En el caserón olía a perfume francés y a desamor. La pequeña Elisa solo conocía unas manos cálidas: las de la asistenta, Nuri. Pero un día desapareció dinero de la caja fuerte y esas manos se esfumaron para siempre. Han pasado veinte años. Ahora Elisa es quien está en la puerta —con su hijo en brazos y una verdad que le quema la garganta… *** La masa olía a hogar. No a ese hogar de la escalera de mármol y la lámpara de araña de tres plantas donde Elisa pasó la infancia, sino al verdadero. Ese que ella misma inventaba mientras sentada en la cocina veía a Nuri, con las manos enrojecidas por el agua, amasando con destreza el pan. — ¿Por qué la masa está viva? — preguntaba Elisa con cinco años. — Porque respira — respondía Nuri sin dejar de trabajar—. ¿Ves cómo burbujea? Se alegra, porque pronto irá al horno. Raro, ¿eh? Alegrarse del fuego. Entonces Elisa no lo entendía. Ahora sí. Se detuvo al borde de un camino rural nevado, apretando contra sí al pequeño Miki, de cuatro años. El autobús ya se marchaba, arrojándolos a las grises penumbras de febrero, solo quedaba el silencio —ese silencio especial del campo en el que se oye crujir la nieve bajo pasos ajenos a tres casas de distancia. Miki no lloraba. Ya casi no lloraba desde hacía medio año— había aprendido. Solo miraba con esos ojos oscuros, serios de más para un niño, y Elisa se estremecía cada vez: los mismos ojos de Slava. Su barbilla. Su silencio —ese en el que siempre había algo escondido. No pensar en él. No ahora. — Mamá, hace frío. — Lo sé, pequeño. Vamos, buscaremos. No sabía la dirección. Ni siquiera si Nuri seguía viva— habían pasado veinte años, toda una vida. Solo le quedaba en la memoria: “Aldea de Pinares, provincia de Soria”. Y ese olor a masa. Y el calor de aquellas manos que eran las únicas que le acariciaban la cabeza en la inmensidad del caserón, solo porque sí. El camino pasaba al lado de vallas torcidas. En algunas ventanas brillaba una luz— amarilla, tenue, pero viva. Elisa se paró ante la última casa, simplemente porque las piernas ya no respondían y Miki pesaba ya mucho. La verja chirrió. Dos escalones cubiertos de nieve. Una puerta vieja, reseca, descascarillada. Tocó. Silencio. Luego, pasos arrastrados. Un cerrojo que se descorre. Y una voz envejecida, áspera pero inconfundible, hasta robarle el aliento a Elisa: — ¿Quién anda en estas tinieblas? La puerta se abrió. En el umbral, una ancianita de jersey de lana sobre el camisón. Cara de manzana asada, mil arrugas. Pero los ojos —los mismos: claros, azules, aún brillantes. — Nuri… La anciana se quedó inmóvil. Luego alzó despacio una mano trabajada, nudosa— y rozó la mejilla de Elisa. — ¡Dios Santo… Elisana! A Elisa se le aflojaron las rodillas. De pie, abrazando a su hijo, no pudo articular palabra— solo dejar que las lágrimas, calientes, rodaran por las mejillas heladas. Nuri no preguntó nada. Ni “¿de dónde?”, ni “¿para qué?”, ni “¿qué ha pasado?”. Simplemente descolgó su viejo abrigo del clavo y se lo echó a los hombros. Luego tomó a Miki —él ni se movió, solo la miró con sus grandes ojos— y lo apretó contra sí. — Ya estás en casa, pajarita —dijo—. Pasa, cielo, pasa. *** Veinte años. Bien valen para levantar y perder un imperio, para olvidar el idioma natal, para enterrar a los padres— aunque los de Elisa seguían vivos, pero lejanos, como muebles de un piso de alquiler. De niña creía que su casa era todo el mundo. Cuatro pisos de felicidad: salón con chimenea, despacho de papá, donde olía a tabaco y a severidad, dormitorio de mamá con cortinas de terciopelo, y —en el semisótano— la cocina. Su territorio. El reino de Nuri. — Elisana, aquí no, —le reprendían niñeras y institutrices—, para ti es arriba, con mamá. Pero mamá hablaba por teléfono. Siempre. Con amigas, socios, amantes— entonces Elisa no lo entendía, pero intuía: algo estaba mal. En el modo de reír por teléfono y cómo su rostro se oscurecía al entrar papá. La cocina, en cambio, era lo correcto. Allí Nuri le enseñaba a hacer empanadillas— torcidas, con picos. Juntas esperaban que subiese la masa— “Shhh, Elisana, no hagas ruido, que si no la masa se enfada”. Cuando arriba empezaban los gritos, Nuri la sentaba en su regazo y cantaba— algo sencillo, campesino, casi sin palabras, solo melodía. — Nuri, ¿tú eres mi mamá? — preguntó una vez Elisa, con seis años. — Ay, niña, qué cosas. Soy solo una asistenta. — ¿Y por qué te quiero más que a mamá? Nuri se quedó callada. Largo rato la acarició. Luego dijo, quedo: — El amor viene solo. Nunca pregunta. A tu mamá la quieres, pero diferente. Elisa ya entonces sabía que no era así, con aterradora lucidez de niña. Mamá era bella, era importante, le compraba vestidos y la llevaba a París. Pero nunca se sentó junto a ella cuando enfermaba. Eso lo hacía Nuri, noches enteras, con la mano fresca en su frente. Y luego llegó aquella noche. *** — Ochenta mil euros —oyó Elisa tras una puerta entreabierta—. De la caja fuerte. Sé seguro que los guardé. — Igual los gastaste y no lo recuerdas. — ¡Ignacio! La voz de papá— cansada, apagada, como todo él en los últimos años: — Vale, vale. ¿Quién tenía acceso? — Nuri limpió el despacho. Sabe el código— se lo di yo para que quitara el polvo. Pausa. Elisa, encogida en el pasillo, sintió cómo algo importante en su interior empezaba a romperse. — Su madre tiene cáncer— dijo el padre—. Es caro tratarse. Hace un mes pidió un adelanto. — Yo no se lo di. — ¿Por qué? — Porque es la asistenta, Ignacio. Si a cada asistenta se le da para su madre, su padre, su hermano… — Marina. — ¿Qué, Marina? Lo ves tú mismo. Necesitaba dinero, tenía acceso… — ¿Quieres llamar a la policía? ¿Exponerlo? ¿Que se sepa que en nuestra casa se roba? Otra pausa. Elisa cerró los ojos. Tenía nueve años— suficiente para entender, demasiado para poder hacer nada. A la mañana siguiente Nuri recogía sus cosas. Elisa la miraba desde la puerta, menuda, en pijama de ositos, descalza sobre el suelo. Nuri guardaba en la bolsa una bata, unas zapatillas, la estampa de San Nicolás que siempre tenía en la mesilla. — Nuri… Ella se giró, el rostro sereno, solo los ojos enrojecidos. — Elisana. ¿Por qué no duermes? — ¿Te vas? — Me voy, niña. A cuidar de mi madre. Está muy mal. — ¿Y yo? Nuri se arrodilló para estar a su altura. Olía a masa. Siempre olía a masa, aunque no horneara. — Crecerás, Elisana. Serás buena persona. Y quién sabe, a lo mejor algún día vienes a