Me lo pensé mejor y no me caso Arquímedes se quedaba hasta tarde en el laboratorio, traspasando líquidos de un tubo a otro y estudiando polvos misteriosos con la esperanza de obtener pronto un gran descubrimiento y presentarlo a la sociedad. El entusiasmo con el que el científico, ya en la cuarentena, se volcaba en su trabajo le hacía ignorar las miradas de interés de la joven limpiadora Sofía, que llevaba poco en el instituto. Arquímedes, absorbido por la ilusión de un resultado cercano, ni se enteraba de cómo Sofía, olvidando su trabajo, pasaba horas de pie en su despacho, mirándolo embobada apoyada en la fregona. Un día, la chica reunió valor y le preguntó, con acento de pueblo, si quería tomar un té —ella había traído un hervidor eléctrico y embutido casero que su madre le había traído de su pueblo la víspera. Al escuchar lo de las salchichas, el científico no pudo resistirse y aceptó el convite. Inspeccionó el táper con recelo científico, dudando si el embutido se habría estropeado tras pasar varias horas sin refrigerar. Sofía se mosqueó, abrió el táper para demostrarle que olía bien y, sin perder tiempo, comenzó a servirse té y a comer. Arquímedes se dejó llevar por el aroma y, aunque su sentido común le regañaba, terminó saboreando la comida de la joven, alabando su maestría culinaria. A partir de entonces, empezó a esperar con impaciencia los días para disfrutar de los dulces caseros que Sofía le prometía y comenzó a soñar con ella, olvidando poco a poco sus fórmulas… hasta aquel bochornoso sueño. Cuando llegó la hora de conocer a la familia de Sofía en su aldea castellana, Arquímedes se preparó a conciencia: se afeitó, se puso traje y se dejó acicalar por la joven, que arrancó sus canas con unas pinzas. La llegada a la humilde casa fue tensa. La madre de Sofía, orgullosa y rotunda, lo miró de arriba abajo y lanzó reproches por la diferencia de edad, dudando de sus intenciones y comparándolo, para colmo, con el joven y atractivo padrastro de la chica. Entre gritos, discusiones y acusaciones de querer convertir a Sofía en criada, Arquímedes empezó a arrepentirse de haberse metido en aquel lío y de haber aceptado esa especie de “quest” rural castizo. El frío de la Castilla profunda le caló hasta los huesos, las peleas familiares y la hospitalidad rural lo dejaron aturdido, con una crisis hipertensiva, deseando volver a su ciudad, su laboratorio y su vida tranquila. Cuando por fin logró regresar, cortó la relación de tajo con Sofía, devolviéndole las llaves y pagándole por la cena y los recados, decepcionado ante la montaña rusa emocional que apenas había sobrevivido. Así, reflexionando sobre lo que significa enredarse con mujeres y suegras castizas, Arquímedes decidió centrarse en su ciencia y dejar el asunto del matrimonio… para otra vida.

Cambié de idea sobre casarme

Todavía recuerdo aquellos días en que Gabriel se quedaba hasta la madrugada en el laboratorio, absorto mezclando reactivos y analizando polvos misteriosos de orígenes ocultos bajo el sol de Castilla. Veneraba su rutina solitaria, convencido de que un día sus experimentos con la raíz de la escurridiza jaramilla darían fruto y le abrirían un lugar de honor entre la sociedad científica.

Gabriel, tan entregado a la ciencia con sus cuarenta años, no reparaba en las miradas inquietas de la joven limpiadora del instituto, Inés. Ella había empezado a trabajar allí hacía poco, y gastaba más tiempo mirándole la espalda, apoyada en la fregona, que repasando los pasillos con el cubo y el jabón.

El entusiasmo, esa fiebre de los estudiosos, cegaba al científico. Nada le distraía, ni la voz dulce de la muchacha ni el crujir de la fregona en el linóleo.

Una noche, tras mucha indecisión y temblor en los labios, Inés se animó:

Don Gabriel, lleva usted sentado en ese banco desde el alba. ¿Se anima a tomar un té? Casualidad que he traído un hervidor eléctrico. Y he traído longanizas caseras que hizo mi madre.

