León nunca creyó que Irene fuera realmente su hija. Su esposa, Verónica, trabajaba en una tienda de ultramarinos y corría el rumor por el barrio de Salamanca en Madrid que, en la trastienda, se quedaba encerrada bastante a menudo con hombres ajenos. Por eso León desconfiaba del origen de la frágil Irene, tan menuda y callada que parecía salida de otro molde. Y nada extraña que al final el hombre le agarrase manía a la chica. Menos mal que el abuelo siempre la acogía y, al final, le dejó en herencia su casita.
Solo el abuelo adoraba a la pequeña Irene
La pobre Irene enfermaba cada dos por tres. Siempre pequeñita, tan escueta de estatura que León repetía: “Ni en mi familia ni en la tuya hemos salido tan bajitos. La niña es solo un palmo de pan.” Al final, la manía del padre se le contagió a la madre.
Pero quien verdaderamente adoraba a Irene era su abuelo, Matías. Su casa daba al borde del pueblo, justo donde empezaba el bosque de robles. Matías era forestal de toda la vida, y hasta jubilado se pasaba los días recolectando moras y cantueso. En invierno, alimentaba a los corzos y los zorros. Todos decían que estaba algo tocado, que vete tú a saber con sus cosas de yerbas y pócimas naturales, pero cuando había gripe, nadie dudaba en llamarle para buscar remedio.
La mujer de Matías llevaba años enterrada y, desde entonces, el abuelo solo encontraba consuelo en el bosque… y en su nieta. Cuando Irene empezó en el colegio del pueblo, casi vivía en casa del abuelo más que en la suya. Su educación era entre los helechos y las raíces; escuchaba fascinada las historias de plantas medicinales. Cuando le preguntaban qué quería ser de mayor, contestaba: “Voy a curar personas”. Verónica, su madre, le cortaba el rollo: “No tengo ni un euro para tu carrera.” El abuelo, sin embargo, la animaba: “No somos pobres, y, mira, si hace falta vendo la vaca Paloma.”
Casita y suerte como legado
Verónica apenas visitaba a su padre, pero un buen día irrumpió sin aviso en la casa del abuelo Matías. Venía desesperada: su hijo Andrés había perdido hasta la camisa jugando al mus en una timba clandestina de la Gran Vía. Además, acabó apaleado y debiendo una suma nada desdeñable.
“Claro, cuando hay problemas, ahora sí vienes, ¿eh?”, le soltó Matías, erguiéndose como un roble centenario. “Llevas años sin aparecer por aquí.” Se negó en rotundo: “No voy a tapar los agujeros de Andrés. Yo tengo que ayudar a Irene.” Verónica estalló: “¡Dejadme en paz los dos! ¡No tengo ni padre ni hija!” Y salió de la casa casi tirando la puerta.
Cuando Irene entró en la escuela de enfermería, ni su madre ni su padre pusieron un céntimo. Solo el abuelo y la beca por ser una estudiante diligente la salvaron del apuro.
Justo antes de acabar la carrera, a Matías le flaqueó la salud. Sabiendo que le quedaba poco, le aseguró a Irene que la casita sería para ella. “Busca trabajo en la ciudad,” le indicó, “pero no olvides el hogar. Mientras se escuche la risa humana en estas paredes, seguirá vivo. Y, tranquila, aquí no pasa nada malo; aquí hasta la suerte te encontrará.” Hizo su promesa, y parecía que algo sabía.
Tal cual predijo Matías
El abuelo murió en otoño. Irene empezó a trabajar de enfermera en una clínica en Ávila. Los fines de semana iba a la casita en el pueblo para encender la chimenea y airear los fantasmas familiares. El abuelo había dejado tanta leña preparada que ni la tormenta más brava ponía en apuros la calefacción.
Una noche, tras una nevada apocalíptica, tocaron la puerta. Irene, medio dormida, abrió y se encontró con un joven desconocido, empapado y helado. “Buenas. Necesito ayuda, mi coche está encallado frente a tu casa. ¿Tienes una pala?” “Está junto a la puerta, cógela. ¿Quieres que te eche una mano?” El chico le lanzó una mirada irónica: “No quiero que acabes sepultada tú también.”
El joven resultó ser experto con la pala. Arrancó el coche, pero apenas avanzó unos metros, volvió a quedar atrapado en la nieve. Irene le invitó a entrar y tomar un té bien caliente, mientras la ventisca amainaba. “¿No te da miedo vivir sola junto al bosque?” preguntó él. Irene le explicó que solo iba los fines de semana, tenía trabajo en Ávila, y que los autobuses a veces dejaban a una tirada. El joven, que se llamaba Esteban, ofreció llevarla, ya que él también volvía al centro de la provincia. Irene aceptó.
De vuelta en Ávila, Irene fue andando a casa después del turno y… ahí estaba Esteban, esperándola con una sonrisa. “Parece que tu té de manzanilla es mágico,” bromeó. “Tenía muchas ganas de verte de nuevo… y, quién sabe, igual me invitas a otra ronda.”
No hubo boda a Irene no le hacía gracia aunque Esteban insistió un tiempo. Al final, cedió. Lo que sí nació fue un amor sincero, de los que caben en una novela. Cuando nació su primer hijo, en el hospital todos comentaban: “¿Cómo de una mamá tan ligera sale un niño tan fornido?” Irene ya lo tenía claro: “Se llamará Matías. En honor a una persona maravillosa.”