visitarme. A Pinares. ¿Recuerdas? — Pinares. — Así me gusta. Le besó la frente —deprisa, como robando— y se fue. La puerta se cerró. Sonó el cerrojo. Y el olor— el olor de masa, de calor, hogar— se perdió para siempre. *** La casita era minúscula. Una habitación, estufa de leña, mesa con hule, dos camas tras una cortina estampada. En la pared —la estampa de San Nicolás, ya ennegrecida. Nuri trajinaba —ponía la tetera, sacaba mermelada del sótano, preparaba la cama a Miki. — Siéntate, siéntate, Elisana. Que calientes los pies. Luego ya hablamos. Pero Elisa no podía sentarse. Permanecía en el centro de esa humilde choza —ella, hija de quien fue dueño de un caserón de cuatro pisos— sintiendo algo insólito. Paz. Por primera vez en muchos años, paz verdadera. Como si dentro todo lo tenso al fin se aflojara. — Nuri, —dijo, y la voz le tembló—. Nuri, perdóname. — ¿Por qué, niña? — Por no defenderte entonces. Por callar veinte años. Por… Titubeó. ¿Cómo decirlo? ¿Cómo explicarlo? Miki ya dormía. Nuri frente a ella, taza de té en las manos, esperaba. Y Elisa contó. Contó cómo, tras la marcha de Nuri, la casa se volvió por completo ajena. Cómo sus padres se divorciaron dos años más tarde cuando la empresa del padre —un bluff— estalló y se lo tragó todo: casa, coches. Cómo la madre se fue con un nuevo marido a Alemania, el padre cayó en la bebida y murió solo cuando Elisa tenía veintitrés. Cómo ella quedó sola. — Y luego apareció Slava, —murmuró—. Nos conocíamos desde primero. Iba a casa, ¿te acuerdas? Flacucho, despeinado. Siempre cogía caramelos. Nuri asintió. — Me acuerdo bien del chaval. — Creí que por fin tenía familia. De verdad. —Elisa sonrió amarga—. Pero era ludópata, Nuri. Juegos, tragaperras, todo. No lo sabía. Lo ocultó. Y cuando salió a la luz, ya era tarde. Deudas. Prestamistas. Miki… Se quedó en silencio. La estufa crepitaba. La lámpara ante la estampa temblaba, proyectando sombras en la pared. — Cuando le dije que me separaba, decidió confesarlo. Pensó que así lo perdonaría. Que valoraría su sinceridad. — ¿Confesar qué, niña? Elisa alzó la mirada. — Él robó entonces. El dinero. Sabía el código —lo vio una vez de visita. Lo necesitaba… Ya ni recuerdo para qué. Para su juego, seguramente. Y te culparon a ti. Silencio. Nuri inmóvil. El rostro impenetrable, solo las manos, crispadas, blancas. — Nuri, perdona. Si puedes. Lo supe hace solo una semana. No lo sabía, yo… — Chsss. Nuri se levantó. Fue hacia Elisa. Y, como hacía veinte años, se arrodilló con dificultad, hasta que sus ojos quedaron a la misma altura. — Niña mía. ¿Tú qué culpa tienes? — Pero tu madre… Necesitabas dinero para su tratamiento… — Mi madre murió al año. Que Dios la acoja —Nuri se persignó—. ¿Y yo? Vivo. Tengo huerto, cabrilla. Los vecinos son buenos. No necesito mucho. — ¡Pero te echaron! ¡De ladrona! — ¿Y acaso no sucede que a veces, por caminos torcidos, Dios nos lleva a la verdad? Si no me echan, quizá ni alcanzo a despedir a mi madre. Así tuve un año junto a ella. Un año entero. Elisa callaba. Una mezcla ardía dentro: vergüenza, dolor, amor, gratitud —todo junto, enmarañado. — ¿Me dolió? Claro que sí. Me dolió mucho— una barbaridad. Nunca robé en mi vida. Y entonces, tratada como la última ladrona. Pero luego… luego se pasó. No de golpe, con los años. Pero se pasó. Porque si guardas el rencor, es como veneno que te consume por dentro. Y yo quería vivir. Le tomó las manos —frías, ásperas, nudosas. — Has venido. Con tu hijo. A esta vieja y a esta ruina. Eso es recordar. Eso es amar. ¿Sabes cuánto vale? Más que todo el dinero de la caja fuerte. Elisa rompió a llorar, como una niña: incontenible, sollozando en el pequeño hombro de Nuri. *** Por la mañana, Elisa despertó con un olor. Masa. Abrió los ojos. Miki a su lado, dormido a pierna suelta. Tras la cortina, Nuri trajinando entre papeles. — ¿Nuri? — ¿Despierta? Venga, pajarita, que se enfrían las empanadillas. Empanadillas. Elisa se levantó y, como en un sueño, salió. Sobre la mesa vieja, en un periódico, había un montón —doradas, irregulares, con repulgos como los de su infancia. Olían… a hogar. — Mira, —dijo Nuri sirviéndole té en una taza descascarillada—, podrías encontrar trabajo en la biblioteca del pueblo. Pagan poco, pero gastos aquí casi no hay. A Miki lo llevamos con Valentina, la encargada, es una mujer estupenda. Y ya se verá. Lo decía con tal tranquilidad— como si todo estuviese ya asentado, lógico. — Nuri, —tartamudeó Elisa—. Yo… para ti no soy nadie. Han pasado tantos años. ¿Por qué…? — ¿Por qué qué? — ¿Por qué me has acogido así? Sin preguntas. Sin más. Nuri la miró —con los mismos ojos que Elisa recordaba de niña: limpios, sabios, buenos. — ¿Te acuerdas cuando preguntabas por qué la masa estaba viva? — Porque respira. — Eso es. Y el amor igual. Respira, simplemente. No lo despides ni lo echas. Donde se instala, ahí se queda. Esperando, veinte o treinta años. Le puso delante una empanadilla —tibia, blanda, de manzana. — Anda, come. Estás en los huesos, niña rica. Elisa mordió. Y, por primera vez en mucho, mucho tiempo, sonrió. Afuera amanecía. La nieve brillaba bajo los primeros rayos, y el mundo —enorme, complicado, injusto— parecía por un instante sencillo, bueno. Como las empanadillas de Nuri. Como sus manos. Como ese amor que no se despide. Miki salió restregando los ojos. — Mamá, huele rico. — Es la abuela Nuri, que ha horneado. — ¿A-bue-la? —pronunció la palabra. Miró a Nuri, que le sonrió —las arrugas le estallaron, los ojos se iluminaron. — Abuela, abuela. Siéntate, hijo, vamos a comer. Y se sentó. Comió. Y por primera vez en medio año, se rió cuando Nuri le enseñó a modelar muñecos de masa. Y Elisa los miraba —a su hijo y a la mujer que de niña sintió como madre— y comprendía: esto es el hogar. No paredes, ni mármol, ni lámparas. Solo manos cálidas. Solo olor a masa. Solo amor, del sencillo, terrenal, discreto. Un amor que no se paga, que no se compra. Que simplemente existe— y existirá mientras un corazón viva. Curiosa cosa, la memoria del corazón. Olvidamos fechas, rostros, años enteros, pero el olor de los bollos de mamá lo recordamos hasta el último aliento. Quizás porque el amor no está en la cabeza. Está mucho más hondo, en un rincón al que no alcanzan ni los agravios ni el tiempo. Y a veces hay que perderlo todo— posición, dinero, orgullo— para volver a encontrar el camino a casa. Alas manos que te esperan.