Al escuchar eso de longanizas, Gabriel soltó el tubo de ensayo y se levantó como si le hubieran dado cuerda.

Té y longanizas hizo una pausa, sonándose las manos en la bata. Eso sería un pecado rechazarlo.

La cara de la muchacha se iluminó. Hurgó en su mochila, sacando primero el hervidor y después el tupper con su botín.

Ayer, mi madre trajo carne picada del pueblo. Con un poco de tocino, salieron como para chuparse los dedos.

Puso el recipiente en la mesa, tan resuelta como una cocinera de posada. Gabriel sacó las gafas para inspeccionar el manjar. El tupper, de plástico transparente, parecía digno de una feria.

¿Cuánto tiempo lleva esto en su mochila? preguntó Gabriel, desconfiando.

Inés tragó saliva.

Pues desde por la mañana… ¿pasa algo?

¿Y la tapa estaba sellada igual hasta ahora?

Sí… titubeó ella, inquieta. ¿Cree que está estropeado? En la sala de las taquillas, aún hace fresco. No han puesto la calefacción.

Gabriel hacía cuentas mentales, luchando con su apetito y sus escrúpulos:

Pues tomemos té, solo té. Este tupper, mejor lo lleva usted de vuelta a casa.

A Inés le ardieron los ojos de rabia. Le arrebató el tupper y frunció el ceño. Gabriel intentó suavizar la situación, pero ella, sin permiso, abrió el recipiente.

¡Ay, Dios! Que no es para tanto. Huele bien proclamó, aspirando con el olfato de las serranías. Los de ciudad pensáis que se os va la vida en un olor.

Plantó el tupper en la mesa, casi desafiándolo. Empezó a repartir el té en las tazas con arrogancia campesina.

Gabriel, aún receloso, regresó a la mesa. El vapor del té le despejó la cabeza y el aroma de las longanizas despertó su estómago. Miró cómo la chica comía a dos carrillos.

¿Son de vaca? farfulló, como disculpándose.

Jo, claro masculló Inés, sin dejar de masticar.

Huelen de maravilla y Gabriel, vencido por el deseo, se quedó mirando los embutidos.

Sus pensamientos oscilaron entre la prudencia y el hambre. Tampoco es para tanto se dijo. La normativa sanitaria diría que.

Pero en un descuido, su mano ya había cogido una rodaja de longaniza. La piel rechinó en sus dientes y una explosión de sabor le conquistó.

¡Por los cielos, esto es gloria!

Ya te lo he dicho se sonrojó Inés, y enjugó las lágrimas con una manga.

Gabriel engulló hasta no dejar migas, mientras la muchacha sonreía por primera vez desde que había entrado en el laboratorio.

***

En agradecimiento por la cena, Gabriel insistió en acompañar a Inés hasta la parada del autobús. Charlando, supo que apenas contaba veintitrés años.

Casi podía ser su hija. Esperaron el autobús largo rato. Inés, algo sonrojada, le ofreció:

¿Quiere que mañana le traiga pastas? Las hago yo en casa. Son mejores que las de la tienda. ¿Prefiere de zanahoria o de requesón?

De lo que sea, no soy delicado.

Pues le traeré de los dos, por si acaso.

Por extraño que parezca, Gabriel se sorprendió a sí mismo esperando el día siguiente con impaciencia. Esa noche soñó, avergonzado, cómo Inés se desabrochaba la blusa y se liberaba el hombro como una escultura de azúcar.

Al despertarse sonrojado, murmuró: Cuarenta años sin mirar a una mujer y ahora parece cosa de brujería.

Parte 2

Antes de conocer a los futuros suegros, Gabriel iba tan nervioso que, en el taxi que les llevaba por los caminos polvorientos de la sierra, se recolocaba el pelo escaso para disimular la calvicie. Aún el día anterior, Inés le había arrancado de la cabeza las canas con unas pinzas mientras él dormitaba en su regazo.

Se preparó con esmero: afeitado, traje oscuro, corbata y una gota de colonia. Inés se acurrucó contra él, murmurando dulzuras.

