Cada Amor Tiene Su Propia Forma Anita salió a la calle y enseguida se estremeció; el viento helado se coló por debajo de su fina camiseta. Cruzó el patio sin abrigo y se quedó de pie junto a la verja, mirando alrededor sin darse cuenta siquiera de que tenía lágrimas corriendo por las mejillas. —Anita, ¿por qué lloras? —le preguntó Miguel, el chaval del barrio, que era un poco mayor que ella y llevaba el pelo alborotado. —No lloro, es que… —mintió Anita, evitando sus ojos. Miguel la miró, y luego sacó tres caramelos de su bolsillo y se los dio. —Toma, pero no se lo digas a nadie, que si no van a venir todos a pedir. Anda, vete a casa —le dijo con voz seria, y Anita le hizo caso. —Gracias —murmuró ella—, pero no tengo hambre… es solo que… Pero Miguel ya lo había entendido todo, asintió y siguió su camino. En el pueblo ya sabían que el padre de Anita —Andrés— bebía. Iba a menudo a la tienda del barrio a pedir fiado hasta que cobrara. Valentina se enfadaba, pero le daba. —No sé cómo no te han echado ya del trabajo —solía regañarle—, debes ya un dineral. Pero Andrés salía deprisa y gastaba todo en bebida. Anita entró en casa. Tenía nueve años y acababa de volver del colegio. En casa nunca había nada para comer y no quería que nadie supiera que pasaba hambre, no fuera a ser que la llevaran a un hogar infantil. Temía que su padre se quedara solo y se perdiera del todo. Mejor así, aunque la nevera estuviera vacía. Ese día había vuelto antes del colegio porque faltaron dos clases, ya que la profesora estaba enferma. El viento de finales de septiembre barría las hojas amarillas con fuerza y el frío se colaba por todas partes. Anita tenía un abrigo viejo y unos botines que se mojaban cuando llovía. El padre dormía en el sofá, vestido con la ropa de la calle y los zapatos puestos, roncando. La mesa de la cocina estaba llena de botellas vacías. Anita abrió la alacena, pero no había nada, ni un trozo de pan. Se comió rápido los caramelos de Miguel y se puso con los deberes. Sentada en el taburete, abrió el cuaderno de matemáticas y miró las sumas, pero no tenía ganas de hacer cuentas. Observaba las ramas doblarse por el viento y las hojas volando en el patio. El huerto, que antes era tan verde, parecía muerto. La frambuesa seca, la fresa desaparecida, solo quedaban malas hierbas y hasta el viejo manzano se había secado. Su madre cuidaba todo eso con cariño, y los manzanos daban fruta dulce. Pero ese agosto, su padre recogió las manzanas antes de tiempo y las vendió en el mercado. —Hace falta dinero —gruñó Andrés. El padre de Anita no siempre había sido así. Era alegre y cariñoso, juntos recolectaban setas con la madre, veían películas, desayunaban juntos tortitas y panecillos de manzana. Pero su madre enfermó y no volvió jamás del hospital. —A mamá le ha pasado algo en el corazón —dijo su padre, llorando. Anita también lloró, abrazada a él—. Ahora mamá te cuidará desde arriba. Después, su padre se pasaba horas mirando una foto de su madre. Y luego empezó a beber. Por casa pasaban hombres poco agradables, gritaban y reían. Anita se refugiaba en su cuarto o se sentaba en un banco tras la casa. Suspiró y se puso a hacer cuentas, terminó rápido porque siempre fue lista y la escuela le gustaba. Guardó los cuadernos y se acostó en la cama, abrazando su viejo peluche, un conejo que le compró su madre, su querido Tito, que era más gris que blanco a esas alturas. —Tito, ¿tú te acuerdas de mamá? —susurró. Tito no respondió, pero ella no dudaba que sí. Cerró los ojos y revivió recuerdos un poco borrosos pero felices: su madre en delantal, recogido el pelo, amasando. Siempre horneaba algo. —Vamos a hacer bollitos mágicos, hija. —¿Mágicos, mamá? ¿Eso existe? —Claro que sí —respondía su madre riendo—. Los hacemos en forma de corazón y, si pides un deseo al morderlos, seguro que se cumple. Anita ayudaba encantada a darles forma, aunque quedaban torcidos y su madre siempre sonreía: —Cada amor tiene su propia forma. Luego, esperaban a que estuvieran listos para poder pedir un deseo juntas, y el aroma a bollitos