Durante dos años, María solo fue cuidadora de la madre de su marido.
María logró casarse con un hombre muy respetado. Todas sus amigas sentían envidia. Su esposo tenía su propia empresa, una casa enorme y elegante en Madrid, varios coches de alta gama y una finca en la provincia de Segovia. Y todo esto con tan solo treinta y dos años.
María, por su parte, acababa de terminar la carrera y solo había trabajado un año como profesora. Se casaron en verano. Tras la boda, su marido decidió que no era necesario que su mujer trabajara por cuatro duros. Le pidió que se quedase en casa, preparándose para la llegada de los hijos. María no se opuso.
El primer año de matrimonio fue como sacado de un cuento. Viajaron juntos y trajeron consigo recuerdos inolvidables y compras caras. Sin embargo, María no encontraba ocasión para lucir sus nuevas prendas. Sus amigas trabajaban jornadas completas y dedicaban los fines de semana a la familia. Su marido frecuentaba eventos sociales, pero nunca la llevaba consigo.
El aburrimiento empezó a calar en María. No lograba quedarse embarazada y su sentimiento por el marido comenzó a apagarse. Cada día, después de terminar las tareas domésticas, iba de un cuarto a otro pensando en el futuro. Pasó otro año. El esposo apenas estaba en casa de día, regresaba por la noche; cansado, irritable. Afirmaba que los negocios no marchaban como esperaba.
Primero le dijo que debía reducir gastos. Luego, le exigió justificación de cada compra y gasto. Revisaba todo y aseguraba que con la mitad del presupuesto podrían vivir igual de bien. María comenzó a preocuparse. Quería volver al trabajo, pero no encontraba empleo en su rama.
Decidió apuntarse a un curso, pero entonces la madre de su marido cayó enferma. María tuvo que quedarse cuidándola durante dos años. El marido trasladó a la madre a su casa. María se encargaba de todo, cuidando a la enferma. El marido comenzó a venir a casa aún menos.
Cuando la madre falleció, él se distanció más aún de María. Apenas le dirigía la palabra, se mostraba taciturno. Evitaba mirarla a los ojos, pasaba más tiempo en la oficina y casi nunca volvía a casa.
María no entendía la situación, hasta que fue al antiguo piso de su suegra en La Latina, donde no había estado en mucho tiempo. Tras la puerta cerrada escuchó el llanto de un niño. Se sorprendió, pensando que el piso estaba vacío. Decidió tocar el timbre.
Le abrió una joven. María descubrió que su marido, antes de que la suegra enfermara, ya había formado una segunda familia. Después la instaló en el piso de su madre.
Para María fue un golpe demoledor. Supo que su matrimonio estaba perdido. Se marchó a Valencia, a casa de una tía, prácticamente sin nada, solo una pequeña bolsa de mano. No quería que ningún objeto le recordara el matrimonio ni lo mal que había acabado su vidaAl principio, la soledad la envolvió como una manta áspera. Pero en Valencia, el aire salado y los colores vivos de la ciudad le ofrecieron una tregua. La tía le prestó una habitación pequeña con una ventana que daba al bullicio de la calle. Aunque no era mucho, a María le pareció suficiente para volver a empezar.
Buscó trabajo como profesora y, tras meses de insistencia y voluntariado, consiguió una plaza en una escuela pública. Allí descubrió la alegría en los ojos de los niños y, poco a poco, la seguridad en sí misma que había perdido entre las paredes silenciosas de su antigua casa. En los recreos, bajo la sombra de los naranjos, aprendió a reír de nuevo.
Con el tiempo, fue reuniendo lo que realmente necesitaba: independencia, amigos sinceros y el amor por las pequeñas cosas. Pintó las paredes de su habitación, adoptó un gato negro al que llamó Goya, y llevó a casa plantas y libros, hasta llenar su nuevo mundo de recuerdos propios.
Un día, al regresar del trabajo, María dejó la puerta abierta y sintió el viento templado traído del mar. Por primera vez en años, se sintió libre y agradecida. Había perdido mucho, sin duda. Pero de las cenizas, había brotado una vida sencilla e intensa, tan distinta como propia. Sonrió, pensando que los nuevos comienzos siempre llegan cuando menos se esperan, y que nadie puede arrebatarle la esperanza de vivir como desea.







