¿Lo recuerdo? ¡Es imposible olvidar!
Pilar, hay un asunto importante… Bueno, ¿te acuerdas de mi hija ilegítima, Asunción? mi marido hablaba con rodeos, lo que ya me ponía en guardia.
¿Qué si la recuerdo? ¡No logro quitármela de la cabeza! ¿Y qué? me senté en una silla, preparándome para malas noticias.
Pues… no sé ni cómo decirte… Asunción está suplicando que nos hagamos cargo de su hija, mi nieta balbuceó mi marido.
¿Y por qué tenemos que hacerlo, Alejandro? ¿Y el marido de Asunción? ¿Se ha marchado a por tabaco y nunca volvió? ya me picaba la curiosidad, estaba intrigada.
Mira, a Asunción le queda poca vida. Nunca tuvo marido serio. Su madre se casó hace tiempo con un extranjero y vive en América; hace años que no se hablan, están muy reñidas. Y no tiene más parientes. Por eso pide ayuda… decía Alejandro, incómodo, sin mirarme.
¿Y? ¿Qué vas a hacer? yo ya tenía mi decisión tomada.
Por eso te lo consulto a ti, Pilar. Lo que tú digas, así lo haré al fin levantó la cabeza para mirarme.
Qué majo eres… O sea, tú te diviertes en tu juventud y ahora, Pilar, a cargar con el niño de otra. ¿No? me indignaba el conformismo de mi marido.
Pilar, somos una familia, esto lo decidimos juntos trató de acercarse Alejandro.
¡Ay, bien que te acuerdas ahora! Cuando andabas con faldas ajenas, bien que no me consultabas nada… Y eso que soy tu mujer se me saltaron las lágrimas y corrí a otra habitación.
…Cuando era joven, salía con un compañero de clase, Valeriano. Pero al poco llegó a la escuela un nuevo, Santiago, y me olvidé del mundo. Dejé a Valeriano pronto. Santiago se fijó en mí, me acompañaba a casa, me besaba en la mejilla con pasión, me traía flores de cualquier parterre. A la semana, ya quiso meterse en mi cama y yo no supe negarme. Me enamoré hasta los huesos de Alejandro. Acabamos el bachillerato y obligaron a Santiago a hacer la mili. Yo, llorando, fui a despedirle a la estación. Aquellos años los pasó en otra ciudad.
Durante un año nos escribimos cartas. Después, Santiago regresó de permiso. Yo no cabía en mí de gozo, me desvivía por él. Santiago me colmaba de halagos, y yo escuchaba embelesada:
Pilar, vuelvo dentro de un año y nos casamos. Aunque, para mí, ya eres mi mujer.
Esas palabras me llenaron de dulzura y amor… Así fue toda mi vida: Alejandro me lanzaba una mirada dulce y yo me derretía como mantequilla al sol, como chocolate en verano.
Santiago volvió al servicio y yo, esperando, me sentía como prometida. Pasados seis meses, me llegó una carta suya: decía que debíamos despedirnos, que había encontrado en la guarnición el amor verdadero y que no pensaba regresar.
Y yo, embarazada de Santiago. Así resultó mi boda: el prometido propone y luego desaparece. Como decía mi abuela: “No creas en la hierba en flor, sino en el trigo en el granero”.
…Llegó el día y nació Juanito. Valeriano, mi ex, se ofreció a ayudarme y, por desesperación, acepté su ayuda. Nuestra relación fue cercana. Yo no esperaba volver a ver a Alejandro.
Se esfumó de mi vida. Pero un día, se presentó. Fue Valeriano quien abrió la puerta, y allí estaba Santiago.
¿Puedo pasar? Alejandro estaba sorprendido.
Pasa, ya que has venido dijo Valeriano de mala gana.
Juanito, sintiendo la tensión, echó a llorar y se agarró a Valeriano.
Valeriano, sal con Juanito a dar un paseo yo no sabía cómo actuar.
Valeriano se fue con el niño.
¿Es tu marido? preguntó Alejandro, celoso.
¿A ti qué te importa? ¿Para qué has venido? yo, enfadada, aún no sabía sus intenciones.
Te echaba de menos, Pilar. Veo que has rehecho tu vida, tienes familia… Así que no me esperaste. Bueno, me voy… Perdona la interrupción de vuestra felicidad Alejandro se giró para irse.
