Ver para creer: La increíble historia de Ksenia, que tras perder a su marido y a su hija en un trágico accidente, encuentra esperanza al salvar el negocio familiar y adoptar a Aria, una niña ciega de un orfanato español, descubriendo juntas el valor del amor y el renacer; pero cuando la traición y el peligro acechan durante los preparativos de la boda de Aria, sólo la fuerza materna y el deseo de ver la verdad harán posible que ambas encuentren la felicidad y la luz en una bella clínica madrileña.

Escucha, te tengo que contar una historia que me ha tenido el corazón encogido. Todo empezó después de una tragedia terrible: Laura perdió a su marido y a su hija de seis años en un accidente de tráfico. Imagínate… Estuvo meses ingresada en una clínica, sin querer ver a nadie. Solo su madre, Carmen, la acompañaba, hablándole con paciencia cada día. Hasta que un día, Carmen le dijo:

Laurita, el negocio de tu marido está a punto de irse al garete. Casi no se sostiene. Samuel, el socio, apenas puede con todo. Me ha llamado para que te lo diga. Menos mal que Samuel es un hombre decente, pero

Aquello parece que le hizo reaccionar a Laura.

Sí, mamá, tienes razón, tengo que ocuparme de algo. Creo que a Marcos le habría gustado que siguiese con su trabajo. Menos mal que sabía que me enteraba de algo, por eso quiso llevarme al despacho.

Así que Laura volvió al trabajo y consiguió salvar el negocio familiar. Pero, aunque en lo profesional todo marchaba, en lo personal seguía destrozada por la pérdida de su hija.

Un día, Carmen le propuso algo muy especial:

Hija, ¿por qué no adoptas a una niña del orfanato? Pero busca una que lo tenga todavía más difícil que tú. Mejorarás su vida y, créeme, te ayudará a ti también.

Laura pensó mucho en esas palabras y acabó dándole la razón a su madre. Poco después fue al orfanato, aún sabiendo que nadie podría reemplazar a su propia hija.

Allí conoció a Lucía, una niña que nació casi ciega. Sus padres, ambos universitarios y de buena familia, decidieron abandonarla en cuanto supieron el diagnóstico. Está claro que la cobardía no distingue de clase ni de títulos

Así fue como la pequeña Lucía terminó en el centro de menores. Le pusieron ese nombre allí mismo. Creció apenas viendo sombras, pero le encantaba leer cuentos y soñaba con que algún día le ocurriría algo mágico.

Cuando Lucía iba a cumplir siete años, fue cuando de verdad llegó su hada madrina: una mujer guapísima, elegante, con mucho dinero y un dolor tristísimo dibujado en la cara. Lucía no la veía bien, pero sentía que era buena persona. La directora del centro no entendía por qué Laura quería adoptar una niña con discapacidad, pero ella solo repetía que tenía recursos y el deseo de ayudar.

La educadora llevó a Lucía de la mano. Laura, cuando la vio, supo al instante que era ella la que buscaba. Lucía parecía un angelito, con sus rizos rubios y esos ojos azules inmensos, tan limpios y profundos aunque no vieran.

¿Quién es? preguntó Laura mirándola, emocionada.

Nuestra Lucía dijo la educadora. Es un sol.

Lucía. Es mi hija, lo sé afirmó Laura sin dudar.

Las dos enseguida conectaron. Laura volvió a encontrar ilusión y sentido en su vida. Consultó a los médicos, y le dijeron que podía haber esperanza: con una operación, Lucía quizás podría recuperar algo de visión, aunque debería llevar gafas. No se lo pensó. Antes de empezar el cole, la operaron, pero la mejoría fue leve. Tocaba esperar y probar más adelante.

Los años pasaron y Laura se volcó en su hija. El negocio prosperaba, ella seguía siendo guapa, elegante, y tenía buenos ingresos, pero solo tenía ojos para Lucía.

Y Lucía creció siendo una mujer de una belleza deslumbrante. Se graduó en la universidad, no era ni un poco consentida y trabajaba junto a su madre. Laura era muy protectora, recelosa de los típicos buscavidas que solo querían aprovecharse de la fortuna de su hija. En cuanto sospechaba, dejaba claro que por ahí no iban a sacar nada.

Entonces Lucía se enamoró. Laura conoció al chico, Alejandro, y no le vio nada raro. Le parecían muy bien juntos. Todo iba viento en popa, y después de la boda tenían planeada la última operación que podría devolverle la vista del todo a Lucía.

Alejandro parecía atento y cariñoso, aunque a Laura, de vez en cuando, algo no le terminaba de cuadrar, pero se lo quitaba de la cabeza. Un día, los novios fueron a un restaurante en la sierra para concretar los detalles de la boda. Era mediodía y el sitio estaba casi vacío.

