Cuando el amor duele más que las viejas heridas: Una historia de matrimonios, pérdidas y segundas oportunidades en la vida de una madre española llamada Tania

Ignacio, ¡esta fue la gota que colmó el vaso! Se acabó, ¡nos divorciamos! Ni te molestes en arrodillarte, como sueles hacer, no va a funcionar sentencié, dejando claro que el matrimonio se había terminado.

Ignacio, por supuesto, no me creyó. Mi marido estaba convencido de que todo seguiría el guion habitual: se arrodillaría, pediría perdón, me regalaría otro anillo y yo acabaría perdonándole. Así había sucedido más de una vez. Pero esta vez decidí romper el yugo de Himeneo. Tenía tantos anillos en los dedos, que hasta el meñique parecía cansado, pero vida, lo que se dice vida, no había. Ignacio bebía como si el vino de Valdepeñas fuera la única medicina para sus penas.

Y todo empezó envuelto en romanticismo brumoso.

Mi primer marido, Eduardo, desapareció sin dejar rastro. Ocurrió en aquellos años extraños de los noventa; la vida entonces se sentía como un cuadro de Dalí, distorsionada y amenazante. Eduardo nunca fue un hombre fácil. Era de buscarse problemas. Como suele decirse, ojos de águila, pero alas de mosquito. Si algo no le gustaba, armaba un fandango que hasta los santos huirían bailando. Estoy segura de que a Eduardo lo perdimos en alguno de aquellos líos surrealistas. Nunca volvió a saberse de él. Quedé yo, con dos hijas: Lucía con cinco años, y Carmela con dos. Pasaron cinco años desde aquel enigma eterno.

Pensé que iba a enloquecer. Amaba mucho a Eduardo, a pesar de su carácter volátil. Éramos uña y carne. Uno solo. Me convencí: la vida había terminado, iba a criar a mis niñas y olvidarme de mí. Coloqué una gran cruz sobre mi propio destino. Sin embargo

Fue una época dura, pero casi irreal. Trabajaba en una fábrica y cobraba el sueldo ¡en planchas! Había que venderlas por la calle, para poder comprar pan, jamón y naranjas. Los sábados y domingos me convertía en vendedora ambulante en el Rastro de Madrid. El invierno era un monstruo de viento y escarcha; un día, azulada de frío, llegó un hombre.

¿Pasa frío, señorita? preguntó el desconocido, con voz de alguien de Valladolid.

¿Y cómo lo ha notado usted? intenté bromear, aunque me castañeteaban los dientes. Pero el calor humano, aunque soñado, me envolvió al instante.

Vaya tontería he dicho ¿Le apetece refugiarse en una cafetería? Le ayudo con las planchas que no logre vender.

Vámonos, si no, me convierto en estatua antes del anochecer susurré helada, como si hablara desde el fondo de un pozo.

Al final, olvidamos la cafetería. Lo llevé cerca de mi casa, le pedí que cuidara la bolsa de planchas mientras yo recogía a las niñas en la guardería, y le pedí que esperara en el portal. Mis piernas ya eran de mármol, pero sentía un calorcito inexplicable.

Al regresar con las niñas, allí estaba el hombre, Ignacio así se presentó, fumando y moviéndose de un pie al otro, como si bailara una seguidilla. Pensé: Pues, le invito a un té, a ver qué pasa

Ignacio me ayudó a subir la bolsa hasta el sexto. El ascensor nos traicionó y no funcionaba. Cuando aún subía yo, medio congelada y arrastrando a las crías por las escaleras hasta el tercero, Ignacio ya bajaba.

Espere, mi salvador, ¿ya se va? ¡De aquí no sale sin tomarse un té caliente! le agarré con mi mano polar la manga de su abrigo.

Bueno, no sé ¿no molestaré? Ignacio miraba de reojo a mis hijas.

¡Qué tontería! Agarre a las niñas, que yo voy adelantando y pongo el agua a hervir ofrecí sin miedo.

Sentía que no quería perder a ese hombre; de repente, ya parecía de la familia. En medio de las tazas y el vapor, Ignacio me ofreció un puesto de ayudante con un sueldo que era mejor que todo un año de planchas.

Por supuesto, asentí sumisa, aunque daban ganas de besarle las manos tras tal regalo.

Ignacio había pasado ya por otro matrimonio y tramitaba el divorcio. Tenía un hijo de su primera mujer. Y, de pronto, la vida daba vueltas

No tardamos en casarnos. Ignacio adoptó a las niñas y, a zancadas de alegría, fuimos armando algo nuevo. Compramos un piso de cuatro habitaciones, lo llenamos de muebles y cosas caras. Luego, una casita en la sierra. Cada año, una temporada en la playa de Cádiz. No era vida, era una fiesta de la Feria de Abril sin fin.

Pasaron siete años de dicha sin nubes. Ignorado por la monotonía, Ignacio empezó a mirar los tintos con más amor que a mí. Al principio, ni me inmuté. Entendía: trabajaba mucho, estaría cansado, tendría que desconectar, pensaba. Pero cuando empezó a beber antes incluso de llegar del trabajo, me puse en guardia. Las charlas no servían de nada.

Debo decir que siempre fui una aventurera sin remedio. Para distraerlo de las copas, decidí ¡tenerle un hijo! Yo ya pasaba de los treinta y nueve. A mis amigas ni les sorprendió mi nuevo plan.

¡Vamos, Elena! Quizá nos animamos todas y nos ponemos a parir a los cuarenta se reían en la terraza de cualquier bar.