En la casa señorial impregnaba el aire el aroma de colonia cara y desencuentro. La pequeña Eulalia sólo conocía unas manos cálidas: las de la criada, Tomasa. Pero un día desaparecieron unos euros del viejo joyero y, con ellos, esas manos se esfumaron para siempre. Veinte años volaron como polvo en la tramontana. Ahora Eulalia, con su hijo en brazos y la garganta ardida de verdad, se encontraba ella misma frente a una puerta.

***

La masa olía a hogar.

No al hogar de escalera de mármol y lámpara de lágrimas brillante, no ése donde Eulalia pasó su niñez. No, era el verdadero, inventado al sentarse en la banqueta de la cocina grande, mirando las manos de Tomasa rojas del agua amasar aquel milagro elástico.

Tomasa, ¿por qué la masa está viva? preguntó Eulalia con cinco años, frotándose los ojos.

Porque respira, niña. ¿Ves las burbujas? Se alegra, pronto estará en el horno. Es raro, ¿verdad? Alegrarse del fuego.

En ese entonces Eulalia no entendía. Ahora sí.

Estaba junto a una carretera rural, Mikel apretado contra su pecho. El autobús había vomitado sus cuerpos en la penumbra gris de un atardecer de febrero; a su alrededor sólo quedaba silencio, ese silencio peculiar de los pueblos donde hasta el crujido de la escarcha te avisa de un extraño al otro lado de la calle.

Mikel no lloraba. Había aprendido. Sus ojos, grandes y oscuros, parecían serios incluso para un niño de cuatro años, y a Eulalia le daban escalofríos: los ojos de Sergio. Su mentón. Su modo de callar ese silencio tras el que siempre se escondía algo.

