Mi marido me comparó con la mujer de su amigo en plena cena y acabó con el plato de ensaladilla en sus rodillas

¿Otra vez has sacado esta vajilla? Te pedí la de borde dorado, la que nos regaló mi madre en el aniversario. Tiene más porte protesta Víctor al ver el plato que Laura acaba de colocar sobre el mantel blanco.

Laura se queda quieta un instante, con el manojo de perejil en la mano. Se muerde la lengua: querría responderle que esa vajilla dorada no se puede meter en el lavavajillas, y que estar fregando a la una de la madrugada cuando se vayan los invitados, lo último que le apetece. Pero se contiene. Hoy es el cumpleaños de Víctor, cincuenta años nada menos, y no le va a estropear el ánimo desde el principio.

Víctor, esa vajilla es para doce, y hoy sólo seremos cuatro. Además, estos platos son más hondos, para el asado van mejor responde tranquila ella, concentrada en adornar el aspic con ramitas de hierbas frescas. Mejor comprueba si ya está fría la botella de orujo. Gabriel y Carmen están al caer.

Víctor masculla algo y se va hacia la nevera. Laura le observa de espaldas y suspira. Lleva una semana corriendo de aquí para allá, intentando llegar a todo. El cierre de trimestre en la gestoría le tiene exhausta, y a ello se suma la organización de esta cena especial. Víctor se negó en redondo a celebrarlo fuera, asegurando que nadie cocina como ella y que “para qué pagar tanto por postureo”.

Al principio halaga que tu marido te presuma, pero en realidad se esconde su tacañería y el horror que le provoca ver precios en la carta. Así que Laura ha pasado tres noches marinando carne, pelando patatas, horneando capas de milhojas y preparando los rollitos de berenjena, su favorito. Le duelen los pies, la espalda se le resiente, y ni tiempo para hacerse la manicura: sólo una capa de esmalte transparente.

Suena el timbre y ella da un respingo.

¡Voy! grita Víctor, que cambia el ceño por la sonrisa del anfitrión.

Carmen entra en el recibidor, flotando con elegancia. No se puede describir de otra forma. La esposa de Gabriel, el mejor amigo de Víctor, siempre aparece como sacada de la portada de Vogue. Delgada, impecable, con un vestido beige que le sienta como un guante, y en la mano una bolsita de boutique fina. Detrás llega Gabriel cargado de paquetes y botellas.

¡Laurita, corazón! Carmen la besa mientras la inunda de perfume caro. ¡Cómo huele aquí! Eres una heroína en la cocina, como siempre. Yo no podría, a Gabriel le advertí: si quiere fiesta, que me lleve a un restaurante, yo no me acerco a los fogones después de hacerme la manicura.

Laura esconde las manos detrás de la espalda.

Alguien tendrá que encargarse del hogar, ¿no? sonríe recogiendo el abrigo. Pasad, la mesa está lista.

La cena arranca entre brindis por el cumpleañero, las bromas, los regalos (Gabriel le ha traído una caña de pescar profesional que Víctor ansiaba hace meses), y risas. Laura va y viene entre cocina y salón, cambiando platos, sirviendo tapas, vigilando copas llenas. Ella apenas ha probado una pizca de ensaladilla y un poco de queso.

Víctor, animado ya por el primer chupito, se relaja. Se reclina mirando a Carmen, que aparta un trocito de pescado con la puntilla del tenedor.

Carmen, estás espléndida, como siempre declara, admirándola. Te miro y pienso: tienes pacto con el diablo, comes y no engordas. ¡Ese vestido! Se nota que te cuidas muchísimo.

Carmen se retoca un mechón, coqueta.

Ay, Víctor, por decir algo… Es constancia, sólo eso. Gimnasio tres veces por semana y nada de hidratos a partir de las seis. Y buena cosmética. Hace nada he descubierto una crema facial increíble.

¡Ves! Víctor levanta el dedo como si revelase una verdad universal. Disciplina, ¿lo oído, Laura? ¡Disciplina! Siempre estás cansada, sin tiempo. Mira Carmen: también trabaja y parece una chica de veinte.