Y yo siempre opinaba:

Si decides no tener el niño que esperas, igual acabas mordiéndote los codos; si lo tienes, aunque no entre en tus planes, nunca te arrepentirás.

Tuvimos gemelas, y de pronto, criábamos a cuatro hijas. Sin embargo, Ignacio no dejó el vino.

Lo aguanté hasta que quise respirar naturaleza, criar gallinas y tener cabras. Bueno sería para las niñas y, de paso, mantendría a Ignacio lejos de la taberna.

Vendimos piso y casita; compramos una casa en un pueblo camino a Ávila. Abrimos una cafetería moderna. Ignacio se volvió cazador. Compró escopeta y mil cachivaches de monte. En el bosque había más conejos que aceitunas.

Todo iba medio bien hasta la noche mágica, digna del Bosco, en la que Ignacio mezcló los caldos y enloqueció. No sé qué pócima lo poseyó, pero destruyó vajilla y muebles, llegó a nosotros, tomó la escopeta y disparó al techo.

Huimos con las niñas a casa de la vecina. Era un sueño de locura y miedo.

Por la mañana, volvimos como ladrones silenciosos. El espectáculo era para temblar: todo roto, nada intacto, y él dormido en el suelo como un santo borracho.

Recogí lo que pude y, una tras otra como patitos, nos mudamos con mamá, que vivía cerca. Ella, abuela hilandera, me soltó:

Ay, Elena, ¿qué hago yo con este rebaño de nietas? Vuelve con tu marido, hija. Lo que pasa en la casa, se queda en la casa. El río arrastra todo y deja la harina limpia al final.

Mi madre era de la escuela antigua: más vale marido guapo en casa, aunque sea sólo para sacudir el mantel.

Al par de días volvió Ignacio. Entonces, pronuncié mi sentencia final. Ni él mismo creía lo que yo contaba de su noche de furias. Le daba igual. Yo ya había quemado los puentes y no miraba atrás.

¿Seguir? No lo veía posible. Mejor pasar hambre que correr el peligro de morir como un personaje del Romancero Gitano.

Vendí el café por unas pocas pesetas, porque urgía escapar del pueblo. Nos instalamos en una aldeíta vecina, en una casa que parecía sacada de una canción de Sabina.

Las hijas mayores, con el tiempo, consiguieron trabajo y, no mucho después, se casaron. Las gemelas seguían en quinto primaria. A todas les gustaba su papá Ignacio y seguían en contacto. Así supe, por las niñas, que él me rogaba volver. Inclusive mis hijas me insistían: Mamá, bájate de la parra, papá ya pidió perdón cien veces. Hazlo por ti, que ya no tienes veinticinco años

Pero yo no cedía. Buscaba paz, nada de fuegos artificiales ni enredos imposibles.

Pasaron dos años. Empecé a añorar a Ignacio. La soledad me picaba como un mosquito de la Mancha. Tuve que empeñar los anillos que él me regaló; ninguno logré recuperar. Qué pena. Miraba hacia atrás y pensaba: en aquella casa vivió el amor. Ignacio amaba a las hijas como a sí mismo, era capaz de pedir perdón, tenía compasión hasta para el viento. Éramos la familia que parecía de anuncio de turrones. Cada uno tiene su alegría; en la casa ajena nunca florece tu naranjo. ¿Qué más necesitaba?

Ahora, las hijas mayores sólo llamaban por teléfono, nunca venían a casa. Lo entendía: la juventud tiene hambre de correr. Pronto mis gemelas volarían y yo me quedaría, como cigüeña despistada, sola en el campanario.

Al final, convencí a las gemelas de que sonsacaran a su padre. ¿Había otra mujer? ¿Cómo vivía? Mis hijas lo averiguaron todo. Ignacio vivía en otra ciudad, no bebía ni un sorbo, seguía soltero. Les dejó su dirección, por si acaso

Y así, llevamos ya cinco años de nuevo juntos.

Siempre he sido una aventurera surrealistaNos vemos cada tarde en la plaza, después del trabajo, como dos viejos novios. Ahora compramos el pan juntos, caminamos despacio, y hasta compartimos silencios sin miedo. Yo le conté que temí al desastre tanto como a la soledad, y él, con esa torpeza de los hombres sinceros, me prometió no volver a perderse entre sombras ni copas.

Las hijas se ríen al vernos de la mano, como si el tiempo nos hubiera devuelto a otro lugar. Hay noches en que cenamos con todas ellas; el murmullo de sus voces llena la casa, y yo me descubro bendiciendo los platos con los ojos. A veces, incluso, me atrevo a acariciarle la mejilla a Ignacio, con ternura recién aprendida.

Nunca recuperé los anillos, pero he ganado una paz que no brilla, aunque vale más que el oro. Los domingos, cuando la casa se queda quieta y el café perfuma la mañana, miro a Ignacio leer el periódico sin prisa y pienso: he sobrevivido a las desgracias, al abandono y al miedoy aquí estamos, reensamblados, más ligeros, menos perfectos, pero invencibles.

Puede que el amor no sea la llama desbordada de la juventud, ni la fiesta interminable que soñamos. Puede que sea esto: un regreso discreto, el coraje de perdonar, el placer de compartir el pan y el silencio, la épica de sobreponerse y no arrojar la toalla, aunque te tiemble la mano.

Y sí, al final del camino, descubro agradecida que el corazón tiene memoria, pero también olvido, y sabe cuándo merece la pena volver a casa.

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Cuando el amor duele más que las viejas heridas: Una historia de matrimonios, pérdidas y segundas oportunidades en la vida de una madre española llamada Tania