¿Me acuerdo? ¡Jamás podré olvidar! —Poli, verás, hay algo importante… ¿Te acuerdas de mi hija ilegítima, Anastasia? —mi marido hablaba en acertijos, lo cual ya me ponía en alerta. —¿Que si me acuerdo? ¡No la puedo olvidar! ¿Por qué lo preguntas? —me senté en la silla, preparándome para lo peor. —No sé ni cómo decírtelo… Nastia me suplica que acojamos a su hija, es decir, nuestra nieta —musitó mi marido. —¿Y eso por qué, Álex? ¿Y el marido de Anastasia? ¿Se ha vuelto loco? —ahora sí me picó la curiosidad. —Mira, a Nastia no le queda mucho. Nunca tuvo marido. Su madre está casada con un extranjero y vive en Estados Unidos, hace años que no se hablan, están peleadas. No tiene otra familia. Por eso lo pide —Álex se sentía incómodo, no se atrevía a mirarme a los ojos. —¿Y tú? ¿Qué piensas hacer? —yo ya tenía clara mi decisión. —Por eso quiero consultarlo contigo, Poli. Haré lo que tú digas —al fin me miró, buscando en mis ojos una respuesta. —Muy bonito. O sea, tú te divertiste y ahora me toca a mí cargar con la responsabilidad de otra niña. ¿No? —la falta de carácter de mi marido me sacaba de quicio. —Poli, somos una familia, hay que decidir juntos —Álex intentó defenderse. —¡Ahora te acuerdas! Y cuando andabas de aventuras, ¿te acordaste de consultarme? ¡Que soy tu esposa! —me invadieron las lágrimas y salí corriendo de la habitación. …En el instituto salía con Valerio. Pero en cuanto llegó aquel chico nuevo, Alejandro, me olvidé de todos. Al poco tiempo corté con Valerio. Álex enseguida me echó el ojo, me acompañaba a casa, me daba besos en la mejilla, me traía flores del parque. A la semana ya me había llevado a la cama. No rechisté. Me enamoré para siempre. Terminamos el bachillerato y Alejandro fue a la mili, a otra ciudad. Lo despedí entre lágrimas y moquera en el andén. Un año escribiéndonos cartas, hasta que Álex vino de permiso. No cabía en mí de alegría. Me desvivía por él. Y él me prometió: —Poli, volveré en un año y nos casamos. Aunque yo ya te considero mi mujer. Sus palabras me envolvían de dulzura y amor… Así sería toda la vida: Alejandro me miraba dulcemente y yo me derretía como un helado al sol, como el chocolate al calor. Él volvió a la mili, y yo me consideraba su prometida. Medio año después recibo su carta: tenemos que dejarlo, porque ha encontrado en el cuartel su verdadero amor; no volverá a nuestra ciudad. Y yo, embarazada de su hijo. Así acabó mi boda de ensueño. Como decía mi abuela: —No te fíes del trigo en flor, fíate del granero. …Llegó el momento y nació Iván. Valerio, mi ex, se ofreció a ayudar. Por desesperación acepté. Sí, tuve relaciones con él, pero no esperaba volver a ver a Álex. Desapareció, hasta que un buen día volvió. Fue Valerio quien abrió la puerta. —¿Se puede pasar? —Álex se sorprendió al ver la escena. —Pasa, si has venido —Valerio le dejó entrar a regañadientes. Iván, al ver el ambiente, se aferró a Valerio y se puso a llorar. —Valerio, llévate a Iván al parque un rato —no sabía cómo gestionar aquello. Se fueron. —¿Marido? —preguntó Álex con celos. —¿A ti qué te importa? ¿Por qué has venido? —yo estaba enfadada, sin sospechar sus intenciones. —Te he echado de menos. Veo que haces buena vida, Poli. Tienes familia. Así que no me esperaste. Bueno, me voy. Perdona por irrumpir en vuestra idílica familia —Álex se disponía a irse. —Espera, Álex. ¿A qué has venido? ¿A hacerme daño? Valerio solo me ayuda a sobrellevar mi soledad. Y, por