No era solo una niñera
Inés estaba sentada en una mesa de la Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid, rodeada por una muralla imposible de manuales y apuntes desordenados. Sus dedos pasaban las páginas con una velocidad inquietante, mientras los ojos corrían con urgencia por las líneas, intentando absorber hasta el último destello de información. La prueba del día siguiente era como un ogro acechando en la sombra y el catedrático, famoso por su severidad medieval: quien suspendía quedaba irremediablemente abocado a repetir. No podía permitirse el lujo del error; el semestre ya era una melodía de estrés insomne.
En ese instante, se acercó a su mesa Amparo, compañera de clase. Se sentó en el borde, inclinada hacia Inés, y le susurró como quien invoca un conjuro secreto:
¿No estabas buscando un curro, verdad?
Inés asintió distraídamente, sin levantar la vista, abrochada aún a la cuerda de sus pensamientos y notas apretujadas. El tiempo se le escapaba por la costura de los minutos, y aún quedaba tanto por aprender
Ajá logró articular al fin, sin apartar sus ojos del texto, como si el sonido la pudiera desenfocar. Pero el problema de siempre: el horario. Tenemos clase hasta las dos y no es plan de empezar a faltar.
La sonrisa de Amparo era la de quien conoce todos los hilos de la trama. Y tras un breve silencio, rebosó entusiasmo:
Te lo juro, lo que he pensado es ideal para ti. Resulta que mi vecino, Ernesto, se ha quedado solo con los peques. Creo que su mujer falleció, pero no estoy segura frunció la nariz, espantando el cotilleo que nunca le hizo gracia. Ahora trabaja hasta las cejas y necesita a alguien que cuide a las niñas por las tardes, desde las cuatro hasta las ocho más o menos.
Inés separó los dedos de los apuntes y la miró con atención nueva.
Amparo prosiguió, comprendiendo que había enganchado su curiosidad:
A ti se te dan bien los niños, estudias magisterio y tienes media vida de experiencia ¡Si te he visto cuidar a tus hermanos! Cuatro, nada menos.
Inés reflexionó. Recordar los días en que cuidaba de sus hermanos le traía un calorcito interior peculiar, nostalgia envuelta en lazos de agotamiento alegre.
¿Qué edad tienen las niñas? preguntó con un matiz tierno y sincero en la voz.
Jugó distraída con el portaminas, dudando. La idea de cuidar a desconocidos la tentaba y asustaba a la vez. ¿Sería capaz? Tanto dolor acumulado en niños ajenos pesaba más que en los propios.
Son gemelas de seis años, contestó al instante Amparo. Ernesto tiene un hijo mayor, pero ese ya es medio adulto y pasa olímpicamente de que le cuiden; siempre entrenando, creo que es del Atleti o algo así.
¿Y de verdad querrá contar conmigo? murmuró Inés, golpeando el portaminas, nerviosa. Que yo voy por cuarto, pero aún no tengo el título…
Sí, había hecho prácticas en un cole, adoraba a los peques y nadie la había forzado nunca a cuidar a sus propios hermanos. Pero esto era otra historia: aquí respondía ante el padre y, sobre todo, ante lo irremediablemente desconocido.
Amparo ondeó la mano, como quien apaga una sombra con el viento:
Seguro que sí. Si ayer mismo Ernesto me preguntó si conocía a alguien de confianza. ¿Le paso tu móvil?
El convencimiento en la voz de Amparo era tan rotundo que Inés se detuvo, atrapada entre la ansiedad y la posibilidad de un cambio providencial. Miró los montones de apuntes, el reloj que galopaba hacia la siguiente clase y, de repente, supo que ese trabajo podía ser justo su red de seguridad: cerca de la uni, buen horario, niños simpáticos, y un poco de aire para sus gastos.
El corazón le galopó mezcla de vértigo y alegría anticipada. Inspiró hondo, exhaló, y con una decisión que le pareció ajena:
¡Dale mi número!
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Inés dormía poco y soñaba mucho, con sueños de ansiedad y tardes por venir. Su primer día como niñera le bailaba en la cabeza como si fuera un cuadro de Dalí: las horas derretidas, las niñas con ojos desmesurados, la ciudad envuelta en brumas lilas. Revisó la mochila por quinta vez móvil, llaves, cuaderno de notas, merienda para las gemelas, todo estaba allí, pero sentía que faltaba algo esencial e invisible.