llenaba la casa, y su padre volvía del trabajo y los tres merendaban juntos. Anita se secó lágrimas de esos recuerdos. El reloj marcaba el paso del tiempo y la casa estaba vacía, y sentía tristeza por dentro, y mucha falta de su madre. —Mamá… cuánto te echo de menos —murmuró abrazando a Tito. Sin clase al día siguiente, Anita se animó a salir después de comer. Su padre seguía en el sofá. Se abrigó un poco más y se fue en dirección al bosque, donde estaba la casa del abuelo Gregorio, muerto hacía dos años. Pero aún quedaba allí el manzano y algunas peras. No era la primera vez que trepaba la verja para recoger fruta caída al suelo. —No robo, solo cojo la que nadie va a recoger —se decía. Recordaba poco al abuelo Gregorio, solo que era canoso, caminaba con bastón y daba fruta y caramelos a los niños. Murió, pero el huerto seguía dando cosecha. Anita saltó la valla y recogió un par de manzanas, cuando alguien la interrumpió: —¿Tú quién eres? —preguntó una mujer en abrigo desde el porche. Anita dejó caer las manzanas, asustada. La mujer se acercó. —¿Quién eres? —repitió. —Anita… No robo nada… solo cogí esto del suelo, pensaba que aquí no vivía nadie… —Soy nieta del abuelo Gregorio. Llegué ayer. ¿Vas cogiendo manzanas desde hace mucho? —Desde que murió mi mamá —respondió Anita con la voz ahogada y los ojos llenos de lágrimas. La mujer la abrazó. —Venga, no llores. Entra conmigo, soy Ana, como tú. Cuando crezcas, te llamarán Ana también. Ana entendió enseguida que la niña tenía hambre y llevaba una vida dura. Entraron en casa. —Quítate los zapatos, que limpié todo ayer, aunque aún no he deshecho las maletas. Ahora te voy a dar de comer. Hemos salido vecinas —miró a Anita, con su abrigo gastado y sus hombros frágiles. —¿La sopa tiene carne? —Por supuesto, con pollo —sonrió Ana—. Siéntate, ponte cómoda. Anita no se cortó, porque tenía hambre. Se sentó a la mesa de cuadros, la casa olía a limpio y calor de hogar. Ana sirvió sopa y pan. —Come lo que quieras, si quieres más, te sirvo otra vez. No te cortes. No se cortó; al rato la sopa se acabó y también el pan. —¿Te sirvo más? —No, gracias, ya estoy llena. —Ahora tomamos un té —Ana puso una cesta tapada con un paño. Al destaparla, se llenó la casa de aroma a vainilla. Dentro había bollitos en forma de corazón. Anita tomó uno, lo mordió y cerró los ojos. —Como los de mi mamá —dijo en voz baja—, mi madre los hacía igual. Después del té y los bollos, Anita se sintió feliz y relajada. Ana le preguntó: —Bueno, Anita, cuéntame, ¿dónde vives, con quién? Luego te acompaño de vuelta. —No hace falta, vivo aquí cerquita, solo hay cuatro casas… —no quería que Ana viera el desorden en su casa. —Insisto —dijo Ana con firmeza. Llegaron a la casa de Anita, donde solo se escuchaba el silencio. Su padre seguía dormido, con botellas vacías y colillas por todas partes. Ana se quedó un momento mirando. —Ahora lo entiendo —dijo suavemente. Se puso a limpiar la casa junto a Anita. Recogió la mesa, llenó una bolsa con botellas, abrió las cortinas, limpió el felpudo. Anita confesó: —No se lo diga a nadie, por favor. Mi padre es bueno, solo que está triste y perdido. Si lo saben, me quitarán de su lado y no quiero irme. Él solo echa de menos a mamá. Ana la abrazó. —No le diré nada a nadie, lo prometo. Pasó el tiempo. Anita iba al colegio con trenzas bien hechas, un abrigo nuevo y mochila a la espalda, y botas nuevas. —Ana, mi madre dice que tu padre se ha casado, ¿es verdad? —le preguntó María, su amiga—. ¡Qué guapa estás, y qué trenza más bonita! —Sí, ahora tengo otra mamá: la tía Ana —respondió orgullosa Anita, apurando el paso al colegio. Andrés dejó de beber gracias a Ana. Salían juntos: él, alto y elegante, Ana, segura y guapa, siempre sonrientes y llenos de cariño para Anita. El tiempo voló. Anita ya era universitaria y, al volver de vacaciones, gritaba al entrar en casa: —¡Mamá, ya estoy aquí! Y Ana salía a recibirla con un abrazo: —¡Hola, mi profesora, hola! —reían juntas, y por la tarde llegaba Andrés, feliz también. Cada Amor Tiene Su Propia Forma