cierto, está criando a TU hijo de dos años —intenté pararle, aún le amaba. —He vuelto a por ti, Polina. ¿Me aceptas? —me miraba esperanzado. —Pasa, que vamos a comer —mi corazón se rindió, la felicidad volvía a inundarme. Había vuelto, señal de que no me había olvidado. ¿Quién soy yo para resistirme? Valerio otra vez fuera. Mi Iván necesitaba a su verdadero padre. Poco después Valerio se casó con una buena mujer y tuvo dos hijastros. …Pasaron algunos años. Álex nunca consiguió amar a Iván como un hijo propio, estaba convencido de que era de Valerio. No le dolía su hijo, yo lo percibía. En general, Álex era muy mujeriego. Se encaprichaba y soltaba rápido. Me fue infiel mil veces: con mis amigas, con amigas de mis amigas… Yo lloraba a mares, pero seguía queriendo y cuidando mi familia. Quizá tenía ventaja: quien ama vive en una feliz ignorancia. Yo no tenía que mentir ni inventar excusas. Simplemente amaba. Él era mi sol. A veces quería dejarle y olvidarle, pero de noche me reprochaba mis tontas ideas. ¿A dónde iría? ¿Quién sería como él? Además, ¿qué haría él sin mí? Era su amante, su esposa, su madre. …Álex perdió a su madre con catorce años. Murió dormida. Tal vez por eso siempre buscó el cariño perdido fuera de casa. Yo le perdoné todo por compasión y amor. Una vez discutimos tan fuerte que le eché de casa. Se fue a vivir con su familia. Un mes después, yo ya ni recordaba el motivo del enfado, pero él no volvía. Fui a buscarle. La tía se sorprendió: —Polina, ¿para qué lo quieres? Álex dice que os habéis divorciado. Ahora tiene novia nueva. Gracias a la tía, pude saber la dirección de la chica, y fui. —¡Buenas tardes! ¿Me llamas a Álex, por favor? —intenté ser cordial. La muchacha se rió con sorna y me cerró la puerta en las narices. Me marché en silencio. …Álex volvió al año siguiente. Y la muchacha ya tenía una hija, Anastasia. Siempre me he culpado por haberme precipitado y echarle; quizá nunca hubiera existido esa otra mujer ni esa hija ilegítima. Desde entonces le cuidé y consentí aún más. Nunca hablamos de Anastasia. Un tabú peligroso. Parecía que si lo mencionábamos, nuestra familia se desmoronaría como un castillo de naipes. Preferíamos callar, no sacar el tema. Total, ¿qué más da una hija de otra mujer? ¡Cosas que pasan! Solo faltaba que esas lagartonas dejen en paz a los hombres ajenos… La vida con Álex siguió: con los años, se volvió más tranquilo y dócil. Las amantes desaparecieron. Pasaba más tiempo en casa, viendo la televisión. Nuestro hijo Iván se casó joven y nos dio tres nietos. Y, de golpe… Después de tantos años, aparece la hija ilegítima, Anastasia. Pide que acojamos a su hija. Y claro, te lo piensas bien. ¿Cómo explicarle a Iván que en casa va a vivir una niña desconocida? Él nunca supo las andanzas de su padre en la juventud. …Por supuesto, asumimos la tutela legal de Alina, la niña de cinco años. Anastasia falleció, su vida acabó a los treinta. Cada tumba se cubre de hierba, pero la vida sigue adelante. Álex habló con Iván de padre a hijo. Nuestro hijo, tras escuchar la confesión de su padre, sentenció: —Padre, lo pasado, pasado está. Yo no soy quien para juzgaros. Y a la niña hay que aceptarla, es de nuestra sangre. Suspiramos aliviados. Un hijo como el nuestro es un tesoro. …Alina ya tiene dieciséis años. Adora a su abuelo Álex, se cuentan secretos; a mí me llama abuela y dice que de joven era igual que yo. Y yo, por supuesto, no puedo sino darle la razón…

