EL SELLO DE CORREOS
Se ha ido Manuel de Lucía dijo mi madre, soltando un suspiro de esos que te arrugan el alma.
¿Cómo? ¿De qué hablas, mamá? pregunté sin entender nada.
Pues mira, hija, ni yo lo comprendo. Ha estado un mes de viaje por trabajo, vuelve como otro, y va y le suelta a Lucía: Perdóname, pero estoy enamorado de otra. Mamá se quedó mirando a la nada, pensativa.
¿Eso le soltó tal cual? No puede ser. Qué horror Empecé a enfadarme con Manuel, el marido de mi hermana Lucía.
Me llamó Laura, dice que mamá estaba mal y tuvo que llamar a urgencias. Resulta que Lucía tuvo una crisis de ansiedad tan fuerte que ni tragar podía, explicó mamá, parpadeando varias veces.
Venga mamá, tranquilízate. Lucía tampoco tenía que haber puesto a Manuel en un pedestal; siempre bailando a su son, en fin Ahora le toca tragar el plato amargo. Me da pena, pero seguro que a Manuel no le va en serio con esa otra. ¡Él quiere a Lucía y a Laura! yo no quería creerme ni una palabra de lo que oía.
Manuel y Lucía siempre habían sido la pareja que parecía de anuncio. Amor y pasión desenfrenada desde el minuto uno a los dos meses de conocerse ya estaban casados. Vino al mundo su hija Laura. Todo era tranquilidad, rutina, armonía hasta que de golpe el castillo de naipes fue al suelo.
No lo dudé ni un minuto, me fui para casa de mi hermana. Las cosas importantes siempre son más difíciles de hablar cuando se trata de la familia
Lucía, ¿pero cómo ha pasado esto? ¿Manuel por lo menos te ha dado alguna explicación decente? ¿Se ha vuelto loco, o qué? no paraba de preguntarle.
Ay, Carmen Ni yo me aclaro. ¿Pero esta mujer de dónde ha salido? ¿Le ha hecho algún hechizo o algo? Manuel, como poseído, se fue tras ella. No pudimos pararle. Solo me dijo: Lucía, hay que dejar fluir la vida, no dejar que se escape. Lo vi hacer la maleta en dos minutos y marcharse. Yo sentí que alguien me arrastraba la cara por el asfalto; no entiendo nada Las lágrimas de Lucía no paraban.
Anda, Lucía, vamos a darle tiempo, a lo mejor nuestro fugitivo recula y vuelve. A veces pasa le di un abrazo fuerte, mientras ella lloraba en mi hombro.
Pero no, Manuel no volvió.
Se instaló en otra ciudad, lejos, con su nueva mujer.
Cristina, así se llamaba, era dieciocho años mayor que él. Pero les daba igual; para ellos la diferencia de edad no contaba. Las almas no tienen edad, repetía Cristina todo el rato.
Manuel estaba completamente deslumbrado por ella. Había encontrado a su faro. Cristina era especial, digamos.
Tenía mucha mano para amar y para dejar de amar. Era rebelde, indomable, imprevisible. A veces era más dulce que un croissant recién hecho y otras veces sus palabras cortaban como cuchillas.
Manuel la adoraba.
Siempre suspirando y diciéndole:
¿Dónde estabas antes, mi Cris? Llevo media vida buscándote
Mientras tanto, Lucía se dedicó a vengarse de cualquier hombre que pasara por su vida, sin importar ninguno.
Era guapa, mucho. Por la calle todo el mundo se giraba a mirarla, tanto hombres como mujeres.
En el trabajo se lió con su jefe.
Lucía, cásate conmigo. Te haré la mujer más feliz de Madrid, ayúdame a olvidar el mundo.
No quiero casarme, Arturo, ya he tenido bastante le respondió Lucía, guiñándole un ojo.
Vámonos mejor a la playa, quiero que Laura respire otro aire.
Vámonos, guapa respondió el jefe, encantado.
Luego estaba Pablo, un tipo más sencillo. Le ayudaba con la casa, le hizo la reforma entera del piso.
No le propuso matrimonio, ni falta que hacía. Pablo estaba casadísimo y no tenía intención de dejar su familia.
Lucía simplemente los manejaba a los dos. No les amaba; le hacían la vida llevadera y le llenaban los huecos de la soledad.
Lucía seguía sufriendo por Manuel. Le soñaba muchas noches, despertando empapada en lágrimas. Los recuerdos no dejaban de revolverle por dentro. Por mucho que lo intentara, no podía arrancárselo del corazón.