En ese momento, Laura deposita el gran asado al centro. Ella es contable en una empresa grande, lleva la casa, la finca y ayuda a sus nietos con los deberes cuando los hijos la traen. Carmen, por su parte, es secretaria en un centro de estética y vive sin niños.

Víctor, no compares, por favor le dice Laura con calma. No llevamos el mismo ritmo de vida. Prueba el asado, tiene ciruelas le sugiere, evitando tensar la situación con los invitados.

Pero Víctor se crece, desatado por el alcohol y viejos reproches. O vanidad masculina.

¡El asado da igual! protesta, poniéndose un gran trozo en el plato. Comer es comer. Lo importante es la estética Gabriel, tú sí que tienes suerte. Llegas a casa y te recibe una diosa, no una cocinera en bata. Da gusto mirarla. ¿Y yo? Cada día ollas, cebolla frita. Le digo a Laura: apúntate al gimnasio, haz ejercicio. Y ella: me duele la espalda, tengo la tensión alta. Excusas. Puro abandono.

Gabriel se incomoda e intenta pasar página.

Víctor, anda, no digas tonterías. Laura es oro puro en casa. ¡Qué mano tiene para la carne! Mi Carmen ni de lejos cocina así, lo nuestro es todo comida precocinada o a domicilio.

¡Por supuesto! interviene Carmen, pero la cosa no mejora. Soy sincera, no me gusta cocinar. Pero eso sí, siempre tengo tiempo para mí. Los hombres deben amar con la vista, ¿verdad, Víctor?

Víctor se ensancha de orgullo mirando a la esposa de su amigo.

¡Sabias palabras! Amar con los ojos. Pero tú, Laura la señala con desdén. Laura, al otro lado, se cruza de brazos sobre las rodillas. Aunque lleves vestido y te peines, parece que llevas encima el cansancio. Detenida en el tiempo. Mira a Carmen, tiene chispa, vida. Y tú, sólo ves las etiquetas del Mercadona.

Silencio espeso. Gabriel mira su plato, Carmen juega nerviosa con la servilleta. Laura se siente como si le hubieran dado una bofetada. Recuerda cómo ayer Víctor se quejaba porque no había camisas limpias y ella planchó la azul a medianoche, la que ahora lleva puesta mientras la humilla. Recuerda cómo ahorró en cosméticos para regalarle la famosa caña, sumando dinero de colegas.

Víctor, para dice ella, serena pero firme. Te estás pasando.

¡No me paso! ladra él. Yo sólo digo la verdad. Se reconoce al amigo en las malas, y a la mujer comparando. Y la comparación, qué quieres que te diga, no te favorece. ¿Por qué Gabriel puede presumir de esposa y yo tengo que avergonzarme? ¿Te has visto al espejo? Te has dejado ir, las arrugas ¡Y es que sois de la misma edad!

No somos de la misma edad, Víctor le corrige Laura, helada. Carmen tiene treinta y ocho, yo cuarenta y ocho. Y Carmen no sube bolsas de la compra cinco pisos cuando el ascensor se rompe, mientras tú te tumbas en el sofá.

¡Ya empezamos! dice él, con teatralidad. Yo trabajo, traigo dinero a casa. Tengo derecho a exigir que mi mujer esté a mi nivel. Tú sólo sabes preparar ensaladas. Mira, la ensaladilla señala el plato. Ni eso puedes. La de Carmen en Nochevieja, aireada, ligera. La tuya, plasta de mayonesa. Igual que eres tú.

Fue la gota que colmó el vaso. Laura siente cómo su paciencia, que ha sostenido veinticinco años de matrimonio, se evapora, dejándole sólo vacío y rabia fría.

Se levanta despacio. Víctor sigue despotricando, mirando a Gabriel:

Dime la verdad. ¿No es cierto que la mujer debe inspirar? Yo llego y sólo encuentro tristeza. Batas, pantuflas, cocido. Más aburrido imposible

Laura toma el gran bol de ensaladilla rusa. Está jugosa, con mayonesa, remolacha y todo adorno. Un kilo y medio, fácil.

Se acerca por detrás a su marido. Él se calla y la mira.

¿Por qué te levantas? ¿Falta sal? ¿Poco mayonesa?

No, Víctor contesta con calma implacable. Todo tiene suficiente. He pensado que, efectivamente, sólo sé hacer ensaladas. Así que, si necesitas estética y ligereza, este plato te conviene.

