28 de octubre de 2025
Hoy he vuelto a pensar en la decisión que tomó mi abuela, Carmen, cuando le diagnosticaron una enfermedad grave. A sus sesenta años, se sentó en la cocina de la casa familiar, se sirvió un té de hierbas, miró por la ventana del patio y, con una serenidad que pocos poseen, declaró: «No voy a quedarme en casa esperando a la muerte. Quiero vivir mientras pueda».
Carmen siempre ha sido una mujer bajita, con una sonrisa permanente y una chispa interior que ni los años, ni las preocupaciones, ni las pérdidas han logrado apagar. Su afán de vivir era como un brote de primavera que se abre paso entre la piedra: callado pero tenaz.
Toda su vida la ha pasado en la misma vivienda, una casa antigua pero acogedora que siempre olía a manzanas, menta y pan recién horneado. Allí crió a sus cinco hijos, ayudó con los nietos, recibió a los invitados y se enfrentó a los inviernos. Esa casa era su universo, pero, como he descubierto, no quería que su historia terminara entre esas paredes.
Un mes después del diagnóstico, vendió la casa sin decirle a nadie nada, salvo a su tía menor, Pilar, que la acompañó al notario. Los demás se enteraron por casualidad. Cuando mi primo Javier vino de visita, encontró la vivienda vacía: sin muebles, sin cortinas, sin el aroma de las tartas que antes recibían a cualquiera que cruzara el umbral. En la puerta colgaba una placa que decía «Propiedad Privada».
Días después recibimos un mensaje de voz de Carmen. Su tono era firme, seguro, con un leve toque de sonrisa: «No voy a justificarme. Esta es mi decisión. He trabajado toda la vida; ahora quiero vivir mientras pueda».
Con el dinero de la venta, que ascendió a 45000, mi abuela se lanzó a la aventura. No se fue al extranjero ni a hoteles lujosos; recorrió España, el país que confesó conocer apenas. Visitó la costa de la Costa Brava, las cumbres de los Pirineos, los monasterios de Aragón y los pueblos de la sierra de Guadarrama, donde todavía la gente se saluda en la calle y se comparte una tapa.
Nos enviaba postales, breves notas, fotos en las que aparecía sonriendo, bronceada, rodeada de nuevos amigos. A veces desaparecía durante semanas y luego reaparecía, tranquila y llena de inspiración, como después de una larga charla consigo misma.
Algunos familiares no comprendían su gesto. Decían: «¿Cómo puede? ¡Esa casa es recuerdos, hijos, nietos!». Otros, en cambio, admiraban su valentía. Ella respondía, sin más, «No quiero abandonar las paredes; quiero dejar la huella de que viví».
Y realmente vivió. En su último año, quizás por primera vez de verdad, volvió a brillar esa luz que sólo se veía en viejas fotografías. Aprendió a alegrarse con cada amanecer, sin postergar la felicidad.
Cuando ya no estuvo, descubrimos una pequeña maleta suya. Dentro había decenas de billetes de tren, mapas turísticos, postales antiguas, anotaciones con los nombres de los cafés que había visitado y más de cien fotos: ella, sonriente, con el mar, las montañas, casas de piedra y callejones empedrados. Cada imagen rezuma vida, movimiento y luz.
La casa ya no existe. El dinero también se ha esfumado. Pero quedó la libertad, el bien más preciado que poseía: la libertad de ser ella misma, de vivir a su modo sin pedir permiso ni mirar atrás.
A veces me pregunto: si supiéramos que el tiempo nos queda escaso, ¿qué haríamos? ¿Nos quedaríamos en los cuatro muros, entre lo familiar y el miedo? ¿O, quizás, nos animaríamos finalmente a vivir no mañana, no después sino ahora?
Quizá ahí radica la verdadera sabiduría: no esperar a la muerte, sino recibir la vida con los ojos abiertos, tal como lo hizo mi abuela.







