Pues enhorabuena, Cayetana Fernández! Ya eres directora regional. La silla aún conserva el calor del anterior jefe y tú ya la ocupas como si fuera tuya. La verdad, me alegra que te haya tocado a ti y no a ese torpe de Barcelona.
Rosa, jefa de Recursos Humanos y amiga de toda la vida, dejó con estrépito sobre el escritorio una gruesa carpeta de documentos y se dejó caer en el sillón de visitas. Sonreía como si la promoción fuera suya.
Cayetana sonrió, rozando la lisa superficie del escritorio de roble. Resultaba un sentimiento extraño. Quince años había trabajado para aquella empresa. Empezó como administrativa, aguantó los caprichos de los clientes, hacía horas extra en los informes y corregía los errores ajenos. Y ahora tenía una oficina con vistas panorámicas a la ciudad, un coche de empresa y un sueldo que antes sólo osaba soñar en voz alta.
Gracias, Rosa. Si no hubiera sido por tu apoyo cuando quise renunciar hace tres años, nada de esto habría sido posible.
¡Ay, no digas! desestimó Rosa. No habrías dejado el trabajo. Tu carácter es de hierro. Recuerda en qué momento estabas: divorcio, depresión, Luis, tu exmarido, que te hacía la vida imposible. Y tú apretaste los dientes y seguiste. Eso es un premio a la constancia. Por cierto, hablando de Luis, no vas a creer a quién vi ayer en el supermercado.
Cayetana se tensó. El nombre de su exmarido todavía le producía un escalofrío, aunque ya habían pasado tres años de silencio, tranquilidad y reparación del ego que él había destrozado durante una década de matrimonio.
¿A quién? ¿A él?
Al mismo. Y su aspecto, francamente, no da gusto. ¿Recuerdas cómo se pavoneaba? «Soy un ser creativo, estoy en una búsqueda, y tú no me valoras». Pues ahora su «búsqueda» lo ha llevado al almacén de gangas. Con una chaqueta raída que todavía compraba contigo, pidiendo los dumplings más baratos y la cerveza en oferta.
Quizá solo atraviesa una mala racha comentó Cayetana, aunque por dentro se asomó un leve placer vengativo.
La racha empezó cuando creyó que su joven conquista le financiaría como a ti soltó Rosa con desdén. Mejor, dejemos lo triste. ¿Celebramos esta noche?
Claro, pero mañana. Hoy solo quiero llegar a casa, llenar la bañera y sentir que ahora soy la jefa.
Cayetana no mentía. Anhelaba la calma. Al atardecer aparcó su flamante crossover frente al edificio de lujo donde vivía. Había conseguido la vivienda con una hipoteca hace un año, cuando sus ingresos lo permitieron, y ya casi la había saldado. El conserje la saludó cortésmente al abrir la puerta.
Subió al piso, con la idea de pasar la noche con un libro, pero al salir del ascensor se detuvo. En el umbral había un hombre que sostenía un absurdo ramillete de tres rosas medio marchitas.
Su corazón se perdió un latido. Era Luis.
El tiempo había dejado su huella: bolsas bajo los ojos, cabello escaso, aquel brillo que tanto exhibía se había esfumado. Al ver a Cayetana, su sonrisa, antes hipnótica, ahora resultaba forzada y triste.
¡Cayetita! ¡Qué tal! Decidí sorprenderte. Llamé al interfono, nadie contestó, pero salió la vecina y pasé de inmediato. Pensé que esperaría.
Cayetana se acercó sin coger la llave. Quiso dar la vuelta, pero la curiosidad y la recién hallada seguridad la mantuvieron en su sitio.
Luis, ¿qué haces aquí? No nos habíamos visto en tres años. Y, según recuerdo, al divorciarte me pediste que desapareciera de tu vida para no estropear tu karma con mis llantos y pesimismo.
Luis rió nervioso, jugueteando con el plástico de las rosas.
Ya ves, el pasado estaba de cabeza. Crisis de mediana edad, el demonio se me cruzó. Cayetita, ¡qué guapa estás! Esa ropa ¿cara?, te sienta de maravilla ese color.
Vayamos al grano, Luis. ¿Por qué has venido?
¿Me dejas entrar? Mejor hablar dentro, no en la escalera. Hemos vivido diez años juntos, no es cosa que se borre así.
Cayetana vaciló un instante. No quería que él entrara en su santuario, ese espacio perfectamente renovado donde no cabían sus calcetines ni sus exigencias. Pero dejarlo allí, vigilando la puerta para mañana, sería aún más absurdo.
Adelante, pero no mucho tiempo. Tengo planes.
Abrió la puerta y Luis cruzó, mirando con avidez a su alrededor.
El apartamento reflejaba su orgullo: tonos claros, muebles de diseño, cuadros caros. Nada de ruido visual, solo amplitud y estilo. Luis se quitó los zapatos, dejando los sucios sobre la alfombra impecable, y frunció el ceño.