¿Lo recuerdo? ¡Es imposible olvidar!

Pilar, hay un asunto importante… Bueno, ¿te acuerdas de mi hija ilegítima, Asunción? mi marido hablaba con rodeos, lo que ya me ponía en guardia.
¿Qué si la recuerdo? ¡No logro quitármela de la cabeza! ¿Y qué? me senté en una silla, preparándome para malas noticias.
Pues… no sé ni cómo decirte… Asunción está suplicando que nos hagamos cargo de su hija, mi nieta balbuceó mi marido.
¿Y por qué tenemos que hacerlo, Alejandro? ¿Y el marido de Asunción? ¿Se ha marchado a por tabaco y nunca volvió? ya me picaba la curiosidad, estaba intrigada.
Mira, a Asunción le queda poca vida. Nunca tuvo marido serio. Su madre se casó hace tiempo con un extranjero y vive en América; hace años que no se hablan, están muy reñidas. Y no tiene más parientes. Por eso pide ayuda… decía Alejandro, incómodo, sin mirarme.
¿Y? ¿Qué vas a hacer? yo ya tenía mi decisión tomada.
Por eso te lo consulto a ti, Pilar. Lo que tú digas, así lo haré al fin levantó la cabeza para mirarme.
Qué majo eres… O sea, tú te diviertes en tu juventud y ahora, Pilar, a cargar con el niño de otra. ¿No? me indignaba el conformismo de mi marido.
Pilar, somos una familia, esto lo decidimos juntos trató de acercarse Alejandro.
¡Ay, bien que te acuerdas ahora! Cuando andabas con faldas ajenas, bien que no me consultabas nada… Y eso que soy tu mujer se me saltaron las lágrimas y corrí a otra habitación.

…Cuando era joven, salía con un compañero de clase, Valeriano. Pero al poco llegó a la escuela un nuevo, Santiago, y me olvidé del mundo. Dejé a Valeriano pronto. Santiago se fijó en mí, me acompañaba a casa, me besaba en la mejilla con pasión, me traía flores de cualquier parterre. A la semana, ya quiso meterse en mi cama y yo no supe negarme. Me enamoré hasta los huesos de Alejandro. Acabamos el bachillerato y obligaron a Santiago a hacer la mili. Yo, llorando, fui a despedirle a la estación. Aquellos años los pasó en otra ciudad.

Durante un año nos escribimos cartas. Después, Santiago regresó de permiso. Yo no cabía en mí de gozo, me desvivía por él. Santiago me colmaba de halagos, y yo escuchaba embelesada:
Pilar, vuelvo dentro de un año y nos casamos. Aunque, para mí, ya eres mi mujer.
Esas palabras me llenaron de dulzura y amor… Así fue toda mi vida: Alejandro me lanzaba una mirada dulce y yo me derretía como mantequilla al sol, como chocolate en verano.
Santiago volvió al servicio y yo, esperando, me sentía como prometida. Pasados seis meses, me llegó una carta suya: decía que debíamos despedirnos, que había encontrado en la guarnición el amor verdadero y que no pensaba regresar.

Y yo, embarazada de Santiago. Así resultó mi boda: el prometido propone y luego desaparece. Como decía mi abuela: “No creas en la hierba en flor, sino en el trigo en el granero”.

…Llegó el día y nació Juanito. Valeriano, mi ex, se ofreció a ayudarme y, por desesperación, acepté su ayuda. Nuestra relación fue cercana. Yo no esperaba volver a ver a Alejandro.
Se esfumó de mi vida. Pero un día, se presentó. Fue Valeriano quien abrió la puerta, y allí estaba Santiago.
¿Puedo pasar? Alejandro estaba sorprendido.
Pasa, ya que has venido dijo Valeriano de mala gana.
Juanito, sintiendo la tensión, echó a llorar y se agarró a Valeriano.
Valeriano, sal con Juanito a dar un paseo yo no sabía cómo actuar.
Valeriano se fue con el niño.
¿Es tu marido? preguntó Alejandro, celoso.
¿A ti qué te importa? ¿Para qué has venido? yo, enfadada, aún no sabía sus intenciones.
Te echaba de menos, Pilar. Veo que has rehecho tu vida, tienes familia… Así que no me esperaste. Bueno, me voy… Perdona la interrupción de vuestra felicidad Alejandro se giró para irse.
Espera, Santiago. ¿Para qué volviste? ¿Para hacerme daño? Valeriano sólo me ayuda, y, por cierto, cría a tu hijo de dos años intenté retenerle. Yo aún le quería.
He vuelto por ti, Pilar. ¿Me aceptas? Alejandro me miraba con esperanza.
Pasa, vamos a comer me sentí feliz, como si ganase el mundo. Volvía, no me olvidó. ¿Para qué resistirme?