La víspera había conocido a Ernesto y a sus hijas en esa misma dimensión de duermevela, como si todo se diese bajo un burbujeo de luz suave. Él era un hombre sereno, amable, con una sonrisa que parecía abrir puertas. Las gemelas, Sara y Lucía, al principio parecían esencias tímidas, ocultas tras las piernas de su padre, pero en cuestión de minutos arrastraron a Inés hacia su mundo de crayones y garabatos. Como si el aire en esa casa oliera a plastilina y a algo sutilmente triste.
Lo que más le impresionó no fue, sin embargo, la simpatía de las niñas, sino el propio Ernesto. Amparo no le había advertido cuánto atraía aquel hombre: alto, ojos honestos, una calidez discreta que le golpeaba el estómago como una punzada dulce. Inés se enfadó consigo misma por la distracción, repitiendo mentalmente: “Esto es sólo un trabajo”.
El edificio de la guardería parecía sacado de un sueño color pastel, con columpios rojos bajo un cielo que cambiaba de formas y colores. Ernesto ya había avisado a las educadoras que la recogida sería tarea de la niñera y entregó a Inés una pequeña carta firmada “por si acaso”.
El patio hervía de risas y carreras. Las gemelas estaban junto a los columpios, cuchicheando conspiradoras. Al ver a Inés, se detuvieron y sonrieron con recato.
La joven se acercó despacio, poniéndose a su altura, y les ofreció una sonrisa de caramelo:
¿Nos vamos ya a casa? ¡Tengo planes culinarios secretos!
Sara se giró hacia Lucía antes de atreverse a preguntar:
¿Qué vas a preparar?
Mmm, hizo Inés, con aire misterioso. ¿Quizá tortitas con mermelada? ¿O galletas con trocitos de chocolate?
Lucía saltó de alegría:
¡Galletas! ¡Con chocolate!
Pues decidido entonces rió Inés, ofreciéndoles las manos. ¿Marchamos?
Las pequeñas, tras una brevísima consulta visual, le tendieron las manos, y en ese simple contacto se desintegró la angustia en su pecho. Quizá todo iría bien.
Las niñas se movían sincronizadas, casi telepáticas: mismas manos, mismos gestos, misma gravedad inoportuna en los ojos. Inés recordaba entonces la conversación con el hermano mayor, Gabriel; la había llamado aparte la noche anterior, en la penumbra de un pasillo interminable.
Antes eran todo luz y abrazos, suspiró Gabriel, nervioso, deshilachando la manga de su camiseta del Rayo Vallecano. Pero desde que mamá no está no sé, se apagan. Les hemos dicho mil veces que no es culpa suya, porque piensan que si mamá se fue es porque han hecho algo mal.
Guardó silencio, con la tez arrugada de agotamiento y determinación.
Las cuidaba antes la abuela, pero ahora la pobre está pachucha y mi padre no da abasto Por eso buscaba ayuda.
Nunca un adolescente de trece años supo sonar tan viejo. Inés lo entendió casi con lágrimas en la garganta.
Pero conmigo, le confesó después a Amparo con una media sonrisa, enseguida se soltaron. Les hice un par de trucos de magia y casi se caen de la risa.
Gabriel la midió unos segundos con un ojo adulto y luego, tras una pausa donde el aire crujía, dijo, serio:
Por eso te ha elegido mi padre. No nos falles.
Inés asintió, con la garganta anudada:
Haré todo lo posible para devolverles esa sonrisa.
Gabriel se relajó, se le volvió niño por un momento, y prometió también ayudar con los cuentos cuando las obligaciones futboleras se lo permitieran.
***************
Dos meses habían pasado, tan líquidos como un reloj sin agujas. Inés ya era parte extraña y familiar de la familia Núñez del Prado. El hielo entre ella, Sara y Lucía se había derretido y ahora las niñas la esperaban con alboroto, luchando por compartir las novedades del día, incapaces de dejarla marchar.
Aquel anochecer, Inés recogía una galaxia de juguetes desperdigados, canturreando dulces aprendidos esa tarde, cuando Sara, hecha un torbellino, la abrazó apretándose contra su cuello:
¡Quédate a dormir! ¿Qué tienes tú que hacer en casa?
