Cada amor tiene su forma
Salí a la calle y enseguida noté cómo el viento frío me helaba hasta los huesos. Llevaba sólo una sudadera fina, ni siquiera me puse la chaqueta. Crucé el portón del jardín y me paré en la acera, mirando a un lado y a otro sin apenas notarlo; sólo cuando sentí en las mejillas el calor de unas lágrimas supe que estaba llorando.
Almudena, ¿por qué lloras? me sobresalté al ver a Manuel, el chico del piso de arriba. Era algo mayor que yo, siempre con el pelo desordenado y mirada curiosa.
No lloro, sólo…mentí, bajando la vista.
Manuel me miró unos segundos y entonces sacó tres caramelos del bolsillo de su pantalón.
Toma, no se lo digas a nadie o vendrán todos, anda, vuelve a casa me dijo con seriedad, y le obedecí.
Gracias, susurré. Pero no tengo hambre… sólo…
Manuel ya lo había comprendido todo y asintió antes de seguir su camino. En el barrio sabían que mi padre, Fernando, bebía. Iba a la tienda de Carmen, la única del barrio, a pedirle algo prestado hasta el viernes. Carmen refunfuñaba, pero se lo daba.
¿Cómo no te han echado ya? le replicaba ella. Debes más euros de los que ganas, y Fernando se iba deprisa, gastándolo todo en vino.
Entré en el piso. Acababa de llegar del colegio, tenía nueve años. Nunca había casi nada en la nevera, no quería que nadie supiera que pasaba hambre, por miedo a acabar en un centro; ahí, decían, las cosas iban mucho peor. ¿Quién entonces cuidaría de papá? Mejor aquí. Aunque el frigorífico siempre estuviera vacío.
Aquel día volví temprano, la profesora había faltado y faltaron dos clases. Era final de septiembre y el viento arrancaba hojas secas de los plátanos de la plaza. Ese curso el otoño llegó pronto y con frío. Llevaba una chaqueta raída y unos zapatos que si llovía se empapaban.
Papá dormía en el sofá, con la ropa aún puesta, roncando entre dos botellas vacías en la mesa de la cocina y otras bajo la silla. Abrí el armario y no encontré ni un trozo de pan.
Me comí rápido los caramelos que me dio Manuel y decidí hacer los deberes. Me senté en el taburete, cruzando las piernas, abrí el cuaderno de matemáticas y me quedé mirando los ejercicios. No tenía ganas de hacer cuentas. Fuera, el viento doblaba los árboles y perseguía las hojas por el patio trasero.
Desde la ventana veía la huerta; antes la cuidaba mamá y era un rincón verde y alegre. Ahora sólo había tierra seca, desde la muerte de mamá. La frambuesa había desaparecido, las fresas también, sólo quedaban malas hierbas y el manzano viejo, ya seco, ocupando su rincón. Mamá regaba cada planta y los manzanos daban fruta dulce, pero aquel agosto, papá recogió todas las manzanas antes de tiempo y las vendió en la plaza diciendo:
Necesitamos el dinero.
Fernando, mi padre, no era siempre así. Antes era bueno, alegre. Salíamos los tres a pasear a la Casa de Campo, mirábamos películas en la tele y desayunábamos juntos tortitas que hacía mamá. Y siempre, pasteles de manzana.
Hasta que mamá enfermó. Se la llevaron una noche al hospital, y de allí nunca regresó.
El corazón de mamá dijo papá, llorando. Yo también lloré y me apreté a su pecho mientras él murmuraba. Ahora, tu madre te cuidará desde arriba.
Después papá pasaba horas con la foto de mamá entre las manos, ausente. Poco después empezó a beber. Venían hombres extraños, hablaban alto y reían. Yo me metía en mi dormitorio minúsculo o, a veces, salía afuera y me sentaba en el banco de la esquina.
Suspiré y volví a los deberes. Terminé rápido, siempre fui espabilada, y guardé los libros y cuadernos. Me tumbé en mi cama.
Siempre estaba allí mi viejo peluche de conejo, lo tengo desde que mamá me lo regaló: mi favorito. Le llamo Pipo desde niña. De blanco pasó a gris, pero sigue siendo mi Pipo. Lo abracé con fuerza:
Pipo susurré ¿te acuerdas de mamá?
Pipo no decía nada, pero yo sabía que sí, que él tampoco la olvidaba. Cerré los ojos y vinieron recuerdos: mamá en la cocina, recogido el pelo y el delantal manchado de harina, amasando. Siempre hacía algún dulce.
Hija, vamos a preparar panecillos mágicos.
¿Mágicos, mamá? ¿Existen los panecillos mágicos?
¡Por supuesto! se reía. Vamos a darles forma de corazón y, antes de comerlos, hay que pedir un deseo. ¡Seguro que se cumple!
Ayudaba ilusionada a mamá a darle forma a los panecillos, aunque a mí me quedaban torcidos y ella siempre sonreía diciendo:
Cada amor tiene su forma.
