Al fijarse en la mujer ajena
Durante la convivencia, Víctor de la Fuente demostró ser un hombre de carácter débil y voluntad quebradiza.
Todos sus días dependían del humor con el que amanecía. Algunas mañanas despertaba animado y jovial, haciendo chistes y riendo con esa voz clara que resuena solo un par de veces al año.
Sin embargo, la mayor parte del tiempo, deambulaba melancólico por la casa, bebiendo demasiado café, con una nube negra atrapada en la cabeza, como corresponde a un artista frustrado. Víctor trabajaba en el colegio rural de las afueras de Soria, impartiendo plástica, tecnología y, alguna vez, música si la profesora titular cogía una baja por gripe.
Víctor ansiaba hacer arte. En la escuela no lograba dar rienda suelta a su creatividad, así que sacrificó una estancia de la casa la más soleada y espaciosa, aquella que en realidad Elena (así se llamaba su esposa) había imaginado como habitación infantil para los hijos por venir para convertirla en su taller.
Pero la casa, en último término, era de Víctor, así que Elena respiró hondo y guardó silencio.
Colmó la sala de caballetes, tubos de óleo, arcilla, y allí inventaba: se entregaba a pintar bodegones imposibles, modelar figuras grotescas, esculpir lo inexpresable…
A veces lo sorprendía la noche escribiendo un cuadro inabarcable, o el fin de semana entero moldeando una figura extraña que parecía sacada de un sueño inquieto.
Nunca vendía sus “obras”; todo terminaba copando las paredes. A Elena no le gustaban: los armarios y estantes crujían bajo el peso de las estatuillas, y los cuadros cubrían los muros como una hiedra reseca.
No eran cosas bellas. Los pocos amigos pintores y escultores que venían alguna vez, compañeros de la facultad y antiguos bohemios, silenciaban cualquier halago, bajaban la mirada y suspiraban largamente al observar el despliegue de desastre plástico y figurillas deforme.
Nadie le reconocía mérito.
Solo León Gerásimo Marchena, el más veterano de todos y gran bebedor de orujo de hierbas, exclamó al fondo de una botella:
¡Por el amor de Dios, qué sinsentido! ¿Pero esto qué es? En este museo de horrores no he visto cosa digna, salvo la anfitriona, que es un primor.
Víctor sintió la observación como una afrenta y armó un espectáculo: gritó, golpeó figuritas, e incluso pidió a Elena echar por la puerta al rudo invitado.
¡Fuera de mi casa! chilló, ¡Indigno! El inculto eres tú, no yo. ¡Aaa, ya lo veo! Te duele que tus manos tiemblan y no puedas sostener un pincel. ¡Eso es pura envidia, nada más!
…León bajó la escalera del porche trastabillando y se detuvo junto a la verja. Elena le alcanzó para disculparse:
No le dé importancia. Tampoco tenía usted que criticarle, y yo lo siento mucho, debí advertírselo.
No excuses, hija mía asintió León, cortés Está en su naturaleza y lamento por ti. Una casa tan bonita y esas monstruosidades lo arruinan todo. Y las figuras horrendas… Mejor guardarlas. Pero, conociendo a Víctor, intuyo que no lo tendrás fácil. Sabes, los creadores dejamos en las cosas el alma Y tu Víctor la tiene vacía, como todos sus lienzos.
Besó la mano de Elena y se perdió en el crepúsculo.
Víctor estuvo semanas fuera de sí: vociferaba, rompía cuadros, deshacía figuras en una fiebre absurda, hasta quemarse en su propia cólera y quedar exhausto.
***
A pesar de todo esto, Elena nunca contradecía a su marido.
Pensaba que, algún día, llegarían los hijos, y Víctor dejaría sus obsesiones.
Reconstruiría el taller en un dormitorio para el bebé, de momento, que siguiera jugando al artista.
Los meses después de la boda, Víctor intentó ser buen esposo: llevaba fruta fresca y entregaba la paga, cuidaba de Elena.
Pero pronto cesó. Se enfrió con ella y dejó de compartir el salario, y Elena tuvo que asumir la casa y al marido, además de ocuparse del huerto, la pollera y la suegra.
…La noticia de la futura maternidad llenó de alegría a Víctor. Pero su júbilo duró poco: en menos de una semana Elena enfermó, ingresó en el hospital y abortó.