No pensar en él. No ahora.

Mamá, tengo frío.

Lo sé, pequeño. Vamos a buscar.

No sabía la dirección. Ni siquiera si Tomasa seguiría vivaveinte años son una eternidad. Lo único que quedaba: Aldeíta de Los Pinos, provincia de Ávila. Y el perfume tibio de la masa. Y el recuerdo de aquellas manos que, en toda la casona, la acariciaban por nada, sólo por amor.

El camino pasaba junto a vallas torcidas. De vez en cuando, algunas ventanas brillaban con una luz amarilla, pobre pero llena de vida. Eulalia se detuvo ante la última casasimplemente porque ya no podía más, y Mikel pesaba toneladas.

La verja chirrió. Dos peldaños, cubiertos de hielo; la puerta, de madera reseca y descascarillada.

Golpeó.

Silencio.

Después, pasos arrastrados. El cerrojo forcejeó. Una voz, áspera y envejecida, pero ya imborrable para Eulalia:

¿Pero quién llama en plena oscuridad?

Se abrió la puerta.

En el umbral, una viejecita menuda en bata gruesa sobre el camisón. Su piel arrugada como manzana al horno, pero los ojos eran los de siempre: desteñidos, azules, vivos aún.

Tomasa…

La anciana se quedó petrificada. Luego levantó despacio la mano la misma, endurecida y nudosa para rozar la mejilla de Eulalia.

Madre del amor hermoso… ¡Eulalita!

Las rodillas a Eulalia le fallaron. Se quedó allí, abrazando al hijo, sin poder pronunciar palabra sólo lágrimas calientes caían sobre sus mejillas heladas.

Tomasa no preguntó nada; ni ¿de dónde vienes?, ni ¿para qué has vuelto?, ni ¿qué te pasó? Simplemente descolgó el abrigo grueso que colgaba del perchero y lo colocó sobre los hombros de Eulalia. Tomó a Mikel, que no se movió, y lo apretó contra sí.

Y bien, ya estás en casa, pajarillo dijo. Pase y pase, querida.

***

Veinte años.

Tiempo suficiente para levantar un reino y verlo arder; para olvidar una lengua; para enterrar padres aunque los de Eulalia seguían vivos, pero tan ajenos como muebles prestados.

De niña, pensó que aquella casa era el mundo entero. Cuatro pisos de falsa alegría: salón con chimenea, despacho de papá con olor a habanos y distancia, cuarto de mamá con cortinas de terciopelo y, abajo, medio sumergida en la penumbra, la cocina. Su refugio. El reino de Tomasa.

Eulalita, aquí no, cielo decían nanas y preceptoras. Debes subir con mamá.

Pero mamá siempre telefoneaba. A amigas, a socios, a amantes eso Eulalia no lo entendía, pero sentía algo raro: la risa fría de mamá al teléfono, el modo en que se apagaba su rostro cuando entraba papá.

En la cocina todo era verdad. Tomasa le enseñaba a hacer empanadillas torcidas, con picos, pero propias. Esperaban juntas a que subiera la masa. Silencio, Eulalita, no soples o se asusta. Cuando en el piso de arriba comenzaban los gritos, Tomasa sentaba a Eulalia en las piernas y tarareaba coplas sin letras, la voz arrastrada como la lluvia por la ventana.

Tomasa… ¿tú eres mi mamá? preguntó una vez Eulalia, seis años.

¡Ay, hija! No, sólo sirvienta.

¿Por qué te quiero más que a mi mamá entonces?

Tomasa se quedó muda; la acarició un buen rato, susurrando:

El cariño no pregunta. Viene y se queda. A tu madre la quieres, aunque sea distinto.

Eulalia sabía que no. Mamá era guapa, importante, le traía vestidos y la llevaba a París. Pero nunca la acompañó cuando enfermó. Eso sólo Tomasa, noches enteras, mano fresca en la frente.

Hasta aquel día.

***

Ochenta mil euros oyó Eulalia tras la puerta mal cerrada. Del joyero. Creo recordar bien que los puse allí.

¿No los habrás gastado y olvidado, Loreto?

¡Por favor!

El tono de papá, cansado, deslucido como todo él los últimos años:

Bueno, bueno, ¿quién tenía acceso?

Tomasa limpiaba el despacho. Sabe el código yo misma se lo di.

Silencio, la tensión oxidada de la casa entera en los huesos de Eulalia mientras se pegaba a la pared.

Su madre tiene cáncer dijo papá. El tratamiento es carísimo. Hace un mes pidió adelanto.

Y no se lo di replicó mamá.

¿Por qué?

Porque es la sirvienta, Alfonso. Si les vas dando a las criadas para su gente

Loreto…

Qué Loreto, ni que nada. Tú lo ves. Necesitaba dinero y tenía fácil…

No sabemos nada aún.

¿Vas a llamar a la policía? ¿Armar escándalo? ¿Que salgan los trapos al sol?

Otra pausa. Eulalia cerró los ojos. Tenía nueve años suficientes para entender, demasiado pocos para cambiar nada.

Por la mañana, Tomasa recogía su vida en una bolsa gastada: bata, zapatillas y la estampa de San Isidro.

¿Tomasa…?

Ella se giró. El rostro sereno, los ojos encendidos y húmedos.

Eulalita. ¿No duermes?

¿Te vas?

Me voy, cielo. A cuidar de mi madre, está enferma.

¿Y yo qué?