Vaya, ¿esto es tu palacio? ¿Vives sola?
Sí.
Me han dicho que has subido a la montaña. ¿Te han nombrado directora? ¿Sueldo de cuento?
Cayetana se dirigió a la cocina sin invitarlo a seguirla, pero él, como siempre, la siguió. Se sentó en la mesa, apoyando las manos sobre la encimera de piedra artificial.
Luis, ¿de dónde sacas esa información? ¿Me estás siguiendo?
¿Seguir? La ciudad es pequeña, los rumores vuelan rápido. Conocí a conocidos comunes que me contaron. Decían: «Cayetita ahora es ave de alto vuelo». Me alegré por ti, de verdad. ¿Recuerdas que siempre dije que tenías potencial?
Cayetana casi se atraganta con el agua de su vaso.
¿Potencial? Durante diez años me llamaste ratón gris, mi carrera una mera carga de papeles, y me decías que debía estar agradecida de que un hombre tan talentoso como tú viviera conmigo. Llamabas mi trabajo «esclavitud de oficina».
¡Yo te motivaba! se apresuró Luis. Por el contrario, para que te enfadaras y demostraras. Mira, ha funcionado. Así que tengo mi parte en tu éxito.
Le miró con expectativa, como esperando un agradecimiento. Pero ya no reconocía al hombre que había amado. Frente a ella estaba un fracasado que intentaba colarse en su gloria.
¿Quieres té? preguntó en seco.
Sí, y algo más si tienes. Llego hambriento.
¿Trabajas dónde ahora?
De momento hago de taxista. El proyecto de criptomonedas en el que estaba se estancó, los socios me dejaron plantado. Busco otra cosa. Y Ana, la que estuvo conmigo no entendía mis ambiciones. Solo quería dinero. ¿Y dónde está el alma? En ti, Cayetita, siempre fuiste distinta, supiste esperar.
Luis intentó cubrir su mano sobre la de ella; ella la retiró con desdén.
No esperé, trabajé. Mientras tú descansabas en el sofá y te buscabas, yo tomaba trabajos extra, estudiaba inglés de noche y aguantaba tus burlas. Cuando obtuve mi primer ascenso, tú armaste escándalo por no dedicarme tiempo, empaquetaste tus cosas y te fuiste con Ana, que describió como ligera y estimulante.
¡Me equivoqué, Cayetita! Golpeó la mesa con el puño, temiendo arañarlo. Fui un tonto, cegado por la juventud. Pero todo es superficial. Siempre pensé en nosotros, en esa unión de almas. ¿Sabías que llevé mi portátil con mis archivos al coche?
¿Y qué? No lo recuerdo. Yo solo necesitaba el dinero para mi tratamiento dental, y tú me dijiste: Gánate la vida, no te debo nada. ¿Recuerdas?
Lo recuerdo, pero ahora soy rico.
La situación no ha cambiado. Tus deudas son tuyas, no mías. Tu ligereza y inspiración no valen nada. Yo soy quien necesita a alguien que le respalde, no tú.
Luis, desesperado, imploró:
Cayetita, vamos a empezar de nuevo. Somos la pareja perfecta. Tú ya eres fuerte y exitosa, yo te haré feliz, cuidaré la casa, seré tu apoyo.
Cayetana lo miró como a un tiburón que huele sangre. No vio al esposo arrepentido, sino al oportunista que olía euros.
¿Quieres volver? ¿A mí?
A nosotros corrigió Luis, entusiasmado. Dejé mis cosas en el coche, lo esencial. Si me perdonas, me quedaré. No hay por qué esperar.
Cayetana soltó una carcajada sonora.
Tengo una app de Esposo por hora. Si necesito que claven una estantería, llega un profesional con herramientas, lo hace en veinte minutos y cuesta mil euros. No tengo que alimentarlo años, lavar sus calcetines ni escuchar sus teorías de genio.
Luis se quedó pálido.
Te has vuelto cínica. El dinero te ha corrompido. Yo ofrezco familia, calor, y tú me hablas de esposo por hora.
Soy realista. No me ofreces familia, buscas un patrocinador. Ana te echó, no tienes dónde vivir, sin dinero, y ahora descubres que tu ratón gris es directora. ¡Bingo! Vuelves, sueltas halagos, regalas rosas y vuelves a ser su sombra.
Luis, con los ojos desorbitados, gritó:
¡No es verdad! Te amo.
En ese instante sonó su móvil. El tono estridente llenó la habitación. Miró la pantalla, frunció el ceño y aceptó.
¿Quién será? preguntó Cayetana.
Es del trabajo respondió Luis.
El móvil volvió a sonar.
Contesta ordenó ella.
Luis, con mano temblorosa, activó el altavoz.
¡Aló! estalló.
