Mi mujer y mi padre
Aitana solo fingía querer conocer a mis padres. ¿Para qué los necesitaba? No eran ellos con quienes pensaba vivir, y de mi padre, don Julián, hombre adinerado, no iba a conseguir más que complicaciones y sospechas.
Pero ya que había decidido casarse conmigo, tenía que representar su papel hasta el final.
Aitana se arregló para la ocasión, con un vestido sencillo que la hacía parecer una muchacha dulce.
Conocer a los padres de tu prometido en Madrid siempre es una prueba llena de matices invisibles, pero hacerlo con padres listos es un verdadero test de resistencia.
Pensando que ella estaba nerviosa, quise reconfortarla antes de entrar en la casa familiar en Chamberí.
No te preocupes, Aitana, no te pongas nerviosa. Mi padre parece serio, pero es afable. No te van a decir nada horrible. Te cogerán cariño. Papá puede parecer raro, pero mamá es el alma de la fiesta le aseguré en el portal.
Aitana solo me sonrió, apartándose un mechón de pelo del rostro. Así que papá el hosco y mamá la fiestera: menudo cuadro, pensé que se reía para sus adentros.
La casa tampoco la sorprendió, ya había estado en casas aún más lujosas.
Nos recibieron enseguida.
Aitana estaba tranquila, ¿por qué iba a alterarse? Mis padres eran gente corriente. Mi madre, Celia Lozano, llevaba años siendo ama de casa, sin trabajar fuera salvo unos pocos viajes esporádicos con amigas, nada fuera de lo común. Mi padre, Julián Robledo, hombre callado y poco expresivo, tenía un nombre que a Aitana le sonó vagamente familiar
Al verlos, Aitana se quedó petrificada, sin cruzar el umbral. El fin estaba ahí. A mi madre no la conocía, pero a mi padre lo reconoció inmediatamente. Se habían encontrado tres años antes no a menudo, pero sí de manera bastante provechosa. En bares, algún hotel, algún restaurante. Ni su esposa Celia ni yo sabíamos nada de eso.
Ya estaba hecho.
Mi padre también la reconoció. En sus ojos brilló una chispa que era difícil de descifrar: sorpresa, miedo, quizá cálculo malévolo. Pero no dijo nada.
Sin notar nada, los presenté con alegría:
Mamá, papá, os presento a Aitana. Mi novia tímida, por eso no la había traído antes.
Mi padre le ofreció la mano.
Su apretón fue fuerte, casi brusco.
Encantado, Aitana dijo, con un tono que encerraba algo que Aitana no supo definir: un aviso, o quizá un reproche.
Aitana se esforzaba en mantener el tipo, temiendo que mi padre revelara su pasado.
El gusto es mío, don Julián respondió, apretando su mano con los nervios a flor de piel.
Pero no pasó nada.
Mi padre, después de una sonrisa fingida, hasta le acercó la silla en la mesa del comedor.
Seguramente pensaba hacerla quedar mal más tarde
Pero la noche transcurría tranquila. Nada ocurrió.
Entonces Aitana lo comprendió: mi padre no iba a decir nada, porque si la delataba a ella, se delataba a sí mismo ante su mujer.
Cuando se relajó, la cena fue bastante amable. Mi madre relataba batallitas de mi infancia. Mi padre escuchaba atento, aparentando interés y haciéndole preguntas sobre su trabajo. Sabía de sobra a qué se dedicaba. Incluso soltó alguna broma con ligera ironía, aunque solo ellos dos captaron ciertos dobles sentidos.
Como cuando, mirándola fijamente, dijo:
Aitana, me recuerda mucho usted a una antigua compañera. Muy lista. Sabía cómo tratar con cualquier persona.
Aitana, sin titubear, contestó:
Hay talentos para todo, don Julián.
Yo, embelesado, miraba a mi amada, sin sospechar nada raro. La quería de verdad; eso era lo trágico para mí.
Al sacar el tema de los viajes, mi padre, mirándola, comentó:
A mí me tranquilizan los lugares solitarios, sin ruido. Me gusta leer tranquilo. ¿A ti, Aitana, qué lugares prefieres?
