El invierno había cubierto el patio de mi casa en Segovia con un manto blanco y espeso, y sin embargo, mi fiel perro, León un enorme pastor alemán, se comportaba de manera extraña.
En vez de quedarse acurrucado dentro de la espaciosa caseta que le construí este verano, León insistía en dormir fuera, directamente sobre la nieve helada. Yo le observaba desde la ventana, notando cómo se me encogía el corazón León nunca se había comportado así.
Cada mañana, al salir a verle, León me miraba con una tensión extraña en los ojos. Y si me acercaba a la caseta, él se interponía entre la puerta y yo, gruñía suavemente y me clavaba la mirada, casi suplicándome: Por favor, no entres ahí. Esta actitud, tan poco usual tras tantos años de compañía leal, me dejó pensando ¿qué estará ocultando mi mejor amigo?
Decidido a entenderlo, ideé una pequeña estrategia: llevé a León a la cocina con un trozo de lomo jugoso. Mientras él, encerrado detrás de la puerta, lloriqueaba y ladraba desconsolado en dirección al jardín, yo me acerqué sigilosamente a la caseta y me agaché para mirar en su interior. Sentí que el pulso se me detenía cuando, al acostumbrarse mis ojos a la oscuridad, descubrí algo que me dejó helado
Allí, bien envuelto en una manta vieja, había un cachorro de gato sucio, aterido, apenas respirando. Sus ojos apenas se abrían, el cuerpecillo temblaba de frío. León debía haberlo encontrado en algún rincón y, en vez de apartarlo o ignorarlo, le había ofrecido refugio. Dormía fuera para no asustar al pequeño y guardaba la entrada, como si dentro de la caseta hubiera un tesoro invaluable.
Contuve el aliento. Con sumo cuidado, tomé al diminuto gatito entre mis manos y lo pegué a mi pecho. En ese mismo instante, León corrió a mi lado y se apoyó sobre mi hombro ya sin gruñidos, tan sólo atento, dispuesto a ayudar.
Eres un buen perro, León susurré mientras abrazaba al minino. Mucho mejor que muchas personas.
Desde entonces, en nuestro patio ya no vivíamos dos amigos, sino tres. Y la caseta, construida con tanto cariño, recuperó su sentido: ser un pequeño hogar para almas a las que la vida da una segunda oportunidad.
Esta experiencia me enseñó que, a veces, el amor y la compasión superan cualquier instinto, incluso en aquellos a quienes creemos conocer del todo.







