En la casa señorial impregnaba el aire el aroma de colonia cara y desencuentro. La pequeña Eulalia sólo conocía unas manos cálidas: las de la criada, Tomasa. Pero un día desaparecieron unos euros del viejo joyero y, con ellos, esas manos se esfumaron para siempre. Veinte años volaron como polvo en la tramontana. Ahora Eulalia, con su hijo en brazos y la garganta ardida de verdad, se encontraba ella misma frente a una puerta.
***
La masa olía a hogar.
No al hogar de escalera de mármol y lámpara de lágrimas brillante, no ése donde Eulalia pasó su niñez. No, era el verdadero, inventado al sentarse en la banqueta de la cocina grande, mirando las manos de Tomasa rojas del agua amasar aquel milagro elástico.
Tomasa, ¿por qué la masa está viva? preguntó Eulalia con cinco años, frotándose los ojos.
Porque respira, niña. ¿Ves las burbujas? Se alegra, pronto estará en el horno. Es raro, ¿verdad? Alegrarse del fuego.
En ese entonces Eulalia no entendía. Ahora sí.
Estaba junto a una carretera rural, Mikel apretado contra su pecho. El autobús había vomitado sus cuerpos en la penumbra gris de un atardecer de febrero; a su alrededor sólo quedaba silencio, ese silencio peculiar de los pueblos donde hasta el crujido de la escarcha te avisa de un extraño al otro lado de la calle.
Mikel no lloraba. Había aprendido. Sus ojos, grandes y oscuros, parecían serios incluso para un niño de cuatro años, y a Eulalia le daban escalofríos: los ojos de Sergio. Su mentón. Su modo de callar ese silencio tras el que siempre se escondía algo.
No pensar en él. No ahora.
Mamá, tengo frío.
Lo sé, pequeño. Vamos a buscar.
No sabía la dirección. Ni siquiera si Tomasa seguiría vivaveinte años son una eternidad. Lo único que quedaba: Aldeíta de Los Pinos, provincia de Ávila. Y el perfume tibio de la masa. Y el recuerdo de aquellas manos que, en toda la casona, la acariciaban por nada, sólo por amor.
El camino pasaba junto a vallas torcidas. De vez en cuando, algunas ventanas brillaban con una luz amarilla, pobre pero llena de vida. Eulalia se detuvo ante la última casasimplemente porque ya no podía más, y Mikel pesaba toneladas.
La verja chirrió. Dos peldaños, cubiertos de hielo; la puerta, de madera reseca y descascarillada.
Golpeó.
Silencio.
Después, pasos arrastrados. El cerrojo forcejeó. Una voz, áspera y envejecida, pero ya imborrable para Eulalia:
¿Pero quién llama en plena oscuridad?
Se abrió la puerta.
En el umbral, una viejecita menuda en bata gruesa sobre el camisón. Su piel arrugada como manzana al horno, pero los ojos eran los de siempre: desteñidos, azules, vivos aún.
Tomasa…
La anciana se quedó petrificada. Luego levantó despacio la mano la misma, endurecida y nudosa para rozar la mejilla de Eulalia.
Madre del amor hermoso… ¡Eulalita!
Las rodillas a Eulalia le fallaron. Se quedó allí, abrazando al hijo, sin poder pronunciar palabra sólo lágrimas calientes caían sobre sus mejillas heladas.
Tomasa no preguntó nada; ni ¿de dónde vienes?, ni ¿para qué has vuelto?, ni ¿qué te pasó? Simplemente descolgó el abrigo grueso que colgaba del perchero y lo colocó sobre los hombros de Eulalia. Tomó a Mikel, que no se movió, y lo apretó contra sí.
Y bien, ya estás en casa, pajarillo dijo. Pase y pase, querida.
***
Veinte años.
Tiempo suficiente para levantar un reino y verlo arder; para olvidar una lengua; para enterrar padres aunque los de Eulalia seguían vivos, pero tan ajenos como muebles prestados.
De niña, pensó que aquella casa era el mundo entero. Cuatro pisos de falsa alegría: salón con chimenea, despacho de papá con olor a habanos y distancia, cuarto de mamá con cortinas de terciopelo y, abajo, medio sumergida en la penumbra, la cocina. Su refugio. El reino de Tomasa.
Eulalita, aquí no, cielo decían nanas y preceptoras. Debes subir con mamá.
Pero mamá siempre telefoneaba. A amigas, a socios, a amantes eso Eulalia no lo entendía, pero sentía algo raro: la risa fría de mamá al teléfono, el modo en que se apagaba su rostro cuando entraba papá.