Tomasa se arrodilló para quedar a su altura. Olía a masa ese olor que nunca dejaba aunque no cocinara.

Vas a crecer, Eulalita. A ser buena persona. Y, si algún día te animas, ven a verme a Los Pinos, ¿vale?

Los Pinos…

Eso es. Muy bien, chiquilla.

La besó en la frente rápido, casi hurtando el gesto y cruzó la puerta. El cerrojo sonó. El olor a masa, a calor, a verdadero hogar, se apagó.

***

La casita era pequeña.

Una sola habitación, estufa de hierro en la esquina, mesa cubierta con hule plastificado, dos camas tras la cortina de paño. En la pared, la estampa ajada de San Isidro, oscura de hollín y años.

Tomasa trajinaba ponía a calentar té, rebuscaba mermelada, preparaba el lecho para Mikel.

Siéntate, Eulalita, que en las piernas no hay luz. Entra en calor, luego charlamos.

Pero Eulalia no podía. De pie en medio de aquella pobreza ella, que fue hija de la casa de cuatro plantas sentía paz.

Una paz que no recordaba desde hacía años. Como si algo dentro, tensado hasta doler, por fin hubiera aflojado.

Tomasa dijo, la voz a punto de romperse. Perdóname.

¿Por qué, niña?

Por no defenderte entonces. Por callar veinte años. Por…

Calló. ¿Cómo decirlo?

Mikel dormía ya, vencido por el sueño justo al posar la cabeza. Tomasa, enfrente, sorbía té y aguardaba.

Y Eulalia contó.

Cómo, tras la marcha de Tomasa, la casa se llenó de vacío. Cómo papá y mamá se separaron dos años después, papá arruinado, mamá marchada con un alemán. Cómo papá murió solo, Eulalia con veintitrés, y ella quedó huérfana, flotando.

Y después Sergio dijo, voz baja. Le conocía desde el colegio. Venía a casa, ¿te acuerdas? Flaco, despeinado, siempre robando caramelos.

Tomasa asintió.

Bien me acuerdo del chaval.

Yo creí entonces familia, al fin. De verdad. Resultó era jugador. Cartas, máquinas, todo. Y yo sin saberlo. Cuando lo supe, ya era tarde. Deudas, prestamistas. Mikel

Silencio. La estufa crepitaba. La estampa parpadeaba, sombras temblando en la pared.

Cuando pedí el divorcio, él quiso confessar, creyendo que eso me haría quedarme. Valoraría su franqueza.

¿Confesar de qué, hija?

Eulalia levantó la vista.

Él robó aquel dinero. Era el invitado, vio el código. Lo necesitaba para sus juegos. Y tú, Tomasa, pagaste.

Silencio de hielo.

Tomasa rígida, mirando su taza, los nudillos blancos.

Perdóname. Lo supe hace una semana. No lo supe antes, de verdad

Basta.

Tomasa se levantó y, temblorosa, se arrodilló a su lado, justo como veinte años atrás, nivelando los ojos.

¿Y tú, por qué te culpas?

Tu madre necesitabas dinero para sanar

Mi madre murió al año, que Dios la tenga. Tomasa se santiguó. ¿Y yo qué? Sigo viva. Mi huerto, mi cabra. Buenos vecinos. No me falta nada.

Pero te echaron como a una ladrona.

A veces Dios lleva a la verdad a través de la mentira habló muy bajo. Si no me hubieran echado, no habría cuidado a mi madre en el final. Gracias a eso, tuve el mejor año con ella.

Eulalia calló; en el pecho, todo ardía.

¿Rabia? Claro. Dolía, hija. Nadie en mi vida me llamó ladrona y he trabajado toda. Pero con el tiempo, se va. Porque si guardas rencor, se te come por dentro, y yo quería vivir.

Tomasa tomó las manos de Eulalia: frías, ásperas, fuertes.

Has venido con tu niño. A esta ruina de vieja. Eso, hija, no lo paga dinero del mundo. Es mejor que cualquier joyero.

Eulalia lloró, desbordada, como nunca de adulta: a sollozos, encajada en el flaco hombro de Tomasa.

***

Por la mañana Eulalia despertó por el olor.

Masa.

Abrió los ojos. Mikel dormía aún, boca abierta. Tras la cortina, Tomasa se movía algo ordenaba, ojeaba papeles.

¿Tomasa?

Despierta, pajarilla. Que se enfrían las empanadillas.

Empanadillas.

Eulalia, medio soñando, dejó la cama. Sobre la mesa, en papel de periódico, las empanadillas doradas, feas y torpes como las de la infancia. Y olían… olían a casa.

Pensaba yo comentó Tomasa, sirviendo té en una taza desportillada, que en la biblioteca de la villa buscan ayudante. Pagan poco, sí, pero aquí se gasta nada. A Mikel lo llevamos a la guardería, la lleva doña Antonia, una mujer de bien. Y ya luego se verá.

Lo decía natural, como si ya estuviera decidido por el rumbo invisible de los sueños.

Tomasa titubeó Eulalia. Yo no soy nadie para ti. Tantos años. ¿Por qué?

¿Por qué qué?

¿Por qué me acoges, sin más, sin preguntas?

Tomasa la miró como en la infancia, con esa mirada clara, sabia, blanda.

¿Recuerdas que preguntaste por qué respira la masa?

Por eso, porque está viva.

Eso mismo pasa con el amor. Respira. No puedes echarlo, ni despedirlo. Donde estuvo, allí se queda. Vengan veinte, treinta años.

Dejó ante Eulalia una empanadilla tierna, tibia, rellena de manzana.

