¿Dónde pongo esta bandeja de fiambre? El frigorífico está hasta arriba, lleno de tus ¿cómo era? Carpaccio y aguacates, menuda mezcla, hija, se me traba la lengua al decirlo protestó mi tía, mientras intentaba encajar una enorme cazuela esmaltada en la balda de abajo, apartando con brusquedad mis recipientes ordenados.
Rocío, mi mujer, estaba junto a los fogones removiendo la salsa para el plato principal y respiró hondo, contando hasta diez. Apenas habían pasado veinte minutos desde la llegada de los familiares y ya parecía que la casa había sido invadida por una troupe ruidosa, dispuesta a reconfigurarlo todo a su antojo.
Tía Maruja, ¿puede dejarlo en la terraza? Hace frío y está cerrada; no le pasará nada al fiambre dijo Rocío, con el tono más sereno posible. En el frigorífico tengo los ingredientes para las ensaladas; no se pueden congelar.
¡¿En la terraza?! refunfuñó mi tía, una mujer corpulenta con permanente y bata floreada, traída desde León. Ahí está lleno de polvo de la calle, muchacha. Y no queda bien tener comidas en el suelo. Nada, aparto tus botes de hierbas, total, nadie va a comer eso. Los hombres quieren carne, no césped.
Rocío me lanzó una mirada desesperada. Yo, Javier, alto y tranquilo, estaba en la mesa de la cocina cortando pan, intentando ser invisible. Conozco bien el carácter de la tía Maruja y de su hija Lourdes, mi prima segunda, que en ese momento inspeccionaba el baño criticando los azulejos como si fuera jefa de obra.
Javi, ayuda a la tía Maruja a llevar el fiambre al balcón ordenó Rocío con firmeza. He dejado un rincón libre allí, todo limpio. No se le va a caer ni una mota de polvo.
Me levanté, cogí el pesado recipiente de fiambre a mi tía resoplando y desaparecí por el pasillo. Sin el enorme cacharro, mi tía cambió de objetivo y se centró en Rocío.
¿Por qué estás tan pálida, Rocío? Seguro que sigues con esas dietas tuyas. Hija, eres pura piel y huesos. Mira Lourdes, mi niña, qué color tiene, da gusto verla. Tú cada vez más flaca. Además, esa reforma que habéis hecho parece el hospital. Todo blanco y gris, tan triste. Unos papeles pintados con dorado, hija, quedan mucho más elegantes.
Nosotros preferimos el minimalismo, tía Maruja respondió Rocío, probando la salsa. Cada uno tiene su gusto.
En ese momento entró Lourdes en la cocina, tres años mayor que Rocío, aunque se comportaba como si la diferencia fueran quince y le quedaba el papel de dar lecciones de vida. Detrás iban sus dos hijos, uno de cinco y otro de seis años, con las manos embadurnadas de chocolate de no sé dónde.
Rocío, ¿solo tenéis ducha en el baño? preguntó Lourdes con tono decepcionado, acomodándose en una silla y cruzando la pierna. Pensé que habría bañera. ¿Cómo voy a lavar a los niños por la noche? Les gusta chapotear.
Lourdes, la reforma la hicimos para nosotros. Preferimos ducha. Los niños pueden ducharse, ya no son unos bebés contestó Rocío, con la paciencia al límite.
Esta visita se organizó hace tiempo. Rocío creyó hasta el final que mis parientes cambiarían de opinión, pero Maruja y Lourdes se empeñaron en pasar las fiestas en Madrid, argumentando que “hay que ver a los de la familia” y pasear por la capital”. Rocío, educada en la tradición de la hospitalidad, no pudo negarse, aunque recordaba perfectamente su anterior visita hace tres años, tras la que necesitó una semana para recuperar los nervios y limpiar la casa.
Pero entonces vivíamos en un pisito viejo de dos habitaciones y linóleo desgastado. Ahora, por fin, nos habíamos mudado a un piso de tres habitaciones en Chamberí, recién reformado y decorado con mimo; nuestro nido, nuestro orgullo. Cada detalle era nuestro. Especialmente Rocío estaba enamorada de la habitación principal: su lugar sagrado. Las paredes azul marino, cortinas opacas, colchón ortopédico que había costado como las alas de un avión y alfombra mullida. Habíamos acordado que la habitación sería zona prohibida: jamás usarla como dormitorio para invitados. Para eso estaba el salón con su sofá cama grande y, si hacía falta, el estudio, donde hay una chaise longue.
