DIARIO DE UNA FELICIDAD AGRIDULCE
¿Pero qué tiene de malo esa muchacha? Es una muy buena chica, Javier. Es discreta, limpia, aplicada con los estudios Y te quiere me dijo mi madre, Pilar Rodríguez, con esa mirada de reproche que tanto conoce.
Mamá, déjame a mí, ya lo resolveré le contesté, cortando la discusión como quien pone el punto final en un libro que no interesa terminar.
Mamá salió del salón. Por el corredor la oí suspirar, refunfuñando para sí misma: Resolverá él Las mujeres que han pasado por sus manos Y ya tiene casi cuarenta. Pronto ninguna le hará falta. Siempre le falta algo, nunca está conforme
Javi, ven a comer me llamó desde la cocina.
No lo dudé y me senté frente a mi plato de cocido madrileño. Me zampé el guiso con verdadero entusiasmo.
Gracias, mamá. Como siempre, te ha salido de maravilla.
Ya podrías decirle eso un día a tu futura mujer, en vez de a mí replicó, sin ocultar su preocupación.
Mamá me bebí el vaso de gazpacho y me dispuse a salir.
Espera, hijo. Me he acordado de algo. Una vez fui a una tarotista. Nada más verme, me soltó: A tu hijo le espera una felicidad agridulce.
No hagas caso, mamá respondí con una sonrisa.
A lo largo de mi vida he conocido a varias mujeres. Unas de las que uno no recuerda, otras que uno no olvida
Marta era inteligente, culta y notablemente sensata para su edad. Me llevaba nueve años y, aunque al principio me gustaba su conversación, acabó pareciéndome casi como una hermana mayor. Aquello fue languideciendo Y nos separamos.
Almudena tenía un hijo de ocho años. Por mucho que lo intenté, no logré conectar con él. Y eso que a Almudena la quería, o eso pensaba. Era hermosa, pero con un genio tremendo: no había manera de que fluyera la relación. Salía de cada discusión regalándole algo, buscando una reconciliación que duraba poco. Faltaba algo. Paz, quizás. O estabilidad.
Leonor era el ideal de mujer. De esas que en España se dice como para presentársela a una madre. Me planteé de verdad pedirle matrimonio. Leonor era correcta, decente, reflexiva. Con ella, todo parecía delicado, como si uno tuviera que ponerse guantes blancos incluso para hablar.
Llegué a vivir en su piso. Pensé en tener hijos con ella. Dos, mínimo. Imaginaba una vida juntos
Pero volví un día de un viaje de trabajo y la encontré en la cama con un antiguo compañero del colegio. Clásico.
Regresé a casa de mi madre. Me dije que ya estaba bien de romanticismos absurdos.
Prefiero estar solo. ¡Si hasta parece buena idea! Al final, la familia más fuerte es la de un solo miembro le dije en broma.
Mamá suspiraba y encogía los hombros:
¿De verdad que no existe tu media naranja, hijo?
Y lo inesperado ocurrió.
Me mandaron de viaje de trabajo a Barcelona. Cogí el AVE y ocupé mi asiento de ventanilla. La puerta del compartimento se abrió y entró una mujer.
Disculpe caballero, ¿podría intercambiar su asiento conmigo? Le agradecería mucho tener esa plaza, tengo la espalda fatal.
Por supuesto le respondí.
La observé de arriba abajo. No tenía nada especial. Sin embargo, algo en mi pecho dio un vuelco. ¿Será ella?
Subí a mi nueva plaza y cerré los ojos. Al rato, la desconocida me despertó con una voz suave:
Qué bien que ya está despierto. ¿Le apetece un poco de queso manchego? me ofreció.
Accedí gustoso. Charlamos el resto del viaje.
Me llamo Carmen, se presentó finalmente.
Javier. Encantado, Carmen.
Terminamos el trayecto hablando de mil cosas. Yo me sentí absurdamente cómodo, como si la conociera de toda la vida. Intercambiamos teléfonos por si acaso.
Dos semanas después, sentí la necesidad de oír su voz. Y desde entonces, todo cambió.
Quedamos, nos besamos, forjamos promesas. A mis cuarenta años, no entendía cómo había vivido toda una vida sin Carmen. Antes podía cortar vínculos con cualquier mujer sin dudarlo, pero esta vez no había muros, no había límites.
Solo quería que mi vida se fundiera con la de Carmen.
El amor y el cariño incondicional de Carmen me envolvieron como una manta tibia. Al tercer mes le propuse matrimonio.
Javier, soy siete años mayor que tú. Tengo tres hijos. Vivimos en una residencia comunitaria admitió con sinceridad. Además soy viuda.
Carmen, lo sé todo de ti. He visto a tus hijos. Todos viviréis conmigo. Está decidido. Amo hasta la última fibra de tu ser. Eres la casualidad más preciosa y la última mujer de mi vida le dije antes de besarla.
Bueno, Javier, vamos a intentarlo aceptó, ruborizada.
No, Carmen, no lo intentaremos. Viviremos juntos para siempre le respondí, tomándola de la mano. ¿Lo entiendes? Para siempre.
Cuando mi madre supo mis planes, tan solo atinó a murmurar:
De entre todas, te has fijado en la más sencilla
Nueve meses después nació nuestra hija. Una niña especial.
Me llenó de alegría y por Carmen sentí desde entonces una mezcla de amor y preocupación. Ser padre de una niña con síndrome de Down puede ser abrumador.
Hoy nuestra hija tiene ocho años. Todos la adoramos.
Yo venero a Carmen. Felicidad agridulce, sí pero felicidad al fin y al cabo.
He aprendido que la dicha auténtica nunca es como la imaginamos. A veces, lo inesperado, lo complicado, lo difícil, es justo lo que nos hace sentir verdaderamente vivos.