¿Cómo se corta el lazo con alguien que has amado tanto? ¿En qué he fallado yo? Si siempre fui una esposa entregada, cariñosa, jamás discutíamos
Pasaron los años.
Y Lucía seguía igual: flirteando con Arturo, devolviendo a Pablo a su familia cuando la saturaba
Laura, su hija, cumplió los veinte cuando se atrevió a visitar a su padre.
Se sacó un billete de AVE y durante el viaje no dejó de darle vueltas: ¿Cómo empezar a hablar con esa mujer, Cristina?
Llegó a Valencia donde vivían ahora y fue directa al piso.
Llamó al timbre.
Tú debes de ser Laura, ¿verdad? apareció una mujer elegante y original en la puerta.
Pues mi madre es mucho más guapa, pensó Laura.
¿Y usted es Cristina? Ella asintió con la cabeza.
Sí, pasa, mujer. Tu padre no está, pero no tardará en llegar Cristina la llevó a la cocina.
¿Qué tal todo? ¿Tu madre cómo anda? ¿Quieres café, té? Cristina andaba nerviosa poniendo la mesa.
Cristina, ¿me puede decir cómo consiguió llevarse a mi padre? Él quería mucho a mi madre, yo lo sé bien Laura la miró fijamente a los ojos.
Laurita, hay cosas en la vida que no se pueden controlar. En el amor no hay garantías. A veces ocurre algo inesperado, un flechazo que te cambia la vida. Hay encuentros que lo deciden todo. A veces el destino te pone a alguien delante y no entiendes por qué, solo toca cambiar de pareja de baile y ya está. No tiene mucho sentido, niña Cristina se desplomó en una silla.
¿Pero no se puede controlar? ¿No sientes responsabilidad por la familia? Laura no entendía nada, seguía mirando a Cristina con mil interrogantes.
No, hija, no siempre se puede contestó Cristina sin más.
Gracias por ser honesta dijo Laura, que ni tocó el café que le habían puesto.
Laura, ¿quieres que te dé un consejo? Cristina sonrió pícaramente. Los hombres son como sellos de correos: cuanto más les escupes, mejor pegan. Y ya sabes, con ellos hay que saber ser de acero y de terciopelo Por cierto, tu padre y yo estamos ahora mismo discutiendo.
Bueno, gracias por el consejo. ¿Crees que puedo esperar aquí a papá? se preocupó Laura.
No sé yo, lleva una semana en un hotel Te apuntaré la dirección Cristina garabateó el nombre en un trozo de papel.
Laura sintió alivio. Podría ver a su padre sin testigos, sinceramente.
Adiós, y gracias por el café dijo antes de marcharse a toda prisa.
Buscó el hotel, subió y llamó a la puerta.
Manuel se puso contentísimo de ver a su hija, aunque estaba un poco incómodo.
Laura, justo pensaba volver hoy a casa Ya sabes, con la pelea y esas cosas
Papá, haz lo que quieras. Solo he venido a verte Laura le tomó la mano con delicadeza.
¿Y tu madre? preguntó Manuel, casi sin pensarlo.
Todo bien, papá. Nos apañamos sin ti dijo Laura, lanzando un suspiro largo.
Padre e hija pasaron la tarde juntos, hablando bajito, entre risas y alguna lágrima escondida.
Papá ¿Tú quieres a Cristina? preguntó de repente Laura.
Muchísimo. Perdóname, hija respondió Manuel, convencido.
Lo entiendo. Bueno, me voy, que mi tren sale en nada Laura recogió sus cosas.
Ven a verme cuando quieras, Laurita. Seguimos siendo familia Manuel bajó la vista.
Claro, claro Laura salió del hotel con paso ligero.
Al regresar a casa, Laura decidió hacerle caso al consejo de Cristina: no encariñarse, no entregarse, no dejarse engañar por palabras de hombres Que le resbalara todo.
Pero, al cabo de tres años, apareció su excepción. Un chico: Álvaro. Era para ella. Como si el destino se lo hubiera enviado.
Laura lo supo desde el primer instante; lo olió en el aire.
Cuando encuentras lo tuyo, lo demás ya no sabe a nada.
Álvaro la abrazó fuerte, con el alma, y no la soltó jamás. Llegó a tocarle el corazón de verdad, y Laura se enamoró, sin condiciones, hasta quemarse por dentro.







