ESPOSA DE VERDAD —¿Y cómo logras convivir tantos años con la misma esposa? ¿Cuál es el secreto? —mi hermano me preguntaba siempre que venía de visita. —Amor y muchísima paciencia. Ese es todo el secreto,— siempre le respondía igual. —Ese remedio no es para mí. Yo amo a todas las mujeres. Cada una es un misterio. Vivir con un libro ya leído… no, gracias —se reía mi hermano. Mi hermano pequeño, Pedro, se casó a los dieciocho años. Su novia, Asunción, tenía diez más que él. Asun se enamoró perdidamente de Pedro para toda la vida. Pero Pedro sólo jugó con ella. Asun se instaló legalmente en la casa del marido, donde vivían otros siete familiares, y tuvo un hijo, Dimitri. Creyó que el pájaro de la felicidad era suyo. Les asignaron un cuartito minúsculo. Asunción poseía una preciosa colección de figuritas de porcelana, que cuidaba como oro en paño. Había diez piezas únicas, a las que puso en un lugar destacado sobre la vieja cómoda. Toda la familia sabía cuánto significaban para Asun aquellas frágiles figurillas. A menudo se paraba a admirarlas, casi con devoción. En aquel entonces, yo aún pensaba en formar mi propia familia y buscaba a la mujer de mi vida. Mi sueño se cumplió: llevo ya más de medio siglo casado con la misma esposa. Pedro estuvo diez años junto a Asun. Ella poco pudo presumir de aquel matrimonio. Se desvivía por ser buena esposa y amaba de verdad a su marido y a su hijo. Sumisa, tranquila, conciliadora… ¿Qué le faltaba a Pedro? Una noche, Pedro llegó borracho y, por cualquier tontería, empezó a meterse con ella, a hacerle bromas pesadas, a manosearla. Asun, previendo la tormenta, prefirió marcharse en silencio al patio, llevándose a su hijo. De repente, un estruendo: el sonido inconfundible de porcelana rota. Corrió de vuelta al cuarto y no pudo creer lo que veía. Toda su querida colección estaba destrozada en el suelo, salvo una sola figura que sobrevivió de milagro. Asun la recogió, la besó, pero no dijo ni una palabra a su marido. Sólo sus ojos lloraban en silencio. Desde entonces, algo se rompió entre Pedro y Asun. Creo que, en su mente, ella ya no vivía en aquella casa. Seguía cumpliendo con todo, pero ya sin entusiasmo. Pedro bebía cada vez más. Pronto aparecieron en su círculo mujeres vulgares y amistades dudosas. Asun lo intuía y se fue apagando, siempre en silencio. Pedro apenas iba ya por casa y abandonó por completo a su familia. Asun entendió que no se puede atrapar el viento, y al final, se divorciaron. Sin reproches, sin dramas. Asun y Dimitri regresaron a su ciudad natal. La única figurita que quedaba en pie se quedó en la cómoda, como recuerdo suyo. Pedro, mientras tanto, no tardó en rehacer su vida a su modo: tres bodas y tres divorcios, mucho vino y ninguna estabilidad. Era un economista reputado, con incluso un manual de Economía a su nombre, llamado a tener un futuro brillante… pero la bebida y el desorden lo arruinaron todo. La familia creyó que había asentado cabeza cuando se casó con una mujer “deslumbrante”, madre de un hijo de diecisiete años. Pero Pedro ignoró las señales: nunca logró entenderse con el hijastro, y aquello terminó en desastre tras cinco años. Después desfilaron por su vida más mujeres —Lidia, Natalia, Sonia…—, todas le parecían fascinantes, y con todas soñaba envejecer. Pero la vida tenía otros planes: a los cincuenta y tres años, Pedro enfermó gravemente. Para entonces, ninguna de aquellas mujeres seguía a su lado. Mi hermana y yo cuidamos de él en sus últimos días. —Simón, bajo la cama está mi maleta —me susurró Pedro, débil—. Ábrela. La abrí y me quedé sin aliento: estaba llena de figuritas de porcelana, cada una envuelta con esmero. —Las reuní para mi Asun. No puedo olvidar cómo me miró aquel día. La pobre tuvo paciencia conmigo. ¿Recuerdas lo que viajé por medio país? Compré figuritas en todos los sitios. Hay doble fondo: coge el dinero que hay ahí, dáselo junto a las estatuillas a mi verdadera esposa. Que me perdone. No la volveré a ver. Promételo.— Pedro se giró hacia la pared. —Lo haré, Pedro, te lo prometo —le contesté, emocionado. —Bajo la almohada tienes el sobre con su dirección…— no pudo mirarme más. Asun seguía en su ciudad. Dimitri enfermo de algo que ni los médicos sabían tratar. En una carta supe que Asun nunca perdió el contacto por correspondencia, aunque Pedro jamás respondió. Enterrado ya mi hermano, me decidí a cumplir su último deseo. Nos encontramos en una pequeña estación. Asun me abrazó, muy alegre: —Ay, Simón, ¡sois clavados tú y Pedro! Le entregué la maleta y, pidiendo perdón en nombre de Pedro, le dije: —Tú fuiste para él su esposa de verdad. No lo olvides nunca. Nos despedimos para siempre. Recibí una sola carta suya: “Simón, gracias por todo. Le agradezco a Dios que Pedro formara parte de mi vida. Vendimos las estatuillas y con el dinero logramos ir a Canadá, donde mi hermana nos esperaba. Ya nada me ataba aquí, salvo la esperanza de que Pedro me reclamara. No lo hizo… pero soy feliz de haber sido su esposa de verdad. Eso significa que nunca dejó de quererme del todo. Por cierto, Dimitri está mucho mejor aquí. Adiós.” No había remitente…

