Hace ya cinco años de aquello. Por aquel entonces, mi esposa Amparo y yo teníamos ya dos hijas, y toda la familia compartía una sola habitación en un minúsculo piso de Madrid. Era lógico que nos planteáramos ampliar nuestro espacio, aunque la conversación no pasaba de simples comentarios durante la cena.
La situación cambió de verdad cuando supimos que Amparo estaba embarazada de nuestra tercera niña. No nos quedó otra que buscar seriamente cómo mudarnos a un piso más grande. La única opción viable era vender nuestro pisito y, juntando unos ahorros más, lanzarnos a por un piso de tres habitaciones, aunque fuera en las afueras, en Carabanchel.
Y así fue. Tras vender nuestra casa, logramos comprar un piso de tres habitaciones en una antigua finca. El piso estaba ya reformado, así que bastó con llevar los muebles y ponernos manos a la obra para hacerlo hogar.
Los primeros meses fueron de verdadera felicidad, aunque pronto se vio empañada por una inesperada guerra fría por parte de los vecinos del bloque. Los del piso superior, que llevaban allí toda la vida, formaron piña y se dedicaron a recordarnos quién mandaba en la finca.
No pasaba semana sin una nueva queja o reclamación:
¿Por qué dejáis la puerta del portal abierta tanto tiempo?
Porque subíamos muebles, es lo normal, señora.
¿Por qué dejas tu coche aparcado bajo mis ventanas?
Porque yo vivo en el primero, y sus ventanas dan justo encima, no puedo evitarlo les respondía, ya con resignación.
Otra queja me dejó sin palabras:
Cuando las niñas vuelven del cole, parecen toros bravos corriendo por la casa, y encima les ponéis dibujos animados. ¡No hay quien descanse así!
Pero si ustedes viven encima de nosotros ¿Cómo les va a molestar el ruido de abajo?
Pero el colmo fue cuando decidieron montar una escena con mi mujer, embarazada de ocho meses y sola aquella tarde, ya que yo estaba trabajando. Las señoras del bloque bajaron juntas y le gritaron, acusándome de meter a un desconocido en la finca, diciendo que aquella persona, “a la que le dejé entrar a fumar un cigarro”, iba puerta por puerta ofreciendo copias de la llave del portero automático.
Que tu marido fuma en el portal y encima deja entrar a desconocidos, ¡eso no se puede permitir!
Mi mujer, temblando, apenas pudo responder:
Mi marido no fuma jamás lo ha hecho y es cierto, nunca he tocado un cigarrillo.
Al volver y enterarme de la escena, subí a hablar con ellos. Se lo expliqué de manera muy clara y quizá no muy cortés: que era la última vez que toleraba una situación así, y que si tenían algún problema real, lo hablaran conmigo directamente, no con mi esposa.
Tras aquel día, la relación mejoró. Dejaron de dirigirnos la palabra, pero al menos vivimos en paz. Esa experiencia me enseñó que, en España, saber poner límites a tiempo es tan importante como saber pedir una barra de pan en la panadería: no hay que dejarse pisar, pero tampoco perder los nervios.