En la cocina todo era verdad. Tomasa le enseñaba a hacer empanadillas torcidas, con picos, pero propias. Esperaban juntas a que subiera la masa. Silencio, Eulalita, no soples o se asusta. Cuando en el piso de arriba comenzaban los gritos, Tomasa sentaba a Eulalia en las piernas y tarareaba coplas sin letras, la voz arrastrada como la lluvia por la ventana.
Tomasa… ¿tú eres mi mamá? preguntó una vez Eulalia, seis años.
¡Ay, hija! No, sólo sirvienta.
¿Por qué te quiero más que a mi mamá entonces?
Tomasa se quedó muda; la acarició un buen rato, susurrando:
El cariño no pregunta. Viene y se queda. A tu madre la quieres, aunque sea distinto.
Eulalia sabía que no. Mamá era guapa, importante, le traía vestidos y la llevaba a París. Pero nunca la acompañó cuando enfermó. Eso sólo Tomasa, noches enteras, mano fresca en la frente.
Hasta aquel día.
***
Ochenta mil euros oyó Eulalia tras la puerta mal cerrada. Del joyero. Creo recordar bien que los puse allí.
¿No los habrás gastado y olvidado, Loreto?
¡Por favor!
El tono de papá, cansado, deslucido como todo él los últimos años:
Bueno, bueno, ¿quién tenía acceso?
Tomasa limpiaba el despacho. Sabe el código yo misma se lo di.
Silencio, la tensión oxidada de la casa entera en los huesos de Eulalia mientras se pegaba a la pared.
Su madre tiene cáncer dijo papá. El tratamiento es carísimo. Hace un mes pidió adelanto.
Y no se lo di replicó mamá.
¿Por qué?
Porque es la sirvienta, Alfonso. Si les vas dando a las criadas para su gente
Loreto…
Qué Loreto, ni que nada. Tú lo ves. Necesitaba dinero y tenía fácil…
No sabemos nada aún.
¿Vas a llamar a la policía? ¿Armar escándalo? ¿Que salgan los trapos al sol?
Otra pausa. Eulalia cerró los ojos. Tenía nueve años suficientes para entender, demasiado pocos para cambiar nada.
Por la mañana, Tomasa recogía su vida en una bolsa gastada: bata, zapatillas y la estampa de San Isidro.
¿Tomasa…?
Ella se giró. El rostro sereno, los ojos encendidos y húmedos.
Eulalita. ¿No duermes?
¿Te vas?
Me voy, cielo. A cuidar de mi madre, está enferma.
¿Y yo qué?
Tomasa se arrodilló para quedar a su altura. Olía a masa ese olor que nunca dejaba aunque no cocinara.
Vas a crecer, Eulalita. A ser buena persona. Y, si algún día te animas, ven a verme a Los Pinos, ¿vale?
Los Pinos…
Eso es. Muy bien, chiquilla.
La besó en la frente rápido, casi hurtando el gesto y cruzó la puerta. El cerrojo sonó. El olor a masa, a calor, a verdadero hogar, se apagó.
***
La casita era pequeña.
Una sola habitación, estufa de hierro en la esquina, mesa cubierta con hule plastificado, dos camas tras la cortina de paño. En la pared, la estampa ajada de San Isidro, oscura de hollín y años.
Tomasa trajinaba ponía a calentar té, rebuscaba mermelada, preparaba el lecho para Mikel.
Siéntate, Eulalita, que en las piernas no hay luz. Entra en calor, luego charlamos.
Pero Eulalia no podía. De pie en medio de aquella pobreza ella, que fue hija de la casa de cuatro plantas sentía paz.
Una paz que no recordaba desde hacía años. Como si algo dentro, tensado hasta doler, por fin hubiera aflojado.
Tomasa dijo, la voz a punto de romperse. Perdóname.
¿Por qué, niña?
Por no defenderte entonces. Por callar veinte años. Por…
Calló. ¿Cómo decirlo?
Mikel dormía ya, vencido por el sueño justo al posar la cabeza. Tomasa, enfrente, sorbía té y aguardaba.
Y Eulalia contó.
Cómo, tras la marcha de Tomasa, la casa se llenó de vacío. Cómo papá y mamá se separaron dos años después, papá arruinado, mamá marchada con un alemán. Cómo papá murió solo, Eulalia con veintitrés, y ella quedó huérfana, flotando.
Y después Sergio dijo, voz baja. Le conocía desde el colegio. Venía a casa, ¿te acuerdas? Flaco, despeinado, siempre robando caramelos.
Tomasa asintió.
Bien me acuerdo del chaval.
Yo creí entonces familia, al fin. De verdad. Resultó era jugador. Cartas, máquinas, todo. Y yo sin saberlo. Cuando lo supe, ya era tarde. Deudas, prestamistas. Mikel
Silencio. La estufa crepitaba. La estampa parpadeaba, sombras temblando en la pared.
Cuando pedí el divorcio, él quiso confessar, creyendo que eso me haría quedarme. Valoraría su franqueza.