-Oye, ¿y cómo haces para llevar tantísimos años conviviendo con la misma mujer? ¿Cuál es el secreto? Cada vez que mi hermano venía a casa, siempre me soltaba esa pregunta.

-Amor y muchísima paciencia, ese es el único secreto siempre le contestaba igual, sin dudarlo.

-Ese truco no es para mí. Yo amo a todas las mujeres. Cada una es un misterio. Y vivir con un libro ya leído mira, ni loco me respondía siempre con una sonrisa pícara.

Mi hermano pequeño, Jaime, se casó con apenas dieciocho años. La novia, Clara, era diez años mayor. Una chica dulce, enamorada hasta la médula de Jaime. Para Jaime, en cambio, fue un simple pasatiempo.

Clara se instaló como corresponde en la casa familiar de Jaime, donde vivíamos ocho personas en total, y poco después nació su hijo, Mateo. Ella pensó que por fin tenía en sus manos el pájaro de la felicidad. A la joven pareja le dieron una habitación diminuta como hogar.

Había algo que Clara valoraba como un tesoro: su colección de figuritas de porcelana, que guardaba como oro en paño. Eran diez piezas antiguas, con un lugar destacado en la cómoda vieja. En casa todos sabíamos lo valiosas que eran para ella. Solía pararse delante, mirarlas con mimo y una sonrisa tan tierna…

Por aquel entonces yo andaba a la caza de novia, buscando a esa persona que me fascinara toda la vida. Afortunadamente, lo conseguí, y llevo más de cincuenta años con mi mujer.

Jaime y Clara estuvieron juntos diez años, pero a decir verdad, ella nunca pudo presumir de nada en ese matrimonio. Se desvivía como esposa, adoraba a su marido y al hijo, una mujer sumisa, apacible y de trato fácil. ¿Qué le faltaba a Jaime?

Un día mi hermano volvió a casa con más copas de la cuenta. Algo le desagradó del comportamiento de Clara y empezó a meterse con ella, a gastar bromas pesadas y a zarandearla. Clara, viendo el ambiente caldearse, optó por marcharse en silencio, llevándose a Mateo al patio.

De repente, un estruendo partió el silencio. Clara supo al instante: eran sus figuritas. Corrió a la habitación y lo que vio fue terrible; toda su colección desparramada por el suelo, hecha añicos. Solo una había sobrevivido. Clara la recogió despacio, la besó y no le dijo ni media palabra al bárbaro de su esposo. Solo se le llenaron los ojos de lágrimas.

Desde ese momento, entre Clara y Jaime se levantó un muro invisible. Clara cumplía con sus deberes, gestionaba la casa y seguía siendo una esposa ejemplar, pero todo era más forzado, sin ánimos.

Jaime empezó a beber más. Pronto, mujeres vulgares y malas compañías aparecieron a su alrededor. Clara, aunque veía todo, se hizo un caparazón silencioso y se fue apagando. Jaime desaparecía de casa cada vez más, olvidando por completo a su familia. Clara entendió, resignada, que no se puede correr detrás del viento. Finalmente, se divorciaron sin dramas ni gritos. Ella se marchó con Mateo a su ciudad natal y la única figurita que quedaba en pie la dejó, como recuerdo, sobre la cómoda.

Jaime no perdió el tiempo en lamentos. Se lanzó a una vida llena de excesos y ninguna atadura. Se encaprichaba fácilmente y rompía igual de pronto. Así fue sumergiéndose en el abismo. Se casó y se divorció tres veces más. Llegó a perder completamente el rumbo. Y eso que Jaime era un economista brillante en la universidad. Publicó hasta un manual de Economía, le requerían en toda España para dar charlas y se auguraba un futuro de oro. Pero el alcohol y la vida descontrolada lo arruinaron todo.

