SIN TECHO
A Inés no le quedaba dónde ir. Vamos, que ni un sitio decente… “Un par de noches puedo apañármelas en Atocha, pero ¿y después?” De repente, una idea iluminó su desastrado ánimo: ¡La casita del pueblo! ¿Cómo he podido olvidarla? Bueno, llamarla casa es mucho decir Más bien, una choza medio caída. Aun así, mejor ir allí que acabar en la estación, rumiaba Inés mientras se consolaba de mala gana.
Pilló el Cercanías y se acurrucó junto a la ventanilla fría, cerrando los ojos. Y allá que fueron, a chorros, todos los recuerdos recientes: la pérdida de sus padres hace dos años, cómo se quedó sola, los estudios truncados por falta de euros y el salto obligado a currar en el mercado de abastos.
Después de tanto drama, la vida pareció echarle un capote y conoció a su media naranja. Alejandro era majo, formal, incluso hasta simpático a ratos. Dos meses más tarde, se calzaron una modestísima boda.
Parecía que lo difícil había pasado y tocaba disfrutar pero la vida, tan bromista como siempre, aún le tenía otro regalo preparado. Alejandro propuso vender el piso de los padres de Inés en pleno centro de Madrid y lanzarse con un negocio propio.
El chico lo pintó todo tan bien, tan bonito, que a la pobre Inés ni se le pasó la duda. Ella convencida de que su marido era el nuevo Amancio Ortega y pronto acabarían los problemas de dinero. “En cuanto nos estabilicemos, nos planteamos un niño. ¡Qué ganas de ser madre!”, suspiraba en sus momentos ingenuos.
Pero el negocio se desmoronó más rápido que castillo de naipes en corriente de aire. Entre bronca y bronca por el dinero tirado, la relación se enfrió que daba gusto. Al poco, Alejandro apareció en casa con otra moza y, con toda la naturalidad, invitó a Inés a buscarse la vida.
Pensó en ir a la policía, pero ¿denunciar qué? Ella misma había vendido el piso y puesto el dinero en las manos de Alejandro
***
Bajándose en la estación, la muchacha recorrió sola el andén desierto. Era principios de primavera, la temporada de campo ni por asomo había empezado. Tras tres años sin pisar la finca, el sitio era una jungla. “No importa, lo limpiaré; será como antes”, se animaba. Aunque bien sabía que el antes no volvería nunca.
Encontró la llave bajo el porche en un periquete, pero ni de broma la puerta de madera quería ceder. Dio unos buenos empujones, sudó tinta intentando forzarla, pero vamos, que aquello no abría ni queriendo. Frustrada y al borde de un ataque de nervios, se sentó en el escalón y rompió a llorar.
De pronto, reparó en una columna de humo saliendo del terreno de la vecina. Sonaban ruidos allí. Vio la esperanza y salió disparada.
¡Tía Rosario! ¿Está usted?
Pero en vez de la amable Rosario, en el jardín halló a un hombre mayor, desaliñado, calentando agua en una taza abollada sobre el fuego.
¿Y usted quién es? ¿Dónde está tía Rosario? preguntó Inés, retrocediendo por si acaso.
Tranquila, mujer Y por favor, no llame a la guardia civil, que no hago mal a nadie. No me meto en la casa; aquí ando, en el terreno
Sorprendió a Inés la voz educada y el barítono elegante del hombre. Se notaba gente leída.
¿Es usted sin techo? preguntó, sin filtro.
Eso parece asintió el hombre, bajando la mirada. ¿Tú eres la vecina? No te preocupes, no molestaré.
¿Y cómo se llama usted?
Miguel.
¿Y de segundo?
¿Segundo apellido? se sobresaltó, con una sonrisa triste. Herrera. Miguel Herrera.
Inés examinó al tal Miguel Herrera. Llevaba ropa de segunda mano, pero limpia y parecía arreglado para lo que cabía esperar.
No sé a quién acudir suspiró ella, triste.
¿Qué te pasa? se interesó Miguel.
La puerta está atascada y no puedo entrar.
Si me dejas, echo un vistazo se ofreció.
Mil gracias aceptó la chica, ya al borde de la desesperación.
Mientras el hombre forcejeaba con la puerta, Inés le observaba: ¿Quién soy yo para juzgarle? Total, yo también me he quedado sin casa, compartimos desgracia…
¡Señorita Inés, arreglado! Miguel sonrió y la puerta cedió. Oye, ¿de verdad piensas quedarte aquí a dormir?
Hombre claro, ¿dónde si no? contestó, extrañada.
¿Y tienes calefacción?
Creo que hay una estufa titubeó Inés, notando lo poco que sabía de estufas.
Ajá ¿Y leña?
Ni idea admitió, encogiéndose.
Bueno. Entre usted y yo, algo me inventaré aseguró él, saliendo decidido.
Inés pasó cerca de una hora despejando la casa. Frío, humedad, soledad No sabía cómo iba a aguantar allí. Pero al poco volvió Miguel, cargado de leña. Le sorprendió lo mucho que le había animado ver una cara amiga, aunque fuera la de un desconocido.
