Diario de Leonor Morales
Tengo que admitir, a veces me pesa esta urgencia callada de casarme de nuevo. Salir airosa de una relación fallida ya lo hice tuve mi buena dosis de desengaño. Mi hijo Alberto, veinteañero, me alegra muchos días, aunque ya va construyendo su propio mundo.
Aún recuerdo aquel día fatídico en que llegué un día antes de lo previsto de una conferencia en Sevilla. Atravesé el umbral de mi piso madrileño y encontré a mi entonces marido, medio vestido y sudando nervios, intentando arreglar nuestra cama. Y en la cocina mi mejor amiga, Lucía, preparándose un café envuelta en mi bata de seda. Casi como una escena de Almodóvar. El divorcio, fulminante. Bloqueé a Lucía de todo, y a él lo mandé, con maleta y todo, a dormir fuera. En ese entonces aún no cumplía los treinta.
Diez años han transcurrido desde entonces. Defendí primero mi tesis doctoral, y después conseguí también la acreditación de catedrática en Filología Hispánica. Llevo ya tiempo dirigiendo el departamento de una facultad de educación en la Complutense, y soy, con humildad, bien valorada en mi trabajo.
En esta década, nunca dejé de buscar al compañero de vida perfecto. Yo no quería resignarme a hacer ganchillo ni resignarme a vivir en la nostalgia.
Nunca me faltaron candidatos, pero ninguno tocó de verdad la orilla de mi alma. Uno, después del primer café, me pidió matrimonio y, de paso, me pidió prestados quinientos euros total, si ya somos casi familia y desapareció. Otro, viudo, buscaba ama de cría más que esposa; quería que cocinara para toda su prole. Le preparé una tortilla española y les di de cenar a sus tres pequeños, y luego, al volver a casa, eché a llorar. Los niños eran adorables, él parecía perdido, pero no podía cargar con semejante responsabilidad. ¿Seré demasiado egoísta?, me pregunté.
Cada año, las opciones parecían reducirse. Justo cuando ya pensaba cerrar mi corazón para siempre, apareció ÉL.
Un antiguo alumno, Ahmed, un marroquí de veintiocho años que estudió en mi clase de lingüística. Ahora llevaba una pequeña empresa en la ciudad. Casualidades de la vida, fui a repostar gasolina y allí estaba él dueño de la estación de servicio. Charla va, charla viene, me regaló su tarjeta. Nada grave, pensé yo. Pero empecé a pasar cada semana por allí, de paso, y Ahmed fue mostrando su interés de forma inconfundible.
Me invitó a cenar, a conciertos de zarzuela, a caminatas por el Retiro. Yo rehuía la sinceridad de sus gestos; no podía creer que alguien como él, diez años menor y con una vida por delante, sintiera así. Recordaba que, de estudiante, ya había sido especialmente aplicado: hablaba español de maravilla y su aspecto, entre exótico y elegante, hacía girar cabezas por los pasillos. Una vez, me regaló una cajita de madera labrada, con una nota dentro que nunca olvidaré confesaba su amor adolescente por mí. Me sentí azorada, dolida, lo mandé lejos por vergüenza.
Ahora el destino volvía a ponerlo en mi camino. Dudé: ¿abrirme o guardar distancias? Ya no éramos profesora y alumno, sino simplemente dos seres adultos. Pensé: total, ¿qué tengo que perder?. Me dejé llevar.
Lo nuestro fue breve pero intenso. Un primer encuentro inolvidable en Salamanca, bajo los soportales, y más cenas donde cada gesto suyo era ternura, humor y pasión. La diferencia de edad no fue impedimento: podía ser para él la muchacha risueña que jamás había sido, y él, el hombre atento que tanto necesitaba.
Le daba por llamarme Lía (y yo, a él, Jaime, para hacerlo más mío). No hablábamos nunca de matrimonio. Jaime tenía que volver a Marruecos; su madre ya le tenía buscada una prometida: Fátima, una joven de buena familia de Fez, apenas diecisiete años y discreta. ¿Y yo, marcharme de España? Imposible. ¿Dejar a mi hijo, a mi madre anciana? Ni pensarlo. Ni su familia aceptaría una nuera tan mayor y extranjera. Como decimos aquí, más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer.
Así que decidí vivir el presente y entregar a Jaime la ternura que me quedaba. Amaré a este hombre con toda mi alma, total, la vida son dos días y, de felicidad, medio, me confesaba a mi madre.
Mi madre, Teresa, no podía con la idea. ¡Leonor, hija, ese muchacho no es para ti! Aquí en España hombres hay, ¿por qué te empeñas en buscar complicaciones? Ni te pienso dar la bendición. Me lo repetía cada llamada. Ya tu exmarido, Diego, está todo el día preguntando por ti ¿Tan ciega estás? ¿No ves que te sigue queriendo, que el chiquillo os necesita juntos?
Mamá, Diego me fue infiel, ¿ya lo has olvidado? le solía replicar.
¡Anda ya! Se ha disculpado mil veces. Tú también estabas siempre en tus libros y le descuidaste. La carne es débil, hija, insistía ella.
¿Y por qué tú nunca perdonaste a papá?, le contestaba. También pidió perdón, y sin embargo, no lo recuperaste.
No compares él tuvo tres hijos fuera y volvió solo para verte la cara cuando naciste. ¿Meter tres bocas extra en casa? No. Pero Diego lleva diez años solo: el pobre, me repetía.
Ay, madre, tranquila: no está en mis planes casarme con Jaime. Sé que no durará. Esperaré a que él me deje y ya veremos.
¡Ay, hija, todas somos jóvenes para el amor aunque pese la edad! suspiraba mi madre.
Y así, pasaron tres años hasta que Jaime se despidió para siempre. Nunca te olvidaré, Lía, me dijo, regalándome de nuevo aquella cajita de madera ahora con un anillo en forma de dos angelitos abrazando un corazón de brillantes. Mi corazón se queda contigo, murmuró, antes de volar de vuelta a Marruecos.
Un año más tarde, me llegó una foto de Jaime, vestido de novio junto a Fátima. Mi esposa, decía al dorso. Y luego, otra foto más, con Mariam, la segunda esposa. Jaime me explicaba en sus cartas que, en Marruecos, la poligamia está permitida legalmente.
Al mirar esas fotos, no sentí celos. ¿Acaso esas palomitas saben lo que es el amor verdadero? Me hizo sonreír adivinar la nostalgia en sus ojos. Quizás aún me recuerda, pensé Aunque, como dice el refrán, donde hubo fuego, cenizas quedan, pero el viento, al soplar fuerte, las lleva.
El cuento terminó y cerré ese capítulo. Mi hijo Alberto también se casó y trajo a su esposa a casa. Cuando nació su primera hija, les pedí que la llamaran Lía. Era mi pequeño homenaje a un amor inolvidable.
También, al tiempo, terminé por perdonar o quizá por apiadarme de Diego, mi exmarido. Fue mi madre, siempre tenaz, quien intermedió: Él ya ha pagado su culpa. ¿Quién está libre de pecado? El error lo camina el hombre, no el bosque.
Ahora Diego y yo volvemos a compartir techo, intentado no distanciarnos. Y yo, por fin, he aprendido a tejer: para mi nieta Lía, calcetines con dibujos árabes, porque el amor aunque a veces arde y consume siempre deja su huella.