Mamá, tengo sed lloriqueó el hijo pequeño de Lourdes, tirando de su manga.
Anda, ve a pedirle zumo a la tía Rocío soltó Lourdes. Rocío, ¿les puedes dar algo? Vienen destrozados del viaje.
Rocío sacó del frigorífico un brick de zumo de manzana y sirvió dos vasos.
Con cuidado, por favor; no lo derraméis, que el parquet es de madera natural les advirtió.
No estés tan pendiente del parquet se burló mi tía. Las cosas están para servir a las personas, no al revés. Son niños, Rocío, bastante hacen. Si manchan, limpias y ya. Te has vuelto una tiquismiquis viviendo en Madrid.
Volví de la terraza y, sintiendo las tensiones, propuse:
¿Empezamos a poner la mesa? Ya son las cinco, pronto hay que despedir el año viejo.
La comida fue un caos. Los niños correteaban cogiendo lonchas de chorizo y queso, Lourdes charlaba por teléfono con una amiga contando cómo había llegado, y mi tía Maruja criticaba cada plato servido.
¿Ensalada de gambas? miró la gamba con desconfianza. Esto no lo entiendo. Una buena ensaladilla rusa, sí. Pero esto puro adorno, lechuga y plástico. Rocío, podrías haber cocido patatas de las de toda la vida, con perejil, y no este puré con aceite de trufa huele raro, como si estuviera caducado.
Es un manjar, mamá repuso Lourdes, sin dejar el móvil. Aunque yo prefiero la comida sencilla. Rocío, ¿me pasas las setas? ¿Las has puesto tú en conserva o son del supermercado?
Del mercado, pero son de un productor de Ávila aclaró Rocío.
Ya, claro. No te gusta trabajar la despensa sentenció mi tía. Yo he traído mi propio bote, ya veréis lo que son setas de verdad.
Rocío masticaba en silencio, mirando su plato. Bajo la mesa, le tomé la mano y la apreté animándola. “Aguanta, solo tres días” decía mi mirada.
Cerca de las ocho, cuando la primera botella de cava ya estaba vacía y los niños se sentaron a ver la tablet, surgió el tema de dormir.
Uf, qué cansada vengo, hija, la espalda me mata dijo mi tía Maruja, masajeándose la cintura. El tren traqueteaba como una carreta. Necesito tirarme en una cama y estirar las piernas.
Sí, mamá, deberías descansar bien secundó Lourdes. Rocío, ¿dónde nos habéis preparado la cama?
Rocío se puso alerta. Lo había preparado con esmero.
En el salón, el sofá cama es muy ancho, caben dos adultos sin problema. Para Lourdes y los niños está el estudio, la chaise longue se hace cama. Si aún así necesitáis más espacio, tengo un colchón inflable grande, muy cómodo.
Se hizo un silencio espeso. Mi tía dejó de comer, Lourdes alzó la ceja.
¿Cómo que sofá cama? preguntó la tía Maruja, mirando a Rocío como si estuviera loca. Rocío, dime que no es cierto. Yo no puedo dormir en sofá, tengo ciática, me destrozo la columna. Necesito una cama de verdad, blandita.
Tía Maruja, el sofá es ortopédico, lo compramos para que fuese lo más cómodo para los invitados
¡Un sofá es un sofá! interrumpió mi tía. Eso es para gente joven. Yo soy ya mayor y enferma. Pensé que nos dejaríais la habitación principal. Me han contado maravillas de ese colchón.
Rocío se quedó paralizada. Esperaba exigencias, sí, pero no semejante pretensión de adueñarse de nuestro espacio íntimo.
¿La habitación? me adelanté yo, mirando serio. Maruja, esa es nuestra habitación, dormimos ahí todos los días.