Cada amor tiene su forma

Salí a la calle y enseguida noté cómo el viento frío me helaba hasta los huesos. Llevaba sólo una sudadera fina, ni siquiera me puse la chaqueta. Crucé el portón del jardín y me paré en la acera, mirando a un lado y a otro sin apenas notarlo; sólo cuando sentí en las mejillas el calor de unas lágrimas supe que estaba llorando.

Almudena, ¿por qué lloras? me sobresalté al ver a Manuel, el chico del piso de arriba. Era algo mayor que yo, siempre con el pelo desordenado y mirada curiosa.

No lloro, sólo…mentí, bajando la vista.

Manuel me miró unos segundos y entonces sacó tres caramelos del bolsillo de su pantalón.

Toma, no se lo digas a nadie o vendrán todos, anda, vuelve a casa me dijo con seriedad, y le obedecí.

Gracias, susurré. Pero no tengo hambre… sólo…

Manuel ya lo había comprendido todo y asintió antes de seguir su camino. En el barrio sabían que mi padre, Fernando, bebía. Iba a la tienda de Carmen, la única del barrio, a pedirle algo prestado hasta el viernes. Carmen refunfuñaba, pero se lo daba.

¿Cómo no te han echado ya? le replicaba ella. Debes más euros de los que ganas, y Fernando se iba deprisa, gastándolo todo en vino.

Entré en el piso. Acababa de llegar del colegio, tenía nueve años. Nunca había casi nada en la nevera, no quería que nadie supiera que pasaba hambre, por miedo a acabar en un centro; ahí, decían, las cosas iban mucho peor. ¿Quién entonces cuidaría de papá? Mejor aquí. Aunque el frigorífico siempre estuviera vacío.

Aquel día volví temprano, la profesora había faltado y faltaron dos clases. Era final de septiembre y el viento arrancaba hojas secas de los plátanos de la plaza. Ese curso el otoño llegó pronto y con frío. Llevaba una chaqueta raída y unos zapatos que si llovía se empapaban.

Papá dormía en el sofá, con la ropa aún puesta, roncando entre dos botellas vacías en la mesa de la cocina y otras bajo la silla. Abrí el armario y no encontré ni un trozo de pan.

Me comí rápido los caramelos que me dio Manuel y decidí hacer los deberes. Me senté en el taburete, cruzando las piernas, abrí el cuaderno de matemáticas y me quedé mirando los ejercicios. No tenía ganas de hacer cuentas. Fuera, el viento doblaba los árboles y perseguía las hojas por el patio trasero.

Desde la ventana veía la huerta; antes la cuidaba mamá y era un rincón verde y alegre. Ahora sólo había tierra seca, desde la muerte de mamá. La frambuesa había desaparecido, las fresas también, sólo quedaban malas hierbas y el manzano viejo, ya seco, ocupando su rincón. Mamá regaba cada planta y los manzanos daban fruta dulce, pero aquel agosto, papá recogió todas las manzanas antes de tiempo y las vendió en la plaza diciendo:

Necesitamos el dinero.