¿Confesar de qué, hija?
Eulalia levantó la vista.
Él robó aquel dinero. Era el invitado, vio el código. Lo necesitaba para sus juegos. Y tú, Tomasa, pagaste.
Silencio de hielo.
Tomasa rígida, mirando su taza, los nudillos blancos.
Perdóname. Lo supe hace una semana. No lo supe antes, de verdad
Basta.
Tomasa se levantó y, temblorosa, se arrodilló a su lado, justo como veinte años atrás, nivelando los ojos.
¿Y tú, por qué te culpas?
Tu madre necesitabas dinero para sanar
Mi madre murió al año, que Dios la tenga. Tomasa se santiguó. ¿Y yo qué? Sigo viva. Mi huerto, mi cabra. Buenos vecinos. No me falta nada.
Pero te echaron como a una ladrona.
A veces Dios lleva a la verdad a través de la mentira habló muy bajo. Si no me hubieran echado, no habría cuidado a mi madre en el final. Gracias a eso, tuve el mejor año con ella.
Eulalia calló; en el pecho, todo ardía.
¿Rabia? Claro. Dolía, hija. Nadie en mi vida me llamó ladrona y he trabajado toda. Pero con el tiempo, se va. Porque si guardas rencor, se te come por dentro, y yo quería vivir.
Tomasa tomó las manos de Eulalia: frías, ásperas, fuertes.
Has venido con tu niño. A esta ruina de vieja. Eso, hija, no lo paga dinero del mundo. Es mejor que cualquier joyero.
Eulalia lloró, desbordada, como nunca de adulta: a sollozos, encajada en el flaco hombro de Tomasa.
***
Por la mañana Eulalia despertó por el olor.
Masa.
Abrió los ojos. Mikel dormía aún, boca abierta. Tras la cortina, Tomasa se movía algo ordenaba, ojeaba papeles.
¿Tomasa?
Despierta, pajarilla. Que se enfrían las empanadillas.
Empanadillas.
Eulalia, medio soñando, dejó la cama. Sobre la mesa, en papel de periódico, las empanadillas doradas, feas y torpes como las de la infancia. Y olían… olían a casa.
Pensaba yo comentó Tomasa, sirviendo té en una taza desportillada, que en la biblioteca de la villa buscan ayudante. Pagan poco, sí, pero aquí se gasta nada. A Mikel lo llevamos a la guardería, la lleva doña Antonia, una mujer de bien. Y ya luego se verá.
Lo decía natural, como si ya estuviera decidido por el rumbo invisible de los sueños.
Tomasa titubeó Eulalia. Yo no soy nadie para ti. Tantos años. ¿Por qué?
¿Por qué qué?
¿Por qué me acoges, sin más, sin preguntas?
Tomasa la miró como en la infancia, con esa mirada clara, sabia, blanda.
¿Recuerdas que preguntaste por qué respira la masa?
Por eso, porque está viva.
Eso mismo pasa con el amor. Respira. No puedes echarlo, ni despedirlo. Donde estuvo, allí se queda. Vengan veinte, treinta años.
Dejó ante Eulalia una empanadilla tierna, tibia, rellena de manzana.
Come, que has llegado escuálida.
Eulalia mordió. Y, por primera vez en años, sonrió.
Afuera, el cielo clareaba. La nieve chispeaba bajo el sol, y el mundogrande, injusto, extrañopor un instante fue simple y bueno. Como las empanadillas de Tomasa. Como sus manos. Como el amor que nadie puede despedir.
Mikel asomó, frotándose los ojos.
Mamá, huele bien.
Es la abuela Tomasa que ha hecho magia hoy.
¿A-bue-la? repitió la sílaba, probándola en su lengua. Miró a Tomasa.
Ella sonrió y se le llenó la cara de arruguitas que la hacían más joven.
Abuela, claro. Ven, ricura. Vamos a comer.
Y él se sentó. Y comió. Y por primera vez en medio año, rió cuando Tomasa le enseñó a hacer monigotes de masa.
Eulalia los miraba a su hijo y a la mujer que fue su única madre y comprendía: ya estaba en casa.
No los muros, ni el mármol, ni los candelabros. Sólo unas manos calientes. Sólo el aroma de la masa. Sólo un amor terrenal y sencillo.
Un amor que no cobra. Que nadie compra. Que existe y existirá, mientras palpite un triste corazón.
Las cosas que guarda el corazón son raras. Olvidamos fechas y caras, pero nunca el aroma de las empanadillas de madre. Porque el amor no vive en la cabeza; es más hondo, donde nada puede arrancarlo. Y a veces hace falta perderlo todoposición, dinero, orgullopara encontrar el camino de regreso.
A aquellas manos. Las que esperan.