Come, que has llegado escuálida.

Eulalia mordió. Y, por primera vez en años, sonrió.

Afuera, el cielo clareaba. La nieve chispeaba bajo el sol, y el mundogrande, injusto, extrañopor un instante fue simple y bueno. Como las empanadillas de Tomasa. Como sus manos. Como el amor que nadie puede despedir.

Mikel asomó, frotándose los ojos.

Mamá, huele bien.

Es la abuela Tomasa que ha hecho magia hoy.

¿A-bue-la? repitió la sílaba, probándola en su lengua. Miró a Tomasa.

Ella sonrió y se le llenó la cara de arruguitas que la hacían más joven.

Abuela, claro. Ven, ricura. Vamos a comer.

Y él se sentó. Y comió. Y por primera vez en medio año, rió cuando Tomasa le enseñó a hacer monigotes de masa.

Eulalia los miraba a su hijo y a la mujer que fue su única madre y comprendía: ya estaba en casa.

No los muros, ni el mármol, ni los candelabros. Sólo unas manos calientes. Sólo el aroma de la masa. Sólo un amor terrenal y sencillo.

Un amor que no cobra. Que nadie compra. Que existe y existirá, mientras palpite un triste corazón.

Las cosas que guarda el corazón son raras. Olvidamos fechas y caras, pero nunca el aroma de las empanadillas de madre. Porque el amor no vive en la cabeza; es más hondo, donde nada puede arrancarlo. Y a veces hace falta perderlo todoposición, dinero, orgullopara encontrar el camino de regreso.

A aquellas manos. Las que esperan.