Cuando recibió la noticia, Víctor colapsó. Se volvió llorón y áspero, gritó a su mujer y se encerró en la casa.
El estado de Elena al salir del hospital era fantasmagórico, una sombra perdida. Bajó por la cuesta y caminó a casa, sabiendo que nadie la esperaba.
Pero lo peor estaba por llegar: Víctor había cerrado la puerta y no la dejaba entrar.
Ábreme, Víctor…
No te abro lloriqueaba al otro lado. ¿A qué vienes? Tu misión era traer a mi hijo al mundo y has fracasado. Por tu culpa, mi madre ha acabado en el hospital. ¡Has traído la desgracia! No te quiero más aquí.
Elena sintió que las fuerzas la abandonaban y se sentó en el umbral.
Víctor Yo también sufro, también me duele, ábreme
Él, sordo, ajeno a sus lágrimas, la dejó en la fría escalera hasta la noche.
Por fin la puerta chirrió y él salió. Estaba demacrado y se dispuso a cerrar, pero no hallaba la llave.
Siempre debía preguntarlo todo a Elena.
Sin mirarla, marchó hacia el portón.
Al perderlo de vista, Elena entró y cayó sobre la cama.
Esperó inútilmente a su marido toda la noche. Al día siguiente le trajo una vecina una fatal noticia: la suegra de Elena no había sobrevivido al infarto.
El golpe terminó de destruir a Víctor: abandonó el colegio, se tiró en la cama y dijo:
Nunca te he querido. Me casé por mi madre, que quería nietos, pero tú lo arruinaste todo. No te lo perdonaré jamás.
Las palabras, como cuchillas, despellejaron a Elena, pero decidió no abandonar a su esposo.
El tiempo pasó y todo empeoró. Víctor se negaba a levantarse, apenas bebía agua, comía nada.
Se agravó la úlcera. Perdió el apetito, cayó en la apatía más abismal. Decía que su cuerpo desfallecía en una falta absoluta de nutrientes y sol.
Luego llegó la estocada final: Víctor pidió el divorcio. No dejaron de desbordarse lágrimas en los ojos de Elena.
Intentó abrazar a su esposo, besarle, pero él, frío y estéril, le susurraba que cuando se curase, la echaría. Que ella era la ruina de su existencia.
***
Elena no podía permitirse salir de casa simplemente porque no tenía adónde ir.
Su madre, muy resuelta en casarla joven sin mirar demasiado, había rehecho su vida lejos, en Valencia, junto al señor viudo con el que se había fugado.
La casa, vendida deprisa y corriendo; cuando Elena quiso volver, ya no le quedaba techo.
Así quedó atrapada, encajada en esa vida por el destino.
***
Llegó el día en que terminó toda la comida. Levantó los últimos granos del armario, coció el último huevo que aún puso la gallina más vieja y le preparó a Víctor una especie de sopa líquida con yema triturada.
Así dispuso el destino: podía haber alimentado con cuchara a su hijo, si no hubiese acarreado ella sola cubos de agua y troncos, si no se hubiese agotado sola. Pero ahora su tarea era alimentar a ese hombre que ya ni la miraba.
Me marcho un rato, ha llegado la feria del pueblo vecino. Intentaré vender la gallina o cambiarla por algo de comer.
Víctor, clavando la vista de cristal en el techo, preguntó:
¿Por qué venderla? Mejor haz un cocido. Estoy harto de esta sopa triste.
Elena jugueteaba con el borde de su vestido de lino el único, el que llevó a la fiesta de graduación, el del día de boda, el de los días calurosos porque no tenía otro.
Sabes que no puedo Mejor cambiarla. Con los vecinos no quiero; esta gallina se ha encariñado, siempre vuelve conmigo.
“Pepa” escupió despreciativo Víctor. ¿Tú le pones nombre a todas las gallinas? ¡Pero qué tontería! De ti no se podía esperar nada bueno.
Elena apretó los labios, humillada.
¿Dices que irás a la feria? se animó Víctor, de pronto. Lleva también mis figuritas. Y un par de cuadros, por si alguien quiere comprarlos.
Elena evitó la mirada, procurando excusarse:
Cariño Tú les das tanto valor
¡Que las lleves, he dicho! ordenó caprichoso.