Valeriano, una vez más, quedó marginado. Mi Juanito necesitaba a su padre, no a un padrastro. Valeriano después se casó con una buena mujer viuda y con hijos.
…Pasaron los años. Alejandro nunca logró querer a Juan como a un hijo suyo; siempre dudó de su paternidad y pensaba que era hijo de Valeriano. No sentía ese vínculo y yo lo notaba. La verdad, Alejandro siempre fue un mujeriego se prendaba rápido y se olvidaba enseguida. Me engañó muchas veces, incluso con amigas mías. Yo sufría mucho, lloraba, pero nunca dejé de quererle y de cuidar nuestra familia.
Quizá lo tuve más fácil que él; quien ama, vive en feliz ignorancia. No tenía que mentir ni inventar historias; simplemente quería. Para mí, mi marido era mi sol. A veces quise olvidarle, dejarlo todo; pero de noche me reprendía: ¿Dónde iba a ir? ¿Dónde iba a encontrar otro igual? Y, al fin y al cabo, Alejandro sin mí estaba perdido. Yo era su amante, su esposa y su madre a la vez.

…Alejandro perdió a su madre con catorce años, murió dormida una noche. Quizás por eso busca siempre el cariño que le faltó. Yo le perdonaba todo. Una vez peleamos fuerte, tanto que le eché de casa. Hizo la maleta y se fue a vivir con sus familiares.
Pasó un mes y, cuando ya ni recordaba el motivo de la pelea, Alejandro no volvía. Tuve que ir a confesarme con su familia. Su tía, al verme, se quedó sorprendida:
¿A qué vienes, Pilar? Alejandro dice que estáis divorciados y que tiene ya nueva novia.
Gracias a la tía, supe la dirección de la muchacha y me presenté allí.
Buenas tardes, ¿puedes llamar a Santiago? intenté ser educada.
La joven me miró con sorna y me cerró la puerta en las narices. Me fui en silencio.

…Santiago regresó al año. La chica había tenido a la pequeña Asunción. Siempre me culpé por haber echado a mi marido entonces; quizá no existiría esa otra y la hija ilegítima nunca habría nacido. Desde entonces, traté aún con más ternura a Alejandro, le mimé y le amé sin límites.

Jamás hablamos, ni mencionamos, a su hija Asunción. Parecía que si lo hacíamos, se desmoronaría nuestra familia. Preferimos guardar el silencio.
¡Y mira que por un desliz surge un hijo! Cosas que pasan… ¡Que no se crucen por medias esas interesadas!

Así vivimos los años. Alejandro se fue templando, volviéndose casero y tranquilo. Sus conquistas desaparecieron, y él pasó a pasar la tarde viendo la tele. Nuestro hijo Juan se casó joven y nos dio tres nietos. Y entonces…

Apareció, tras muchos años, la hija ilegítima, Asunción. Pedía que la acogiéramos a su hija.

Era para pensarlo. ¿Cómo contarle a Juan la llegada de una niña ajena? No sabe nada de las andanzas de su padre…

Por supuesto, aceptamos la tutela de la pequeña Alejandra, de cinco años. Asunción falleció: su camino se truncó a los treinta. Todas las tumbas se cubren con hierba, pero la vida sigue.

Alejandro habló seriamente con Juan. Nuestro hijo, tras escuchar la confesión, dijo:
Padres, lo pasado, pasado está. Yo no juzgo a nadie. Hay que acoger a la niña, ella es sangre de nuestra sangre.

Suspiramos aliviados, Alejandro y yo. Nuestro Juan es un buen hijo, compasivo, de buen corazón.