Te van a adorar, ya verás. Mi madre es comprensiva. Y mi padrastro es bueno, siempre le da la razón a todos.

¿Qué edad tiene tu madre?

Cuarenta y cinco.

Entonces es casi de mi quinta. ¿Crees que aprobará lo nuestro?

¡Qué remedio! Y si pone pegas, le digo que espero un hijo tuyo.

¡No digas disparates! se asustó Gabriel.

Llegaron. Al bajar, el viento casi le arrancó la boina y estuvo a punto de llevarla más allá de los chopos. Todo estaba cubierto de nieve, más de la que Gabriel jamás había visto en Madrid.

Mientras él admiraba el paisaje, Inés pagó al conductor y, con los bultos, se dirigió a la casa.

Gabriel nunca había visto una casa así, ni siquiera en los grabados viejos. El tejado desigual de pizarra, la chimenea rematada por una olla negra del revés, la puerta forrada de colchas y el suelo cubierto de alfombrillas hechas a mano. Las paredes, blanqueadas y torcidas, parecían de otro mundo.

¿Dónde me han traído? Esto no puede ser su casa: debe de ser un cobertizo de caza, pensó.

Pero cuando Inés, bajando la voz, le indicó quitarse los zapatos y le empujó hacia la diminuta sala, comprendió que no había lugar para malentendidos.

En el centro, una mujer de cuerpo recio y bata de cuadros le observaba con frialdad.

Buenas tardes, mamá. Éste es Gabriel, mi prometido. ¿Recuerdas que te hablé de él por teléfono?

La mujer ni parpadeó.

Buenas respondió, y escrutó al invitado de arriba abajo, con aire de inquisición.

El tono era de sentencia.

¿Cuántos años tienes, buen hombre? disparó la madre.

Me llamo Gabriel, trabajo con su hija en el instituto.

¿Cuántos años tienes? repitió, ahora en voz más alta.

Cuarenta respondió él, casi bajando la cabeza.

¡Y mi niña tiene veintitrés! ¡Eso es un abismo!

Escuche, señora, sé que soy mayor, pero quiero mucho a su hija. Tengo trabajo, piso en la ciudad, y hasta una casa en la sierra

¡Pero no tienes coche! le cortó, triunfante.

No, porque tengo algo de miopía y no puedo conducir. Pero puedo comprar uno, o enseñar a Inés

¡Y encima la quieres de criada! saltó la madre. ¡No estamos en el siglo XIX!

¡Por favor! Le juro que mis intenciones son honestas: quiero casarme y tener una familia.

Entonces apareció, tras la estufa, un hombre joven y de rostro afilado, el padrastro. Sonrió encantador.

Encantado de conocerle dijo, dándole la mano.

Era delgado y atractivo, cabello rizado, labios carnosos, casi parecía un galán de película. El contraste con la madre, dura y amurallada, no podía ser mayor.

Andrés, no le bailes el agua gruñó la madre. ¡Mi hija no será la criada de ningún viejo!

Inés saltó:

¡Mamá, por favor! ¡No puedes tratar así a nuestros invitados! ¡Si hace falta, me voy con Gabriel!

¡De aquí no sales! tronó la madre.

Gabriel, deseando evitar un drama y viendo que lo que empezaba a volar era mobiliario, soltó la mano de Inés y trató de retirarse.

Perdóname, Inés. No puedo enfrentarte a tu madre. Mejor lo dejamos.

¡Y ella puede traer su amante aquí, veinte años más joven, y luego echarme a la calle por molestarles! suplicó Inés.

¡No seas grosera! bramó Andrés.

¡Tú cállate! chilló aún más fuerte la madre.

En ese instante voló una banqueta, y Gabriel, viendo la tormenta, huyó a la tenebrosa noche.

¡Dios me libre!, repetía, corriendo por la nieve en busca de un taxi o incluso de la estación inexistente del pueblo.

El pánico le recorría el pecho como si le apretara un yugo. ¿Para esto vine? Podría estar en mi laboratorio, tranquilo, y heme aquí siendo perseguido por la maternidad y la locura ajena.

