuenta años.
Me quedé mirando el edificio, reconociéndolo, aunque no lograba recordar por qué. Ni siquiera quién era yo mismo. Estuve allí absorto, hasta que alguien se me acercó y me tocó el hombro, sobresaltándome.
¡Manolo! ¡Don Manuel! ¿Que hacías por aquí, echando de menos todo esto? Justo estos días hablábamos de ti, de la maestría y los buenos consejos que nos diste. ¿No me reconoces? Soy Luis Castaño, hombre, que fuiste mi mentor.
Algo en mi cabeza se desbloqueó, y el vacío se llenó de golpe con recuerdos. ¡Gracias a Dios! Luis sonrió feliz y me abrazó.
¿Sabías que me afeité el bigote? Por eso estoy irreconocible. ¿No te apetece entrar? Los chicos estarán encantados de verte.
Mejor otro día, Luis, estoy algo cansado le confesé.
Tengo el coche aquí mismo, te llevo a casa. Recuerdo perfectamente la dirección respondió, animado.
Luis me dejó en mi portal, y desde ese día, mi Aurora no me permite salir solo, ni aunque me vea bien de memoria. Caminamos juntos por el Retiro, el mercado, al médico…
Un día caí enfermo, con fiebre y una tos muy fuerte, y Aurora fue sola a la farmacia y al supermercado, a pesar de que ya se le notaba algo mal. Compró los medicamentos y algunas cosas de comer, no mucho, pero la debilidad la vencía y se ahogaba. Le pareció que la bolsa pesaba como un saco de piedras. Paró, recuperó el aliento y siguió arrastrándola. Poco a poco, avanzó unos pasos más y volvió a detenerse. Dejó la bolsa sobre la acera nevada y ella sola, suavemente, se sentó en el camino que lleva a casa.
Lo último que pensó fue: “¿Para qué compré tanto, si ya no tengo el seso que tenía?”
Por suerte, dos vecinos salieron del portal y la encontraron. Llamaron a una ambulancia.
Aurora acabó en el hospital, y los vecinos recogieron la bolsa y vinieron a casa a avisar.
Su marido, Manuel, debe estar en casa, enfermo, hace días que no lo veo dijo Carmen, la vecina. Seguro está dormido. Aurora me contó que él también anda flojo últimamente. En fin, la vejez no perdona. Volveré más tarde.
Yo escuchaba el timbre detrás de la puerta. Quería levantarme, pero la fiebre y la tos me tumbaban, la cabeza me daba vueltas y apenas lograba mantenerme en pié…
La tos cesó, y caí en una especie de sueño raro, como entre la realidad y la fantasía. ¿Dónde se había metido mi Aurora? ¿Por qué tardaba tanto en volver?
Permanecí así un buen rato, hasta que escuché pasos ligeros. De pronto, apareció mi mujer, mi Aurora, y sentí alivio inmenso.
Manuel, dame la mano, apóyate en mí, venga, arriba, decía con voz cariñosa, y me incorporé agarrando con fuerza su mano, extrañamente fría y débil.
Ahora abre la puerta, rápido me pidió suavemente.
¿Para qué? pregunté extrañado, pero la abrí porque me lo pedía, y entraron Carmen y Luis.
¡Manolo! ¿No escuchabas el timbre? Llevamos rato llamando y aporreando la puerta.
¿Y Aurora? Si estaba aquí mismo musité, intentando entender a dónde se había ido de repente mi mujer.
Pero si está en la UCI, Manuel respondió Carmen, temblorosa.
Creo que está delirando dijo Luis, sujetándome justo cuando me desplomaba…
Llamaron a urgencias, era un desmayo por la fiebre.
Dos semanas después, Aurora salió del hospital.
Luis la trajo en coche, y tanto él como Carmen se preocuparon de que yo no estuviera solo. Ella mejoró, y yo también.
Lo importante es que seguimos estando juntos.
Cuando por fin nos quedamos solos, ambos conteníamos las lágrimas.
Menos mal que todavía hay buena gente en el mundo, Manuel. Carmen siempre fue una gran mujer. ¿Te acuerdas de cuando sus hijos venían después del cole y les dábamos de comer, les ayudábamos con los deberes? Y luego venía ella y los recogía.
Sí. No todos saben agradecer la bondad, pero ella siempre mantuvo el corazón bueno le respondí.
Y Luis, ¿te acuerdas cuando era novato y le enseñaste todo? Muchos jóvenes olvidan a los mayores rápido, pero Luis no nos ha dejado de lado.
En nada es Nochevieja, Manuel, ¡qué suerte estar juntos otra vez! me abrazó Aurora.
Dímelo tú, Aurora, ¿cómo es que viniste del hospital y me ayudaste a abrir la puerta, justo cuando llegaron nuestros salvadores? Sin ti, creo que no lo contaba me atreví al fin a preguntarle.
Temía que pensara que deliraba, pero ella me miró sorprendida.
¿De verdad pasó? Me contaron que sufrí muerte clínica, y que, mientras tanto, sentí que venía a verte, como en un sueño. Me acuerdo también de estar tumbada en la UCI, salir de allí y caminar hacia casa, hacia ti…
Vaya cosas nos pasan de mayores, ¿eh, Aurora? Te quiero como siempre, o quizá más le dije, cogiendo sus manos, y nos quedamos largos minutos mirándonos, como si temiésemos que cualquier cosa nos volviera a separar.
La noche antes de Nochevieja, vino Luis con su mujer, que trajo una hornada de empanadas. Luego Carmen se pasó, tomamos todos juntos té caliente y empanadas, y el corazón se nos llenó de serenidad.
Recibimos el Año Nuevo, solo Aurora y yo.
¿Sabes? Pedí de deseo que si este año lo empezamos juntos, entonces es nuestro. Y nos quedan días para seguir viviendo me dijo Aurora.
Y los dos nos reímos sin saber por qué. Un año más juntos… es muchísimo. Es pura felicidad.
Lección personal: Nunca subestimes el valor de estar bien acompañado, porque la bondad de la gente cercana, y el amor de quienes siguen a tu lado, son el mayor regalo que nos puede traer la vida.







