Cuando una llamada inesperada a las tres de la madrugada cambió mi vida: De hijo escéptico a defensor de los animales tras rescatar junto a mi madre (una amante de los gatos apodada “Madre Teresa” en el barrio) a una pastor alemán herida en mitad de la noche en Madrid

María Fernández se despertó sobresaltada a las tres de la madrugada. Sobre la mesilla de noche, el antiguo móvil vibraba con insistencia.

Parpadeó, aún llena de sueño, preguntándose quién podría llamarla a esas horas. Al mirar la pantalla, su corazón empezó a latir con fuerza. Era su hijo.

¿Hola? ¡Carlitos, cariño, qué pasa! exclamó María, angustiada. ¿Por qué llamas tan tarde?

Mamá, perdona que te despierte, pero es que Volvía del trabajo a casa y no sé qué hacer balbuceó Carlos.

¿Y qué ha pasado, hijo? ¡Por favor, dime algo, no me asustes! ¿Quieres matarme del disgusto?

Mira, resulta que aquí hay alguien tirado en la carretera. No sé qué hacer. Nunca me he visto en una de estas. Estoy perdido.

Quedaron unos segundos callados.

¿Cómo? ¿Quieres decir que has atropellado a alguien? ¿Le has matado? María casi dejó caer el teléfono, las manos le temblaban de la impresión.

No, creo que no es para tanto se apresuró a contestar Carlos. De hecho, ni siquiera he sido yo. Alguien más Y no es una persona.

¿No es una persona? Entonces, ¿qué es?

Un perro Parece un pastor alemán. Todavía respira, pero está fatal. Mamá, ¿qué hago? Aquí en el pueblo no hay veterinarios de guardia. Y tú sabes más de animales que yo.

Carlos miró al perro, tumbado junto al arcén, bajo la luz de los faros. Su vientre subía y bajaba apenas perceptiblemente. El animal respiraba con dificultad, y le miraba con unos ojos tan tristes, que Carlos sintió que se le encogía el alma.

«Al menos respira tal vez no esté todo perdido», pensó apretando más el teléfono contra la oreja.

*****

Tres días antes.

Mamá, ¿otra vez con lo de los gatos? ¿No tienes otras cosas que hacer? protestó Carlos al entrar un momento en casa de su madre y verla alimentando a los gatos callejeros del barrio. Aquello no era típico de ella antes de jubilarse.

Pero desde que dejó de trabajar, le había dado por recoger y cuidar todo animal que encontraba. Decían los vecinos que parecía un poco loca, pero a ella le daba igual. Al fin y al cabo, desde que tenía tiempo libre, su cariño por los gatos no paraba de crecer.

Hola, hijo saludó María Fernández con una sonrisa, agitando la mano. ¿Por qué no avisas cuando vienes? Habría preparado algo rico.

Si ya veo que todo lo rico se lo has dado a tus gatos bromeó Carlos.

Realmente no entendía por qué su madre dedicaba dinero, tiempo y esfuerzo en ayudar a tantos animales callejeros. Ya tenía cuatro gatos en casa, rescatados en el último año (bueno, en once meses). ¿No era suficiente? Pero María no pensaba parar.

Seguía alimentando a todo animal que encontraba: gatos, sí, pero también perros, incluso palomas que se acercaban al contenedor de basura.

Los vecinos ya la llamaban la Madre Teresa a sus espaldas.

A Carlos le molestaban los cuchicheos y risas de la gente. Algunos la tildaban de loca con el gesto, girando el dedo junto a la sien.

Que digan lo que quieran, hijo le contestó María, notando cómo él miraba incómodo a los vecinos. En el mundo hace mucha falta bondad, y yo al menos quiero poner mi granito de arena.

Miró a los gatos comer con deleite.

¿Crees que su vida en la calle es fácil? No tienen nada bueno. Al menos que se sientan queridos. Es muy triste sentirse invisible. ¿Recuerdas lo que decía tu abuela?

Pero ya tienes cuatro gatos en casa. ¿No crees que es suficiente? insistió Carlos.

No se trata de cuántos, hijo. Ojalá pudiera acoger a todos, pero mi piso es pequeño y mi pensión no da para tanto. A los que he podido, los he recogido, y a los demás les ayudo como puedo. Además, hay que dar buen ejemplo. No me importa que piensen que estoy loca.

¿Buen ejemplo?

Claro Alguien lo ve, se lo piensa, y a lo mejor hace lo mismo. Somos responsables de quienes domesticamos, y como personas debemos ayudar a quienes no pueden defenderse. Nadie lo hará por nosotros.

Carlos intentaba comprenderla, aunque nunca lo había logrado del todo.

Siempre pensó que tanta compasión no era buena. Podría entender ayudar a personas necesitadas, pero animales

No tenía nada contra los gatos o perros del barrio, claro, pero le parecía un exceso.

Todo cambió radicalmente para él un par de noches después.