Fernando, mi padre, no era siempre así. Antes era bueno, alegre. Salíamos los tres a pasear a la Casa de Campo, mirábamos películas en la tele y desayunábamos juntos tortitas que hacía mamá. Y siempre, pasteles de manzana.

Hasta que mamá enfermó. Se la llevaron una noche al hospital, y de allí nunca regresó.

El corazón de mamá dijo papá, llorando. Yo también lloré y me apreté a su pecho mientras él murmuraba. Ahora, tu madre te cuidará desde arriba.

Después papá pasaba horas con la foto de mamá entre las manos, ausente. Poco después empezó a beber. Venían hombres extraños, hablaban alto y reían. Yo me metía en mi dormitorio minúsculo o, a veces, salía afuera y me sentaba en el banco de la esquina.

Suspiré y volví a los deberes. Terminé rápido, siempre fui espabilada, y guardé los libros y cuadernos. Me tumbé en mi cama.

Siempre estaba allí mi viejo peluche de conejo, lo tengo desde que mamá me lo regaló: mi favorito. Le llamo Pipo desde niña. De blanco pasó a gris, pero sigue siendo mi Pipo. Lo abracé con fuerza:

Pipo susurré ¿te acuerdas de mamá?

Pipo no decía nada, pero yo sabía que sí, que él tampoco la olvidaba. Cerré los ojos y vinieron recuerdos: mamá en la cocina, recogido el pelo y el delantal manchado de harina, amasando. Siempre hacía algún dulce.

Hija, vamos a preparar panecillos mágicos.

¿Mágicos, mamá? ¿Existen los panecillos mágicos?

¡Por supuesto! se reía. Vamos a darles forma de corazón y, antes de comerlos, hay que pedir un deseo. ¡Seguro que se cumple!

Ayudaba ilusionada a mamá a darle forma a los panecillos, aunque a mí me quedaban torcidos y ella siempre sonreía diciendo:

Cada amor tiene su forma.

Esperaba nerviosa a que se hicieran para sentarnos después, los tres, a merendar panecillos de corazón con té caliente. Toda la casa olía a vainilla y a risas.

Seco mis lágrimas tras esos recuerdos felices. Eso fue y ahora… los relojes marcan el paso, y el hueco de mamá me pesa en el pecho.

Mamá susurro abrazando a Pipo, cuánto te echo de menos.

En fin de semana no había colegio y tras comer, salí a la calle. Papá otra vez dormía en el sofá. Me puse bajo la chaqueta un jersey más caliente y caminé hacia los alrededores. Al lado del parque estaba una casa vieja, donde vivía antes el abuelo Joaquín, que falleció hacía dos años. Allí quedaba un manzanal y algún peral.

No era la primera vez que iba a coger manzanas caídas tras la valla, repitiéndome:

No estoy robando, sólo recojo lo que cae; nadie lo quiere ya.

Del abuelo Joaquín recuerdo poco: era muy mayor, el pelo blanco, caminaba con bastón y era bueno. Daba a los niños manzanas, peras y, si tenía, caramelos.

Salté la verja y me acerqué al primer árbol, cogí dos manzanas, las restregué contra la chaqueta y mordí una.

Eh, ¿quién eres tú? me asustó una voz. Una mujer en abrigo apareció en el porche. Solté las manzanas del susto.

La mujer se acercó.

¿Cómo te llamas? volvió a preguntar.

Almudena yo sólo recojo lo del suelo, no robo pensé que aquí ya no vivía nadie

Soy la nieta del abuelo Joaquín. Llegué ayer, voy a quedarme a vivir. ¿Vienes mucho por aquí?

Desde que murió mamá respondí bajito, casi sin voz.

La mujer me abrazó.

Bueno, no llores. Ven conmigo, me llamo Ana María, como tú. Cuando seas mayor también te llamarán Ana.

Ana María enseguida supo que tenía hambre y que mi vida era complicada. Cruzamos juntas el vestíbulo.

