Por favor… no me dejes solo otra vez. No esta noche.
Aquellas fueron las últimas palabras que susurré antes de derrumbarme sobre el suelo de madera del salón. Tengo sesenta y ocho años y llevo retirado de la Guardia Civil desde hace ya años. No soy de los que muestran mucho sentimiento, nunca lo fui, ni siquiera tras jubilarme ni después de perder a mi mujer. Siempre preferí guardar las penas dentro. En el barrio de Chamberí, en Madrid, todos me conocían como el viudo callado que salía a pasear despacio cada tarde con su viejo pastor alemán, León. Caminábamos al mismo ritmo cansado, como si el tiempo se hubiera posado sobre nosotros dos a la vez, lento pero implacable. Para los demás, éramos dos viejos guerreros, gastados, que ya no esperaban nada de nadie.
Pero aquella tarde de enero, con el frío calando hasta los huesos, todo cambió.
León dormía junto al radiador, hecho un ovillo, cuando escuchó el golpe seco de mi cuerpo cayendo al suelo. Alzó la cabeza de golpe, olfateó el aire y enseguida percibió el miedo. Podía oír mi respiración entrecortada, los leves temblores de mis manos. Quise hablar, pero apenas me salió un hilo de voz; él no entendía las palabras, pero sí la angustia en ellas. Temor. Dolor. Despedida.
León ladró, primero una vez, luego otra, cada vez más fuerte, cada vez con más desesperación. Rasguñó la puerta con tal furia que la madera acabó manchada de sangre. Siguió ladrando, su aullido rebotando contra la fachada y cruzando el patio interior.
Fue entonces cuando Emilia, la chica de al lado que tantas veces me traía magdalenas caseras, vino corriendo. Emilia se dio cuenta en seguida de que aquel no era el ladrido de costumbre; había algo urgente, algo roto. Trepó al porche y pronto notó que la puerta estaba cerrada. Espió por la ventana y me vio tendido, inmóvil. ¡Don Francisco!, gritó, la voz hecha un nudo. Buscando a tientas bajo el felpudo, dio rápido con la llave de repuesto que le dejé años atrás, por si la vida me daba alguna sorpresa.
La llave patinó dos veces antes de abrir finalmente. Entró y me encontró con los ojos perdidos, León lamiéndome la cara y gimoteando tan bajo y roto que a Emilia se le partió el alma. Temblando sacó el móvil y marcó el 112.
¡Por favor, mi vecino… no respira bien!
En pocos minutos el salón se llenó de ese ajetreo organizado de los sanitarios. León, que siempre fue noble y tranquilo, se interpuso entre ellos y yo, erguido aunque le temblaban las patas viejas.
Señora, necesitamos sacar al perro, gritó uno de los técnicos.
Emilia intentó sujetar a León por el collar, pero él no soltó mi lado. Ni el dolor de las articulaciones hizo que se apartara; nos miraba a todos con una fuerza triste, pidiendo sin palabras. El técnico mayor, don Julián, lo miró con detenimiento, vio el hocico encanecido y el viejo medallón policial colgando del collar ajado.
No es un perro cualquiera, murmuró. Es un compañero K9. Está haciendo su trabajo.
Julián se agachó con calma, hablando bajo.
Hemos venido a ayudar a tu compañero, muchacho. Déjanos cuidar de él.
Y fue entonces cuando León, como entendiendo, se apartó con dificultad, sin dejar de tocarme con el lomo.
Al subir mi cuerpo a la camilla, el monitor cardiaco empezó a zumbar nervioso. Se me cayó la mano por el borde, y León aulló tan hondo y triste que incluso los sanitarios se pararon en seco.
En la puerta, León intentó subirse a la ambulancia, pero sus patas traseras flaquearon. Cayó sobre el asfalto, arañando el suelo mientras trataba de seguirme.
No podemos llevar al perro, protestó el conductor. Protocolo lo impide.
Fue entonces cuando, con el último aliento, susurré:
León…
Julián se mordió el labio, miró de mí al perro y al final murmuró entre dientes:
A la porra el protocolo. Súbanle.
Cargaron al viejo pastor alemán conmigo en la ambulancia, y nada más sentir mi cuerpo, el pitido del monitor se acompasó de nuevo, dando esperanza a todos.
Cuatro horas después
Me desperté en una habitación blanca y extraña, rodeado por el zumbido de los aparatos. La luz tenue, el olor a desinfectante… nada parecía real.
Tranquilo, Don Francisco, susurró la enfermera. Nos ha dado un susto de muerte.
Intenté hablar: ¿Dónde… está mi perro?
Ella dudó un momento, a punto de decirme la frase de manualnada de mascotas en el hospitalpero se detuvo, carraspeó y descorrió la cortina.
León, enrollado sobre una manta en la esquina, respiraba agotado pero tranquilo.
Julián no quiso separarse de él. Me explicó que cada vez que sacaban a León de mi lado, mis constantes bajaban. Al final, el médico firmó una Excepción por Cuidados Compasivos.
León…, susurré emocionado.
Al oírme, el pastor alemán se levantó a duras penas y apoyó la cabeza sobre mi cama, junto a mis dedos. Hundí la mano en su pelaje familiar y las lágrimas me vencieron.
Pensé que te dejaba atrás, le dije, que esta noche era el final para uno de los dos.
León se acercó más, lamiendo mis lágrimas, su cola golpeando flojamente la cama.
La enfermera, desde la puerta, se secó los ojos.
No sólo le ha salvado usted la vida, murmuró. Creo que él también le ha salvado a usted.
Aquella noche no tuve que enfrentarme a la oscuridad solo. Con la mano entrelazada con la pata de León, le prometí en silencio que ninguno de los dos volvería a quedarse atrás. A veces la vida te enseña, aunque tardes toda una vida en entenderlo: nadie vence solo al miedo. La verdadera lealtad no entiende de años ni de achaques. Basta una noche a oscuras, una mano en un lomo caliente, para recordártelo.