Elena agarró dos silbatos de barro en forma de pájaro (mal imitaciones de Alfarería Talaverana), y una hucha de cerámica en forma de cerdo, la favorita de Víctor.
Salió corriendo, temiendo que la alcanzara para obligarle a llevar más cuadros.
Las figuras se podían ofrecer a alguien, pero los cuadros… Nadie los compraría, y hasta pasar vergüenza sabía que pasaría con ellos en brazos por la plaza.
***
El día era sofocante. A pesar del algodón ligero, el sudor le chorreaba a Elena, la frente perlada, el flequillo pegado a las sienes.
Era el día grande del pueblo.
Ni recordaba la última vez que paseó entre la fiesta y el bullicio, pero ahora todo le parecía otro mundo: la gente lucía pañuelos de colores, las bandas tocaban pasodobles; aquí mieles claras y oscuras, allá mantones sedosos, niños correteando con bolsas de dulces. El aroma del chorizo asado flotaba en el aire, la música, las risas.
Elena se detuvo junto a un puesto. Abrazó con fuerza el saco donde llevaba a la gallina y la acarició para tranquilizarla.
Sentía verdadero pesar por tenerla que vender; la quería con cariño. Cuando era polluelo, la rescató lameando de una pata y se encariñó tanto que la gallina la seguía cojeando por toda la casa.
Ahora, “Pepa” asomaba la cabeza curiosa, picoteando la mano de la joven.
***
La vendedora del puesto miró a Elena:
Llévate una pulsera, guapina. Hay acero bueno, hay plata, y hasta cadenitas bañadas en oro.
No, gracias, quiero vender una gallina ponedora. Da huevos grandes, yo la cambio o la vendo, contestó Elena tímidamente.
¿Una gallina? ¿Para qué la quiero yo?
Entonces, un joven varón, apoyado en el mostrador quedó atento y preguntó:
A ver, enséñame la gallina.
Ahora mismo.
Elena entregó la gallina al joven, a quien no conocía.
¿Cuánto pides? Tan barata, ¿qué le pasa?
Sintió que la miraba de arriba abajo, como quien estudia un sueño raro.
Cojea solo un poco, pero es fuerte y ponedora.
Está bien, te la compro. ¿Y eso qué es?
El joven señaló las piezas de barro.
Ah, esto son figuritas y una hucha.
Él examinó la hucha-puerco y le sonrió torcido:
Vaya, es de las hechas a mano.
Sí, artesanía pura. Vendo barato, me urge el dinero.
Te lo compro todo. Me gustan las cosas raras.
La vendedora del puesto cortó con un bufido:
¿Y para qué quieres tú eso, Dani? ¿No jugaste bastante de crío? Ve a ayudar a tu hermano con la parrilla.
Elena, al recibir el dinero, palideció:
¿Así que eres de los de la carne? ¡Entonces no te vendo la gallina!
Intentó recuperar a Pepa, pero Dani la esquivó y se rió.
¡Tome su dinero de vuelta! rogó Elena, casi llorando ¡No puede esta gallina irse a la parrilla! No es para carne.
Que no, tranquila. Se la llevaré a mi madre, que cría aves.
¿No me engañas?
No, si quieres, puedes venir a verla sonrió amablemente. Ni sabía yo que las gallinas tenían nombre.
***
De regreso a casa, un coche se paró a su lado. Dani asomó la cabeza.
Espere quería preguntarle: ¿tiene más figuras de barro? Se las compro. Son buen regalo.
Elena, deslumbrada por el sol, sonrió:
¡En casa hay muchísimas!
***
Víctor, tumbado en la cama, gimió al escuchar ruidos.
¿Quién anda ahí, Elena? Tráeme agua, muero de sed.
El visitante, en la puerta, miró los cuadros y luego apartó la vista.
Increíble susurró. ¿Quién pintó esto? preguntó, mirando a Elena, que pasaba con el vaso.
¡Fui yo! jadeó Víctor, irguiéndose. Y no los pinté, los compuse; pintar significa garabatear en la acera, yo hago arte.
Se apoyó torpemente en un codo y miró al forastero.
¿Y a usted qué le importan mis cuadros? preguntó con ese tono amargo.
Me gustan. Los quiero comprar. ¿Y esas esculturas?