Descalza, por favor. Limpié todo ayer, aunque todavía no he abierto las maletas. Ahora vas a comer, esta mañana hice sopa y hay más cosas. Somos vecinas dijo, mirándome de soslayo, a mis hombros frágiles y la ropa gastada.

¿Su sopa es con carne?

Claro, con pollo respondió sonriendo. Siéntate, come sin vergüenza. Hay pan suficiente.

Tenía el estómago vacío desde por la mañana. Me senté a la mesa cubierta con un mantel de cuadros, en una casa calentita y ordenada. Ana puso ante mí un hondo de sopa con pan.

Come cuanto quieras, hay más, no te cortes, Almudena.

No tuve reparos, estaba hambrienta. En unos minutos el cuenco estaba vacío y el pan también.

¿Quieres repetir? preguntó Ana.

No, gracias, estoy llena.

Pues tomamos un té sacó del horno una cesta tapada con paño. Al quitarlo, el aroma a vainilla inundó la cocina. Dentro había bollitos en forma de corazón. Cogí uno, lo probé y cerré los ojos.

Son iguales a los de mamá murmuré. Los hacía igual.

Después, sentada y tranquila, Ana María me preguntó:

Bueno, Almudena, cuéntame de ti, de tu casa, con quién vives. Luego te acompaño.

Sé volver, vivo aquí al lado, son sólo cuatro pisos no quería que viera el desorden de nuestro piso.

Hay que hacerlo insistió.

Al llegar, la casa se llenó de silencio. Papá seguía dormido en el sofá, tiradas en el suelo botellas vacías, colillas, ropa vieja.

Ana lo miró todo y negó con la cabeza.

Ahora lo entiendo todo Anda, ayúdame a recoger.

Enseguida recogió la basura de la mesa, guardó botellas, corrió las cortinas, sacudió el felpudo. Yo murmuré tímida:

No diga a nadie cómo vivimos. Papá es bueno, está perdido y triste, si se enteran, me separarán de él. No quiero. Él sólo está muy triste por mamá

Ana se acercó, me dio un abrazo.

No diré una palabra, te lo prometo.

Pasaron los años. Iba al instituto, con trenzas bien peinadas, un abrigo nuevo y mochila a la espalda, botas relucientes.

Almudena, dice mi madre que tu padre se ha vuelto a casar, ¿es verdad? preguntó Inés, mi compañera. ¡Vienes tan guapa y el pelo tan bonito!

Sí, ahora tengo otra mamá, tía Ana respondí orgullosa, apurando el paso al colegio.

Fernando acabó dejando el alcohol, gracias a Ana María. Paseaban juntos: él alto, arreglado, ella elegante, segura, seria y hermosa. Siempre sonreían y me querían.

El tiempo pasó volando. Ya estudiante universitaria, siempre volvía en vacaciones y apenas abrir la puerta gritaba:

¡Mamá, ya estoy!

Y Ana salía enseguida, me abrazaba y reía:

¡Mi pequeña profesora! Decía, y reíamos las dos. Al anochecer, llegaba Fernando de trabajar, también feliz y sereno.