Un día, toda la familia llegó a pensar que Jaime había sentado la cabeza. Decidió casarse con una mujer impresionante, como la describía él. Fuimos invitados a boda. La novia tenía un hijo de diecisiete años y desde el minuto uno quedó claro que Jaime y el joven no encajaban ni a patadas. Eran demasiado distintos. Jaime, cegado por sus ganas, no prestó atención. Terminaron separándose casi a tortas. No llegaron a mayores, por los pelos.

Después de aquello, pasaron por su vida Julia, Esther, Carmen… Con todas creía que era para siempre, con todas soñaba y a todas adoraba.

Pero la vida tenía otros planes. A los cincuenta y tres, Jaime cayó en una enfermedad incurable. Para entonces, ya no tenía a nadie cerca. Las mujeres desaparecieron como humo. Éramos mis hermanas y yo los que le atendíamos.

-Sergio, debajo de la cama tengo una maleta. Tráemela me pidió un día, con dificultad al hablar y moverse.

Me agaché, saqué una maleta polvorienta, la abrí… y me quedé helado. Estaba llena de figuritas de porcelana, cada una envuelta delicadamente en un pañuelo.

-Mira, las fui reuniendo para Clara. No puedo olvidar el reproche mudo de sus ojos aquel día que destrocé su colección. La pobre, cuánto sufrió conmigo… ¿Recuerdas que viajaba por todo el país en conferencias? Pues en cada sitio buscaba figuritas. En esa maleta hay un doble fondo. Saca de ahí el dinero, son todos mis ahorros. Dáselo a Clara, por favor. Que me perdone. Yo ya no la volveré a ver, Sergio. Júrame que se lo darás todo se giró hacia la pared.

-Tranquilo, Jaime, así lo haré sentí que me temblaba la voz. Sabía que era su último suspiro.

-El sobre con la dirección de Clara está debajo de mi almohada me dijo sin girarse.

Clara seguía en su ciudad castellana, con Mateo, que estaba enfermo de algo que los médicos no podían curar. Le recomendaron viajar a Europa, quizás tendrían más suerte. Todo eso lo supe por una carta de Clara, encontrada justo debajo de la almohada de Jaime. Ella mantenía contacto por cartas, pero solo escribía Clara. Jaime nunca respondió.

Tras enterrar a mi hermano, preparé el viaje. Debía cumplir su último deseo.

Me encontré con Clara en una pequeña estación de tren. Al verme, me abrazó sonriendo:

¡Sergio, qué parecido tienes a Jaime! De verdad, es increíble…

Le entregué la maleta y, tal como prometí, le pedí perdón en nombre de mi hermano:

Clara, perdona a tu marido, que en paz descanse. Esto es para ti. Dentro está su dinero y algo más de su parte. Cuando llegues a casa, lo abres. Jaime siempre pensó en ti como su verdadera esposa, siempre.

Nunca más volví a verla. Recibí una sola carta suya:

Sergio, gracias a ti y a Jaime por todo. Doy gracias a Dios por haber tenido a Jaime en mi vida. Vendimos las figuritas muy bien, apareció alguien que las valoraba de verdad. No podía ni verlas, todas me recordaban a mi querido Jaime. Por desgracia, se fue demasiado pronto. Con el dinero pudimos marcharnos a Canadá. Mi hermana llevaba años insistiéndome y ya nada me ataba aquí. Solo mantenía la esperanza de que Jaime nos llamara alguna vez, pero nunca llegó. Me alegro de haber sido su esposa de verdad. Eso significa que no dejó de quererme del todo. Por cierto, a Mateo le está yendo mucho mejor aquí, se siente más animado. Adiós.

