Diario de Lucía, junio
Hoy he tenido que enfrentarme, muy a mi pesar, a la familia de Daniel. Para ser sincera, nunca me ha hecho ilusión conocer a sus padres. ¿Para qué? No planeo vivir con ellos, y francamente, el padre de Daniel, que parece tener cierto renombre y dinero, no puede ofrecerme nada más que complicaciones y miradas inquisitivas.
Pero bueno, una vez que decides dar el paso de casarte, tienes que actuar hasta el final.
Me vestí sencilla, sin pretensiones, para que me vieran como una muchacha dulce, de las de toda la vida, aunque por dentro estaba más inquieta que tranquila.
La primera vez con los futuros suegros siempre es una prueba llena de trampas invisibles, pero si, encima, son inteligentes y avispados, la presión se amplifica.
Daniel intentaba tranquilizarme:
Lucía, de verdad, no te pongas nerviosa. Mi padre es serio, quizás seco, pero luego entra en razón. Seguro que les caes bien. Él es rarito, sí, pero mi madre es puro corazón.
Solo sonreí y me acomodé el flequillo sobre el hombro. Vaya combinación: padre seco, madre alma de la fiesta. Me lo imaginé como una escena tragicómica.
La casa no me impresionó demasiado. Ya he visto de todo, incluso mansiones aún más opulentas.
Nos recibieron enseguida.
Y, aunque disimulé, no estaba especialmente nerviosa. ¿Para qué? Son personas comunes, nada más. De Pilar, la madre, Daniel ya me había contado: ama de casa, viajera ocasional con sus amigas, amable pero nada del otro mundo. Su padre, Ernesto Ruiz, por lo que decía, poco dado a bromas, casi siempre callado pero ese nombre me resultó extrañamente familiar
Entramos
Y se me heló la sangre. Ahí estaba yo, queriendo impresionar a la madre, pero al padre ya lo conocía demasiado bien. Tres años atrás. No muchas veces, pero las suficientes, en bares, hoteles, restaurantes… Ni su mujer ni Daniel sabían nada, por supuesto.
Menudo lío.
Él me reconoció también en el acto. En su mirada, un destello que era mezcla de sorpresa, miedo y tal vez una intención oscura… pero se mantuvo en silencio.
Daniel, ajeno a todo, sonreía presentándome:
Mamá, papá, esta es Lucía. Mi prometida. Ojalá os la hubiera presentado antes, pero es muy tímida.
Fantástico
Ernesto me ofreció la mano.
Firme, dura.
Un placer, Lucía dijo. Había en su tono algo que no supe descifrar. ¿Advertencia, amenaza, resignación? O todo junto.
Sentí el subidón de adrenalina, esperando que Ernesto soltara la bomba y revelara quién era yo.
Encantada, don Ernesto repliqué, sonriendo con falsa inocencia, resignada a lo que viniera.
Pero… nada.
Incluso deslizó su silla para que yo me sentara en la mesa.
Seguramente planeaba su venganza para después
Pero no, nada ocurrió.
Entonces comprendí que no podría delatarme sin delatarse también él.
El resto de la tarde resultó casi cordial. Pilar contaba anécdotas graciosas de la infancia de Daniel y Ernesto, con falsa naturalidad, me preguntaba sobre mi carrera (donde, por cierto, él sabía perfectamente muchos detalles). Sus ironías suaves ya no me hacían mella. Hasta bromeó algún par de veces, y yo, sorprendiéndome, reí de verdad. Pero entre sus bromas, iban camuflados mensajes solo comprensibles para nosotros dos.
En un momento dado, mirándome fijamente, soltó:
¿Sabe, Lucía? Me recuerda a una compañera de trabajo muy ingeniosa. Tenía una habilidad especial para tratar con todo tipo de personas.
No me inmuté:
Los talentos no siempre son los que uno piensa, don Ernesto.
Daniel, iluso, no veía nada raro y me miraba con esa cara de chico enamorado. Él sí que me quería. Y eso era tan dulce… y tan amargo para quien lo sabe todo.
Cuando hablamos de viajes, Ernesto volvió al ataque, velado:
A mí me gusta lo tranquilo, algún sitio recóndito donde leer y pensar sin nadie alrededor. ¿A ti, Lucía, qué tipo de lugares te gustan?