¿Y qué? soltó Lourdes sin inmutarse. Vosotros tenéis salud, podéis estar un par de noches en el sofá o hasta en el suelo, no pasa nada. Mi madre necesita comodidad y a mí, con los niños, me viene mejor también. Así si se despiertan por la noche no molestan.
Espera Rocío se puso roja. ¿Queréis que Javier y yo salgamos de nuestra habitación y os demos nuestra cama, mientras nosotros dormimos en el salón?
Rocío, hija, no exageres replicó mi tía. Salir, dar, qué forma de verlo. Es solo por unos días. Los invitados reciben lo mejor, siempre. Así lo hacía mi madre y mi abuela. Tú ya eres muy de ciudad, has olvidado esas cosas.
Tía Maruja, la tradición consiste en dar de comer y ser amables replicó Rocío. Pero la cama de uno es como el cepillo de dientes, algo íntimo. Dormimos ahí. No podemos ceder la habitación, lo siento, eso no.
Lourdes dejó la copa en la mesa con fuerza, haciendo sonar el cristal.
¿En serio, Rocío? ¿Te cuesta tanto dejar la cama a tu tía y a sus sobrinos? Hemos viajado trescientos kilómetros, traído regalos, y ¿nos metes en el sofá, como si fuésemos perros?
¿Como perros? me sorprendí. El sofá costó mil euros, es comodísimo. Yo mismo duermo allí cuando veo el fútbol.
¡Me da igual lo que te costó! gritó mi tía. Es cuestión de respeto, no de dinero. Tu madre, que en paz descanse, se avergonzaría. Egoísta, igual que tu padre.
El golpe bajo fue tremendo. La madre de Rocío una santa, siempre servicial había soportado toda la vida las impertinencias de mi tía, dándole hasta el último céntimo y cuidando de sus hijos. Rocío había visto cada vez cómo la tía Maruja se marchaba llevándose lo mejor y dejando a su madre agotada y sin dinero.
No mencione a mi madre dijo Rocío, temblando, pero firme. Mi madre fue santa y usted siempre abusó de ella. Yo ya no. Mis límites están claros: la habitación se queda cerrada. El tema está zanjado. Quien no quiera sofá, hay hoteles cerca, puedo ayudarles a reservar.
¿¡Hotel!? Lorudes casi se atragantó. ¿Nos echas? ¿A pagar alojamiento? ¿Mamá, oyes esto?
Oigo, hija, oigo mi tía se puso teatral llevándose la mano al pecho. Me da un ataque Trae agua, rápido.
Lourdes corrió, trajo agua y pastillas. Los niños, percibiendo el ambiente, se callaron.
Vamos a ver soltó Lourdes al rato, mi tía ya más recuperada. Si no dormimos en la habitación principal nos vamos. No vemos ni media noche aquí, y se lo contaremos a toda la familia: ¡qué fina te has vuelto Rocío! Decide.
Miré a Rocío. Su cara refleja determinación y cansancio. Yo también harto: la casa no es hostal, y el respeto por uno mismo empieza marcando los límites.
Extraña elección, Lourdes dijo Rocío, levantándose. Ofrecemos hospitalidad, buena comida, camas cómodas. Vosotras queréis invadir nuestra intimidad y amenazáis. Si solo os importa eso, mejor que busquéis otro sitio.
¿Así que es un sí? mi tía se levantó de pronto olvidando su ciática. Lourdes, nos vamos. Prepara a los niños. Antes dormimos en la calle que aquí. Mejor un hostal que este ambiente.
Mamá, ¿adónde vamos ya de noche? No hay trenes vaciló Lourdes, convencida de que Rocío se rendiría.
¡Cogemos un taxi y vamos donde la tía Encarnita en Vallecas! Vive en una casa compartida, pero es buena gente. Allí sí nos tratarán bien. Aquí con sus ensaladas de diseño que se las coman ellos.
Empezaron a recoger apresuradamente. Lourdes nos fulminaba con la mirada. Mi tía Maruja recorría la casa lamentándose y maldiciendo.
¡Dadme nuestros regalos! exclamó mi tía en el recibidor. Os traje toallas de lino. No las merecéis, para Encarnita van.
Rocío fue a por el paquete de toallas (rasposas, por cierto) y lo dejó en la entrada.