Y con estas palabras, lo vuelca con suavidad.

El tiempo se detiene. Gabriel queda boquiabierto. Carmen se lleva la mano a la boca, horrorizada. La masa, rosa y brillante, cae lenta pero segura sobre los pantalones claros de Víctor, comprados para el cumpleaños.

*Plaf.*

El sonido es húmedo y rotundo. Ríos de mayonesa por los pantalones, la remolacha tiñe la tela, el pescado decora la bragueta.

Por un instante, silencio absoluto. Víctor mira sus rodillas, incrédulo; el jugo de remolacha rápidamente convierte los pantalones beige en un lienzo abstracto.

¿Pero qué has hecho?! brama levantándose; el plato cae al suelo, al alfombrado y a los zapatos. ¡Estás loca! ¡Son nuevos! ¡Majareta!

Laura deja el bol vacío sobre la mesa.

Al menos, está bueno, Víctor. Y alimenta. Fíjate, todo natural, hecho por mí.

¡Te vas a enterar! amenaza, pero Gabriel reacciona y le agarra el brazo.

¡Tranquilo, Víctor! ¡Basta ya! ¡Tú te lo has buscado!

¿Yo? ¡Si sólo he dicho la verdad! Y ella me echa la comida encima… ¡Recógelo, ahora! ¡Recógelo todo!

Carmen, pálida como la pared, se arrima a la silla. La velada ha acabado.

Laura mira a su marido con asco, como si viera un insecto.

Recógelo tú dicta, cortante. O llama a una limpieza. Eres un hombre de prestigio, ¿no? Yo me voy. Tengo que ocuparme de mí misma. ¿No decías que inspirases?

Da media vuelta y sale del salón. En el recibidor se pone el abrigo y coge el bolso. De la sala llegan los gritos de Víctor y la voz apaciguadora de Gabriel.

Laura, ¿dónde vas? Carmen corre al pasillo, los ojos maquillados abriéndose de sorpresa. No te marches, él está borracho, no lo dice en serio

Sí lo dice, Carmen la mira sin odio, sólo con pena. Siempre lo ha pensado, sólo que sobrio callaba. Gracias por venir. Me has abierto los ojos.

Laura sale a la noche fresca otoñal. No tiene dónde ir, pero quedarse es imposible. Se sienta en un banco y pide taxi por el móvil. A casa de mamá, decide. Su madre falleció hace dos años, pero el piso sigue vacío. Hoy, por fin, le es útil.

Víctor la llama una y otra vez en la noche. Primero para gritar, luego suplicando. Laura ignora el teléfono. Compra una botella de vino y una tableta de chocolate en el 24 horas, llega al piso de su madre, donde huele a libros y pasado, y por primera vez en años se deja caer en el sofá sin pensar en lavar nada ni preparar desayunos.

Las siguientes dos semanas son un infierno para Víctor.

Laura no regresa ni al siguiente día, ni al otro. Vive en el viejo piso, va a trabajar y, por las tardes Se ha apuntado a masajes, el mismo que no se permitía hacía años.

Víctor descubre que la comida no aparece sola en la nevera, ni los calcetines se lavan por arte de magia. Los primeros tres días finge. A base de empanados congelados, se pone los vaqueros (los pantalones nuevos están perdidos, la tintorería no promete milagros), y cuenta a Gabriel por teléfono que Laura es una arpía.

Tranquilo, regresará. ¿A dónde va a ir? Con cincuenta años Ya volverá y veremos si la perdono.

Pero al cuarto día se acaban las camisas limpias. No sabe planchar y lo detesta. Al quinto, el estómago le revienta por comer comida basura. Al sexto descubre que no hay papel en el baño y se le ha olvidado comprar.

El piso empieza a apestar. El manchón de ensaladilla en la alfombra huele a mayonesa agria y pescado. El hogar natural que pensaba eterno se desintegra.

Entre tanto, Laura florece. Deja de llevar pesadas bolsas: sólo cocina para sí misma, y come poco. Por fin duerme bien. Las compañeras en la gestoría notan el cambio.

Laura, ¿estás enamorada? ¡Tienes chispa en los ojos! le bromean.

