“Tuve que poner una nevera aparte para que mi madre no se llevara mis compras”

Recuerdo cuando tuve que poner una nevera aparte, solo para mí, porque mi madre no paraba de cogerme las cosas que compraba.

Tuve que poner una nevera aparte me decía Leonor entonces. La situación rozaba lo trágico, pero no había otra solución. No me importaría vender el piso y repartir el dinero. Pero ella se niega rotundamente.

Leonor había cumplido veinticuatro años no hacía mucho. Tenía carrera universitaria, trabajo estable, pero aún no se había casado. Su vida en casa familiar no podría llamarse sencilla. Era dueña de la mitad de la vivienda. Antes pertenecía a su padre, pero tras su fallecimiento, cuando ella tenía catorce años, tanto Leonor como su madre heredaron cada una una parte igual del piso.

Hace diez años, la familia pasó dificultades graves: se quedaron sin el cabeza de familia. La madre de Leonor, Carmen, había dejado de trabajar cuando Leonor era pequeña. Decidió no solicitar siquiera la baja maternal, confiada en el buen sueldo de su marido; tenían lo suficiente. Carmen centró toda su atención en la casa. Tras morir el padre, la madre de Leonor se lamentaba: ¿Quién va a contratar a una mujer de cuarenta años…? ¿De limpiadora, tal vez?

Leonor me contaba: Recibía una pensión de orfandad, pero mi madre no podía resistirse a ir de tiendas y comprarse cosas nuevas, aunque apenas llegásemos a fin de mes. Al principio, mi tío nos apoyaba, pero pronto se cansó.

Mi tío Jorge le dijo a Carmen, mi madre, que debía buscar trabajo en alguna parte. Él tenía sus propios hijos y no podía hacerse cargo de todos. Al cabo de un año, Carmen trajo a casa a un hombre llamado Ramón; dijo que a partir de entonces él viviría con nosotras. Quería solucionar los problemas económicos casándose de nuevo. Ramón, es cierto, ganaba bien, pero jamás pudo llegar a entenderse conmigo, su hijastra.

Sus palabras me resonaban: Aquí solo comes. Lo mejor sería que ayudases a lavar o limpiar, ¿para qué te sirve hacer deberes? ¿Vas a ir a la universidad? Tendrás que trabajar, ¡no creerás que voy a mantenerte eternamente!

No supe nunca qué responder. Es verdad que tenía la pensión, pero el dinero lo recibía mi madre. Y Carmen prefería no enfrentarse a mi padrastro, temiendo perder al sostén económico de la familia.

¿Cómo vamos a sobrevivir sin él? me preguntaba. Procura no discutir mucho y haz lo que te pidan. Al fin y al cabo, es quien nos mantiene.

Conseguí ir a la universidad y, más tarde, comencé a trabajar. Pero a ojos de Ramón, era una boca más que alimentar, una carga. No dejaba de calcular cuánto gastaba en mí.

Medio año después de encontrar empleo, pude comprarme mi propia nevera recuerda Leonor. La instalé en mi habitación, porque Ramón había decidido cerrar con llave la de la cocina.

¿Tienes trabajo? Pues que te mantenga decía Ramón.

Carmen guardaba silencio, incluso cuando Ramón me enseñaba las facturas de la luz y el agua, exigiéndome que pagara todo lo que, según él, había gastado en mí durante años. Pero poco después, Ramón perdió su empleo. Él y mi madre comenzaron a vaciar mi pequeña nevera cada vez con más frecuencia. Las facturas también recayeron todas sobre mí. Al principio, las pagaba. Pero mi padrastro pasó casi un año sin hacer nada. Me harté; puse un candado en mi nevera. Evidentemente, a Carmen no le gustó, argumentando que Ramón había sido quien nos había mantenido todo ese tiempo.

Le respondí: Si quieres ayudar, hazlo. No soy la primera que ha tenido que marcar fronteras en esta casa. Busca trabajo.

Hace poco Ramón se marchó del piso. Carmen está cansada de convivir con quien no aporta nada. Pero yo sigo sin quitar el candado de mi nevera. Pienso que mi madre también debería buscar trabajo. ¿Vosotros qué opináis? ¿Acaso no es justo?

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