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MagistrUm
En el caserón olía a perfume francés y a desamor. La pequeña Elisa solo conocía unas manos cálidas: las de la asistenta, Nuri. Pero un día desapareció dinero de la caja fuerte y esas manos se esfumaron para siempre. Han pasado veinte años. Ahora Elisa es quien está en la puerta —con su hijo en brazos y una verdad que le quema la garganta… *** La masa olía a hogar. No a ese hogar de la escalera de mármol y la lámpara de araña de tres plantas donde Elisa pasó la infancia, sino al verdadero. Ese que ella misma inventaba mientras sentada en la cocina veía a Nuri, con las manos enrojecidas por el agua, amasando con destreza el pan. — ¿Por qué la masa está viva? — preguntaba Elisa con cinco años. — Porque respira — respondía Nuri sin dejar de trabajar—. ¿Ves cómo burbujea? Se alegra, porque pronto irá al horno. Raro, ¿eh? Alegrarse del fuego. Entonces Elisa no lo entendía. Ahora sí. Se detuvo al borde de un camino rural nevado, apretando contra sí al pequeño Miki, de cuatro años. El autobús ya se marchaba, arrojándolos a las grises penumbras de febrero, solo quedaba el silencio —ese silencio especial del campo en el que se oye crujir la nieve bajo pasos ajenos a tres casas de distancia. Miki no lloraba. Ya casi no lloraba desde hacía medio año— había aprendido. Solo miraba con esos ojos oscuros, serios de más para un niño, y Elisa se estremecía cada vez: los mismos ojos de Slava. Su barbilla. Su silencio —ese en el que siempre había algo escondido. No pensar en él. No ahora. — Mamá, hace frío. — Lo sé, pequeño. Vamos, buscaremos. No sabía la dirección. Ni siquiera si Nuri seguía viva— habían pasado veinte años, toda una vida. Solo le quedaba en la memoria: “Aldea de Pinares, provincia de Soria”. Y ese olor a masa. Y el calor de aquellas manos que eran las únicas que le acariciaban la cabeza en la inmensidad del caserón, solo porque sí. El camino pasaba al lado de vallas torcidas. En algunas ventanas brillaba una luz— amarilla, tenue, pero viva. Elisa se paró ante la última casa, simplemente porque las piernas ya no respondían y Miki pesaba ya mucho. La verja chirrió. Dos escalones cubiertos de nieve. Una puerta vieja, reseca, descascarillada. Tocó. Silencio. Luego, pasos arrastrados. Un cerrojo que se descorre. Y una voz envejecida, áspera pero inconfundible, hasta robarle el aliento a Elisa: — ¿Quién anda en estas tinieblas? La puerta se abrió. En el umbral, una ancianita de jersey de lana sobre el camisón. Cara de manzana asada, mil arrugas. Pero los ojos —los mismos: claros, azules, aún brillantes. — Nuri… La anciana se quedó inmóvil. Luego alzó despacio una mano trabajada, nudosa— y rozó la mejilla de Elisa. — ¡Dios Santo… Elisana! A Elisa se le aflojaron las rodillas. De pie, abrazando a su hijo, no pudo articular palabra— solo dejar que las lágrimas, calientes, rodaran por las mejillas heladas. Nuri no preguntó nada. Ni “¿de dónde?”, ni “¿para qué?”, ni “¿qué ha pasado?”. Simplemente descolgó su viejo abrigo del clavo y se lo echó a los hombros. Luego tomó a Miki —él ni se movió, solo la miró con sus grandes ojos— y lo apretó contra sí. — Ya estás en casa, pajarita —dijo—. Pasa, cielo, pasa. *** Veinte años. Bien valen para levantar y perder un imperio, para olvidar el idioma natal, para enterrar a los padres— aunque los de Elisa seguían vivos, pero lejanos, como muebles de un piso de alquiler. De niña creía que su casa era todo el mundo. Cuatro pisos de felicidad: salón con chimenea, despacho de papá, donde olía a tabaco y a severidad, dormitorio de mamá con cortinas de terciopelo, y —en el semisótano— la cocina. Su territorio. El reino de Nuri. — Elisana, aquí no, —le reprendían niñeras y institutrices—, para ti es arriba, con mamá. Pero mamá hablaba por teléfono. Siempre. Con amigas, socios, amantes— entonces Elisa no lo entendía, pero intuía: algo estaba mal. En el modo de reír por teléfono y cómo su rostro se oscurecía al entrar papá. La cocina, en cambio, era lo correcto. Allí Nuri le enseñaba a hacer empanadillas— torcidas, con picos. Juntas esperaban que subiese la masa— “Shhh, Elisana, no hagas ruido, que si no la masa se enfada”. Cuando arriba empezaban los gritos, Nuri la sentaba en su regazo y cantaba— algo sencillo, campesino, casi sin palabras, solo melodía. — Nuri, ¿tú eres mi mamá? — preguntó una vez Elisa, con seis años. — Ay, niña, qué cosas. Soy solo una asistenta. — ¿Y por qué te quiero más que a mamá? Nuri se quedó callada. Largo rato la acarició. Luego dijo, quedo: — El amor viene solo. Nunca pregunta. A tu mamá la quieres, pero diferente. Elisa ya entonces sabía que no era así, con aterradora lucidez de niña. Mamá era bella, era importante, le compraba vestidos y la llevaba a París. Pero nunca se sentó junto a ella cuando enfermaba. Eso lo hacía Nuri, noches enteras, con la mano fresca en su frente. Y luego llegó aquella noche. *** — Ochenta mil euros —oyó Elisa tras una puerta entreabierta—. De la caja fuerte. Sé seguro que los guardé. — Igual los gastaste y no lo recuerdas. — ¡Ignacio! La voz de papá— cansada, apagada, como todo él en los últimos años: — Vale, vale. ¿Quién tenía acceso? — Nuri limpió el despacho. Sabe el código— se lo di yo para que quitara el polvo. Pausa. Elisa, encogida en el pasillo, sintió cómo algo importante en su interior empezaba a romperse. — Su madre tiene cáncer— dijo el padre—. Es caro tratarse. Hace un mes pidió un adelanto. — Yo no se lo di. — ¿Por qué? — Porque es la asistenta, Ignacio. Si a cada asistenta se le da para su madre, su padre, su hermano… — Marina. — ¿Qué, Marina? Lo ves tú mismo. Necesitaba dinero, tenía acceso… — ¿Quieres llamar a la policía? ¿Exponerlo? ¿Que se sepa que en nuestra casa se roba? Otra pausa. Elisa cerró los ojos. Tenía nueve años— suficiente para entender, demasiado para poder hacer nada. A la mañana siguiente Nuri recogía sus cosas. Elisa la miraba desde la puerta, menuda, en pijama de ositos, descalza sobre el suelo. Nuri guardaba en la bolsa una bata, unas zapatillas, la estampa de San Nicolás que siempre tenía en la mesilla. — Nuri… Ella se giró, el rostro sereno, solo los ojos enrojecidos. — Elisana. ¿Por qué no duermes? — ¿Te vas? — Me voy, niña. A cuidar de mi madre. Está muy mal. — ¿Y yo? Nuri se arrodilló para estar a su altura. Olía a masa. Siempre olía a masa, aunque no horneara. — Crecerás, Elisana. Serás buena persona. Y quién