…Ahora Alejandra tiene dieciséis años. Adora a su abuelo Santiago, le cuenta sus secretos; a mí me llama abuela y dice que de joven debí ser igual que ella. Yo asiento, sin dudar, cada vez que lo dice…

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MagistrUm
¿Me acuerdo? ¡Jamás podré olvidar! —Poli, verás, hay algo importante… ¿Te acuerdas de mi hija ilegítima, Anastasia? —mi marido hablaba en acertijos, lo cual ya me ponía en alerta. —¿Que si me acuerdo? ¡No la puedo olvidar! ¿Por qué lo preguntas? —me senté en la silla, preparándome para lo peor. —No sé ni cómo decírtelo… Nastia me suplica que acojamos a su hija, es decir, nuestra nieta —musitó mi marido. —¿Y eso por qué, Álex? ¿Y el marido de Anastasia? ¿Se ha vuelto loco? —ahora sí me picó la curiosidad. —Mira, a Nastia no le queda mucho. Nunca tuvo marido. Su madre está casada con un extranjero y vive en Estados Unidos, hace años que no se hablan, están peleadas. No tiene otra familia. Por eso lo pide —Álex se sentía incómodo, no se atrevía a mirarme a los ojos. —¿Y tú? ¿Qué piensas hacer? —yo ya tenía clara mi decisión. —Por eso quiero consultarlo contigo, Poli. Haré lo que tú digas —al fin me miró, buscando en mis ojos una respuesta. —Muy bonito. O sea, tú te divertiste y ahora me toca a mí cargar con la responsabilidad de otra niña. ¿No? —la falta de carácter de mi marido me sacaba de quicio. —Poli, somos una familia, hay que decidir juntos —Álex intentó defenderse. —¡Ahora te acuerdas! Y cuando andabas de aventuras, ¿te acordaste de consultarme? ¡Que soy tu esposa! —me invadieron las lágrimas y salí corriendo de la habitación. …En el instituto salía con Valerio. Pero en cuanto llegó aquel chico nuevo, Alejandro, me olvidé de todos. Al poco tiempo corté con Valerio. Álex enseguida me echó el ojo, me acompañaba a casa, me daba besos en la mejilla, me traía flores del parque. A la semana ya me había llevado a la cama. No rechisté. Me enamoré para siempre. Terminamos el bachillerato y Alejandro fue a la mili, a otra ciudad. Lo despedí entre lágrimas y moquera en el andén. Un año escribiéndonos cartas, hasta que Álex vino de permiso. No cabía en mí de alegría. Me desvivía por él. Y él me prometió: —Poli, volveré en un año y nos casamos. Aunque yo ya te considero mi mujer. Sus palabras me envolvían de dulzura y amor… Así sería toda la vida: Alejandro me miraba dulcemente y yo me derretía como un helado al sol, como el chocolate al calor. Él volvió a la mili, y yo me consideraba su prometida. Medio año después recibo su carta: tenemos que dejarlo, porque ha encontrado en el cuartel su verdadero amor; no volverá a nuestra ciudad. Y yo, embarazada de su hijo. Así acabó mi boda de ensueño. Como decía mi abuela: —No te fíes del trigo en flor, fíate del granero. …Llegó el momento y nació Iván. Valerio, mi ex, se ofreció a ayudar. Por desesperación acepté. Sí, tuve relaciones con él, pero no esperaba volver a ver a Álex. Desapareció, hasta que un buen día volvió. Fue Valerio quien abrió la puerta. —¿Se puede pasar? —Álex se sorprendió al ver la escena. —Pasa, si has venido —Valerio le dejó entrar a regañadientes. Iván, al ver el ambiente, se aferró a Valerio y se puso a llorar. —Valerio, llévate a Iván al parque un rato —no sabía cómo gestionar aquello. Se fueron. —¿Marido? —preguntó Álex con celos. —¿A ti qué te importa? ¿Por qué has venido? —yo estaba enfadada, sin sospechar sus intenciones. —Te he echado de menos. Veo que haces buena vida, Poli. Tienes familia. Así que no me esperaste. Bueno, me voy. Perdona por irrumpir en vuestra idílica familia —Álex