AMARGOR EN EL FONDO DEL ALMA
¡Hace tiempo que el Internado te reclama! ¡Lárgate de nuestra familia! chillaba yo con una voz rota, filtrada en el vaho espeso de la siesta madrileña.
El centro de mi cólera era mi primo segundo, Álvaro.
¡Dios mío, cuánto le adoraba en la infancia! Cabellos color trigo maduro, ojos de azul sevillano, risa que chisporroteaba en los patios. Ese era él, todo Álvaro.
Las tías, los primos y abuelos solían apiñarse en torno a la mesa larga de la finca familiar, donde el bullicio hacía temblar las cristaleras antiguas. Uno tras otro, mis primos bullían como aceitunas en gazpacho, pero Álvaro tenía algo especial. Su verbo hilaba historias expectantes como encajes de bolillos, y dibujaba con mano loca: en una sobremesa soltaba cinco o seis bocetos de lápiz. Me pasaba las tardes embobada, pegada a sus papelitos, ocultándolos bajo llave en mi escritorio de caoba, como si fueran tesoros nazaríes. Custodiaba el arte de mi primo con cariño reverencial.
Álvaro me sacaba dos años.
A los catorce la desgracia le asaltó por sorpresa: una mañana su madre mi tía Lucía, la benjamina de la familia no despertó. Hubo entonces que decidir el destino de Álvaro, y la pregunta planaba en el aire como un palomo desorientado: ¿a dónde iría el muchacho?
El primer empujón fue hacia su padre biológico, pero localizarlo era casi una gesta quijotesca; hacía tiempo que con la madre de Álvaro solo compartía apellidos en papeles polvorientos. Su progenitor ya tenía nueva familia en una urbanización de las afueras de Valladolid, y no estaba dispuesto a alterar la armonía de su reciente vida.
Después, uno a uno, los parientes encogían los hombros, decían”tenemos nuestras cosas, bastante con lo nuestro…”. Cuando el sol caía tras los tejados, la familia parecía desdibujarse y nadie respondía a la llamada.
Así, mis padres ya con sus dos hijos en casa tramitaron la tutela de Álvaro. Mi padre era hermano de la difunta, y para él la sangre era como una promesa murmullada en soledad.
Al principio, la idea de tener a Álvaro viviendo con nosotros me pareció un regalo inesperado. Pero la primera tarde en casa noté algo inquietante. Mi madre, en ese afán de arropar al huérfano, le preguntó con mimo tierno:
¿Te apetece algo? Dímelo, no tengas reparos.
Y él, sin dudarlo un segundo, soltó:
Un tren eléctrico. Quiero un tren eléctrico.
Aquello costaba un dineral: pesetas y más pesetas, y en los ochenta esas cosas eran tan difíciles de conseguir como una entrada para los toros en San Isidro. Me dolió esa petición, pensé: ¡Tu madre acaba de morir, y solo piensas en un tren de juguete! No podía comprenderlo.
Mis padres, en un arranque de generosidad, le regalaron el tren. Y después vinieron las cadenas: Quiero un radiocasete, vaqueros Lois, una cazadora auténtica Todo era caro y escurridizo. Y mis padres, rascándonos a mi hermano y a mí del bolsillo, iban consintiendo todos sus antojos. Mi hermano y yo lo aceptábamos con resignación y silencio.
Al cumplir dieciséis años, Álvaro empezó a frecuentar chicas. Descubrí que era un seductor empedernido. Entonces se volvió sucio y hasta intentaba camelarme a mí, su prima. Pero yo, que era atleta y curtida en el polideportivo, esquivaba sus acercamientos y no dudaba en liarme a empujones con él. Lloré mares de lágrimas. Nunca quise preocupar a mis padres: esas cosas no se cuentan en voz alta, se dejan fermentando en el aire de las casas viejas.
Al ver que yo no caía, Álvaro viró hacia mis amigas. Ellas, por cierto, se peleaban por captar su interés.
Y él también robaba. Sin pudor ni vergüenza. Había ahorrado monedas en una hucha de cerámica para comprarle algo bonito a mis padres, pero un día la encontré vacía. Álvaro lo negó todo, ni un músculo de su cara se inmutó. Mi alma se licuó en desazón. ¿Cómo podía arrebatar así, compartiendo techo? Era como ver caer un azulejo de la casa familiar.
Por dentro me encogía y me enfadaba, hundiéndome como el pan en el gazpacho. Álvaro, en su mundo barroco, no entendía mis celos. Él creía tener derecho a todo. Yo empecé a odiarle y, en un estallido brutal, grité con todas mis fuerzas:
¡Lárgate de nuestra familia!
Recuerdo haberle machacado con palabras, tan cortantes que no se podrían recoger ni en la cesta de vendimia…
Mi madre tardó en calmarme. Desde aquel día, Álvaro fue como un espectro para mí. Le ignoraba hasta en los ecos del pasillo. Más tarde supe que los vecinos y demás parientes ya sabían de qué pie cojeaba Álvaro. Todos vivían en barrios pegados y habían visto muchas cosas: nosotros, en otro distrito, no sabíamos nada.
Alguno de sus antiguos maestros avisó a mis padres: No sabéis el peso que habéis cargado. Álvaro puede estropear a vuestros hijos.
En el nuevo instituto Álvaro conoció a una muchacha llamada Asunción. Ella le quiso toda la vida, y se casó con él en cuanto acabaron COU. Tuvieron una hija. Asunción aguantó sus rarezas y mentiras, y las infidelidades infinitas, como si la desgracia fuera parte del oficio de ser mujer. Ya lo dice el refrán: “Muchacha paciente, lleva el yugo corriente”.
Álvaro se fue a la mili, destinada en Melilla. Allí, en la confusión del cuartel y los permisos, fundó otra familia. ¿Cómo? Vete tú a saber: en los sueños, todo cabe. Después de licenciarse, se quedó allí, porque su hijo recién nacido le ataba al sur.
Asunción, ni corta ni perezosa, tomó un tren y fue a buscar a su marido, devolviéndolo, a golpe de verdad y alguna mentira piadosa, al regazo de la familia castellana.
Mis padres nunca escucharon una palabra de agradecimiento por parte de Álvaro, aunque no acogieron al muchacho por quererlo, sino porque era lo justo.
Ahora don Álvaro Romero tiene sesenta años. Es fiel devoto de la Virgen en la iglesia de su barrio. Con Asunción han criado una prole de cinco nietos.
Puede que las puertas de la vida se hayan abierto para él, pero en mis entrañas aún persiste una amargura antigua, una que ni con miel lograría tragar…