¡También son mías! gritó Víctor, apartando a Elena con brusquedad.¡Aquí nada más tiene mi sello!
Despojado de la sábana, se levantó y arrastrando los pies se acercó.
Son bocetos muy curiosos dijo el visitante, lanzando una mirada disimulada a Elena, que ruborizada le servía el agua.
Mientras Víctor alardeaba señalando cuadros y figuras, el invitado no despegaba los ojos de la joven, anotando el temblor de sus manos y la tímida belleza de su sonrisa.
Epílogo
Elena no daba crédito a la “milagrosa curación” del exmarido.
Resulta que Víctor nunca estuvo enfermo realmente.
Bastó que alguien mostrase interés por su obra para que se esfumaran las dolencias.
El misterioso visitante, Dani, venía cada día, comprando un cuadro, luego otro.
Cuando se agotaron los cuadros, se llevó las figurillas.
Víctor, viendo que sus “tesoros” volaban, se zambulló en el taller a trabajar sin tregua.
Jamás sospechó el motivo real: a Dani no le atraían los “trofeos”; le cautivaba la exesposa. Cada vez que cruzaba el umbral con un cuadro, Dani se quedaba a hablar con Elena hasta la noche.
Así nació la afinidad. De ahí, los sentimientos.
Al cabo, Dani se llevó de la casa de Víctor lo único valioso y deseado: a la que fuera su esposa.
Era por ella que cruzaba el umbral, lo sabía el subconsciente.
De vuelta en su aldea, Dani arrojaba los cuadros al fuego y apilaba las figuras en un saco, aún sin decidir qué hacer con ellas.
Le venía a la mente el rostro bueno de Elena, la había distinguido al instante, con el vestido claro y la gallina. Supo que era el destino.
Luego la siguió y descubrió que vivía atrapada con un mediocre engreído.
La visitó cada día, comprando cuadros, esperando el momento de llevársela lejos.
Al final, Elena comprendió todo y dio el paso.
***
Víctor nunca imaginó ese desenlace.
Dani dejó de aparecer en cuanto se llevó a Elena.
Y Víctor, al oír que la pareja acababa de casarse, probó el amargor de la propia ceguera.
Y sí, no es nada fácil encontrar una buena esposa; Elena lo era.
Tardó en entender que había perdido el valor supremo de su vida: ella.
¿Dónde hallar otra tan paciente y generosa? Elena no solo lo soportó, lo cuidó, lo quiso mejor que una madre. ¡Y qué bella era!
Y él, necio, dejó volar ese tesoro.
Intentó deprimirse, pero enseguida recapacitó. Ya nadie le traería agua, ni purés de huevo, ni aguantaría la casa ni los idilios de artistaVíctor pasó semanas buscando en sí mismo una chispa de dolor, un vestigio siquiera de nostalgia genuina. Pero la casa, vacía de voces y de risas, le devolvía solo el eco de su propia voz. Había perdido lo único luminoso que le quedaba en la vida, y sin embargo, no lograba llorar; el llanto era privilegio de quienes todavía esperan redención.
Se dedicó con furia a sus lienzos: pintó, modeló, amasó, rompió, hasta que las manos le sangraron. Sin Elena, sus cuadros eran más tétricos todavía; las formas ya no buscaban la belleza, ni la reconciliación. Una noche, exhausto y rodeado de figuras sin nombre, Víctor comprendió con la claridad indiscutible que da la soledad que nunca había querido a nadie, ni a sí mismo.
Uno a uno, fue cogiendo sus cuadros y esculturas y los arrojó a la hoguera del jardín. Las llamas subieron, devorando años de obsesión, incapaces de dar calor. Por la mañana, al barrer las cenizas, sonrió con una tristeza plácida, porque por primera vez en su vida, el taller quedó en silencio y él se sintió libre, sin testigos ni carga. Lo único que lamentó fue no haber mirado de verdad a Elena, la mujer ajena a su propio corazón.
En la otra punta del valle, Elena, entre risas y aroma a pan tostado, puso en brazos de Dani un pequeño huevo de la nueva gallina. Para que no olvides de dónde vengo, dijo. Y ambos comprendieron que solo aquellos que se atreven a dejar atrás la sombra pueden, de veras, empezar a vivir en la luz.