Espera, Santiago. ¿Para qué volviste? ¿Para hacerme daño? Valeriano sólo me ayuda, y, por cierto, cría a tu hijo de dos años intenté retenerle. Yo aún le quería.
He vuelto por ti, Pilar. ¿Me aceptas? Alejandro me miraba con esperanza.
Pasa, vamos a comer me sentí feliz, como si ganase el mundo. Volvía, no me olvidó. ¿Para qué resistirme?
Valeriano, una vez más, quedó marginado. Mi Juanito necesitaba a su padre, no a un padrastro. Valeriano después se casó con una buena mujer viuda y con hijos.
…Pasaron los años. Alejandro nunca logró querer a Juan como a un hijo suyo; siempre dudó de su paternidad y pensaba que era hijo de Valeriano. No sentía ese vínculo y yo lo notaba. La verdad, Alejandro siempre fue un mujeriego se prendaba rápido y se olvidaba enseguida. Me engañó muchas veces, incluso con amigas mías. Yo sufría mucho, lloraba, pero nunca dejé de quererle y de cuidar nuestra familia.
Quizá lo tuve más fácil que él; quien ama, vive en feliz ignorancia. No tenía que mentir ni inventar historias; simplemente quería. Para mí, mi marido era mi sol. A veces quise olvidarle, dejarlo todo; pero de noche me reprendía: ¿Dónde iba a ir? ¿Dónde iba a encontrar otro igual? Y, al fin y al cabo, Alejandro sin mí estaba perdido. Yo era su amante, su esposa y su madre a la vez.
…Alejandro perdió a su madre con catorce años, murió dormida una noche. Quizás por eso busca siempre el cariño que le faltó. Yo le perdonaba todo. Una vez peleamos fuerte, tanto que le eché de casa. Hizo la maleta y se fue a vivir con sus familiares.
Pasó un mes y, cuando ya ni recordaba el motivo de la pelea, Alejandro no volvía. Tuve que ir a confesarme con su familia. Su tía, al verme, se quedó sorprendida:
¿A qué vienes, Pilar? Alejandro dice que estáis divorciados y que tiene ya nueva novia.
Gracias a la tía, supe la dirección de la muchacha y me presenté allí.
Buenas tardes, ¿puedes llamar a Santiago? intenté ser educada.
La joven me miró con sorna y me cerró la puerta en las narices. Me fui en silencio.
…Santiago regresó al año. La chica había tenido a la pequeña Asunción. Siempre me culpé por haber echado a mi marido entonces; quizá no existiría esa otra y la hija ilegítima nunca habría nacido. Desde entonces, traté aún con más ternura a Alejandro, le mimé y le amé sin límites.
Jamás hablamos, ni mencionamos, a su hija Asunción. Parecía que si lo hacíamos, se desmoronaría nuestra familia. Preferimos guardar el silencio.
¡Y mira que por un desliz surge un hijo! Cosas que pasan… ¡Que no se crucen por medias esas interesadas!
Así vivimos los años. Alejandro se fue templando, volviéndose casero y tranquilo. Sus conquistas desaparecieron, y él pasó a pasar la tarde viendo la tele. Nuestro hijo Juan se casó joven y nos dio tres nietos. Y entonces…
Apareció, tras muchos años, la hija ilegítima, Asunción. Pedía que la acogiéramos a su hija.
Era para pensarlo. ¿Cómo contarle a Juan la llegada de una niña ajena? No sabe nada de las andanzas de su padre…
Por supuesto, aceptamos la tutela de la pequeña Alejandra, de cinco años. Asunción falleció: su camino se truncó a los treinta. Todas las tumbas se cubren con hierba, pero la vida sigue.
Alejandro habló seriamente con Juan. Nuestro hijo, tras escuchar la confesión, dijo:
Padres, lo pasado, pasado está. Yo no juzgo a nadie. Hay que acoger a la niña, ella es sangre de nuestra sangre.
Suspiramos aliviados, Alejandro y yo. Nuestro Juan es un buen hijo, compasivo, de buen corazón.
…Ahora Alejandra tiene dieciséis años. Adora a su abuelo Santiago, le cuenta sus secretos; a mí me llama abuela y dice que de joven debí ser igual que ella. Yo asiento, sin dudar, cada vez que lo dice…