Me gustan los lugares con gente, con ruido y alegría contestó con naturalidad. Aunque a veces las orejas de más pueden ser peligrosas.
Mi madre torció el gesto sutilmente, como si hubiera captado algo, pero enseguida se distrajo.
Mi padre sabía que Aitana no era de quienes buscan silencio. Y sabía por qué.
Al terminar la velada, mi padre me abrazó.
Cuídala, hijo. Es especial.
Eso fue a la vez piropo y aviso. Solo Aitana entendió el doble sentido.
Sintió una ráfaga de frío en la sala. Especial. Eligió justo esa palabra.
***
Aquella noche, cuando la casa dormía, Aitana no conciliaba el sueño.
Daba vueltas, cavilando sobre aquella inesperada situación y cómo afrontaría el futuro. Sabía que mi padre y ella pasarían una noche en vela. Ambos por motivos distintos.
Se levantó sigilosamente, se puso una sudadera encima de los shorts y la camiseta y salió de la habitación. Al bajar las escaleras, dejó sonar los pasos, ni flojo ni fuerte, pero a un volumen suficiente para que quien estuviese despierto lo notara, y salió a la terraza, suponiendo que él la vería.
Y no se equivocó.
¿No puedes dormir? preguntó él por detrás.
No consigo pegar ojo respondió ella.
La brisa nocturna traía el aroma reconocible de su perfume.
Él la miraba fijamente.
¿Qué buscas en mi hijo, Aitana? Sé de qué eres capaz, sé cuántos como yo has conocido y que siempre has ido detrás de dinero. Nunca lo ocultaste. Decías tu precio aunque fuera a medias palabras. ¿Por qué ahora con Dani?
Aitana se encogió de hombros y le sostuvo la mirada, desafiante:
Le quiero, don Julián. ¿Por qué no podría?
Él negó con la cabeza.
¿Quieres? Eso no te lo crees ni tú. Ya sé el tipo de persona que eres, Aitana. Le contaré a Dani la verdad sobre ti. Todo. Lo que hacías y quién eres. ¿De verdad crees que se casa contigo después?
Aitana se acercó más, hasta casi rozar su cara.
Cuente lo que quiera, don Julián; pero entonces su mujer también sabrá nuestro pequeño secreto.
Eso sería
No es un chantaje, es justicia. Si lo cuenta todo, yo también. Y le aseguro que añadiré los detalles que usted no querría compartir.
No es lo mismo
¿No? ¿Se lo diría también a su esposa?
Mi padre palideció. Intentar intimidar a Aitana había sido inútil. Ambos estaban en la misma trampa.
¿Qué le dirías tú?
A todos. A Dani también. Les contaré qué tipo de padre y marido es usted. Y la clase de trabajo que le hacía quedarse hasta tarde. Y ya sabe lo mucho que Celia valora la fidelidad
Alguna vez, borracho, le confesó lo culpable que se sentía. No se lo perdonaría nunca Celia. No iba a correr el riesgo.
Sabía que Aitana no mentía.
Bien dijo al fin. Yo no contaré nada. Y tú también callarás. Olvidamos todo esto.
Aitana asintió con su sonrisa impenetrable.
Al día siguiente nos despedimos de mis padres. La mirada de mi padre me heló la sangre; mi madre, sin embargo, ya trataba a Aitana como una hija. El ojo de mi padre temblaba de rabia contenida.
Sabía que no podía advertirme del peligro que me acechaba; hacerlo era su ruina. Perdería a mi madre y buena parte de la herencia, sin mencionar mi propio desprecio.
Tiempo después, Aitana y yo volvimos a quedarnos en casa de mis padres en La Granja, de vacaciones. Esta vez dos semanas enteras.
Mi padre evitaba coincidir con Aitana, inventando excusas y trabajo. Pero una tarde, solo en casa, la curiosidad le pudo y fue a hurgar en su bolso, buscando algo con lo que defenderse.
Rebuscando entre el maquillaje y una libreta, topó con un test de embarazo. Dos rayas.