Rate article
MagistrUm
Cada Amor Tiene Su Propia Forma Anita salió a la calle y enseguida se estremeció; el viento helado se coló por debajo de su fina camiseta. Cruzó el patio sin abrigo y se quedó de pie junto a la verja, mirando alrededor sin darse cuenta siquiera de que tenía lágrimas corriendo por las mejillas. —Anita, ¿por qué lloras? —le preguntó Miguel, el chaval del barrio, que era un poco mayor que ella y llevaba el pelo alborotado. —No lloro, es que… —mintió Anita, evitando sus ojos. Miguel la miró, y luego sacó tres caramelos de su bolsillo y se los dio. —Toma, pero no se lo digas a nadie, que si no van a venir todos a pedir. Anda, vete a casa —le dijo con voz seria, y Anita le hizo caso. —Gracias —murmuró ella—, pero no tengo hambre… es solo que… Pero Miguel ya lo había entendido todo, asintió y siguió su camino. En el pueblo ya sabían que el padre de Anita —Andrés— bebía. Iba a menudo a la tienda del barrio a pedir fiado hasta que cobrara. Valentina se enfadaba, pero le daba. —No sé cómo no te han echado ya del trabajo —solía regañarle—, debes ya un dineral. Pero Andrés salía deprisa y gastaba todo en bebida. Anita entró en casa. Tenía nueve años y acababa de volver del colegio. En casa nunca había nada para comer y no quería que nadie supiera que pasaba hambre, no fuera a ser que la llevaran a un hogar infantil. Temía que su padre se quedara solo y se perdiera del todo. Mejor así, aunque la nevera estuviera vacía. Ese día había vuelto antes del colegio porque faltaron dos clases, ya que la profesora estaba enferma. El viento de finales de septiembre barría las hojas amarillas con fuerza y el frío se colaba por todas partes. Anita tenía un abrigo viejo y unos botines que se mojaban cuando llovía. El padre dormía en el sofá, vestido con la ropa de la calle y los zapatos puestos, roncando. La mesa de la cocina estaba llena de botellas vacías. Anita abrió la alacena, pero no había nada, ni un trozo de pan. Se comió rápido los caramelos de Miguel y se puso con los deberes. Sentada en el taburete, abrió el cuaderno de matemáticas y miró las sumas, pero no tenía ganas de hacer cuentas. Observaba las ramas doblarse por el viento y las hojas volando en el patio. El huerto, que antes era tan verde, parecía muerto. La frambuesa seca, la fresa desaparecida, solo quedaban malas hierbas y hasta el viejo manzano se había secado. Su madre cuidaba todo eso con cariño, y los manzanos daban fruta dulce. Pero ese agosto, su padre recogió las manzanas antes de tiempo y las vendió en el mercado. —Hace falta dinero —gruñó Andrés. El padre de Anita no siempre había sido así. Era alegre y cariñoso, juntos recolectaban setas con la madre, veían películas, desayunaban juntos tortitas y panecillos de manzana. Pero su madre enfermó y no volvió jamás del hospital. —A mamá le ha pasado algo en el corazón —dijo su padre, llorando. Anita también lloró, abrazada a él—. Ahora mamá te cuidará desde arriba. Después, su padre se pasaba horas mirando una foto de su madre. Y luego empezó a beber. Por casa pasaban hombres poco agradables, gritaban y reían. Anita se refugiaba en su cuarto o se sentaba en un banco tras la casa. Suspiró y se puso a hacer cuentas, terminó rápido porque siempre fue lista y la escuela le gustaba. Guardó los cuadernos y se acostó en la cama, abrazando su viejo peluche, un conejo que le compró su madre, su querido Tito, que era más gris que blanco a esas alturas. —Tito, ¿tú te acuerdas de mamá? —susurró. Tito no respondió, pero ella no dudaba que sí. Cerró los ojos y revivió recuerdos un poco borrosos pero felices: su madre en delantal, recogido el pelo, amasando. Siempre horneaba algo. —Vamos a hacer bollitos mágicos, hija. —¿Mágicos, mamá? ¿Eso existe? —Claro que sí —respondía su madre riendo—. Los hacemos en forma de corazón y, si pides un deseo al morderlos, seguro que se cumple. Anita ayudaba encantada a darles forma, aunque quedaban torcidos y su madre siempre sonreía: —Cada amor tiene su propia forma. Luego, esperaban a que estuvieran listos para poder pedir un deseo juntas, y el