Las personas más queridas: Relato sobre abuelos jóvenes, tres nietos encantadores, reuniones familiares en casa y en la casa de campo, meriendas con galletas y té, matemáticas y juegos, recuerdos de una vida con alegrías y tristezas, y la unión que convierte a una familia española en los más cercanos y amados.

A veces los sueños nos llevan por caminos extraños, como si viéramos la vida reflejada en un charco tras la lluvia madrileña. En el corazón de Salamanca, en un piso que huele a tomillo y albahaca, la vecina de enfrente murmura bajito, maravillada de lo afortunados que son: los hijos siempre a su lado, los nietos cruzando continuamente el portal como si no existieran distancias en el tiempo.

Hoy mismo, el nieto mediano, Gonzalo, tenía previsto venir. Al abuelo, don Pablo, le gusta resolver números con él, y juntos intentan tocar el cielo haciendo dominadas en una barra oxidada del parque, bajo la sombra caprichosa de los plátanos.

Doña Carmen y don Pablo apenas pasan de los setenta y aún caminan ligeros como si el peso de los años fuera cosa de otros. Los tres nietos son como dulces de feria para ellos.

Por la tarde, Carmen, acompañada de sus dos nietas, la pequeña Marisol y la mayor, Olalla, estuvo horneando mantecados. Así habría con qué acompañar la merienda y agasajar a Gonzalo.

Carmina, deberíamos comprar un globo terráqueo la voz pausada y grave de Pablo interrumpió los pensamientos dispersos de su esposa. Gonzalito y Marisol van perdidos con los mapas. Hace falta un globo grande, de esos que giran, mujer.

Y también un balón. El otro día vimos en la plaza a unos chicos echando una pachanga al baloncesto. Nuestro Gonzalo tiene ganas de aprender.

Un timbre sonó tan melódico como si fuera parte de una canción de cuna. Ya está aquí Gonzalo, regresado del colegio.

¡Buenos días, abuelita! ¡Hola, abuelo! Por cierto, os he traído vuestras napolitanas favoritas del horno de la esquina anunció dejando la mochila en el perchero, y lavándose las manos con esmero, como le enseñara Carmen.

¿Qué tal el cole, hijo mío? ¿Cómo van esas notas? preguntó don Pablo, guiñando un ojo.

Ay, abuelo, dos sufres en mates ¿me ayudas? Me he liado y no me aclaro, de verdad contestó, la voz empañada de penita.

¿Pero cómo es posible? Si todo lo estuvimos repasando el otro día Anda, vamos a ponernos, que esto tiene arreglo.

Pablo, acaba de llegar. ¡Que coma primero y después ya os metéis en fórmulas!

Pues yo también me apunto a un buen plato de cocido con su chorrito de aceite añadió Pablo guiñando el ojo a su nieto.

Después de la comida, Gonzalo y su abuelo desaparecieron entre cuadernos y lápices. Carmen los observó con una ternura casi líquida.

En nada arrancaría la temporada en el campo. El aire dulce a las afueras de Salamanca rejuvenece hasta los suspiros. Ahí pasan los veranos los pequeños, Gonzalo y Marisol. La mayor, Olallita, sólo viene los fines de semana, ya casi adulta, a punto de cumplir los diecisiete.

Olalla estudia en la escuela de enfermería y hace prácticas en el hospital. Le apasiona y sueña con salvar vidas. Es noble, generosa, su fuerza brilla.

Carmen se perdió en el rumor de los pasos y, al apartar unas figurillas, tomó entre las manos la vieja foto de su hijo:

Ay, hijo mío, Federico, ¡si pudieras ver cómo seguimos! Perdónanos, si algo hicimos mal. No supimos ayudarte. No pudiste con todo Alzó el rostro, apretando los ojos. No, hijo, no lloro. Sé que nos miras desde donde estés y que te alegras. La vida es un cocido, hijo: lleva de todo. Apenas la probaste, pero eso ya no se puede cambiar.

¡Carmina, oye! Han llegado Julia y Mario ¡y traen a Marisol!

¡Abuelita! la pequeña Marisol se colgó del cuello de Carmen, apretándola con sus bracitos cálidos.

Mira, abuela Marisol le giró la cara con sus manitas suaves, ¿ves qué peinado más bonito? Igualito que el tuyo. Me parezco a ti, abuelita. Te quiero mucho muchísimo y la apretó hasta casi romperla.

No la agobies, mujer Julia y Mario se reían. ¿No ibas a darle tu regalo?

¡Ay, abuela, suéltame! Marisol brincó, rebuscó en el bolso de su madre y desplegó un dibujo. Mira, lo hice en la guardería: eres tú, el abuelo, mamá, papá, Olalla, Gonzalo y yo. ¡Para vosotros! Nuestra gran familia dijo con la voz redonda de ilusión. ¿Te gusta, abuela?

Muchísimo, hijita ¡Menuda familia! Pablo, ven a ver lo que nos ha regalado Marisol. Lo enmarcaré y lo pondré en el aparador. Nuestra gran familia.

Bueno, Carmen, nos vamos. Gonzalo, ¿tienes todo listo? No olvides la mochila. Don Pablo, Carmen, ¿podéis venir mañana a comer? Los niños han preparado una función. Mil gracias ¡hasta mañana!

La casa quedó en silencio al cerrarse la puerta. Carmen y Pablo se sirvieron té, el reloj marcando sin apuro un tiempo blando y sabroso.

Pablo, qué suerte la nuestra, con esta familia tan grande

Sí, Carmencita.

¿Recuerdas cuando Federico trajo a Julita a casa? Yo pensaba que a lo mejor se enderezaba. Fue un año bueno. Y luego todo volvió a ser igual. Sus amigos, esas malas compañías

No sigas, cariño el abuelo la abrazó mientras le secaba las lágrimas.

Después Julia se marchó. Y a Federico una noche, apuñalado en una pelea callejera, y ya no estaba nuestro hijo.

¿Qué te pasa hoy, Carmencita? Pablo le apartó, tierno, las lágrimas.

Nada, Pablo. Es que Marisol me ha dado su dibujo y he pensado: qué suerte que encontramos a Julia embarazada de Gonzalito, cuando ya no estaba Federico. Y después apareció Mario, y tuvimos no sólo a Olalla, sino también a Gonzalo y a Marisol. Son sangre de nuestra sangre, aunque la vida mezcle los lazos.

Y mira, si este sueño oscuro y luminoso tenía que atravesarnos, yo te digo que somos los abuelos más felices de España.

Porque nuestra familia grande, es lo más nuestro que tenemos.

Donde hay amor y buena conversación, nunca hay verdadera tristeza.

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MagistrUm
Las personas más queridas: Relato sobre abuelos jóvenes, tres nietos encantadores, reuniones familiares en casa y en la casa de campo, meriendas con galletas y té, matemáticas y juegos, recuerdos de una vida con alegrías y tristezas, y la unión que convierte a una familia española en los más cercanos y amados.