Al sentarse, Alejandro dejó su móvil en la mesa, pero sonó la alarma de su coche y salió un momento a comprobar. Lucía se quedó sola. De repente, el móvil de Alejandro empezó a sonar insistentemente. Al final lo cogió y, antes de decir nada, escuchó la voz de la madre de Alejandro, doña Elena:

Cariño, ya sé cómo librarnos rápido de la ciega de Lucía. Una amiga mía de la agencia tiene dos billetes retenidos. Os vais de luna de miel a los Pirineos. Dale el cuento de que te mueres por las montañas. Y, cuando estéis solos, haz que se caiga accidentalmente por un barranco. Luego te largas. Pon a la policía a buscarla, llora, di que se fue sola después de una discusión. Nadie va a investigar mucho fuera de España. Sé que harás de viudo desconsolado perfectamente y su madre te creerá. Si hacen la operación y ve, será más difícil quitártela de encima, y ese dinero no se te puede escapar, hijo. Tú piénsalo, yo corto, ¿vale?

Lucía soltó el móvil como si le quemara.

¿Así que su madre quiere matarme? ¿Y Alejandro está metido en esto? Su cabeza daba vueltas.

Hasta ese momento Lucía había sido la novia más feliz del mundo, ultimando los preparativos de la boda. Se quedó de piedra, preguntándose cómo habían podido engañarla así. Pensó que Alejandro no había oído la conversación, y aunque le temblaba todo el cuerpo, intentó calmarse cuando él volvió.

No sé qué habrá sido en el coche. Igual una gata o algo. No vi nada raro. Interrumpió el sonido del móvil y contestó. Sí sí, Mario, vale, voy ahora Y le dijo a Lucía: Me tengo que ir al despacho, es urgente.

Vete, no pasa nada. Mi madre vendrá ahora y terminamos de hablar del salón.

Ella se quedó sola y rompió a llorar. En ese momento, la encargada, que ya conocía, se acercó.

¿Qué te pasa, Lucía? ¿Y Alejandro?

Nada, Marta, solo estoy esperando a mamá. A él le han llamado del trabajo.

Te traigo una tila, cariño, que se te ve muy nerviosa dijo la encargada. Lucía asintió.

Laura llegó a los veinte minutos, preocupada.

Lucía, ¿qué te pasa? Te noto fatal

Mamá mamá quieren matarme. Alejandro y su madre, Elena. Acabo de oírlo claro, en una llamada que me llegó al móvil de él, como se dejó el teléfono aquí Ella le ha dado el plan: comprar billetes a los Pirineos, llevarme allí y sollozaba, y empujarme por un barranco. Para que parezca un accidente, y que ni lleguemos a operarme.

¿Pero qué dices? ¿Estás segura? ¿No habrás entendido mal?

Te lo juro, mamá. No sabe que yo escuché. Alejandro salió corriendo y estaba hablando la madre, convencida de que era él.

Laura se quedó en shock. ¿Cómo habían podido fiarse tan ciegamente de ese chico?

Mientras pensaban qué hacer, Alejandro llamó a Lucía.

¿Qué, Lucía? ¿Tu madre ya está allí? ¿Habéis cerrado lo de la decoración?

Laura cogió el teléfono con voz muy seca.

Mira, Alejandro, qué suerte que hemos descubierto tus planes tú y tu madre y lo de los billetes a los Pirineos antes de tiempo. Así que escucha bien, porque si esto acaba en la policía vamos a mostrar todas las llamadas, los mensajes, todo lo que hay en ese teléfono. ¿Te queda claro?

Hubo unos segundos de silencio.

Lo entiendo Pero ha sido cosa de mi madre, no yo

Encima vas de víctima. No tenéis vergüenza ni tú ni tu madre. Olvídate de volver a vernos nunca más.

Al día siguiente Alejandro desapareció, se fue de Madrid. Le echó toda la culpa a su madre, le quitó el dinero y se escondió. La madre también salió corriendo a casa de una amiga en otra provincia.

Días después, Lucía pasó por la clínica oftalmológica para la última operación. Laura no se separó de ella ni un segundo. El doctor Javier Romero, joven y algo tímido, fue quien se encargó de la operación y estuvo pendiente de Lucía esos días, animándola y cuidándola con mucho cariño.

Cuando finalmente le quitaron las vendas de los ojos, Javier apareció con un enorme ramo de rosas. Fue tal el impacto que Lucía rompió a llorar: por fin podía ver nítidamente a su madre, al médico, al ramo y al hombre alto y rubio de ojos grises que la miraba nervioso.

¡Mamá! ¡Veo! Ahora sí que lo veo todo gritó de alegría.

A partir de entonces, Lucía tuvo que llevar gafas, pero eso daba igual. Para ella era un mundo nuevo.

Un año después, la boda de Lucía y Javier fue preciosa y, al poquito, tuvieron una niña con los mismos ojos grises de su padre. Lucía es feliz de verdad, al lado de un hombre bueno que la cuida y la quiere con locura.

Y ya está, eso era lo que quería compartirte Porque la vida, aunque nos ponga pruebas durísimas, a veces te recompensa de las formas más inesperadas.

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MagistrUm
Ver para creer: La increíble historia de Ksenia, que tras perder a su marido y a su hija en un trágico accidente, encuentra esperanza al salvar el negocio familiar y adoptar a Aria, una niña ciega de un orfanato español, descubriendo juntas el valor del amor y el renacer; pero cuando la traición y el peligro acechan durante los preparativos de la boda de Aria, sólo la fuerza materna y el deseo de ver la verdad harán posible que ambas encuentren la felicidad y la luz en una bella clínica madrileña.