Aquí están. No os olvidéis el bote de setas.
¡Lo cogemos todo! Lourdes arrambló el paquete. ¡Y las chuches que trajimos para los niños también!
Yo observaba desde el umbral, sintiendo vergüenza ajena por como adultos que deberían dar ejemplo se comportaban peor que críos.
En quince minutos lo tenían listo. Mi tía no callaba ni un segundo, sacando rencores pasados y vaticinando nuestra soledad final.
¿Y el taxi? pregunté cuando se ponían los abrigos.
No necesitamos favores tuyos. Lo pedimos nosotras contestó Lourdes, marcando en el móvil. Vamos, mamá, ya viene. Mejor esperar en la calle, aquí huele a soberbia.
Se fueron como una tromba, y al irse, mi tía pegó tal portazo que cayó un trozo de yeso del techo.
La casa quedó en silencio total. Solo se oía el zumbido del frigorífico y los relojes del salón. Sobre la mesa quedaron restos de ensalada de gambas, servilletas usadas y manchas de zumo en el mantel.
Rocío se sentó y se tapó la cara. Le temblaban los hombros. Me acerqué, la abracé y la besé en la coronilla.
Tranquila, ya está, cariño. Se han ido.
Rocío alzó la cabeza. No lloraba: se reía, con esa mezcla de nervios y alivio.
¿Lo has oído, Javi? “Mejor en la estación que aquí”. ¡Qué bendición!
Qué suerte, sí sonreí. Por cierto, han dejado el fiambre olvidado en la terraza
Rocío rompió a reír.
¡El fiambre! Lo más valioso lo dejaron aquí. Aunque Encarnita vive en una habitación con su marido, me imagino la fiesta que le espera esta noche.
Ya no es cosa nuestra dije yo, sirviéndome cava. Te juro que cuando mi tía mencionó a tu madre estuve a un pelo de echarlas yo mismo. Has sido valiente.
Solo sé que quiero nuestra cama, a ti y la paz. Va a ser el mejor fin de año. Somos dos, comida para veinte y nadie que critique la ensalada.
Nos pusimos a recoger la mesa. Rocío llevó los platos sucios al lavavajillas y yo barrí la atmósfera como quien abre ventanas tras una tormenta.
Ella se acercó a la ventana. Afuera la nieve tapizaba las huellas del taxi. Madrid brillaba de luces. En algún rincón estaban mis parientes, arrastrando su resentimiento. Me dieron hasta lástima: vivir así debe ser duro. Mucho más que dormir en un sofá.
Javi llamó Rocío. ¿Ponemos música? ¿Encendemos unas velas? Es nuestra fiesta.
Por supuesto le respondí desde la cocina. El plato principal está listo. El pato asado que ellas no quisieron ni probar.
Una hora más tarde, mesa lista de nuevo, velas, jazz suave y el pato con manzana dorado y jugoso.
Por nosotros brindé. Por nuestra casa. Que siempre haya sitio solo para quienes nos respetan.
Y por los límites añadió Rocío, chocando la copa. Que hemos aprendido a defender.
Más tarde, ya en nuestra habitación, en aquel colchón tan discutido, Rocío suspiraba envuelta en aquella calma. La ropa de cama olía a lavanda y a hogar, no a perfume ajeno. Pensó en sus parientes, seguramente acurrucados en la moqueta de Encarnita o sentados en la estación, renegando de la “estirada madrileña”. Pero no sentía culpa.
Había aprendido algo fundamental: no se puede agradar a todos, menos aún si eso te pide dejarte a ti mismo de lado. Si el precio de la paz es el enfado de los descarados, es un gasto asumible.
Por la mañana, su teléfono no dejaba de sonar con mensajes de otros familiares, ya les había llegado la versión tergiversada de los hechos, donde yo había echado a la pobre tía enferma a la nieve. Rocío no leyó ni respondió ninguno. Puso el móvil en modo avión, se desperezó y sonrió con ganas al nuevo día.
El fiambre, luego lo llevé a los perros del barrio. Lo agradecieron con entusiasmo y sin quejas por el ajo ni la textura. Los animales saben recibir el bien mejor que muchos humanos.







