Mi suegra intenta destruir mi matrimonio, y lo más doloroso es que mi marido no me cree

Recuerdo aquellos tiempos en que me casé, sintiéndome la mujer más dichosa del mundo. Mi esposo era un hombre bondadoso, me respetaba y estaba siempre dispuesto a tenderme la mano en cualquier asunto. Sin embargo, había algo que provocaba pequeñas olas en nuestra felicidad cotidiana: mi suegra. Desde el primer instante en que la conocí, supe que no destacaba precisamente por su sensatez.

Apegada a las tradiciones y amante del control, pronto me di cuenta de que si alguna vez tuviésemos que compartir techo, la convivencia se volvería irrespirable. Por eso, decidimos buscar un piso de alquiler solo para nosotros.

Fue entonces cuando recibí una de las noticias más tristes de mi vida: falleció mi padre tras una larga lucha contra el cáncer. Heredé la casa familiar, una vivienda amplia en un pueblo a las afueras de Salamanca. Pensamos juntos que lo mejor sería mudarnos allí; yo siempre había soñado con una vida en el campo, trabajando el terreno y rodeada de jardín, y mi esposo compartía ese deseo.

Pasó un tiempo tras nuestro traslado, y un día apareció mi suegra. Sin rodeos, manifestó que quería la casa para ella. Nos propuso, ni corta ni perezosa, cambiarnos la casa por un piso en realidad, apenas una habitación en el centro de Valladolid. Rechacé la propuesta sin dudarlo. Mi suegra, al ver mi negativa, montó una escena y se marchó furiosa.

Al poco, recibí una llamada de mi esposo. Muy alterado, me reprochó que, según decía su madre, yo le había levantado la voz y la había tratado malamente. Descubrí entonces que mi suegra le había llenado la cabeza de historias absurdas sobre mi comportamiento, sin ningún fundamento.

Ahora, muchos años después, todavía me pregunto qué podría haber hecho o dicho para que él creyera en mi palabra. Y es que duele comprobar que, a veces, ni siquiera en el propio hogar logras encontrar comprensión cuando las malas lenguas siembran cizaña.

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