Ni siquiera puso dirección de vuelta…

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MagistrUm
ESPOSA DE VERDAD —¿Y cómo logras convivir tantos años con la misma esposa? ¿Cuál es el secreto? —mi hermano me preguntaba siempre que venía de visita. —Amor y muchísima paciencia. Ese es todo el secreto,— siempre le respondía igual. —Ese remedio no es para mí. Yo amo a todas las mujeres. Cada una es un misterio. Vivir con un libro ya leído… no, gracias —se reía mi hermano. Mi hermano pequeño, Pedro, se casó a los dieciocho años. Su novia, Asunción, tenía diez más que él. Asun se enamoró perdidamente de Pedro para toda la vida. Pero Pedro sólo jugó con ella. Asun se instaló legalmente en la casa del marido, donde vivían otros siete familiares, y tuvo un hijo, Dimitri. Creyó que el pájaro de la felicidad era suyo. Les asignaron un cuartito minúsculo. Asunción poseía una preciosa colección de figuritas de porcelana, que cuidaba como oro en paño. Había diez piezas únicas, a las que puso en un lugar destacado sobre la vieja cómoda. Toda la familia sabía cuánto significaban para Asun aquellas frágiles figurillas. A menudo se paraba a admirarlas, casi con devoción. En aquel entonces, yo aún pensaba en formar mi propia familia y buscaba a la mujer de mi vida. Mi sueño se cumplió: llevo ya más de medio siglo casado con la misma esposa. Pedro estuvo diez años junto a Asun. Ella poco pudo presumir de aquel matrimonio. Se desvivía por ser buena esposa y amaba de verdad a su marido y a su hijo. Sumisa, tranquila, conciliadora… ¿Qué le faltaba a Pedro? Una noche, Pedro llegó borracho y, por cualquier tontería, empezó a meterse con ella, a hacerle bromas pesadas, a manosearla. Asun, previendo la tormenta, prefirió marcharse en silencio al patio, llevándose a su hijo. De repente, un estruendo: el sonido inconfundible de porcelana rota. Corrió de vuelta al cuarto y no pudo creer lo que veía. Toda su querida colección estaba destrozada en el suelo, salvo una sola figura que sobrevivió de milagro. Asun la recogió, la besó, pero no dijo ni una palabra a su marido. Sólo sus ojos lloraban en silencio. Desde entonces, algo se rompió entre Pedro y Asun. Creo que, en su mente, ella ya no vivía en aquella casa. Seguía cumpliendo con todo, pero ya sin entusiasmo. Pedro bebía cada vez más. Pronto aparecieron en su círculo mujeres vulgares y amistades dudosas. Asun lo intuía y se fue apagando, siempre en silencio. Pedro apenas iba ya por casa y abandonó por completo a su familia. Asun entendió que no se puede atrapar el viento, y al final, se divorciaron. Sin reproches, sin dramas. Asun y Dimitri regresaron a su ciudad natal. La única figurita que quedaba en pie se quedó en la cómoda, como recuerdo suyo. Pedro, mientras tanto, no tardó en rehacer su vida a su modo: tres bodas y tres divorcios, mucho vino y ninguna estabilidad. Era un economista reputado, con incluso un manual de Economía a su nombre, llamado a tener un futuro brillante… pero la bebida y el desorden lo arruinaron todo. La familia creyó que había asentado cabeza cuando se casó con una mujer “deslumbrante”, madre de un hijo de diecisiete años. Pero Pedro ignoró las señales: nunca logró entenderse con el hijastro, y aquello terminó en desastre tras cinco años. Después desfilaron por su vida más mujeres —Lidia, Natalia, Sonia…—, todas le parecían fascinantes, y con todas soñaba envejecer. Pero la vida tenía otros planes: a los cincuenta y tres años, Pedro enfermó gravemente. Para entonces, ninguna de aquellas mujeres seguía a su lado. Mi hermana y yo cuidamos de él en sus últimos días. —Simón, bajo la cama está mi maleta —me susurró Pedro, débil—. Ábrela. La abrí y me quedé sin aliento: estaba llena de figuritas de porcelana, cada una envuelta con esmero. —Las reuní para mi Asun. No puedo olvidar cómo me miró aquel día. La pobre tuvo paciencia conmigo. ¿Recuerdas lo que viajé por medio país? Compré figuritas en todos los sitios. Hay doble fondo: coge el dinero que hay ahí, dáselo junto a las estatuillas a mi verdadera esposa. Que me perdone. No la volveré a ver. Promételo.— Pedro se giró hacia la pared. —Lo haré, Pedro, te lo prometo —le contesté, emocionado. —Bajo la almohada tienes el sobre con su dirección…— no pudo mirarme más. Asun seguía en su ciudad. Dimitri enfermo de algo que ni los médicos sabían tratar. En una carta supe que Asun nunca perdió el contacto por correspondencia, aunque Pedro jamás respondió. Enterrado ya mi hermano, me decidí a cumplir su último deseo. Nos encontramos en una pequeña estación. Asun me abrazó, muy alegre: —Ay, Simón, ¡sois clavados tú y Pedro! Le entregué la maleta y, pidiendo perdón en nombre de Pedro, le dije: —Tú fuiste para él su esposa de verdad. No lo olvides nunca. Nos despedimos para siempre. Recibí una sola carta suya: “Simón, gracias por todo. Le agradezco a Dios que Pedro formara parte de mi vida. Vendimos las estatuillas y con el dinero logramos ir a Canadá, donde mi hermana nos esperaba. Ya nada me ataba aquí, salvo la esperanza de que Pedro me reclamara. No lo hizo… pero soy feliz de haber sido su esposa de verdad. Eso significa que nunca dejó de quererme del todo. Por cierto, Dimitri está mucho mejor aquí. Adiós.” No había remitente…