Pensé que la desgracia era que mi hijo se casara con pero no, esto sí que es una catástrofe refunfuñó, guardándolo de nuevo. Pero Aitana lo pilló.
Vaya, rebuscando en bolsos ajenos, ¿eh? dijo con sorna. Pero no parecía muy preocupada.
¿Estás embarazada de Dani? logró preguntar.
Aitana se acercó, recogió el bolso y le respondió con voz suave:
Me ha estropeado usted la sorpresa, don Julián.
Mi padre quedó pálido. Ahora sí que estábamos atrapados todos. Si hablaba, destrozaría a su familia. El silencio era su única salida. Aunque le doliera saber a su hijo abocado a ese destino.
***
Pasaron nueve meses y luego medio año.
Dani y yo cuidábamos de nuestra hija, Lucía.
Julián evitaba visitarnos. No quería saber nada. Seguía sin considerar a Lucía su nieta, ni ver con buenos ojos el presente y menos aún el pasado de Aitana.
De nuevo, cambios.
Celia planeaba visitar.
¿Vienes, Julián?
No, me duele la cabeza.
¿Otra vez? Esto ya no es normal.
Estoy agotado, de verdad. Ve tú sola.
Se refugiaba en excusas: migrañas, resfriados, el tobillo. Se tomó hasta pastillas para darle más credibilidad. No soportaba ver a Aitana y menos aún tener que fingir.
La noche pasó entre pensamientos turbios.
Leía. Daba vueltas. La casa en silencio.
Pero Celia no volvía. Ya era tarde, y ella no contestaba. Llamó entonces a Dani.
¿Todo bien por ahí? ¿Celia ya se fue? Porque aquí no está
Papá, eres la última persona con la que quiero hablar ahora gruñó Dani, cortando la llamada.
Julián se preparaba para salir, cuando vio aparcar el coche de Aitana. Con solo verla ya sentía desmayarse.
¿Pero tú qué haces aquí? ¡Habla, por Dios! ¿Qué ha pasado?
Aitana se mostró imperturbable. Sirvió vino, se acomodó en la terraza.
Ha pasado lo que tenía que pasar.
¿El qué?
Pues que nos hemos ido todos a pique. Dani encontró en la web de una cafetería unas fotos de hace cuatro años una fiesta en el Café Rivera. Quiso reservar mesa para el aniversario y buscando, pues ahí estamos nosotros, como dos modelos El fotógrafo las colgó todas y, claro, las vio. Ahora Dani está hecho una furia y tu Celia quiere divorciarse. Yo, como usted siempre quiso, también me divorcio de Dani, parece.
Julián se desplomó en el suelo, sobre la alfombra, fulminado por los recuerdos y la coincidencia.
¿Y a mí por qué has venido?
Simplemente he querido huir un rato rió Aitana. En casa todo es un caos. Lucía está con la canguro. ¿Quieres vino?
Le ofreció su propia botella.
Brindaron bajo el rumor de los grillos en la madrugada. Un silencio espeso los envolvía.
Todo esto es culpa tuya escupió Julián.
Aitana asintió, sin mirar.
Ya.
No se te puede soportar.
Así soy.
Ni siquiera te da pena Dani.
Un poco. Pero más pena me doy yo.
Solo te quieres a ti.
No lo niego.
Le agarró con enojo la barbilla y la forzó a mirarle.
Sabes bien que nunca te he querido murmuró.
Seguro que sí respondió ella.
***
Cuando mi madre llegó al día siguiente, decidida a hacer las paces conmigo aun a costa de sus nervios, nos encontró a Aitana y a mi padre dormidos juntos en el sofá.
¿Hay alguien? dijo Aitana al desperezarse.
Soy yo contestó Celia, mirando la escena, testigo del colapso de su vida.
Aitana simplemente sonrió. Mi padre la vio después, pero no fue tras su esposa.
Aquel día, entendí que, aunque intentemos esconder el pasado, este siempre vuelve; y que la cobardía se paga cara y a veces, también la ajena.







