Llegó el primo de mi marido: una visita inesperada que dejó a toda la familia con las manos vacías y el corazón tocado

Hace ya muchos años, vino a visitarnos el primo de mi marido.

Quizás soy de otra época, quizá el mundo ahora funcione de otra manera, pero me resisto a creerlo.

Mi madre jamás me dijo: cuando vayas a casa de los familiares, lleva algún detalle Nunca me lo enseñó expresamente. Sin embargo, lo llevo en los huesos, como si fuera un principio básico de la vida; no sé de dónde viene, tal vez de novelas, películas o las obras de teatro que veía de niña.

Un sábado, llegó el primo de mi marido. Venía por el entierro de un tío, pero no era de nuestra parte de la familia.

Nos avisaron con algo de antelación, y les dijimos que podían quedarse en casa, que no se agobiaran por el alojamiento.

Por la noche llegaron los tres: él, su hijo y la nuera. Preparé una buena comida, asé una fuente entera de carne, hice ensaladas y acompañamientos Nos sentamos a la mesa para brindar por el reencuentro, habían pasado años desde la última vez que nos vimos. Cuando todos estuvieron cansados, les dispuse las camas y a la mañana siguiente preparé el desayuno: bocadillos, té y café.

Después salieron al entierro. Al volver, pasaron un rato más con nosotros y se marcharon para regresar a su casa.

Por fuera, todo fue correcto Pero vinieron completamente de vacío; ni siquiera trajeron una botella de vino.

El padre de mi marido que en paz descanse fue padrino de ese primo, y la esposa de mi marido, ahora ya anciana, vive con nosotros; y el primo lo sabe perfectamente. No nos falta de nada, gracias a Dios, pero bien podría haber traído una caja de bombones para la señora mayor. Ella se pasó toda la mañana del sábado asomada a la ventana, esperando con ilusión. Hasta se le escapó una lágrima de la emoción.

Yo no habría sido capaz de llegar de esa manera.

Por lo menos habría traído una botella de vino y no solo una, quizás dos o tres. Para los nietos y los mayores siempre habría dulces, y alguna pequeña atención, un recuerdo. Me habría parado a pensar qué le agradaría a cada uno, qué recuerdo llevar.

Y, sin dudarlo, hubiera traído mis propias sábanas, para no dar más molestias.

No son personas necesitadas, y si lo fueran, yo no pondría ninguna pega. Pero este primo viene poco, y siempre, siempre, sin traer nada. En otra ocasión, vino por trabajo, llegó el domingo al anochecer y se marchaba el lunes. Tampoco entonces trajo detalle alguno.

Eso sí, se pasaba el tiempo hablándome de lo que pescaba, de cuántos peces y de qué clase. Ojalá hubiera tenido el gesto de traerme aunque solo fuera uno.

De verdad, no me pesa la comida cuando recibo a la familia, pero no puedo evitar sentirme mal, como si me hubieran tomado el pelo.

Así ha sido siempre, cada vez que vieneQuizá no se den cuenta, o tal vez el mundo hoy gira a otro ritmo, y ya no damos importancia a esas pequeñas cosas que a mí me parecen grandes. Cerré la puerta después de despedirlos, con la abuela murmurando en el sillón, todavía esperando un dulce que nunca llegó. Me dirigí a la cocina, recogí los platos vacíos, guardé silencio y miré alrededor: mi casa estaba como siempre, pero una esquina quedaba un poco más fría.

Entonces me juré, para mí misma, que cuando toque a mí ser invitada, no olvidaré nunca ese gesto, aunque otros ya no lo recuerden. Porque hay cosas que, si las soltamos, desaparecen, y con ellas se apagan ciertas luces que alumbran los hogares. No sé si mi madre me lo enseñó o si lo inventé yo, pero mientras viva y reciba y sea recibida, siempre llevaré algo en las manos, aunque sea solo una flor cogida en el camino.

Quizá algún día, el primo de mi marido llegue trayendo, al fin, un pez brillante envuelto en papel. O quizá no. Pero en mi casa siempre habrá una bandeja con dulces y un licor para el que llegue, aunque venga sin nada.

Y así, aunque el mundo cambie, al menos aquí dentro seguirá oliendo a bienvenida.

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