El Nido de la Golondrina

Cuando Juan se casó con Begoña, su suegra, Doña Carmen, se encariñó al instante con la nuera. La había observado desde la época en que Juan, chico de instituto, corría a los bailes con ella.

¿Te has enamorado, Juan? bromeó la madre mientras se miraba al espejo, como quien se admira la propia cara. Muéstranos al menos a la dama que vas a presentar al padre.

Me ha enamorado, mamá. Tú siempre lo ves todo, lo sabes todo, y en un momento te lo enseño replicó Juan con una sonrisa y salió al corredor.

Qué bien, que tengamos una hija como Begoña para nuestro hijo dijo a su marido durante la cena. ¿Quién es ella?

Es la nieta de Federico, que la cría solo. No es una niña consentida; es educada, amable y muy guapa.

Doña Carmen no podía esperar a saber quién era la joven que su hijo había elegido. Cuando Juan llegó a casa con Begoña para tomar el café, la madre se quedó boquiabierta.

Hijo mío, ¿habrás leído mis pensamientos? Yo quería que te casaras con la Begoña. La he vigiliado desde hace tiempo. Mira cómo la observaba, como quien contempla el marexclamó, mientras la pareja se miraba y sonreía.

La boda fue humilde, al estilo de los pueblos de la provincia de Segovia; no había lujos, pero el amor era el verdadero invitado. Begoña, aunque tranquila, era resuelta: cuando se proponía algo lo hacía con empeño, sensatez y delicadeza.

Nuestra Begoña es como una golondrina, buena y cuidadosa contaba Doña Carmen a la vecina, la señora Álvarez. Qué ama de casa tan dedicada.

Pasaron los años y nació el hijo, Miguel. Los abuelos lo adoraban, aunque había nacido prematuro y enfermizo. Con el tiempo creció, sereno y fuerte.

Los padres de Juan fallecieron. Dos años después, también murió Juan, en el patio de su casa mientras cargaba heno bajo el sol abrasador; el corazón no aguantó la caldera. La viuda quedó desolada, sin saber qué hacer.

Begoña quedó sola con su hijo. Miguel creció en un hogar apacible y ordenado. Cada trabajo lo planificaban con paciencia, medían cada paso y lo ejecutaban con la fuerza que les permitía. Tenían su propio huerto, una vaca, un caballo, un cerdo y gallinas. A diferencia de otros pueblos, no había gritos ni reproches entre madre e hijo.

Si el heno no se terminaba a tiempo y comenzaba a llover, Begoña consolaba:

No pasa nada, hijo, el verano es largo, todo se secarámientras los vecinos se quejaban y se acusaban mutuamente, al punto de casi llegar a la pelea.

Begoña era pulcra: su casa relucía, los pisos estaban impecables, las cortinas bien planchadas. Le gustaba cocinar, aunque no en abundancia, pero sí variado. Miguel adoraba la comida y ella siempre le preguntaba qué quería para el día siguiente.

La vecina Ana a veces se acercaba sorprendida:

Begoña, ¿vives con tu hijo y la mesa siempre está puesta?

Siéntate, Anarespondía Begoña. Miguelcome mucho, aunque no sea alto ni corpulento.

¡Ay, Juan no te dio un hijo fuerte, pero al menos es guapo! se reía la vecina. Algún día tendrás suerte con una mujer que sea tranquila y buen marido.

Con el tiempo, la gente del pueblo respetaba a Begoña y a Miguel, los consideraban sensatos, limpios y sin envidias. Miguel buscó esposa y quedó prendado de Verónica, una joven alta, de piernas largas, casi una cabeza más alta que él, no precisamente bonita, pero con energía y carácter explosivo.

No entiendo cómo ha elegido Verónica a mi Miguelpensó Begoña. Son tan distintas, ni él ni ella podrán cambiarse.

Aun así, Begoña aceptó la situación. Si mi hijo es feliz, yo también lo estaré, se dijo, mientras Verónica, habladora y fogosa, se instalaba en la casa.

Mamá, los niños crecerán, y yo les enseñaré lo que séle decía Miguel, mientras ella se mantenía en silencio.