Tratando de encontrar cobertura en el viejo móvil por supuesto, allí no llegaba ni la señal, volvió cabizbajo hacia la casa, que reconoció por la inconfundible olla chamuscada.

Se acercó al porche, y encontró el interior en silencio. Salió Inés, con las maletas en la mano.

¿Gabriel, sigues aquí? preguntó con suavidad. Temía que te hubieras marchado sin mí.

Solo necesitaba aire mintió. Esto es demasiado No sé si tu madre aprobará esto.

Si ella me niega su bendición, entonces me voy contigo susurró Inés.

Gabriel dudaba, tiritando en sus zapatos de suela fina, más apropiados para una acera de Salamanca que para la ventisca de Soria. El frío le congeló los sentimientos y el cordón de los zapatos.

A esas alturas, el amor parecía menos urgente que salvar los pies.

No estaba ya tan seguro de querer casarse con Inés, menos aún con aquella familia de comedia trágica.

***

La madre de Inés apareció en la puerta, emperifollada con un zamarro y unas botas de borreguillo, como una noble señora de antaño.

Si no me respetas, hija, allá tú. Ahora él es quien responde por ti proclamó.

Inés asintió valiente.

Mejor con él que aquí. Gabriel es un hombre bueno. Solo les pido que llamen a un taxi.

Eso no. Ahora, cada uno por su cuenta y no me busquéis más.

Inés golpeó suavemente a Gabriel en el brazo.

Haz algo, por favor.

Gabriel, medio congelado, reunía fuerzas:

No hay señal, Inés. Ve a pedirle el teléfono a algún vecino.

Por primera vez en su vida, Gabriel se sintió derrotado ante lo absurdo. El frío y el estrés lo vencieron: sus piernas cedieron y cayó en la nieve.

¿Qué te pasa? Inés chilló angustiada. Gabriel apenas pudo susurrar:

Me estoy mareando Quiero volver a casa.

¡Nooooo! gemía Inés. A Gabriel le pareció que el infierno se había abierto bajo el tejado.

***

Recuerdo vagamente cómo una enfermera rural, llegada del pueblo vecino, le puso una inyección y le ordenó no levantarse. Poco a poco, regresó a la realidad, al techo encalado y los muros torcidos.

No se mueva dijo la sanitaria. Media hora de reposo.

¿Qué me ha pasado? gimió Gabriel.

Crisis de hipertensión. Le ha subido la tensión, y no debe alterarse.

Yo nunca me alteraba hasta hoy

De pronto vio la cara de la suegra, deformada de reproche:

¡Encima, delicado! rezongó.

Mamá, apártate intervino Inés.

La joven le dio a beber té con una cucharilla, como a un niño pequeño. La sanitaria se iba. Gabriel preguntó débilmente:

¿Podría llevarme? suplicó.

¿Adónde? ¿Cree que esto es una ambulancia? Yo vivo aquí.

Inés apartó el té y le miró muy seria.

¿Ya quieres irte? No hace falta: mi madre ha cedido. Nos deja tranquilos.

Gabriel solo tenía un deseo: huir. Ellas han hecho su acuerdo, pero yo tengo el mío. Si salgo vivo, no vuelvo a acercarme a una mujer en la vida.

***

Tiempo después, ya en la rutina, con el laboratorio en calma, Gabriel avisó a la técnica:

Listo todo por hoy. Recoged. Advierto que cierro en media hora.

María, una mujer prudente de treinta y dos años, se sonrojó tras sus gafas.

Traje una tarta ¿Le apetece un té?

¡No! saltó Gabriel. ¿Aquí, merendar? Venimos a trabajar, no a tomar el té.

Pero si ya ha terminado la jornada sonrió ella.

¡A casa, por favor! replicó él.

Sin parar de murmurar, la muchacha recogió sus cosas y se fue.

¡Loco! alcanzó a susurrar, antes de salir.

Gabriel soltó un suspiro y cerró bien la puerta tras de sí.

Llegó a tiempo a casa. Al oír el giro de la llave, Inés acudió a abrir.

Buenas noches, Gabriel.