Me atrapó.
Yo prefiero la gente, el bullicio, la risa contesté sin mostrar debilidad, aunque, claro, a veces hay demasiadas orejas indiscretas.
Pilar, mi futura suegra, pareció notar algo raro, solo un instante, pero lo disimuló enseguida.
Él sabía que no soporto la soledad, y él también sabía por qué.
Al acabar la noche, antes de irnos a dormir, Ernesto abrazó a Daniel:
Cuídala, hijo. Es… especial.
Sonó a piropo y a amenaza al mismo tiempo, pero nadie salvo yo lo interpretó.
Sentí el ambiente más frío que nunca. Especial. Qué curioso adjetivo.
***
Por la noche no pude dormir.
Dándole vueltas a la cabeza, pensando en el encontronazo, en lo que se avecinaba. Imaginaba que Ernesto tampoco dormía, no por lo que siente por mí, sino por lo que arriesga. Yo, ni te cuento.
Me levanté despacio, cogí una sudadera vieja sobre mi camiseta y pantalones cortos, y salí al porche, haciendo ruido suave, buscando que si alguien estaba despierto, viniera. Quería encuentro.
No tardó en aparecer.
¿No puedes dormir? dijo detrás de mí.
Nada, que no me entra el sueño respondí.
Sentí su colonia familiar en el aire fresco de la noche.
Me observaba intensamente.
¿Qué quieres de mi hijo, Lucía? soltó, sin rodeos. Sé de lo que eres capaz. Sé cuántos ha habido como yo en tu vida. Y sé que lo tuyo siempre han sido los euros. No me lo ocultaste. Siempre ponías precio, aunque lo disimularas. ¿Por qué Daniel?
No me iba a hacer la simpática.
Le quiero, don Ernesto respondí, cantarina.
No se lo creyó.
¿Amar? ¿Tú? Por favor. Yo sé perfectamente de qué pie cojeas, Lucía. Y voy a contárselo a Daniel. Voy a contarle todo. ¿Tú crees que, sabiendo quién eres, te va a querer de esposa?
Me acerqué, dejando solo un palmo entre nosotros. Le miré con fijeza, casi desafiándole.
Adelante, cuéntale, don Ernesto pronuncié lentamente. Pero entonces tu mujer conocerá nuestro pequeño secreto.
Eso…
No es un chantaje, es simple reciprocidad. Si cuentas los detalles de mi pasado, tendrás que confesar también lo que hacíamos juntos. Y créeme, completaré bien tu relato.
No es lo mismo
¿Ah, no? ¿Eso le contarás a Pilar?
Se quedó helado. Intentar intimidarme no le sirvió. Sabía que estaba atrapado, y que en esto íbamos a la par.
¿Qué les vas a contar?
A todos. A Pilar, a Daniel… Todo. Qué clase de marido eres, en qué asuntos laborales te entretenías… Ya todo me da igual. ¿Quieres salvarle de mí? Pues adelante.
Duro dilema.
Revelar mi pasado a su hijo era firmar su propio divorcio.
No te atreverías.
¿Que no? me reí. ¿Por qué tú sí y yo no? No me arriesgaré si tú tampoco. Pero si das el paso, sabrás lo que es perderlo todo. Pilar valora la fidelidad por encima de cualquier cosa.
Alguna vez, borracho, me confesó sus remordimientos por engañar a su esposa. Sabía que Pilar jamás le perdonaría. Así que aquí sí tenía algo que perder.
No estaba faroleando, él lo sabía.
Está bien admitió por fin. Nadie dirá nada. Olvidamos el pasado.
No temía perder. Él tenía más que perder que yo.
Como quieras, don Ernesto.
A la mañana siguiente, nos marchamos de casa de los padres de Daniel. Despedí a Pilar, que ya me llamaba hija, bajo la mirada de odio de Ernesto, que temía mi fuerza. Sabía que, si hablaba, perdería su matrimonio, su estabilidad, su dinero. Y Daniel quizás hasta el respeto por él. Qué ironía.
