Hace poco me encontré con una mujer que paseaba por la Gran Vía de Madrid junto a su pequeña hija de año y medio. Caminaba como flotando, sin mirar a ningún lado, ajena por completo al ir y venir de la ciudad. Al principio, ni siquiera advirtió mi presencia y sólo al llamarla, giró la cabeza, como si despertase de una siesta confusa. En cuanto me reconoció, en su rostro asomó una alegría breve que pronto se desvaneció, dejando paso a una extraña indolencia; era como si el sueño le envolviera de nuevo los ojos.
Me atreví a preguntarle qué le pasaba, y fue entonces, en medio del extraño bullicio onírico de la tarde madrileña, cuando empezó a relatarme su historia, hecha de susurros y fragmentos.
Su boda con Jacinto fue un aquelarre de sentimientos. El noviazgo, me contó, fue como las primeras noches de verano en Segovia, lleno de juegos y promesas y esos paseos interminables por los columpios del Retiro. Después de la boda, Jacinto la adoraba tanto que casi parecía llevarla realmente en brazos entre nubes de algodón. Siempre buscaban refugio del mundo, espacios de acuerdo y silencio donde sólo existían ellos dos entre ecos de gorriones y siestas largas.
Y entonces vino la niña, Aurora, y lo que hasta entonces era una placidez se trocó en algo inasible. Jacinto, que trabajaba desde casa, empezó a mirarlo todo con inquietud, incapaz de soportar el llanto suave o los caprichos diminutos de la pequeña. Los cuidados, la rutina, las comidas, los pañales, todo recayó casi siempre en su mujer, salvo en contadas ocasiones en las que él mismo, bufando como un toro de San Isidro, se encargaba fugazmente de algún quehacer.
Notando que el permiso de maternidad menguaba sus ahorros en euros, Jacinto transformó ese hecho en una especie de excusa para volcarlos a ambos en una extraña competición de sacrificios. Pedía que ella buscara trabajo de nuevo, que permitiese a la abuela Pilar hacerse cargo de la niña todo el día, porque decía él hacía falta más dinero en casa, más estabilidad bajo el techo de ladrillo rojo. Exploró todas las guarderías posibles en Chamberí porque no quería más interrupciones infantiles en sus jornadas.
Desde entonces, Jacinto acaparaba el dinero de las compras, alegando que ella derrochaba los euros del mercado de San Miguel en caprichos innecesarios. Así, era él quien compraba el pan, las patatas y los tomates mientras ella vagaba día tras día por los parques el Oeste, el Retiro con la niña entre los columpios, evadiendo las paredes del piso y la presencia fantasmal de su esposo.
Con la voz ensimismada, mi amiga Isabel, así la llamaremos me preguntó qué podía hacer. Dejarlo no era posible, me confesó; pese a todo, Jacinto era el ancla de sus recuerdos y la costumbre era una losa pesada, casi reconfortante en medio del caos. Tampoco quería que Aurora creciera lejos de alguno de sus padres, ni soportaba que la culparan siempre de la escasez o el desasosiego que navegaba por la casa.
Cuando la abracé para despedirme, sólo pude repetirle vagos consuelos: sé fuerte, ya vendrán días más claros, esas frases que flotan entre la vigilia y el sueño, promesas de un porvenir que no existe fuera del rumor de las calles envueltas en un Madrid inverosímil. Ojalá que el sueño le traiga verdaderamente alguna vez aquello que se merece.