¿Qué hay para cenar? preguntó, sin mirarla.

Un sopa espesa de pato y empanadillas de patata.

Perfecto. Apunta lo que debo por la compra. A final de mes te lo añado al sueldo.

Se desabrochó, se lavó las manos y se sentó a cenar. Inés bailoteaba a su lado.

¿Sigues enfadado con mi madre? Ya reconoció que solo tenía miedo de perderme. Te valora, solo que A veces hay que darles una lección rio. Pero yo te quiero.

Gabriel removía la sopa distraído. Algo le crispaba el ánimo.

¿Te asustaste con aquella pelea? Fue una tontería. Aquí nos peleamos y nos perdonamos cien veces Pero ¿qué otra cosa?

Gabriel se levantó, la guió hacia la puerta y le puso todas sus cosas en las manos.

Ya es tarde. Vete a casa. Mañana no vengas: me las arreglo con las empanadillas. Pero pasado mañana te espero.

Cerró la puerta ante la mirada llorosa de Inés y regresó al comedor.

Se sentó a cenar en silencio, ya sin ilusión ni compañía, sabiendo que la vida, al final, era mucho menos melodramática de lo que imaginaba.

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MagistrUm
Me lo pensé mejor y no me caso Arquímedes se quedaba hasta tarde en el laboratorio, traspasando líquidos de un tubo a otro y estudiando polvos misteriosos con la esperanza de obtener pronto un gran descubrimiento y presentarlo a la sociedad. El entusiasmo con el que el científico, ya en la cuarentena, se volcaba en su trabajo le hacía ignorar las miradas de interés de la joven limpiadora Sofía, que llevaba poco en el instituto. Arquímedes, absorbido por la ilusión de un resultado cercano, ni se enteraba de cómo Sofía, olvidando su trabajo, pasaba horas de pie en su despacho, mirándolo embobada apoyada en la fregona. Un día, la chica reunió valor y le preguntó, con acento de pueblo, si quería tomar un té —ella había traído un hervidor eléctrico y embutido casero que su madre le había traído de su pueblo la víspera. Al escuchar lo de las salchichas, el científico no pudo resistirse y aceptó el convite. Inspeccionó el táper con recelo científico, dudando si el embutido se habría estropeado tras pasar varias horas sin refrigerar. Sofía se mosqueó, abrió el táper para demostrarle que olía bien y, sin perder tiempo, comenzó a servirse té y a comer. Arquímedes se dejó llevar por el aroma y, aunque su sentido común le regañaba, terminó saboreando la comida de la joven, alabando su maestría culinaria. A partir de entonces, empezó a esperar con impaciencia los días para disfrutar de los dulces caseros que Sofía le prometía y comenzó a soñar con ella, olvidando poco a poco sus fórmulas… hasta aquel bochornoso sueño. Cuando llegó la hora de conocer a la familia de Sofía en su aldea castellana, Arquímedes se preparó a conciencia: se afeitó, se puso traje y se dejó acicalar por la joven, que arrancó sus canas con unas pinzas. La llegada a la humilde casa fue tensa. La madre de Sofía, orgullosa y rotunda, lo miró de arriba abajo y lanzó reproches por la diferencia de edad, dudando de sus intenciones y comparándolo, para colmo, con el joven y atractivo padrastro de la chica. Entre gritos, discusiones y acusaciones de querer convertir a Sofía en criada, Arquímedes empezó a arrepentirse de haberse metido en aquel lío y de haber aceptado esa especie de “quest” rural castizo. El frío de la Castilla profunda le caló hasta los huesos, las peleas familiares y la hospitalidad rural lo dejaron aturdido, con una crisis hipertensiva, deseando volver a su ciudad, su laboratorio y su vida tranquila. Cuando por fin logró regresar, cortó la relación de tajo con Sofía, devolviéndole las llaves y pagándole por la cena y los recados, decepcionado ante la montaña rusa emocional que apenas había sobrevivido. Así, reflexionando sobre lo que significa enredarse con mujeres y suegras castizas, Arquímedes decidió centrarse en su ciencia y dejar el asunto del matrimonio… para otra vida.