Abuela, tengo que pedirte un favor, de verdad necesito dinero.
Mucho.
Mi nieto vino a verme por la tarde y se le notaba nervioso, fíjate. Normalmente suele pasarse un par de veces a la semana por casa. Si hace falta, va a comprar, me saca la basura. Hasta me arregló el sofá hace mil años y sigue aguantando. Siempre tan tranquilo y seguro el chaval. Pero hoy lo notaba que no era él, con los nervios a flor de piel.
Siempre he tenido cierto miedo, tal y como están las cosas hoy en día
Álvaro, ¿puedo preguntarte para qué te hace falta el dinero? ¿Y cuánto es ese mucho? la verdad, me puse tensa por dentro.
Álvaro es el mayor de mis nietos. Un muchacho bueno de corazón. Hace un año terminó Bachillerato. Ahora trabaja y estudia un grado a distancia. Nunca ha dado problemas serios, ni sus padres le han pillado nada raro. Pero, ¿para qué le haría falta tanto dinero?
Todavía no puedo contarte, pero te juro que te lo devuelvo titubeó Álvaro , pero te lo devolveré a plazos, poco a poco.
Sabes que yo vivo de la pensión, hijo no sabía qué hacer . ¿Cuánto necesitas?
Mil quinientos euros.
¿Y por qué no lo pides a tus padres? pregunté casi por inercia, aunque en el fondo ya sabía lo que Álvaro iba a decir. Su padre, que es mi yerno de toda la vida, siempre ha sido muy estricto. Y piensa que su hijo tiene que aprender a buscarse la vida por sí solo, según la edad que tiene, sin meterse donde no le llaman.
No me lo van a dejar, abuela confirmó, tal como imaginaba.
¿Y si se ha metido en un lío? ¿Y si al darle el dinero le ayudo a empeorar las cosas? ¿O lo contrario, si no se lo doy y de verdad lo necesita? Lo miré tratando de adivinar.
Abuela, no te preocupes, no es nada malo interpretó mi silencio a su manera . Prometo devolvértelo en tres meses, te doy mi palabra. ¿No confías en mí?
A lo mejor debo darle el dinero, aunque no lo recupere. Alguien en este mundo tiene que apoyar a mi nieto, que no pierda la fe en la gente. Para eso están los ahorros que guardo para emergencias. Quizá esta sea una de ellas. Ha venido a mí, después de todo. Y a ver, para pensar en mi entierro aún me queda, y, bueno, si llega el momento, ya me apañarán. Hay que pensar en los vivos y confiar en los nuestros.
Dicen siempre: Si prestas dinero, da por perdido ese dinero. Hoy los jóvenes son tan diferentes, nunca sabes lo que piensan. Pero, por otro lado, Álvaro nunca me ha fallado.
Vale, hijo, te lo dejo. Por tres meses, como dices tú. ¿Pero no crees que sería mejor que tus padres lo supieran?
Abuela, de verdad, sabes que te quiero mucho y siempre cumplo con lo que prometo. Pero si no puedes, intentaré pedir un préstamo, que para eso estoy currando.
A la mañana siguiente, fui al banco, saqué el dinero y se lo di a Álvaro.
Se le iluminó la cara, me dio un beso en la mejilla y me dijo:
Gracias, abuela, eres para mí la persona más especial. Te lo devuelvo, ya verás y salió disparado.
Yo me senté en la cocina con el té, y me puse a pensar en las veces que en mi vida necesité ayuda. Siempre hubo alguien que me tendió la mano. Ahora las cosas han cambiado tanto, cada uno va a lo suyo Ay, qué tiempos tan complicados estos.
A la semana, Álvaro se pasó por casa contentísimo:
Abuela, aquí tienes, una parte del dinero, que me han dado el adelanto. ¿Te importaría si mañana vengo acompañado?
Claro que sí, venid. Haré tu tarta favorita, la de amapola le sonreí. Y pensé: a ver si así me entero de qué está pasando y puedo tranquilizarme.
Por la tarde siguiente, apareció Álvaro, pero no venía solo. A su lado estaba una chica delgadita:
Abuela, te presento a Carmen. Carmen, esta es mi abuela, Rosario.
Carmen sonrió, toda tímida:
Encantada, Rosario. Muchísimas gracias, de verdad.
Pasad, pasad, qué ilusión conocerte y sentí cómo me relajaba por dentro. Me cayó bien desde el principio.
Nos sentamos a merendar con la tarta.
Abuela, antes no te podía comentar por qué. Carmen estaba fatal de los nervios: a su madre le surgió un problema de salud muy grave, y no había nadie que pudiera ayudarle. Y encima es supersticiosa y no quería que te contara nada. Pero, ahora que la han operado y todo ha salido bien, te lo digo; los médicos dicen que se recuperará dijo Álvaro, mirándola con mucho cariño y cogiéndole de la mano . ¿Verdad?
De verdad, muchísimas gracias, ha sido un alivio enorme Carmen se giró y se sonó la nariz, emocionada.
Ya está, Carmen, cariño, todo ha pasado ya dijo Álvaro levantándose . Abuela, nos vamos a casa, que ya es tarde.
Id, hijos, que descanséis. ¡Que todo salga bien! y les santigüé al salir.
Uy, mi nieto. Qué bien ha salido el chico; hice bien en confiar en él. Al final, no era sólo el dinero. Ahora somos más cercanos que nunca.
Un par de meses después, Álvaro me devolvió hasta el último euro y me contó:
No sabes, abuela, el médico dijo que llegaron a tiempo. Si ese día no hubieras ayudado, todo podría haber acabado muy mal. Estoy tan agradecido, abuela. Te juro que no sabía qué hacer para ayudar a Carmen, pero ahora sé que, en la vida, siempre hay alguien que te echa una mano cuando de verdad lo necesitas. Que sepas que haría cualquier cosa por ti, eres la mejor.
Le despeiné el pelo, igual que cuando era niño:
Venga, anda, tira. Y venid a verme los dos, ¡me haréis feliz!
Por supuesto que vendremos me abrazó.
Cerré la puerta pensando en aquella frase que me decía mi abuela:
A los nuestros siempre hay que ayudarles. Así se ha hecho siempre aquí en España, quien es bueno con todos, nunca encontrará la espalda de su familia. Eso no se olvida.