se disponía a irse. —Espera, Álex. ¿A qué has venido? ¿A hacerme daño? Valerio solo me ayuda a sobrellevar mi soledad. Y, por cierto, está criando a TU hijo de dos años —intenté pararle, aún le amaba. —He vuelto a por ti, Polina. ¿Me aceptas? —me miraba esperanzado. —Pasa, que vamos a comer —mi corazón se rindió, la felicidad volvía a inundarme. Había vuelto, señal de que no me había olvidado. ¿Quién soy yo para resistirme? Valerio otra vez fuera. Mi Iván necesitaba a su verdadero padre. Poco después Valerio se casó con una buena mujer y tuvo dos hijastros. …Pasaron algunos años. Álex nunca consiguió amar a Iván como un hijo propio, estaba convencido de que era de Valerio. No le dolía su hijo, yo lo percibía. En general, Álex era muy mujeriego. Se encaprichaba y soltaba rápido. Me fue infiel mil veces: con mis amigas, con amigas de mis amigas… Yo lloraba a mares, pero seguía queriendo y cuidando mi familia. Quizá tenía ventaja: quien ama vive en una feliz ignorancia. Yo no tenía que mentir ni inventar excusas. Simplemente amaba. Él era mi sol. A veces quería dejarle y olvidarle, pero de noche me reprochaba mis tontas ideas. ¿A dónde iría? ¿Quién sería como él? Además, ¿qué haría él sin mí? Era su amante, su esposa, su madre. …Álex perdió a su madre con catorce años. Murió dormida. Tal vez por eso siempre buscó el cariño perdido fuera de casa. Yo le perdoné todo por compasión y amor. Una vez discutimos tan fuerte que le eché de casa. Se fue a vivir con su familia. Un mes después, yo ya ni recordaba el motivo del enfado, pero él no volvía. Fui a buscarle. La tía se sorprendió: —Polina, ¿para qué lo quieres? Álex dice que os habéis divorciado. Ahora tiene novia nueva. Gracias a la tía, pude saber la dirección de la chica, y fui. —¡Buenas tardes! ¿Me llamas a Álex, por favor? —intenté ser cordial. La muchacha se rió con sorna y me cerró la puerta en las narices. Me marché en silencio. …Álex volvió al año siguiente. Y la muchacha ya tenía una hija, Anastasia. Siempre me he culpado por haberme precipitado y echarle; quizá nunca hubiera existido esa otra mujer ni esa hija ilegítima. Desde entonces le cuidé y consentí aún más. Nunca hablamos de Anastasia. Un tabú peligroso. Parecía que si lo mencionábamos, nuestra familia se desmoronaría como un castillo de naipes. Preferíamos callar, no sacar el tema. Total, ¿qué más da una hija de otra mujer? ¡Cosas que pasan! Solo faltaba que esas lagartonas dejen en paz a los hombres ajenos… La vida con Álex siguió: con los años, se volvió más tranquilo y dócil. Las amantes desaparecieron. Pasaba más tiempo en casa, viendo la televisión. Nuestro hijo Iván se casó joven y nos dio tres nietos. Y, de golpe… Después de tantos años, aparece la hija ilegítima, Anastasia. Pide que acojamos a su hija. Y claro, te lo piensas bien. ¿Cómo explicarle a Iván que en casa va a vivir una niña desconocida? Él nunca supo las andanzas de su padre en la juventud. …Por supuesto, asumimos la tutela legal de Alina, la niña de cinco años. Anastasia falleció, su vida acabó a los treinta. Cada tumba se cubre de hierba, pero la vida sigue adelante. Álex habló con Iván de padre a hijo. Nuestro hijo, tras escuchar la confesión de su padre, sentenció: —Padre, lo pasado, pasado está. Yo no soy quien para juzgaros. Y a la niña hay que aceptarla, es de nuestra sangre. Suspiramos aliviados. Un hijo como el nuestro es un tesoro. …Alina ya tiene dieciséis años. Adora a su abuelo Álex, se cuentan secretos; a mí me llama abuela y dice que de joven era igual que yo. Y yo, por supuesto, no puedo sino darle la razón…