Más tarde, nos quedamos en su casa dos semanas, vacaciones en familia… Ernesto me evitaba, siempre ocupado. Pero la curiosidad pudo con él un día que se quedó solo en casa. Revolvió mi bolso, hurgó entre mis cosas. Y entonces vio la prueba: un test de embarazo positivo, dos rayas bien marcadas.
Pensé que lo peor era que mi hijo se casara… Pero esto sí que es un desastre soltó, devolviendo el test a su sitio, aunque yo le pillé.
No está bien hurgar en cosas ajenas le solté, casi divertida.
Él no negó nada.
¿Estás embarazada de Daniel?
Acerqué mi cara a la suya, cogí el bolso y le miré desafiante:
Parece que acaba de estropearse la sorpresa, don Ernesto.
Ahora sí que tenía que callarse. Sabía que cualquier palabra sería dinamita. Y tenía que aguantar, mientras veía cómo su hijo caía en mi trampa, según él.
***
Pasaron nueve meses y medio año más.
Daniel y yo cuidamos a nuestra hija Elisa.
Ernesto, mi suegro, intentó evitar visitas. Para él, Elisa no era de su sangre, yo le resultaba escalofriante. Le aterraba mi indiferencia hacia Daniel y mi oscuro pasado.
Y otra vez más…
Pilar, mi suegra, decidió venir a visitarnos.
Ernesto, ¿vienes conmigo?
No, me duele la cabeza.
Otra vez Esto ya es crónico.
Nada, que estoy cansado. Ve tú sola.
Como siempre, inventó dolores, resfriados, achaques, lo que fuera para no venir. Incluso se tomó un par de ibuprofenos para dar más veracidad a su papel. No podía soportar verme, aunque tampoco podía contar la verdad.
La noche resultó aburrida salvo por mis ideas dando vueltas en la cabeza.
Después de cenar, leer y dar vueltas, Ernesto se dio cuenta de que Pilar no volvía a casa. Pasaba la medianoche. Llamó preocupado a Daniel.
Daniel, ¿todo bien? ¿Pilar ya ha salido? No está en casa.
Papá, eres la última persona con la que quiero hablar ahora.
Y colgó.
Ernesto ya pensaba salir en su busca cuando vio aparcar un coche frente a la casa. El de Lucía, o sea, yo. Al verme entrar por la puerta, casi le sale el corazón por la boca.
¿Qué haces aquí? ¡Dímelo ya! gritó fuera de sí.
Me senté tranquila, descorché su vino y me serví un vaso.
Se ha liado parda.
¿El qué?
Todo se ha ido al garete. Daniel ha encontrado por internet unas fotos nuestras de hace cuatro años, de aquella fiesta en el El Oasis… Quiso reservar para nuestro aniversario y, buscando en la web, salimos en las fotos. El fotógrafo, maldito él, las publicó todas… Daniel está destrozado. Pilar va a pedir el divorcio… y, por cierto, gracias a ti, seguramente Daniel y yo también acabaremos divorciados.
Ernesto me miró como si reviviera cada segundo de aquel día. También él recordó que pidió que no sacaran fotos y ahora todo había explotado.
Se sentó agotado, sin fuerzas.
¿Y por qué has venido aquí?
Necesitaba huir un rato sonreí. Mi casa es un caos. Elisa está con la niñera. ¿Quieres vino?
Le ofrecí del suyo propio.
Nos sentamos al porche y el silencio, solo interrumpido por el canto lejano de los grillos, parecía unirnos de una extraña manera.
Todo es culpa tuya roncó Ernesto.
Asentí en silencio.
Sí.
Eres insoportable.
Tienes razón.
Ni siquiera te importa Daniel…
Me da pena, pero me doy más pena yo.
Solo te quieres a ti misma.
Eso nunca lo he negado.
De repente, me cogió la barbilla y me obligó a mirarle de frente.
Sabes que nunca te he querido, ¿verdad? susurró.
Me lo creo.
***
Por la mañana, Pilar llegó dispuesta a perdonarlo todo, aun a costa de su propio bienestar y nervios, y se encontró a Ernesto y a mí juntos, aún dormidos en la sala.
¿Quién anda ahí? pregunté levantándome.
Soy yo respondió Pilar, contemplando el desastre de su vida.
Solo le sonreí, tranquila. Ernesto se despertó poco después, pero ni siquiera fue tras su esposa.