Inés se quedó quieta, después rió despacito y, agachándose, rodeó a la niña con mimo.
Tengo que preparar una exposición para la facultad. Pero mañana vendré tan pronto que ni me habréis echado de menos.
Pero Lucía ya estaba trepando a su lado, apretándola y exigiendo:
¡Nos da tiempo a echarte de menos antes de que te vayas!
La mirada redonda de ambas le calentó el corazón como sopa en pleno enero. Inés se puso, una vez más, a su altura.
¿Y dónde dormiría yo? preguntó, divertida. ¿No os querrá vuestro padre compartir la cama conmigo?
Sara, frunciendo las cejas, chasqueó los dedos de alegría:
¡En la cama grande de papá! Si a él nunca le importa
Lucía ratificó:
Suele llegar de trabajar cuando ya dormimos; no le va a importar.
Inés no pudo evitar sonrojarse. Sabía que para ellas era sólo la necesidad infantil de prolongar la magia, pero su cabeza, traviesa, fantaseó por un momento con quedarse allí, intacta entre mantas y luz cálida, Ernesto al fondo del pasillo, una tetera humeando, una conversación bajito sobre el día.
Pero se repuso. Solo soy una niñera, se recordó, y recogió deprisa sus cosas, sellando con risas un nuevo compromiso de verlas mañana mientras escapaba ligera del piso.
La calle de Chamberí se abría ante ella como un escenario onírico: faroles diluidos, brisa fresca, el impulso de recolocar el pelo y ajustar el reloj de pulsera. Movimientos rápidos, nerviosos, entre la calma y la inquietud.
Sin saberlo, Gabriel la miraba desde la puerta, con sonrisa cómplice. Había notado cómo el clima de la casa cambiaba cuando Inés llegaba, cómo su padre le dirigía miradas suaves y la voz se matizaba de ternura imperceptible. Incluso Inés, luchando por parecer profesional, enrojecía con los comentarios bobos de Ernesto.
Creo que mi padre tiene posibilidades pensaba Gabriel, medio divertido. Ojalá se atrevan a dar el paso. ¡Son como niños, lo complican todo!
Aquella noche, decidido, Gabriel encaró a su padre mientras este dejaba la chaqueta en el perchero.
Papá, ¿a qué esperas con Inés? Te gusta. A ella también se le nota. Invítala a salir ya, anda.
Ernesto parpadeó, perplejo:
Gabriel, hijo, ¿de qué vas? Es la niñera, nada más y además las niñas se han acostumbrado a ella
¡Venga, papá! le interrumpió Gabriel. Se nota mucho. Lleváis semanas bailando alrededor del tema como si fuerais del siglo pasado. Pregúntale si quiere ir a tomar algo contigo, sin más.
Ernesto se pasó la mano por la cara, como si el cansancio le pesara de golpe. El temor a romper la frágil armonía se le clavaba en el estómago. ¿Era posible que sus sentimientos estropearan la tregua conquistada?
Gabriel, cruzado de brazos, insistió:
Inés también se atrevería, pero le da palo porque trabaja aquí Invítala primero a un paseo, un día con todos nosotros. Luego ya verás cómo surgen las cosas.
Ernesto meditó. La sugerencia le parecía más real que sus propias inseguridades. Al menos así, pensó, nadie se incomodaría y el ambiente seguiría mágico y ligero.
¿Tú crees de verdad que así funcionará? dudó.
¡Seguro! Gabriel se rió. Empieza poco a poco. Si todo va bien, después podéis quedar solos. Pero ahora hay que ser lista.
El padre sonrió mirando al ventanal, donde la luz de la ciudad se doblaba como vidrio. Por la casa revotaba la algarabía de las gemelas jugando al escondite con Inés. Se llenó de un calor indescriptible. Quizá deba arriesgar; quizá esta vez merezca la pena.
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Durante días, las palabras de Gabriel le daban vueltas a Ernesto. Recordaba el rubor de Inés al recibir cumplidos, su risa cuando las niñas la arrastraban a los juegos, la serenidad con que cosía alegría a los días banales.
¿Tan ciego he estado? se preguntaba mientras abría la puerta de casa, besado por el eco de voces infantiles. ¿O sólo era cobardía?