La boda se celebró sin altercados, a diferencia de otras fiestas donde el vino provocaba peleas. Al alba, Begoña salió al patio a recoger los platos; Verónica llegó también a ayudar, quejándose:

Esta boda no hacía falta, pues ya estaban casados. Ahora a limpiar…

Vete a dormir, Verónica, si no descansaste, yo mismo terminaréle contestó Begoña.

Así después se corre la voz de que soy una mala nuera, que duermo demasiado y no ayudoreplicó la joven.

No hables de rumores, nadie te escucha ahorasusurró la suegra.

Te vas a convertir en el chisme del puebloadvirtió Verónica, mirando con hostilidad a Begoña. Sé lo que hacen las suegras.

Begoña guardó silencio; no tenía por qué defenderse. Desde el primer día Verónica mostró su carácter dominante. Después del matrimonio, la vida cambió. Verónica observaba cada gesto de su marido hacia su madre, preguntaba por su salud, sus planes, y a veces se limitaba a abrazarlo y darle un beso en la mejilla, agradeciéndole la comida.

¡Qué ternura de vaca! pensaba Verónica. Jamás había visto una relación así entre madre e hijo, tan mimados.

En el mercado, Verónica contaba a las demás cómo Miguel adoraba a su madre y nunca le decía nada malo.

Don Mateo, el padre de Miguel, escuchó y comentó con la cabeza movida:

Qué pena por Begoña, han puesto una golondrina en el nido de una urraca.

Muchos compadecían a Begoña, pero ella nunca habló mal de su nuera, pese a saber que Verónica era conflictiva y rebelde incluso con su propia madre.

Miguel nunca habló de su elección con su madre; la evitaba, aunque veía que la relación con Verónica tensaba al hijo. Begoña intentaba, sin éxito, orientar la convivencia, pero comprendió que en aquella casa los insultos y reproches eran habituales.

Un año después, Verónica dio a luz a Timoteo. El bebé lloraba mucho por la noche, la leche escaseaba y moría de hambre. Verónica no escuchó los consejos de Begoña y no lo alimentó.

Begoña, cansada, empezó a darle de comer al nieto; el niño ganó peso y dormía tranquilo. Cuando Verónica lo vio, gritó:

¡Has alimentado a mi hijo enfermo! ¿Quieres que también quede así?

Begoña guardó silencio, pero siguió alimentándolo. Timoteo creció sano, entró en la escuela y tenía una relación muy tierna con su abuela, quien lo cuidaba con paciencia.

El padre, Antonio, también le mostraba cariño, abrazos y besos. Verónica, sin embargo, seguía reclamando:

Hay que criar un hombre fuerte, no una niña delicadadecía, mientras Antonio se encogía de hombros.

La familia nunca discutiía abiertamente; Begoña mantenía la paz, aunque Verónica la criticaba a sus espaldas.

Miguel trabajaba en un taller de reparación de automóviles. A veces los colegas se asombraban de cómo vivía con una esposa tan polémica, pero él solo sacudía la cabeza y seguía.

Timoteo, ya casi adulto, se dio cuenta del trato brusco que su madre daba a su abuela y a su padre. Le gustaba que Begoña le preparara algo rico; la comida de Verónica le parecía descuidada.

¡Qué exigente eres, igual que tu padre! le gritaba Verónica. Come lo que preparo, si no te gusta, no hay problema.

Timoteo veía cómo su abuela, enferma, recibía té con mermelada de frambuesa de su padre y de él mismo. Recordaba cómo ella lo esperaría en la puerta con un vaso de leche tibia y un trozo de bizcocho.

Un día, Timoteo le confesó a Begoña que había conocido a Taína, una chica del pueblo vecino, y que ambos estudiaban en el mismo instituto. Begoña, con ternura, le respondió:

Que Dios os bendiga, Timote, y rezaré por vosotros. Cuando terminéis los estudios, volveréis a casa.

En la ciudad, Timote extrañaba los pasteles de su abuela, pero en vacaciones volvía a disfrutar de su cariño. Antes de partir a la universidad, abrazó a Begoña y le dijo:

Volveré, abuela. Después de terminar, regresaré como ingeniero, y Taína también. Construiremos una casa nueva y te invitaremos a vivir con nosotros. No te quedarás sola.

Begoña sintió que así sería. Con Timote y Taína, la vida se tornaría tranquila y feliz, recuperando el amor que había sembrado en su nieto desde pequeño.

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