Miguel limpió la estufa y la encendió. Una hora después, la casa ya olía a hogar.
¡Listo! Tienes que ir metiendo leña poco a poco, y antes de dormir apagarla. No te preocupes, aquí guardas calor hasta la mañana.
¿Y usted dónde va? ¿A molestar a otros vecinos? sonrió Inés.
A vivir aquí al lado unos días. No me apetece volver a Madrid Me fatiga la ciudad y los recuerdos.
Espere un momento. Cene conmigo, tome algo de té caliente y charlamos Inés le cortó, casi ordenándole quedarse.
El hombre, resignado, dejó la chaqueta y se sentó junto a la estufa.
Disculpe la indiscreción usted no tiene pinta de sin techo, ¿qué le ha llevado a esto? ¿No tiene familia, casa?
Miguel contó que había trabajado toda su vida como catedrático. Las horas se le fueron entre pizarras y libros. La vejez apareció sin avisar, y cuando se dio cuenta, estaba solo.
Un año atrás, una sobrina, Leticia, apareció en su vida. Le insinuó dulcemente que le ayudaría, si le dejaba el piso como herencia El hombre, más solo que la una, aceptó.
Leticia se hizo con la confianza del tío, le convenció para vender el piso en Vallecas y comprar una preciosa casa con jardín en un pueblo de Toledo. Resultaba que ya tenía el chollo apalabrado.
Miguel, ilusionado con la idea del aire puro y la tranquilidad, aceptó. Al vender, Leticia propuso ingresar el dinero en el banco. Tío Miguel, siéntate aquí fuera que tardo un momento, mejor llevo yo la bolsa, no sea que se fijen en ti.
La sobrina desapareció dentro del banco y él la esperó una hora, dos, tres Leticia no volvió a salir. Al entrar, Miguel descubrió que la chica había salido por la puerta trasera y los empleados no sabían nada de ella.
Desesperado, fue a buscarla a casa; le abrió una señora desconocida, que le explicó que Leticia hacía años que no vivía allí y el piso lo había vendido hacía más de dos años.
No se puede decir que fuera una historia de risas suspiró Miguel. Desde entonces vivo al aire libre. Aún me cuesta creer que ya no tengo casa.
Ya, yo creía que era la única también lo perdí todo, hasta el estudio contestó Inés, animándose a contarle su historia a su vez.
Tú por lo menos eres joven, tienes por delante un mundo entero. Seguro que puedes recuperar lo perdido. No te rindas, todo tiene arreglo la animó, serio.
¡Cambiemos de tema, hombre! ¡Vamos a cenar! rió Inés.
La chica se fijó en lo bien que le sentaban a Miguel unos simples macarrones con chorizo. Le entró una pena dulce, casi risa, al verle tan solo y fuera de sitio.
Qué miedo da pensar en acabar solo, sin que nadie te eche de menos, pensó Inés.
Inés, conozco a gente en la universidad. Puedo escribirle al rector, es gran amigo. Seguro consigues plaza, becada y todo dijo Miguel, de repente esperanzado. Eso sí, en mi estado mejor no ir, ya me entiendes pero te daré la carta y tú le vas a ver. Konstantín, es buen tipo, seguro ayuda.
¡Sería genial! Inés sonrió.
Gracias por la cena y por escucharme Me marcho, que ya está bien por hoy dijo el viejo, poniéndose en pie.
No debe irse, ¿a dónde va a estas horas? susurró ella.
No te preocupes. Tengo una chabola apañada en el terreno de al lado. Mañana me paso contestó, sonriente.
No, de verdad. Mire, hay tres habitaciones y sólo una yo; elija la que le guste. Y siendo sincera, me da miedo estar sola No sabría qué hacer si la estufa se pone tonta. ¿De verdad me va a dejar aquí a mi suerte?
No, claro que no prometió Miguel, muy serio.
***
Dos años después Inés había aprobado el curso y, con las vacaciones de verano a la vuelta de la esquina, volvía a la casita del pueblo. Realmente vivía en la residencia universitaria, pero pasaba allí fines de semana y días libres.
¡Abuelo Miguel! gritó, lanzándose a los brazos del hombre.
¡Inesita, mi niña! ¿Por qué no avisaste? Te habría recogido en la estación. ¿Qué tal las notas?
¡Casi todo sobresalientes! presumió. He traído una tarta, pon el agua, que lo celebramos.
Ambos tomaron té y se pusieron al día.
He plantado viñas. Haré un porche ahí para las sobremesas. Va a quedar de lujo contó Miguel, casi niño ilusionado.
¡Me parece genial! Esta casa ya es más tuya que mía. Yo sólo vengo de visita rió Inés.
Miguel había renacido. Tenía un hogar, tenía a Inés, la nieta que la vida le debía. Inés, también, volvía a sonreír. Miguel fue el abuelo que nunca tuvo, el que le salvó justo cuando pensaba que la vida no daba para más. Ambos sabían bien que a veces, una familia se encuentra donde menos te lo imaginas.