¡Luis, hijo! la voz de su madre, Carmen Martínez, inundó la cocina. ¿Estás con ella? ¿Habéis hablado? Cuéntale que el banco nos ha llamado, que los cobradores nos persiguen. Necesito que le pidas ayuda, que le pagues el crédito. ¡Dile que la quiero, que las mujeres son así!
Luis se sonrojó como un tomate, intentó bajar el volumen sin éxito.
Mamá, estoy ocupado, te devuelvo la llamada
¡No lo hagas! seguía Carmen. Dile al banco que pagues, que le demos la plaza en el sanatorio, que le muestres compasión. ¡Que se enamore de mí!
Luis colgó finalmente, dejando un silencio atronador. Levantó la vista hacia Cayetana, con la expresión de un niño atrapado con el cigarrillo.
Cayetana se incorporó despacio.
Entonces, ¿quieres que la convenza, que le haga el favor? dijo con frialdad.
Cayetita, es mi madre está preocupada, tengo deudas enormes. Ana y yo tomamos créditos para coche y viajes, y ahora no sé qué hacer. Ayúdame, por favor. Tengo tu dinero, ¿no?
Cayetana respiró hondo y, con la serenidad de quien ha superado tormentas, respondió:
Tres años atrás, cuando te fuiste, te pedí que al menos dejaras la lavadora. Yo había pagado tu tratamiento dental y no tenía ni un céntimo. Tú dijiste: Gánate la vida, no te debo nada. ¿Lo recuerdas? Ahora pretendes que soy rica y que todo te pertenece. No, Luis. Tu situación es consecuencia de tus propias decisiones. No te voy a rescatar.
Pero ahora soy rica
La realidad no cambia. Tus créditos son tu carga. No vas a vivir a mis expensas.
Cayetana se dirigió al vestíbulo y abrió la puerta principal.
Lárgate, Luis. Lleva tus flores y vete. No vuelvas a tocar a esta puerta. Le diré al conserje que no te deje entrar jamás.
Luis salió al pasillo, respirando con dificultad, la mezcla de rabia y desesperación en el rostro.
¡Te arrepentirás! gritó. El dinero no compra la felicidad. Morirás sola en tu jaula dorada. ¿Quién te necesita, anciana sin hijos? Yo solo fui útil para ti…
Cayetana alzó la voz con firmeza de autoridad.
¡Basta! resonó, como una espada que corta el aire.
Luis salió disparado, tropezó con el umbral y ella cerró la puerta de golpe, girando dos veces la llave. Se apoyó contra ella, cerró los ojos y, en vez de derramar lágrimas, sintió una oleada de euforia.
Lo había logrado. No se había doblegado. No había dejado que la culpa ni los fantasmas del pasado nublaran su presente.
Regresó a la cocina; la taza de té de Luis seguía medio llena, y las tres rosas marchitas reposaban en su envoltorio. Con desdén arrancó los pétalos y los tiró a la basura, introdujo la taza en el lavavajillas y limpió la mesa con una servilleta desinfectante, como borrando todo recuerdo de su visita.
El móvil vibró. Mensaje de Rosa:
¿Qué planes, jefa? ¿Baño con espuma o copa de cava?
Cayetana sonrió y respondió:
Cava. Y sushi. Los más caros. Hoy celebro el ascenso y también mi divorcio interno.
Media hora después, reclinada en su lujoso sofá, contemplaba las luces nocturnas de la ciudad y reflexionaba sobre lo extraño que es el destino. A veces, para medir cuán alto has volado, basta con que alguien del pasado intente arrastrarte de nuevo al fango. Solo al empujarlo lejos descubres que tus alas son verdaderas.
A la mañana siguiente, al entrar en su nuevo despacho, Cayetana se sentía otra persona. Saludó cortésmente a la secretaria, dirigió la primera reunión, repartió indicaciones. En un momento, la asistente Lola entró con el semblante preocupado:
Cayetana Fernández, hay un hombre que se está alborotando. Dice ser su marido, tiene un asunto urgente. La seguridad lo está reteniendo.
Cayetana, sin apartar la vista del monitor, respondió:
No tengo marido, Lola. Que lo echen. Si resiste, llamen a la policía.
Lola asintió y desapareció. A los pocos minutos se escucharon gritos apagados en la calle, luego el silencio. Cayetana se acercó a la ventana. Desde el décimo piso, la gente abajo parecía hormigas. Vio una figura con la chaqueta gastada que dos guardias llevaban fuera de la entrada del centro de negocios. El hombre agitaba los brazos, pero la puerta se cerró.
Cayetana volvió a su trabajo. Tenía demasiadas cosas que hacer, demasiados planes y una vida demasiado interesante para perder tiempo en sombras del pasado. Se eligió a sí misma. Y esa fue, sin duda, la decisión más acertada de sus cuarenta años.