aroma a bollitos llenaba la casa, y su padre volvía del trabajo y los tres merendaban juntos. Anita se secó lágrimas de esos recuerdos. El reloj marcaba el paso del tiempo y la casa estaba vacía, y sentía tristeza por dentro, y mucha falta de su madre. —Mamá… cuánto te echo de menos —murmuró abrazando a Tito. Sin clase al día siguiente, Anita se animó a salir después de comer. Su padre seguía en el sofá. Se abrigó un poco más y se fue en dirección al bosque, donde estaba la casa del abuelo Gregorio, muerto hacía dos años. Pero aún quedaba allí el manzano y algunas peras. No era la primera vez que trepaba la verja para recoger fruta caída al suelo. —No robo, solo cojo la que nadie va a recoger —se decía. Recordaba poco al abuelo Gregorio, solo que era canoso, caminaba con bastón y daba fruta y caramelos a los niños. Murió, pero el huerto seguía dando cosecha. Anita saltó la valla y recogió un par de manzanas, cuando alguien la interrumpió: —¿Tú quién eres? —preguntó una mujer en abrigo desde el porche. Anita dejó caer las manzanas, asustada. La mujer se acercó. —¿Quién eres? —repitió. —Anita… No robo nada… solo cogí esto del suelo, pensaba que aquí no vivía nadie… —Soy nieta del abuelo Gregorio. Llegué ayer. ¿Vas cogiendo manzanas desde hace mucho? —Desde que murió mi mamá —respondió Anita con la voz ahogada y los ojos llenos de lágrimas. La mujer la abrazó. —Venga, no llores. Entra conmigo, soy Ana, como tú. Cuando crezcas, te llamarán Ana también. Ana entendió enseguida que la niña tenía hambre y llevaba una vida dura. Entraron en casa. —Quítate los zapatos, que limpié todo ayer, aunque aún no he deshecho las maletas. Ahora te voy a dar de comer. Hemos salido vecinas —miró a Anita, con su abrigo gastado y sus hombros frágiles. —¿La sopa tiene carne? —Por supuesto, con pollo —sonrió Ana—. Siéntate, ponte cómoda. Anita no se cortó, porque tenía hambre. Se sentó a la mesa de cuadros, la casa olía a limpio y calor de hogar. Ana sirvió sopa y pan. —Come lo que quieras, si quieres más, te sirvo otra vez. No te cortes. No se cortó; al rato la sopa se acabó y también el pan. —¿Te sirvo más? —No, gracias, ya estoy llena. —Ahora tomamos un té —Ana puso una cesta tapada con un paño. Al destaparla, se llenó la casa de aroma a vainilla. Dentro había bollitos en forma de corazón. Anita tomó uno, lo mordió y cerró los ojos. —Como los de mi mamá —dijo en voz baja—, mi madre los hacía igual. Después del té y los bollos, Anita se sintió feliz y relajada. Ana le preguntó: —Bueno, Anita, cuéntame, ¿dónde vives, con quién? Luego te acompaño de vuelta. —No hace falta, vivo aquí cerquita, solo hay cuatro casas… —no quería que Ana viera el desorden en su casa. —Insisto —dijo Ana con firmeza. Llegaron a la casa de Anita, donde solo se escuchaba el silencio. Su padre seguía dormido, con botellas vacías y colillas por todas partes. Ana se quedó un momento mirando. —Ahora lo entiendo —dijo suavemente. Se puso a limpiar la casa junto a Anita. Recogió la mesa, llenó una bolsa con botellas, abrió las cortinas, limpió el felpudo. Anita confesó: —No se lo diga a nadie, por favor. Mi padre es bueno, solo que está triste y perdido. Si lo saben, me quitarán de su lado y no quiero irme. Él solo echa de menos a mamá. Ana la abrazó. —No le diré nada a nadie, lo prometo. Pasó el tiempo. Anita iba al colegio con trenzas bien hechas, un abrigo nuevo y mochila a la espalda, y botas nuevas. —Ana, mi madre dice que tu padre se ha casado, ¿es verdad? —le preguntó María, su amiga—. ¡Qué guapa estás, y qué trenza más bonita! —Sí, ahora tengo otra mamá: la tía Ana —respondió orgullosa Anita, apurando el paso al colegio. Andrés dejó de beber gracias a Ana. Salían juntos: él, alto y elegante, Ana, segura y guapa, siempre sonrientes y llenos de cariño para Anita. El tiempo voló. Anita ya era universitaria y, al volver de vacaciones, gritaba al entrar en casa: —¡Mamá, ya estoy aquí! Y Ana salía a recibirla con un abrazo: —¡Hola, mi profesora, hola! —reían juntas, y por la tarde llegaba Andrés, feliz también. Cada Amor Tiene Su Propia Forma