Esa noche, volvió del trabajo mucho más tarde de lo habitual, pues había urgencia en la oficina. Tal vez, pensó, era el destino: hacía tiempo que no paseaba por su ciudad en plena noche.

Carlos era conductor responsable, pero esa noche aceleró más de lo normal. Disfrutaba, por una vez, de las calles vacías hasta que vio algo tirado en la carretera.

Por muy poco logró frenar a tiempo. Durante minutos, se quedó quieto, con las manos blancas sobre el volante. Cuando el susto se disipó, bajó del coche y fue hasta el bulto caído junto al asfalto.

Bastó una mirada para ver que era un perro atropellado. Otro conductor, tal vez alguien ebrio o demasiado veloz, se había marchado dejándolo ahí.

El perro sangraba; la situación era grave. Carlos, sin tener ni idea, llamó a su madre. No tenía a nadie más.

*****

¿Hola, Carlitos? ¿Qué pasa? preguntó María, la voz temblando de preocupación. ¿Por qué llamas tan tarde?

Mamá, perdona. Verás, cuando venía a casa empezó Carlos, y luego No sé qué hacer.

¿Luego qué, hijo? ¡Dímelo ya, anda!

Pues que hay un perro atropellado en la carretera. ¿Qué hago? No sé dónde llevarlo.

Segundos de silencio.

¿Pero lo has atropellado tú? se alarmó María.

No, no, mamá. Yo no. Y no es una persona, es un perro. Debe de ser callejero No creo que lo consiga si nadie lo ayuda. Aquí no hay clínicas 24 horas ni nada. Tú eres la que se entiende mejor con los animales.

Carlos miró al perro, que aún respiraba débilmente.

«Al menos respira», pensó.

Mamá, ¿qué hago? ¿Conoces algún veterinario?

No, cariño, veterinarios de noche no hay. Y llevarlo a la ciudad puede ser tarde. Tráelo a casa.

¿De verdad? ¿Con los cuatro gatos allí? ¿No habrá pelea?

Son gatos, no tigres. Tú tráelo sin perder tiempo, que yo voy preparando todo.

*****

Media hora después, Carlos llegó a casa de su madre con el perro en brazos, subiendo los cuatro pisos a pie.

Manchó el coche, se manchó él, pero nada le importaba. Sólo quería que el animal sobreviviera.

Ponlo aquí, con cuidado dijo María señalando unas sábanas viejas en el sofá.

Ella no era veterinaria, pero había visto y aprendido algo en las muchas visitas a la clínica. Carlos, por su parte, buscaba en su móvil cómo actuar.

Entre los dos, tras varios intentos, consiguieron parar la hemorragia y hacer que el perro estuviera algo mejor.

No lo creerán, pero incluso los gatos colaboraron. Al principio lo miraron de reojo, pero al notar la situación, se calmaron. Se arrimaron al perro y, ronroneando, lograron que se relajara hasta dormirse.

¿Crees que vivirá, mamá? preguntó Carlos.

Estoy segura de que sí. Y si este perro ha logrado despertar tu compasión, puede que sea por algo contestó María, mirándole fijamente.

No podía dejarlo ahí tirado, mamá admitió Carlos. No habría sido humano.

Pues de eso se trata, hijo. Hace tres días te parecían exageradas mis atenciones a los animales, y ahora eres tú el que no pega ojo por cuidar de uno. Y no creo que lo vayas a devolver a la calle, ¿verdad?

No lo creo Carlos se sonrojó. Era una sensación extraña, pero agradable.

*****

Al amanecer, Carlos llevó al perro al veterinario. Se presentó el primero, pero cuando la gente en la sala de espera vio entrar a aquel perro herido en brazos, le cedieron el paso sin una palabra.

Y fue en ese momento cuando Carlos entendió de verdad que no había nada de malo en preocuparse y cuidar de los animales. Que la gente que lo hace es más humana, más buena.

A ese pastor alemán le puso de nombre Rolo. Pronto se recuperó y, desde entonces, cada fin de semana, Carlos iba a casa de su madre para pasear con ella y con los gatos, pues al final el grupo era numeroso: madre, hijo, perro y gatos a la vez.

Los vecinos, sin entender nada, les miraban raro, pero a Carlos ya no le importaba. Gracias a ese perro y a su madre, ahora sabía que ayudar a los que no pueden pedir ayuda es una señal de humanidad y bondad.

Aquel día, también, agradeció la sensibilidad de la gente en la clínica. Por fin sintió que, entre todos, el mundo podía volverse un poco mejor.

Y desde entonces, Carlos decidió que, al igual que su madre, haría lo posible por ayudar a todo el que lo necesitara, sin importar si era gato, perro o persona.

Porque en el fondo, ayudar nos hace mejores.

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MagistrUm
Cuando una llamada inesperada a las tres de la madrugada cambió mi vida: De hijo escéptico a defensor de los animales tras rescatar junto a mi madre (una amante de los gatos apodada “Madre Teresa” en el barrio) a una pastor alemán herida en mitad de la noche en Madrid