sabe, a lo mejor algún día vienes a visitarme. A Pinares. ¿Recuerdas? — Pinares. — Así me gusta. Le besó la frente —deprisa, como robando— y se fue. La puerta se cerró. Sonó el cerrojo. Y el olor— el olor de masa, de calor, hogar— se perdió para siempre. *** La casita era minúscula. Una habitación, estufa de leña, mesa con hule, dos camas tras una cortina estampada. En la pared —la estampa de San Nicolás, ya ennegrecida. Nuri trajinaba —ponía la tetera, sacaba mermelada del sótano, preparaba la cama a Miki. — Siéntate, siéntate, Elisana. Que calientes los pies. Luego ya hablamos. Pero Elisa no podía sentarse. Permanecía en el centro de esa humilde choza —ella, hija de quien fue dueño de un caserón de cuatro pisos— sintiendo algo insólito. Paz. Por primera vez en muchos años, paz verdadera. Como si dentro todo lo tenso al fin se aflojara. — Nuri, —dijo, y la voz le tembló—. Nuri, perdóname. — ¿Por qué, niña? — Por no defenderte entonces. Por callar veinte años. Por… Titubeó. ¿Cómo decirlo? ¿Cómo explicarlo? Miki ya dormía. Nuri frente a ella, taza de té en las manos, esperaba. Y Elisa contó. Contó cómo, tras la marcha de Nuri, la casa se volvió por completo ajena. Cómo sus padres se divorciaron dos años más tarde cuando la empresa del padre —un bluff— estalló y se lo tragó todo: casa, coches. Cómo la madre se fue con un nuevo marido a Alemania, el padre cayó en la bebida y murió solo cuando Elisa tenía veintitrés. Cómo ella quedó sola. — Y luego apareció Slava, —murmuró—. Nos conocíamos desde primero. Iba a casa, ¿te acuerdas? Flacucho, despeinado. Siempre cogía caramelos. Nuri asintió. — Me acuerdo bien del chaval. — Creí que por fin tenía familia. De verdad. —Elisa sonrió amarga—. Pero era ludópata, Nuri. Juegos, tragaperras, todo. No lo sabía. Lo ocultó. Y cuando salió a la luz, ya era tarde. Deudas. Prestamistas. Miki… Se quedó en silencio. La estufa crepitaba. La lámpara ante la estampa temblaba, proyectando sombras en la pared. — Cuando le dije que me separaba, decidió confesarlo. Pensó que así lo perdonaría. Que valoraría su sinceridad. — ¿Confesar qué, niña? Elisa alzó la mirada. — Él robó entonces. El dinero. Sabía el código —lo vio una vez de visita. Lo necesitaba… Ya ni recuerdo para qué. Para su juego, seguramente. Y te culparon a ti. Silencio. Nuri inmóvil. El rostro impenetrable, solo las manos, crispadas, blancas. — Nuri, perdona. Si puedes. Lo supe hace solo una semana. No lo sabía, yo… — Chsss. Nuri se levantó. Fue hacia Elisa. Y, como hacía veinte años, se arrodilló con dificultad, hasta que sus ojos quedaron a la misma altura. — Niña mía. ¿Tú qué culpa tienes? — Pero tu madre… Necesitabas dinero para su tratamiento… — Mi madre murió al año. Que Dios la acoja —Nuri se persignó—. ¿Y yo? Vivo. Tengo huerto, cabrilla. Los vecinos son buenos. No necesito mucho. — ¡Pero te echaron! ¡De ladrona! — ¿Y acaso no sucede que a veces, por caminos torcidos, Dios nos lleva a la verdad? Si no me echan, quizá ni alcanzo a despedir a mi madre. Así tuve un año junto a ella. Un año entero. Elisa callaba. Una mezcla ardía dentro: vergüenza, dolor, amor, gratitud —todo junto, enmarañado. — ¿Me dolió? Claro que sí. Me dolió mucho— una barbaridad. Nunca robé en mi vida. Y entonces, tratada como la última ladrona. Pero luego… luego se pasó. No de golpe, con los años. Pero se pasó. Porque si guardas el rencor, es como veneno que te consume por dentro. Y yo quería vivir. Le tomó las manos —frías, ásperas, nudosas. — Has venido. Con tu hijo. A esta vieja y a esta ruina. Eso es recordar. Eso es amar. ¿Sabes cuánto vale? Más que todo el dinero de la caja fuerte. Elisa rompió a llorar, como una niña: incontenible, sollozando en el pequeño hombro de Nuri. *** Por la mañana, Elisa despertó con un olor. Masa. Abrió los ojos. Miki a su lado, dormido a pierna suelta. Tras la cortina, Nuri trajinando entre papeles. — ¿Nuri? — ¿Despierta? Venga, pajarita, que se enfrían las empanadillas. Empanadillas. Elisa se levantó y, como en un sueño, salió. Sobre la mesa vieja, en un periódico, había un montón —doradas, irregulares, con repulgos como los de su infancia. Olían… a hogar. — Mira, —dijo Nuri sirviéndole té en una taza descascarillada—, podrías encontrar trabajo en la biblioteca del pueblo. Pagan poco, pero gastos aquí casi no hay. A Miki lo llevamos con Valentina, la encargada, es una mujer estupenda. Y ya se verá. Lo decía con tal tranquilidad— como si todo estuviese ya asentado, lógico. — Nuri, —tartamudeó Elisa—. Yo… para ti no soy nadie. Han pasado tantos años. ¿Por qué…? — ¿Por qué qué? — ¿Por qué me has acogido así? Sin preguntas. Sin más. Nuri la miró —con los mismos ojos que Elisa recordaba de niña: limpios, sabios, buenos. — ¿Te acuerdas cuando preguntabas por qué la masa estaba viva? — Porque respira. — Eso es. Y el amor igual. Respira, simplemente. No lo despides ni lo echas. Donde se instala, ahí se queda. Esperando, veinte o treinta años. Le puso delante una empanadilla —tibia, blanda, de manzana. — Anda, come. Estás en los huesos, niña rica. Elisa mordió. Y, por primera vez en mucho, mucho tiempo, sonrió. Afuera amanecía. La nieve brillaba bajo los primeros rayos, y el mundo —enorme, complicado, injusto— parecía por un instante sencillo, bueno. Como las empanadillas de Nuri. Como sus manos. Como ese amor que no se despide. Miki salió restregando los ojos. — Mamá, huele rico. — Es la abuela Nuri, que ha horneado. — ¿A-bue-la? —pronunció la palabra. Miró a Nuri, que le sonrió —las arrugas le estallaron, los ojos se iluminaron. — Abuela, abuela. Siéntate, hijo, vamos a comer. Y se sentó. Comió. Y por primera vez en medio año, se rió cuando Nuri le enseñó a modelar muñecos de masa. Y Elisa los miraba —a su hijo y a la mujer que de niña sintió como madre— y comprendía: esto es el hogar. No paredes, ni mármol, ni lámparas. Solo manos cálidas. Solo olor a masa. Solo amor, del sencillo, terrenal, discreto. Un amor que no se paga, que no se compra. Que simplemente existe— y existirá mientras un corazón viva. Curiosa cosa, la memoria del corazón. Olvidamos fechas, rostros, años enteros, pero el olor de los bollos de mamá lo recordamos hasta el último aliento. Quizás porque el amor no está en la cabeza. Está mucho más hondo, en un rincón al que no alcanzan ni los agravios ni el tiempo. Y a veces hay que perderlo todo— posición, dinero, orgullo— para volver a encontrar el camino a casa. Alas manos que te esperan.