Esperaba nerviosa a que se hicieran para sentarnos después, los tres, a merendar panecillos de corazón con té caliente. Toda la casa olía a vainilla y a risas.
Seco mis lágrimas tras esos recuerdos felices. Eso fue y ahora… los relojes marcan el paso, y el hueco de mamá me pesa en el pecho.
Mamá susurro abrazando a Pipo, cuánto te echo de menos.
En fin de semana no había colegio y tras comer, salí a la calle. Papá otra vez dormía en el sofá. Me puse bajo la chaqueta un jersey más caliente y caminé hacia los alrededores. Al lado del parque estaba una casa vieja, donde vivía antes el abuelo Joaquín, que falleció hacía dos años. Allí quedaba un manzanal y algún peral.
No era la primera vez que iba a coger manzanas caídas tras la valla, repitiéndome:
No estoy robando, sólo recojo lo que cae; nadie lo quiere ya.
Del abuelo Joaquín recuerdo poco: era muy mayor, el pelo blanco, caminaba con bastón y era bueno. Daba a los niños manzanas, peras y, si tenía, caramelos.
Salté la verja y me acerqué al primer árbol, cogí dos manzanas, las restregué contra la chaqueta y mordí una.
Eh, ¿quién eres tú? me asustó una voz. Una mujer en abrigo apareció en el porche. Solté las manzanas del susto.
La mujer se acercó.
¿Cómo te llamas? volvió a preguntar.
Almudena yo sólo recojo lo del suelo, no robo pensé que aquí ya no vivía nadie
Soy la nieta del abuelo Joaquín. Llegué ayer, voy a quedarme a vivir. ¿Vienes mucho por aquí?
Desde que murió mamá respondí bajito, casi sin voz.
La mujer me abrazó.
Bueno, no llores. Ven conmigo, me llamo Ana María, como tú. Cuando seas mayor también te llamarán Ana.
Ana María enseguida supo que tenía hambre y que mi vida era complicada. Cruzamos juntas el vestíbulo.
Descalza, por favor. Limpié todo ayer, aunque todavía no he abierto las maletas. Ahora vas a comer, esta mañana hice sopa y hay más cosas. Somos vecinas dijo, mirándome de soslayo, a mis hombros frágiles y la ropa gastada.
¿Su sopa es con carne?
Claro, con pollo respondió sonriendo. Siéntate, come sin vergüenza. Hay pan suficiente.
Tenía el estómago vacío desde por la mañana. Me senté a la mesa cubierta con un mantel de cuadros, en una casa calentita y ordenada. Ana puso ante mí un hondo de sopa con pan.
Come cuanto quieras, hay más, no te cortes, Almudena.
No tuve reparos, estaba hambrienta. En unos minutos el cuenco estaba vacío y el pan también.
¿Quieres repetir? preguntó Ana.
No, gracias, estoy llena.
Pues tomamos un té sacó del horno una cesta tapada con paño. Al quitarlo, el aroma a vainilla inundó la cocina. Dentro había bollitos en forma de corazón. Cogí uno, lo probé y cerré los ojos.
Son iguales a los de mamá murmuré. Los hacía igual.
Después, sentada y tranquila, Ana María me preguntó:
Bueno, Almudena, cuéntame de ti, de tu casa, con quién vives. Luego te acompaño.
Sé volver, vivo aquí al lado, son sólo cuatro pisos no quería que viera el desorden de nuestro piso.
Hay que hacerlo insistió.
Al llegar, la casa se llenó de silencio. Papá seguía dormido en el sofá, tiradas en el suelo botellas vacías, colillas, ropa vieja.
Ana lo miró todo y negó con la cabeza.
Ahora lo entiendo todo Anda, ayúdame a recoger.
Enseguida recogió la basura de la mesa, guardó botellas, corrió las cortinas, sacudió el felpudo. Yo murmuré tímida:
No diga a nadie cómo vivimos. Papá es bueno, está perdido y triste, si se enteran, me separarán de él. No quiero. Él sólo está muy triste por mamá
Ana se acercó, me dio un abrazo.
No diré una palabra, te lo prometo.
Pasaron los años. Iba al instituto, con trenzas bien peinadas, un abrigo nuevo y mochila a la espalda, botas relucientes.
Almudena, dice mi madre que tu padre se ha vuelto a casar, ¿es verdad? preguntó Inés, mi compañera. ¡Vienes tan guapa y el pelo tan bonito!
Sí, ahora tengo otra mamá, tía Ana respondí orgullosa, apurando el paso al colegio.
Fernando acabó dejando el alcohol, gracias a Ana María. Paseaban juntos: él alto, arreglado, ella elegante, segura, seria y hermosa. Siempre sonreían y me querían.
El tiempo pasó volando. Ya estudiante universitaria, siempre volvía en vacaciones y apenas abrir la puerta gritaba:
¡Mamá, ya estoy!
Y Ana salía enseguida, me abrazaba y reía:
¡Mi pequeña profesora! Decía, y reíamos las dos. Al anochecer, llegaba Fernando de trabajar, también feliz y sereno.