Tras la pared, las voces de las gemelas resonaban envueltas en sueños:
Inés, dile que papá es el mejor del mundo demandó Sara, azuzada sin duda por Lucía y Gabriel.
Por supuesto que lo es, decía Inés, trenzando una coleta complicada, sin mirar a Ernesto, como si cada palabra fuera tallar en aire.
¿Guapo también, no? insistía Lucía, pillina.
Muy guapo, confirmaba Inés sin pensar, y sólo después, al darse cuenta, ardía en rojo, ocultando el rubor bajando la voz.
¿Y le quieres? preguntó la pequeña, temblando entre risa y verdad.
Inés se congeló, la escena tan surrealista como cualquiera de sus sueños nocturnos: las niñas medio duendes, Gabriel espiando desde la alacena, un padre en el umbral.
¿Ay, cuánto tiempo es? ¡Se me pasa la hora de la cena! escapó a la cocina bajo carcajadas, escoltada por las gemelas.
Ernesto, finalmente, ofreció a todos:
¿Y si cenamos hoy juntos por ahí? Un sitio bonito, cambio de aires
El estallido fue puro júbilo:
¡Al restaurante! ¡Helado! ¡Al parque luego!
Inés no pudo disimular la sonrisa luminosa. Ernesto se le acercó con voz suave:
¿Te apetece? Creo que a todos nos viene bien salir un poco.
Por supuesto murmuró, aún ruborizada. Es una idea preciosa.
A lo mejor, pensó Ernesto, esta era la brecha justa para iniciar algo nuevo. Ir despacio. Compartir el aire de Madrid, el sabor dulce de helados y risas.
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Los meses pasaron como un río entre adoquines. Las meriendas en parques del Retiro, los cafés en terrazas coloridas de Malasaña, las carreras de las niñas por la plaza de Oriente. Todo empezó a adquirir un ritmo de familia imposible, de costumbre que no lo era. Cuando Inés y Ernesto se quedaban a solas tras el apagón de los ruidos, compartían té y miradas largas, confidencias tímidas y sueños diminutos.
Gabriel, triunfante, veía como poco a poco su estrategia de adulto precoz daba frutos. Su padre se mostró renovado y las gemelas ya no temían dormir sin abrazos. Incluso Inés, aunque aún se ruborizara, sonreía con toda la seguridad de quien es parte de un futuro.
Una noche, sentados en el salón, con las luces bajas y un par de tazas medio frías, Ernesto se animó por fin:
Inés No puedo imaginarme esta casa mi vida sin ti. Sin tu vacío, sin tu sonrisa, sin la alegría que das a esta familia. Quiero que te quedes para siempre, no sólo como la niñera sino como mi esposa.
Inés le apretó la mano con suavidad, y con un pálpito de emoción tranquila, contestó:
Yo también te quiero. Y me encantaría quedarme a tu lado.
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La boda fue un mosaico de detalles mínimos, en un café cerca de Segovia, bajo un sol que se deshacía en reflejos dorados. Familia y unos pocos amigos íntimos llenaron la terraza de guirnaldas y flores. Las gemelas, vestidas iguales, distribuían pétalos con presteza solemne. Gabriel, erguido junto a su padre, contenía una felicidad limpia y contagiosa.
Papá, estás elegantísimo, susurró Sara cuando él se agachó para besarle la frente.
E Inés parece un hada de verdad, añadió Lucía, embobada por el vestido marfil y sencillo.
Al sellar el compromiso, Gabriel le dio una palmada a Ernesto:
Te lo dije, al final funcionó.
Ernesto miró a Inés. Sus dedos se entrelazaron, formando ya algo indisoluble.
Ahora sí dijo ella bajito somos una familia.
El banquete fue una mezcla de risas, brindis con cava, bailes lentos y carreras de las niñas alrededor de las mesas. Después, al anochecer y con el fresco de la sierra enredándose en la piel, Inés y Ernesto se quedaron a solas, envueltos en fragancia de romero y estrellas mudas.
Creo que este ha sido el día más feliz de mi vida, suspiró Inés.
Y de la mía. Y eso que añadió Ernesto abrazándola lo mejor aún está por llegar.
Ella sonrió, y supo que todos los miedos y tristeza quedaban atrás. Por fin, tenía un hogar, una familia, un mañana construido entre sueños rareados y la calidez luminosa del amor.