Sí, chicas responde ella. Por fin me enamoré de mí misma.

A las dos semanas, Víctor la espera en el trabajo. Está demacrado: camisa arrugada, barba descuidada, mirada de perro apaleado. Lleva un ridículo ramo de claveles en celofán.

Laura titubea. Ya está bien, ¿no? La broma se acabó. Vuelve a casa. Las plantas te echan de menos. Y la gata también.

No tenían gata.

No voy a volver, Víctor contesta tranquila. He pedido el divorcio. Ya está en el juzgado, pronto te llegará la cita.

A Víctor se le cae la mandíbula.

¿Divorcio? ¿Estás loca? ¿Por una ensaladilla? ¿Unas palabras? ¡Veinticinco años juntos!

Eso. Veinticinco años siendo funcional para ti. Cocinera, lavandera, limpiadora. Nunca persona. ¿Querías un hada, Víctor? Búscate una. Carmen, por ejemplo. O mejor no, Gabriel te partiría la cara. Busca otra: una que perfume y no haga nada. Pero recuerda: las hadas no limpian baños ni preparan cocido.

¡Laura, perdón! se arrastra intentando cogerle el abrigo. Gente en la calle les mira. ¡Fui un idiota! ¿Qué quieres? Te compro un abrigo. O ese gimnasio que querías

Laura le sonríe, amarga y alegre.

El gimnasio, ¿eh? Para que me parezca a Carmen y no te avergüences. No, Víctor, ya voy por mí misma. El abrigo me lo compro sola. Mi sueldo alcanza mucho, si no lo gasto en tus caprichos, tus cañas y tus delicatessen.

¿Y yo? se desarma él. ¿Qué será de mí? ¡No sé encender la lavadora! ¡Son demasiados botones!

Hay tutoriales en internet, Víctor. O contrata limpieza. Yo me doy de baja como esposa, sin finiquito.

Se suelta y entra en el metro, ligereza en la espalda.

Víctor queda plantado con los claveles marchitos, recordando la broma cruel, el asado delicioso, la lámpara cálida y el momento en que la ensaladilla bajaba por sus perneras.

Tonta susurra, pero suena inseguro. Qué tonta

De vuelta en el piso silencioso, apestoso y desastrado, sólo se siente tonto. Llama a Gabriel.

Gabriel, ¿puedo ir a tu casa? ¿Tienes comida casera?

Lo siento responde su amigo, tenso. Carmen y yo discutimos. Le dije que cocinara algo y me montó una bronca: No soy cocinera. Mira cómo acabó lo de Laura y Víctor, con la ensaladilla encima. Yo así no. Ahora tiro de fideos instantáneos

Víctor cuelga y mira la mancha de la alfombra. Curiosamente, parece el contorno de un corazón. Un corazón roto, sucio y teñido de remolacha.

Pasan seis meses.

El divorcio llega sin ruido. Los hijos, ya adultos, intentan mediar, pero viendo a la madre feliz y al padre quejica, se ponen del lado de ella.

Víctor nunca aprende a cocinar bien. Pierde peso, vive demacrado, paga por camisas recién planchadas. Sale con mujeres: una no hace tortillas, otra le exige restaurantes, otra pregunta por el sueldo y pone mala cara.

Laura cumple cuarenta y nueve rodeada de amigas en un café coqueto. Lleva vestido nuevo y corte de pelo diferente.

¿Lo lamentas? le pregunta una amiga. Después de tantos años juntos

Laura remueve el café y sonríe.

Lo que lamento contesta sincera. Es no haberle echado la ensaladilla encima hace diez años. Perdí demasiado tiempo luchando por ser perfecta para quien nunca lo valoró.

Mira por la ventana. Afuera caminan parejas bajo la primavera, algunas felices, otras no tanto. Pero ella sabe: su felicidad ya no depende de cortar el chorizo en rodajas finas o de los piropos que reciba otra mujer. Su felicidad está en sus propias manos. Y esas manos ya no huelen a cebolla, sino a libertad y crema cara.

Y la ensaladilla ahora la compra en la charcutería. De vez en cuando. Sólo si le apetece.

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MagistrUm
Mi marido me comparó con la mujer de su amigo en plena cena y acabó con el plato de ensaladilla en sus rodillas